Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

Dime, ¿quién es como Dios?, de Florencia Bonelli

[vc_row][vc_column][vc_column_text]

El primer capítulo de la nueva novela de nuestra escritora que arrasa con best sellers. Una mujer que vive la Guerra de los Balcanes en los 90, trata de luchar contra sus fantasmas y encuentra la redención en el amor. Esta historia se cuenta en dos volúmenes: Aquí hay dragones – La historia de La Diana I y Dime, ¿quién es como Dios? La historia de La Diana II (Suma de Letras). Florencia Bonelli, con más de 3 millones de ejemplares vendidos solamente en la Argentina, vuelve a entregarnos su libro más ambicioso, más deseado y esperado por miles y miles de lectoras que la siguen y aguardan sus novedades con expectativa.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row el_id=»padding-contenido» css=».vc_custom_1549998210668{padding-right: 40px !important;padding-left: 40px !important;}»][vc_column][vc_column_text el_class=»texto-contenido»]

De oppresso liber.

(De oprimido a libre)

Isaías 1, 17

Hospital militar de Camp Bondsteel,

Kosovo, 27 de diciembre de 2000.

La Diana aferró el cuaderno que tenía sobre las piernas y se puso de pie. El cirujano la miraba a los ojos y ella, a los de él. No se animaba a pronunciar palabra. La acometió un escozor cuando el médico quiso saber:

—¿Es usted parienta del señor Lazar Kova??

Asintió como una niña asustada y respondió con voz insegura:

—Soy su prometida. Diana Huseinovic.

—Buenas tardes. Soy el doctor Cooper. Mi equipo y yo acabamos de operar al señor Kova?. La cirugía fue un éxito, y el paciente se encuentra estabilizado.

La Diana se cubrió la boca para sofrenar el grito de angustia y dicha y se desmoronó en el sillón. El hombre se aproximó y siguió hablándole.

—Le practicamos una laparotomía explorativa y descubrimos que el proyectil se hallaba alojado en el parénquima hepático. Lo extrajimos con éxito y colocamos un drenaje en la cavidad abdominal…

La Diana lo contemplaba a través de un velo de lágrimas y asentía maquinalmente sin comprender del todo lo que el cirujano le explicaba. Solo quería que le dijese que su amado Lazar no moriría, que no la dejaría sola y destrozada.

—¿Su vida corre peligro? —lo interrumpió.

—Lo mantendremos en la Unidad de Cuidados Intensivos durante cuarenta y ocho horas para monitorear sus parámetros vitales, pero creo que la evolución será favorable. Es un hombre joven, con un excelente estado físico.

—¡Gracias! —exclamó con tono ahogado y se secó las lágrimas con un pañuelo de papel tisú que había encontrado hurgando a ciegas en el macuto—. Necesito verlo.

El médico asintió, y mientras ella guardaba el cuaderno y se cargaba el bolso al hombro, le comentó:

—Despertó perfectamente de la anestesia pero lo mantendremos sedado hasta mañana por la mañana. Es preciso que descanse. Acompáñeme, es por aquí.

Ingresaron en un sector anterior a la Unidad de Cuidados Intensivos donde una enfermera le indicó el receptáculo de jabón líquido para que se lavase las manos. Lo hizo con minuciosidad y luego caminó por un corredor en el que los cubículos vacíos o con enfermos se sucedían uno tras otro. Se respiraba un aire cargado del típico aroma a antiséptico y se oían voces bisbiseadas y los pitidos de los aparatos. El corazón le latía con rapidez y respiraba de modo acelerado y superficial. Solo quería volver a verlo y tocarlo.

La enfermera se detuvo frente a una puerta y le indicó que entrase. La Diana abandonó el macuto en una silla y se aproximó a la cama ortopédica donde Kova?, rodeado de máquinas, tubos y cables, descansaba apaciblemente. Se inclinó sobre su rostro pálido. Cerró una mano sobre la de él y con la nariz le tocó la frente. Su tibieza la reconfortó. Había estado tan frío el día anterior, al borde de la hipotermia; había estado tan cerca de perderlo. “Gracias, gracias, gracias”, repetía al dios del que todos hablaban y en el cual ella no creía. También le agradecía a San Miguel Arcángel, pero sobre todo a Sergei Markov. Sus labios temblorosos buscaron a ciegas los de él.

—Amor mío —susurró—. Amor mío, amor de mi vida. Gracias por no dejarme sola. No podría seguir sin ti, Lazar.

El cirujano chequeó los valores de un aparato antes de volver a hablar.

—Como le decía, lo tendremos sedado las próximas horas. ¿Por qué no se retira a descansar?

La Diana se incorporó y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—No me apartaré de su lado, doctor —dijo con tono de advertencia.

—Aquí sabemos por lo que ustedes han pasado —aclaró Cooper de buen modo—, y se nos ha ordenado estar a su disposición. Se lo sugería porque parece al borde de la extenuación.

—Me quedaré —resolvió, y el cirujano asintió—. Lo único que necesito saber es cómo se encuentra el grupo que llegó conmigo.

El médico volvió a asentir y se marchó. La Diana aproximó la silla al costado de la cama; no resultaba fácil ubicarla entre los aparatos y el cableado. Se sentó, le tomó la mano y le apoyó la frente en el antebrazo desnudo. Sabía que se trataba de una gran concesión autorizarla a permanecer allí y olfateaba la influencia de su tío abuelo Callum Duncan en el otorgamiento de la dispensa, pero lo que el personal no sabía es que habrían tenido que sacarla entre varios y con mucho esfuerzo pues ella no habría dejado solo a Kova? por nada. Vuk había intentado asesinarlo y lo intentaría de nuevo; no tenía duda al respecto. Le había disparado con deliberada malicia, sabiendo que la destrozaría con su muerte.

Escuchó pasos y alzó la mirada. La enfermera, la misma que la había acompañado hasta allí, joven y de expresión bondadosa, le sonrió con calidez.

—El doctor Cooper me pidió que averiguase por la salud del resto del grupo. En unos minutos tendré la información.

—Gracias —musitó La Diana, y volvió a apoyar la frente en el antebrazo.

—¿Usted estaba con el grupo que huía de los traficantes?

—Sí —contestó—. Estuve todo el tiempo con ellos. ¿Usted cómo sabe que escapábamos de los traficantes?

—No creo que haya persona en el mundo que no lo sepa —aseguró la muchacha—. Su caso ha sido titular de diarios y programas televisivos durante los últimos dos días. Hemos estado en vilo esperando que aparecieran. Se enviaron equipos de búsqueda, pero la tormenta impidió que los hallasen.

—Ya, la tormenta. No pareció detener a los traficantes —dijo, y movió la vista hacia Kova?. Se puso de pie intempestivamente—. ¿No le hace frío? —se preocupó al notar que tenía el torso desnudo bajo la sábana.

—No —aseguró la muchacha—. Todo está controlado. Quédese tranquila. Él está muy confortable. Si desea usar el sanitario o comer algo, solo tiene que pedírmelo.

La Diana intentó sonreírle. Le leyó el nombre en un cartelito colgado en la pechera del uniforme.

—Gracias, Linda. Mi nombre es Diana. —Aunque se le cruzó la idea de estirar la mano como cualquier persona normal, desistió.

—Un gusto, Diana. La noto muy pálida. ¿Puedo tomarle el pulso?

—No, estoy bien, pero aceptaría de buen grado un café.

—Enseguida.

La muchacha salió, y La Diana volvió la mirada a Kova?. Se inclinó para estudiarlo de cerca. El análisis minucioso le fue revelando la perfección de las facciones que habían salido a la luz pocos días atrás después de que ella le rasuró la barba espesa y larga que había llevado como sacerdote del rito ortodoxo. Le crecía rápido y ya le cubría el bozo con una capa oscura que acarició con dedos inseguros. Le dibujó el perfil de nariz pequeña, y cuando bajó hasta los labios se los oprimió apenas; la admiraban su grosor y esponjosidad. Los besó.

—Te amo —susurró—. Locamente —añadió, y sonrió al evocar el día en que él había enumerado los adverbios que describían su modo de amarla. “Te amo ciegamente” —le había dicho para después agregar—: “Locamente. Eternamente. Sinceramente”.

—Felizmente —volvió a susurrar como aquella vez, aunque, meditó, lo que describía su amor con precisión era sin duda la palabra “locamente”, pues, ¿no era de locos haberse conocido tan solo nueve días atrás y amarse como si se conocieran de una vida? ¿No era una locura que la noche anterior él hubiese roto la última cadena que la maniataba a la afenfosfobia y la hubiese liberado para siempre al hacerle el amor? Se le llenaron los ojos de lágrimas y le tembló el mentón al recordar el momento en que lo había visto caer de rodillas primero, de boca después, a causa del impacto de la bala. La estremecía la imagen y se le cortaba el respiro. ¿Qué habría estado haciendo a esas horas si su Lazar hubiese muerto? “¡No pienses en eso!”, se reprochó. “¡No vuelvas a pensar en eso!”

Un chirrido la obligó a incorporarse. Linda arrastraba una mesita con ruedas en la que traía café y las típicas rosquillas, esas glaseadas de todos colores y decoradas con grana.

—No se permite comer en los cubículos —dijo la enfermera—, pero se nos ordenó que hiciésemos concesiones con usted.

—Gracias, Linda.

Creyó que nada le pasaría por la garganta; no obstante, apenas sorbió el café y mordió una rosquilla se le abrió el apetito mal satisfecho en los últimos días. Comió con fruición; sabía que no se trataba de un alimento nutritivo; sí una fuente de energía, la que precisaba para continuar de pie junto a Kova?.

—Si te quedas con él, Linda, y no te mueves de su lado, me atreveré a ir al baño.

—Aquí está seguro.

—No lo está —la contradijo con una vehemencia que sobresaltó a la joven enfermera—. Los traficantes que buscan matarlo son profesionales y no imaginas los recursos con los que cuentan para lograr sus objetivos, como por ejemplo ingresar en este cubículo sin que nadie lo advierta y rematarlo en su cama.

—No me moveré de aquí —prometió la muchacha.

La obligó a agendar en el celular su número telefónico y le indicó que ante cualquier anormalidad, por muy nimia que la juzgara, la llamase. Caminó hacia el baño con el macuto al hombro sabiéndose objeto de las miradas del personal, que murmuraba a su paso. Se higienizó deprisa. No soportaba la distancia que la separaba de Kova?. Regresó al cubículo dando largas zancadas. Linda se excusó y se marchó, y ella volvió a ubicarse en la silla y a aferrarle la mano; la angustiaba la falta de contacto. La idea la hizo sonreír con melancolía.

—Pensar, amor —dijo en un susurro—, que antes de ti no toleraba tocar ni ser tocada. ¿Cómo lo lograste, Lazar? ¿Cómo destruiste mis defensas una por una sin que me diese cuenta? —Guardó silencio y se quedó mirándolo, incapaz de apartar la vista de su rostro tan amado; la atormentaba la creencia de que si le quitaba los ojos o las manos de encima algo malo caería sobre él—. ¿Sabes, amor? Terminé de escribir mis memorias. Creí que no podría hacerlo. Hablar de Larysa, de su nacimiento, de mi desamor… —Se le cortó la voz y volvió a descansar la frente en el antebrazo de Kova?.

Media hora más tarde, la enfermera entró con una libreta en la mano y carraspeó para llamar la atención de La Diana, que se mantenía inmutable con la vista en el paciente.

—Tengo la información que me pidió. —Abrió la libreta y empezó a leer—. Selin Bucak, que llegó deshidratada y con un cuadro severo de abstinencia de un opiáceo, se encuentra estabilizada.

—¿Saben que es VIH positivo?

—Sí, lo saben. Senada Shala y su recién nacida están en buenas condiciones. De igual modo, se puso a la pequeña en la incubadora para controlarla durante unos días y a la madre la dejaron internada también. Me dijeron que fue usted quien la asistió en el parto.

—Sí —contestó con aire ensimismado, mientras repasaba mentalmente los nombres del resto—. ¿Y de Shivani no dice nada? Tenía el hombro dislocado.

Linda volvió a consultar la libreta y sacudió la cabeza para negar.

—Nada sobre Shivani. Debe de estar bien, como el resto. Fueron revisadas y dadas de alta enseguida pues a excepción de una deshidratación leve, estaban bien. Las ubicaron en dos cabañas.

La Diana, que ansiaba saber de Darko, se limitó a agradecer. De pronto, la necesidad de tenerlo allí le robó la calma. Se puso de pie. Le pareció que traicionaba a Kova? al no verificar si el niño al que él adoraba estaba bien. Cayó en la cuenta de con qué determinación había luchado por impedir que el amor por Darko anidase en su corazón. En ese momento de claridad comprendió lo que Kova? había afirmado a pocas horas de conocerla: su fobia era un castigo, pues ¿cómo iba a permitirse amar a Daisy o a Darko si se había negado a amar a la hija de sus entrañas? Aceptar que la amaba, que la había amado siempre, aun en los días tristes que siguieron a su nacimiento, la había liberado, le había concedido la licencia para amar a los demás. Se recostó sobre Kova? y lloró con una mezcla de agradecimiento y tristeza ante el recuerdo de Larysa en su cuna. ¡Qué dolor tan grande sentía al pensar que no volvería a verla!

—Quiero estar con Dare pero no quiero dejarte solo —balbuceó entre sollozos—. ¿Qué hago, amor mío? Tú siempre tienes la respuesta justa, Lazar. ¿Qué hago?

Sonó el celular y se tomó unos segundos para carraspear y aclararse la voz.

—Diana.

—¡Callum! —exclamó, dichosa al reconocer a su tío abuelo, el escocés Callum Duncan, barón de Glendale.

—¡Bendito sea el cielo, querida mía!

—Es una alegría volver a oír tu voz.

—Estamos aquí.

—¿Dónde es aquí? —se desconcertó.

—A las puertas de la Unidad de Cuidados Intensivos.

Profirió una exclamación emocionada.

—Enseguida estaré con ustedes. —Convocó a Linda y le pidió que permaneciese en el cubículo—. Debo salir. Tendré el celular en la mano por cualquier cosa.

Besó a Kova?, lo miró con fijeza mientras le acariciaba la frente y se marchó. Casi corrió hasta la salida. Abrió la puerta, y al ver a su tío abuelo de pie frente a ella se le hizo un nudo en la garganta. “Abuelo”, pensó, pues nunca lo había encontrado tan parecido a Liam Duncan. Se sonrieron con labios temblorosos.

—Querida —susurró Glendale, evidentemente emocionado, y La Diana hizo algo impensable pocas semanas atrás: lo abrazó. Enseguida percibió las manos en su espalda, y se acordó de las tantas veces en que su abuelo la había sostenido de la misma manera. Se separó con delicadeza y se secó los ojos con el dorso de la mano. Bruce McLeod, que guardaba silencio junto al anciano, le extendió un pañuelo. La Diana lo recibió con una sonrisa.

—Hola, Bruce.

—Hola, Diana. Luces estupenda.

—No mientas —dijo entre risas—. Hace tres días que no me baño ni duermo. Parezco un espantapájaros.

—Tu belleza sigue inmaculada —declaró McLeod, y La Diana rio de nuevo.

Glendale carraspeó antes de intervenir.

—Ven, Diana. Sentémonos allí —propuso, y señaló la zona de espera.

Se ubicaron en los sillones.

—No puedo creer que estén aquí.

—Apenas supimos que habían llegado a Camp Bondsteel —explicó McLeod—, Callum ordenó a Seamus que nos trajese.

—¿Cómo llegaron tan rápido? Son muchos kilómetros desde Escocia.

—Estábamos en Sarajevo —anunció Callum Duncan.

—Oh —se asombró La Diana.

—Callum no aguantaba seguir en Glendale, por lo que ayer viajamos a Sarajevo para ver qué se podía hacer, cómo podíamos ayudar. En realidad, para ejercer presión in situ a Jacques Paul Klein —se sinceró, y aludía al máximo representante de la ONU en Bosnia—. Aterrizamos hace quince minutos. Toma —dijo, y le tendió un bolso de cuero—. Trajimos la ropa que dejaste en Glendale. Imaginamos que podrías necesitarla.

—Perdí casi todo en la huida —admitió—. Claro que la necesito. Gracias por haber pensando en esto.

—Fue Callum el que me dijo que lo trajese.

La Diana se volvió hacia su tío y le sonrió.

—Gracias por haber venido. No saben lo que significa tenerlos cerca. Hay tanto de que hablar.

—Es cierto —afirmó el noble escocés—, pero si bien luces hermosa como siempre, también te noto cansada.

—No quiero dejar solo a Lazar.

—¿Cómo está él? —se interesó McLeod.

—Le extrajeron una bala del hígado pero todo salió bien. Lo sedaron y ahora está descansando.

—Bendito sea Dios —masculló Callum Duncan—. Estuve enfermo de preocupación por ti, querida.

—Lo sé y lo siento. Todo se complicó. Me gustaría contarles, pero no quiero dejar mucho tiempo solo a Lazar —repitió—. Temo por su vida. Fue el vojvoda, el jefe de la red de tráfico —aclaró—, quien lo hirió. Lo intentará de nuevo.

—Ordenaré que le pongan una guardia las veinticuatro horas del día —declaró Glendale—, de modo que tú puedas descansar.

—No confío en nadie, Callum.

—¿Ni siquiera en tus amigos de la Mercure?

—Si Zlatan pudiese quedarse con él un par de horas, aceptaría —admitió, pues anhelaba ver a Darko y darse un baño.

Glendale se alejó con el teléfono en la mano. La Diana y Bruce McLeod intercambiaron una mirada sincera.

—Has cambiado —afirmó el hacker escocés—. No pasó mucho desde la última vez que nos vimos, hoy exactamente un mes, y sin embargo has cambiado.

—No creo que puedas imaginar cuánto.

—Kova? tiene que ver con esta metamorfosis, ¿verdad?

—Él es el artífice.

—¿Estás enamorada de él?

—Sí, lo amo.

—Recuerdo el día en que me dijiste que no sabías amar.

—Lazar me enseñó.

—Tengo la impresión de que no te enseñó nada, que tú sabías amar pero que no te lo permitías.

—Sí, es posible.

—¿Por qué?

—Porque amar duele, Bruce.

—Ya lo creo que duele.

Callum Duncan volvió a ocupar su sitio y anunció que Zlatan Tarkovich se presentaría en pocos minutos para relevarla. La Diana asintió con una sonrisa; no obstante, y pese a que momentos atrás había deseado ver a Darko, la idea de dejar a Kova?, aunque fuese bajo el cuidado de su amigo, le resultó intolerable. Le temió al amor desmesurado que había nacido en ella y a la dependencia que implicaba.

* * *

Se refrenaba y caminaba lentamente para respetar los pasos medidos de Callum Duncan, que se ayudaba con un bastón mientras recorrían la avenida principal de Camp Bondsteel, y lo hacía por el respeto y el cariño que el anciano se había ganado en poco tiempo; en caso contrario habría echado a correr. Ansiaba el reencuentro con Darko y volver junto a Kova?. Había llenado a Tarkovich de recomendaciones, que su amigo había recibido con paciencia. Los guiaba un sargento del ejército norteamericano hasta el Jeep que los conduciría a las cabañas donde se había instalado a las víctimas del tráfico humano.

La base norteamericana en Kosovo es la más grande que Estados Unidos posee fuera de su territorio. Se trata de una pequeña ciudad con supermercados, negocios, cine, gimnasios, bares, incluso hay un Burger King y un Taco Bell. A La Diana, su estilo de construcción le resultaba familiar pues no era muy distinto del de otras bases donde había transcurrido tiempo entrenándose. Saltó del Jeep cuando el vehículo frenó delante de las típicas cabañas construidas en madera y con techos de policarbonato que, más allá de la simpleza exterior, estaban muy bien equipadas. McLeod y ella ayudaron a descender a su tío abuelo y se encaminaron a la casa en la cual, según el sargento, se hospedaban la señora Gordana Prolovi? —se refería a Goga— y los niños.

La Diana llamó a la puerta con las palpitaciones muy por encima de la media. Abrió Brikena, una de las víctimas, que exclamó su nombre y se hizo a un lado para darle paso. Darko saltó de la silla y corrió hacia ella. Soltó el macuto y lo aguardó con los brazos abiertos. Lo apretó contra su pecho, y las manitas del pequeño se le ajustaron en la espalda. Solo experimentaba alegría y paz, nada de la repulsión del pasado o la quemazón en el pecho. Se sentía ebria de felicidad, abrumada de alivio.

—Moje blago —lo llamaba mientras le besaba la cabecita—, adorado moje blago. No llores, cariño.

El niño alzó el rostro y la miró con sus ojos negros y grandes embellecidos por las pestañas mojadas y más oscuras.

—¿Mi papá se murió?

—¡No, moje blago! No. Está en el hospital, pero está bien.

—No había forma de convencerlo de que no había muerto —intervino Goga—. ¿Has visto, Dare, que no te mentí cuando te dije que ese señor que vino a vernos me avisó que Lazar estaba fuera de peligro?

Darko no se volvió hacia la mujer y siguió con la vista fija en La Diana, que se la sostenía sin miedo, sin culpa.

—Quiero ir con mi papá —expresó tras esa pausa.

—Dormirá profundamente hasta mañana. Cuando despierte, vendré a buscarte para que lo veas. Lo primero que hará Lazar al abrir los ojos será preguntar por ti, moje blago. Eres a quien más ama en este mundo, lo sabes.

—Y a ti —añadió el niño.

La Diana asintió con un nudo en la garganta. Lo tomó de la mano.

—Ven, quiero que conozcas a unos amigos.

Siguieron las presentaciones, y La Diana se enorgulleció de su tío abuelo, que enseguida se sentó con los tres niños —Darko, Zaína y Oana, las hijas de Goga y de Brikena— y se hizo el que comprendía cuando le mostraban las ilustraciones que habían estado haciendo. Pese a que ninguno hablaba la lengua del otro, de manera asombrosa los tres niños y el anciano se comunicaban animadamente con gestos y dibujos. La Diana sonreía al ver al viejo espía escocés, conocedor de secretos que habrían hecho temblar las estructuras de algunos gobiernos, departiendo con niños como si lo hubiese hecho la vida entera.

—¿Dónde están las demás? —quiso saber; en esa cabaña solo se encontraban tres de las víctimas: Brikena, Anna y Julie.

—Selin y Senada están en el hospital —respondió Goga—. A Nuur, Sanit, Shivani y Svetlana las ubicaron en la cabaña de al lado.

—¿Cómo están? —se interesó.

—Bien, no te preocupes por ellas.

—Me gustaría darme un baño.

—Ven, es por aquí.

Al ver que La Diana se iba, Darko se abrazó a sus piernas.

—No me voy, moje blago. Solo quiero darme un baño porque ya huelo mal. ¿No es cierto que huelo mal? —dijo, y frunció la nariz.

El niño, con el mentón clavado en su vientre, negó con la cabeza entre risas; por alguna razón, encontraba graciosa la pregunta. Le aseguró que no se iría sin avisarle, y con esa promesa Darko aceptó soltarla y regresó con Callum Duncan.

Goga la proveyó de toallas, ropa interior limpia y una camiseta. Se metió en el baño de pronto cansada y con un persistente dolor de cabeza. Estuvo un buen rato frente al espejo, observándose. Hacía años que no se atrevía a sostenerse la mirada, y allí estaba, frente a ella misma, su peor enemiga, después de haber sobrevivido a una persecución por parte de criminales despiadados dispuestos a recuperar a las muchachas que habían secuestrado, violado y torturado, y todo por dinero. Se sintió orgullosa como soldado por la labor desempeñada en las peores condiciones y sin bajas. Rio al caer en la cuenta de la misión titánica que acababa de cumplir, y si bien al final había contado con el apoyo de dos profesionales de la guerra, Nanuk Christiansen y Daen van Groen, la mayor parte de la operación la habían llevado adelante Lazar Kova? y ella. La seriedad volvió a endurecerle la mirada y las facciones, pero no era desprecio por sí misma lo que trasuntaban sus ojos celestes, al contrario, por primera vez se contemplaba con orgullo y paz. Parecía que la reconciliación consigo misma había comenzado.

Se dio una larga ducha. Le permitió al chorro de agua caliente que le masajease la espalda durante un rato. El dolor de cabeza fue remitiendo, lo mismo que el latido en las sienes. Se lavó el cabello y el cuerpo con fricciones que le enrojecieron la piel y se depiló las piernas y las axilas con una rasuradora descartable que halló en el botiquín. Se cepilló los dientes tantas veces que acabó con el interior de la boca frío y ardoroso. Salió renovada.

En el comedor la esperaba un plato de sopa con trozos de pollo que les habían traído de la cantina de los oficiales y que le supo delicioso. Solo comió ella; los demás ya lo habían hecho. Se sentaron para acompañarla. Darko, a su lado, le hablaba e irremediablemente la hacía pensar en su pequeña hija Larysa.

En tanto Julie y Anna, en su inglés chapucero, les detallaban a Glendale y a McLeod los pormenores de la travesía, La Diana los observaba y hacía una nota mental de los temas que tenía que tratar con ellos. A cada declaración de las muchachas, su tío abuelo y su amigo se volvían y la miraban para confirmar si habían comprendido bien, y ella se limitaba a asentir.

—No puedo creer las penurias que padecieron —manifestó Callum Duncan—. Me siento culpable, querida.

—¿Culpable? —se extrañó La Diana—. ¡Callum, si estamos vivos es en parte gracias a ti!

—Pero fui yo quien te instó a viajar a Bosnia. Fui yo el que te dijo que habíamos llegado a un callejón sin salida en la investigación y que todo apuntaba a tu país.

La Diana sonreía y negaba con la cabeza. En tanto, meditaba las palabras que Lazar Kova? había pronunciado dos días atrás, cuando la había enfrentado a su dragón más cruel, el que le impedía admitir que amaba a su hija nacida durante el cautiverio y que había regresado a Bosnia para buscarla.

—Callum, nunca podré agradecerte lo suficiente por haberme empujado a volver a mi patria. —Le ofreció la mano a través de la mesa y el anciano se la tomó enseguida—. Poder tocarte es una de las tantas cosas que he conseguido gracias a este viaje.

—¿Estás feliz, entonces? —quiso saber el anciano, y se lo preguntó con un gesto que de nuevo le hizo acordar a su abuelo Liam.

—Inmensamente —dijo con un hilo de voz, y Glendale, con los ojos húmedos, asintió y le besó la mano.

Las muchachas se ocuparon de poner orden, lavar los platos y distraer a los niños. La Diana, Goga, Callum Duncan y Bruce McLeod se ubicaron en la pequeña sala para conversar.

—¿Qué sigue ahora? —preguntó Goga.

—Ustedes quizá no lo sepan —tomó la palabra el anciano escocés—, pero durante los días en que huían de los traficantes se armó un gran revuelo internacional. Bosnia, pero también la OTAN y la ONU, están en el ojo de la tormenta. La entrevista que dio Kova? a Albert Coleman y la conferencia de prensa de la fiscal Dretar hicieron centro, sin mencionar la publicación del artículo de Coleman y el video con esos dos malnacidos forzando a las pobres chicas. —El anciano se quitó los anteojos y se masajeó el puente de la nariz—. La situación es caótica en este momento pero las consecuencias a futuro serán positivas para nosotros.

—Coleman está viajando hacia aquí —informó McLeod—. Llegará a Bondsteel de un momento a otro. Querrá verlos —añadió, y alternó la mirada entre La Diana y Goga—. Es preciso continuar con el ruido en la prensa —subrayó—. El escándalo no debe languidecer.

—¿Has podido ver los legajos de Carrie Stewart? —La Diana se dirigió a Callum Duncan.

—Son seis —afirmó el anciano—. Contienen investigaciones que la muchacha y su jefe Richard Tomkins iniciaron poco antes de que Tomkins muriese en ese accidente automovilístico. Involucran a pesos pesados de la policía local y de la IPTF —Duncan se refería a la fuerza policial internacional que operaba en Bosnia.

—Lo mataron por los dichosos legajos —apuntó Goga.

—Probablemente —acordó Glendale.

—¿Qué haremos con ellos? —quiso saber La Diana—. Tienen que servir para algo. Carrie, su novio y Tomkins murieron por su causa.

—Hicimos copias que acabaron en los despachos de las autoridades más importantes —dijo McLeod—. Jacques Paul Klein y Madeleine Reardon, entre otros, los recibieron ayer de nuestras propias manos. Los originales están en una caja fuerte.

—Bien —masculló La Diana.

—No quiero olvidarme de comentarles —dijo McLeod— que intenté rastrear las direcciones IP de los dos mensajes con amenazas que le enviaron a la fiscal Dretar a su casilla personal.

—¿Y? —se interesó Goga.

—Fue imposible determinar el origen del protocolo de Internet. Estaba enmascarado, y cuando lograba desenmascararlo, enseguida cambiaba y volvía a enmascararse. Una tecnología endemoniada que no conocía. Una genialidad, debo admitir.

“No me sorprende”, se dijo La Diana, “si cuentan con la pericia del ingeniero Kaiser”.

—Cuestión que es imposible saber el origen del mensaje —concluyó la presidenta de Duga Sarajevo.

—Imposible. Estos traficantes tienen a los mejores hackers trabajando para ellos. No será fácil hacerlos caer.

—Pero ahora con el escándalo que se armó —se esperanzó Goga— y con esos legajos en las manos correctas, les asestaremos un duro golpe.

—Igualmente —la previno Callum Duncan—, cambiar la situación en los Balcanes no será fácil. Conozco al dedillo los manejos políticos internacionales, por eso quiero advertirles que quizá se monte una gran escenografía y que todo cambie para que nada cambie. Gatopardismo, como lo llaman los italianos —remató.

La Diana evocó las palabras del general Raemmers, quien le había expuesto su teoría acerca de la relación simbiótica nacida entre el establishment, liderado por Estados Unidos y la OTAN, y las mafias locales de origen serbio que mantenían la región libre de terroristas musulmanes a cambio de traficar libremente con droga, armas y humanos. Duga Sarajevo, el organismo no gubernamental creado por Lazar Kova?, Gordana “Goga” Prolovi? y la fiscal Bosiljka “Bosa” Dretar, había tocado un punto sensible al proteger y dar refugio a una muchacha ucraniana, Svetlana Shevchenko, lo que había propiciado una persecución implacable que había terminado en Camp Bondsteel.

Sí, meditó La Diana, la persecución había terminado, pero el asunto estaba lejos de haber llegado a su fin. Por lo pronto, había que aclarar por qué Svetlana era especial para los traficantes, tanto como para suscitar un revuelo que podía costarles caro, pues si algo no precisaban esas basuras era que sus comercios se ventilasen en la prensa o que los nombres de reputados funcionarios públicos se asociasen a sus negocios. Igualmente, se sabían poderosos porque, conscientes del beneficio que le reportaban al establishment, no dudaban de que los protegerían y los encubrirían con tal de que mantuviesen la región limpia de campos de entrenamiento de Al-Qaeda. La cuestión era compleja, un endiablado galimatías difícil de resolver.

—¿Podré regresar a Sarajevo? —se preguntó Goga con expresión desanimada.

—Sería prudente que pasases unos días en otro sitio —sugirió Callum Duncan—, por lo menos hasta que podamos determinar cómo están las cosas. Ahora todo es caos y revuelo. Quiero ver cómo se acomoda la cuestión.

—Podría instalarme en nuestra cabaña en Crni Guber —dijo Goga.

—¿Tienes una cabaña en Crni Guber? —se sorprendió La Diana.

—¿Conoces el lugar? —se interesó Callum Duncan, siempre atento a las reacciones y comentarios de la nieta de su único hermano.

—Sí, está pegado a mi pueblo, Srebrenica. Es famoso por sus aguas termales. Había un hotel, un spa como lo llaman ahora, muy lindo. Siempre estaba lleno.

—Compramos la casa antes de la guerra, cuando a Momo, mi esposo —aclaró en dirección a Glendale y a McLeod—, le diagnosticaron reuma. Nos aseguraron que las aguas eran curativas.

—Había pocas casas por ahí —evocó La Diana—. La mayor parte estaba ocupada por el spa.

—Compramos una de las casas osa?anke, la más grande, la que está en la curva del Drina, camino a Bajina Bašta.

—¿La de dos pisos? ¿La que tiene el sendero de macadán que sube?

—Esa misma —confirmó Goga.

—¡No puedo creerlo! —se admiró La Diana—. Conozco bien esa casa. Íbamos siempre con mis hermanos a juntar hongos y usábamos el sendero para acceder al bosque. Prácticamente pasábamos por la puerta. Quizá nos cruzamos en alguna ocasión.

—No sabía que tu familia fuese de Srebrenica —comentó Goga, y La Diana guardó silencio. El recuerdo de la guerra y de la masacre por la cual su ciudad había cobrado fama la enmudeció y la entristeció de repente.

—¿Cómo dijiste que se llama la casa, querida? —intervino Callum Duncan.

—Osa?anke. Es un estilo de casa típico del valle del Drina, construidas con roble y piedra. Las llaman de ese modo por el nombre de los constructores del siglo XIX que las levantaron, la familia Osa?ani. Podría instalarme allí por un tiempo —repitió Goga con aire pensativo.

—A mí me gustaría invitarlas a ti y a tu hija a mi casa en Escocia —propuso Glendale.

—Oh —se sorprendió Goga, y La Diana advirtió el brillo que le embelleció los rasgos cansados—. Callum, gracias, pero no querría importunarlo con…

—No digas más —desestimó el anciano escocés con una sacudida de mano—. Tú y la pequeña Zaína serán más que bienvenidas en Glendale. Un par de semanas en las Highlands les permitirán recuperarse de la traumática experiencia. Y le dará tiempo a mi gente para equipar tu departamento con medidas de seguridad.

—En Glendale —intervino McLeod— podré mostrarte esos programas de los que te hablaba recién, los que uso para desenmascarar las direcciones IP ocultas.

La Diana percibía la alegría que, después de tantos días de sufrimiento y miedo, se apoderaba del ánimo de la mejor amiga de Kova?.

—Gracias, Callum, pero después de la extremadamente generosa donación que hizo a Duga Sarajevo, no quisiera seguir importunándolo con mis cuestiones.

—Nada de importunarme. Será un placer recibirlas en Glendale. Les hará bien a las dos, en especial a la pequeña. Necesita olvidar.

—Sí —dijo Goga, y se volvió hacia Zaína, que jugaba con Darko y Oana—. Todos necesitamos olvidar, solo que no resultará fácil. ¿Qué será de las muchachas? —dijo, en referencia a las nueve víctimas del tráfico humano.

—El gobierno de Bosnia se cuidará bien de que algo malo les ocurra dado el escándalo que suscitó la fuga —señaló Callum Duncan—. Las protegerán, y sé de gobiernos que han ofrecido recibirlas como asiladas, entre ellos Francia y Alemania. No te preocupes por ellas; una solución se encontrará.

La Diana, a quien comenzaba a apremiarla la necesidad de regresar con Kova?, se puso de pie.

—Quiero volver al hospital —anunció y se puso de pie, y Darko, que parecía distraído mientras pintaba en un rincón, abandonó el dibujo y corrió hacia ella, que lo abrazó y lo besó en la frente—. Oye, moje blago. Pasaré la noche con Lazar y mañana, cuando él despierte, vendré a buscarte para que vayas a verlo.

—Bueno —dijo, no muy convencido—. ¿No puedo ir contigo ahora?

—No te permitirán quedarte toda la noche. Mejor duerme cómodo en tu cama y mañana, después de que hayas descansado, vendré por ti. —El niño asintió con el entrecejo fruncido y La Diana se lo besó—. Ese es mi muchacho, el más valiente que existe.

—¡Yo también soy valiente! —se quejó Zaína, mientras daba saltitos y aplaudía junto a La Diana, que en el pasado se habría alejado y en ese momento reía—. ¡Fui valiente!

—¡Claro que tú también! —concedió—. Fueron soldados ejemplares.

Darko la sorprendió abrazándola y ocultando la carita en su vientre. Cerró los ojos y se permitió saborear la sensación vivificante que le había negado a Larysa.

* * *

El sargento al servicio del barón de Glendale los conducía en el Jeep hacia el hospital. Había comenzado a nevar y la temperatura descendía, y tras un instante de desasosiego La Diana se recordó que estaban a salvo y que esa noche dormirían cómodos y con calefacción.

—Fue un milagro que no muriésemos —pensó en voz alta, y percibió la mano de su tío abuelo sobre la de ella—. Hubo momentos en que creí que no lo lograríamos. Todo estaba en nuestra contra.

—Lo sé, lo sé, pero eso ya pasó. Quiero que estés orgullosa de lo que hiciste, una gesta que pocos habrían logrado. Estoy tan orgulloso de ti, querida. Y sé que mi hermano lo habría estado también. —La Diana bajó la vista para ocultar la emoción—. Estás extenuada —prosiguió el anciano—. ¿No sería mejor que durmieses en una cama cómoda en lugar de pasar toda la noche en una silla?

—No. Solamente junto a Lazar estaré tranquila. No debí dejarlo solo tanto tiempo —se reprochó, y le habría pedido al sargento que acelerase si no lo hubiese considerado una descortesía.

—Está con tu amigo Zlatan. Quédate tranquila, por favor. ¿Darko es hijo de Kova?? —quiso saber, y a La Diana le dio gracia el gesto que hacía para enmascarar la curiosidad—. ¿No es sacerdote acaso? Eso decían en los medios.

—Renunció la semana pasada. Envió una carta al patriarca en Serbia y le comunicó su decisión de abandonar el sacerdocio.

—Oh. —Las pobladas cejas grisáceas del anciano se elevaron mientras una risita cómplice de McLeod se destacaba por sobre el ronroneo del motor.

—En cuanto a Darko, es una de las víctimas de pedofilia rescatadas por Duga Sarajevo. Kova? quiere adoptarlo. Queremos adoptarlo —aclaró, y la sorpresa del barón de Glendale se profundizó.

—Callum —dijo el hacker escocés—, creo que nuestra Diana está tratando de decirte que si Kova? colgó los hábitos fue por culpa de ella.

—¿Es eso cierto, querida? ¿Él y tú…? Pues, ¿se han enamorado?

—Sí, Callum. Kova? me pidió que fuese su esposa y he aceptado.

La noticia los sacudió.

—¡Si acabas de conocerlo! —se alteró Bruce McLeod.

—Lo amo, Bruce, como jamás he amado a ningún hombre. No hay ni habrá otro para mí. Solo Lazar.

—Que pueda tocarte en este momento es gracias a Kova?, ¿verdad?

—Sí, Callum, es gracias a él.

* * *

Los despidió en la puerta del hospital. Los saludó con la mano en tanto se alejaban en el Jeep que los conduciría a la cabaña que les habían asignado. La Diana suspiró, contenta de tenerlos cerca. A punto de ingresar se detuvo al sonido del celular. Pocos tenían el número del burner. ¿Sería Goga? ¿Tal vez Linda, la enfermera?

—¿Hola?

—¡Por fin, Diana!

—¡Eliah! ¿De dónde me llamas?

—De alta mar, con el teléfono satelital, que no es seguro. No digas nada que te comprometa. ¿Estás bien? ¿Estás a salvo?

—Sí, estoy bien, a salvo.

—¡Hace dos putos días que intento comunicarme contigo!

—¿Quién te dio este teléfono?

—Tu tío abuelo. Y me contó todo. ¡Sabía que tu viaje a Bosnia no traería nada bueno! —se enojó—. A Matilde no le dije nada para no angustiarla, pero sospecha que tú formas parte del grupo que desde hace tres días tiene al mundo en vilo. Está desesperada. Llámala, por favor.

—Lo siento. Como estaba casi segura de que mi nombre no se mencionaba, pensé que ninguno de ustedes sabría que estaba metida en este lío. No quería preocuparlos.

—Matilde lo dedujo. Dice que tú le hablaste de un tal Lazar y que había un Lazar en el grupo que huía de los traficantes. Insistía y de nada valía que le dijese que Lazar es el nombre serbio más común. A veces creo que nació con un radar para detectar lo que los demás no vemos. Pero, ¿de veras estás bien?

—Sí, de veras. Todo salió bien. Quiero que te quedes tranquilo.

—En los primeros días de enero estaré allí, donde te encuentras tú. Te llamaré cuando llegue.

—OK. ¿Eliah?

—Dime.

—Quiero que sepas que este viaje a Bosnia ha sido lo mejor que podría haberme pasado, más allá de todo lo vivido. Cuando volvamos a vernos sabrás por qué.

—Está bien, cariño —respondió más sereno—. Perdóname si te he hablado bruscamente, pero han sido días muy duros. Me sentía un inútil aquí en medio del mar sin poder ayudarte.

—Lo hiciste. Tres helicópteros de la Mercure fueron a rescatarnos. Sé que eso debió de costarle una pequeña fortuna a tu empresa.

—Eso es lo de menos. Zlatan me llamó anoche para contarme el plan, y le indiqué que llevase el Apache y el Mil M-25 como soporte.

—Gracias. Estamos todos a salvo. No tuvimos bajas.

—Me hace feliz saberlo. Ahora tengo que dejarte. Cuídate.

—Lo haré. Tú también. Te quiero, Eliah.

—Y yo a ti, cariño.

Pese a la ansiedad que la dominaba por regresar con Kova?, llamó a Matilde. Dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos estaba prohibido utilizar los celulares pues interferían con los aparatos. Matilde atendió enseguida.

—¿Mat? Soy Diana.

—¡Diana! ¡Bendito sea Dios! Estaba muy preocupada por ti.

—Lo sé. Acabo de cortar con Eliah.

—No podía comunicarme contigo y supuse que formabas parte de ese grupo de pobres chicas que escapaban de sus captores en los Balcanes.

—De hecho —la interrumpió—, formaba parte.

—¡Lo sabía! Sabía que Lazar Kova? era tu Lazar.

—Sí, mi Lazar, querida Mat.

—¿Estás bien? ¿Todos están bien?

—Sí, todos estamos bien. Quédate tranquila.

—Ahora lo estaré. No pude funcionar bien durante estos últimos tres días loca de la preocupación por ti. Me lo pasaba pegada al televisor. ¡Y tenía que simular delante de Leila y de Sanny! Ellos no sospecharon nada.

—Mejor así —replicó La Diana.

—Y Lazar y tú, ¿cómo están?

La Diana sonrió y se mordió el labio en actitud cómplice.

—Nos amamos, Mat. Y somos felices.

Matilde soltó una exclamación triunfal que la hizo reír.

—¡Estoy tan feliz por ti, amiga mía! Tan, pero tan feliz.

—Lo sé. Después te contaré los detalles. Ahora tengo que dejarte.

—Una última pregunta. ¿Cuándo regresas? ¿Estarán Lazar y tú para la inauguración de la clínica?

—Qué lindo suena eso, Lazar y tú.

—Así será desde ahora en adelante —aseguró Matilde.

—Eso espero. En cuanto a si estaremos en París para la inauguración, no lo sé, pero te prometo que haré lo posible para acompañarte ese día.

Se despidieron, y La Diana corrió dentro del hospital y cruzó deprisa las puertas y los corredores que la separaban de la razón de su existencia. El ritmo cardíaco se le aceleraba a medida que las zancadas devoraban los metros. Se lavó deprisa las manos, con una sensación fea en la boca del estómago; temía encontrarse con una tragedia. Divisó de lejos a Zlatan Tarkovich sentado junto al ingreso del cubículo leyendo un periódico muy tranquilo y compuesto, y se mordió el labio para refrenar la emoción que le causó el alivio. El soldado se puso de pie y le sonrió.

—¿Todo tranquilo?

—Más tranquilo, imposible —aseguró el croata.

—Gracias, Zlatan. Gracias por todo, te debemos la vida.

—Tú eres un soldado como yo, Diana. Sabes que es nuestro trabajo.

—Igualmente, gracias por todo. Dile a Doc que mañana iré a verlo para agradecerle por haberle salvado la vida a Lazar.

—Le diré. Llámame si me necesitas para hacer guardia.

—Gracias, lo haré. Solo confío en ti y en los muchachos de la Mercure.

—Estamos a tu disposición.

Por fin entró en el cubículo y soltó el macuto en el suelo, ciega de inquietud por verificar que Kova? estuviese bien. Lo halló dormido y sereno.

—Amor —susurró, y se inclinó para besarlo—. Aquí estoy, Lazar. No veía la hora de volver a ti. Dare está bien, no te preocupes por él. Loco por verte, como imaginarás. Lo tuve casi todo el tiempo conmigo, pegado a mí. Es mágico, amor, mágico. Estaba oprimida y tú me liberaste. Gracias, gracias, amor mío.

Se incorporó al escuchar un murmullo a su espalda. Era Linda, que le indicaba a un hombre que colocase un catre junto a la cama ortopédica de Kova?.

—Para usted, señorita Diana. Para que descanse esta noche. Indicaciones de las altas esferas —explicó con una mueca graciosa, y La Diana le sonrió.

En tanto, pensaba: “Querido Callum”.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Posteos Relacionados