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Diez preguntas que la ciencia (todavía) no puede contestar

Vaya un fragmento del nuevo libro de Nora Bär (Paidós, 2018). Aquí parte del capítulo dedicado a entender por qué dormimos (spoiler alert: no sabemos). ¿Sabían que dedicamos en promedio unas 50.000 horas a soñar? Una fiesta para Freud.

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La periodista científica Nora Bär se pregunta retóricamente cuestiones que la ciencia, aún, no ha logrado descifrar (pero sabemos que están trabajando en eso constantemente). Diez incógnitas que nos quitan el sueño (por eso incluimos un fragmento del capítulo dedicado a eso mismo) como qué es el tiempo (la filosofía nos ayuda en estos menesteres), cómo surgió la vida o qué hubo antes del Big Bang, qué es la conciencia y hasta la inteligencia, y más curiosidades.

 

 

¿POR QUÉ DORMIMOS?

¿No es extraño que nos pasemos casi un tercio de nuestra vida durmiendo? Y no solo eso, el desconcierto

crece si tenemos en cuenta que, en un lapso promedio de setenta años, dedicamos por lo menos cincuenta mil horas a soñar; es decir, dos mil días o seis años enteros en los que nos encontramos paralizados, sin capacidad de reacción ni manera de defendernos contra hipotéticos ataques de predadores.

En esta sociedad abierta 24/7, muchos quisiéramos disminuir el tiempo que estamos inhibidos de participar del espectáculo global (leer, escribir, estudiar, pasear…, en definitiva, ¡hacer!), pero nos es imposible librarnos de ese hábito que nos asalta puntualmente al final del día (o, a veces, en pleno día). En cualquier momento, más de mil millones de personas están durmiendo en algún lugar del planeta. ¿Por qué?

Durante la vigilia, estamos conectados con el mundo externo, atentos a todo lo que sucede a nuestro alrededor. Cuando cerramos los ojos, se abren las compuertas de la mente a un universo interno tan real como el primero y, en términos prácticos, somos totalmente improductivos. Sin duda pensando en esta aparente pasividad, un reverendo puritano muy influyente en la Nueva Inglaterra del siglo XVIII, Cotton Mather, que tuvo aciertos como promover la vacunación, pero también participó en los juicios de Salem, advirtió en uno de sus sermones de 1719 que dormir era un pecado y lamentó que las personas durmieran cuando podían estar trabajando.

Thomas Edison tenía una visión similar sobre esta costumbre generalizada: “El sueño es una pérdida criminal de tiempo y una herencia de nuestro pasado cavernícola”, afirmaba.

Por mucho tiempo, la enigmática inutilidad del sueño desconcertaba incluso a los científicos que lo estudiaban. Robert Stickgold, director del Centro del Sueño y la Cognición del Hospital Beth Israel de Boston y profesor de la Escuela de Medicina de Harvard, suele recordar que su antiguo colaborador, J. Allan Hobson, luego devenido también en un destacado especialista en el tema, bromeaba diciendo que la única función conocida del sueño era curar la somnolencia. Pero Allan Rechtschaffen, uno de los pioneros en la investigación de este proceso fisiológico cuyos trabajos exploraron el insomnio, la narcolepsia, las siestas y la apnea (interrupción momentánea de la respiración durante el sueño), afirmó en 1978 que “si el sueño no sirviera a una función absolutamente vital, sería el mayor error cometido jamás por la evolución”.

La pregunta por las funciones del sueño debe ser tan antigua como la del origen de la vida. En la mitología griega, Hipnos, el sueño, hijo de Nix (diosa de la noche) y gemelo de Tánatos (la muerte), habitaba en una cueva del inframundo. Aristóteles, en De somno et vigilia, afirmaba que la causa del sueño era el enfriamiento del corazón. Y, durante mucho tiempo, se lo concibió como un estado de inactividad creada por el aislamiento del encéfalo (la parte del sistema nervioso que se encuentra dentro del cráneo, formada por el cerebro, el cerebelo y el bulbo raquídeo) de las demás partes del cuerpo. En los siglos XVIII y XIX, hubo dos escuelas de pensamiento sobre esta cuestión: una afirmaba que el sueño se producía por falta de sangre (anemia) en estos órganos y la otra, por exceso. Ya en pleno siglo XX, el fisiólogo francés Raphaël Lépine y otros creyeron que durante el sueño se “desconectaban” las células nerviosas. Henri Piéron, uno de los padres de la psicología experimental que fue también uno de los pioneros del estudio científico del sueño, teorizó que el sueño es necesario para restablecer la energía y los compuestos esenciales consumidos durante el día. O, a la inversa, que durante la vigilia se producen toxinas que se van acumulando y se eliminan a la noche. La causa inmediata del sueño es, según esta hipótesis, la producción de unas moléculas, que llamó hipnotoxinas, que inhiben las funciones cerebrales. Para probarlo, en 1913 mantuvo a un grupo de perros despiertos durante diez días, les extrajo líquido cerebroespinal, se lo inyectó a otro perfectamente despierto y descansado, y observó que lo inducía a dormir.

El psiquiatra y neurólogo rumano Constantin von Economo, conocido por su descripción de la encefalitis letárgica en 1917, supuso que la acumulación y posterior eliminación de las toxinas son la causa del ciclo sueño-vigilia. También asumió que hay un “centro del sueño” cuya activación induce al resto del organismo.

Pero fue el trabajo de dos pioneros en la medicina del sueño, Eugene Aserinsky y Nathaniel Kleitman, en 1953, el que empezó a echar luz sobre la arquitectura del sueño y el rol de las diferentes etapas que lo componen. Estos investigadores descubrieron que su ciclo podía ser subdividido en diferentes fases o etapas de acuerdo con el movimiento ocular característico de cada una.

Sin embargo, a pesar de que en las últimas décadas se acumuló mucha información sobre la fisiología y la bioquímica de este fenómeno que rige las vidas de los más diversos organismos, su naturaleza sigue siendo un misterio. Pauta la existencia tanto de las moscas de la fruta como de los estudiantes angustiados por un examen inminente o de los soldados en las trincheras. Inclusive hay varios ejemplos de mamíferos marinos que duermen de una manera muy especial: continúan nadando con medio cerebro despierto y la otra mitad dormida. ¿Qué puede ser tan importante como para que corramos el albur de ser devorados, y dejemos de lado cualquier cosa, hasta comer, con tal de cumplir con esa necesidad diaria? Que semejante hábito sea al mismo tiempo tan común y persistente sugiere que, cualesquiera sean sus razones, es verdaderamente crítico para la vida. No cabe duda de que dormir ofrece algo valioso, al punto de que nos lleva a ponernos en situación de riesgo una y otra vez. Si uno no cede, la presión por dormir aumenta. Hasta las medusas descansan más si son forzadas a no dormir. Esta insidiosa necesidad de la que no podemos desprendernos, y que es tan imperiosa que muchos intentan combatirla con fármacos y todo tipo de técnicas, es el tema que atrae a médicos y neurocientíficos de todo el mundo. La investigación biológica sobre la presión del sueño comenzó hace décadas. En la primera parte del siglo XX, los científicos empezaron a atisbar qué ocurre dentro del cráneo de una persona que duerme colocando electrodos en la cabeza de seres humanos. Así se presentó la primera gran sorpresa cuando descubrieron que, lejos de apagarse, mientras dormimos ciertas áreas del cerebro bullen de actividad.

 

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