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Crónica de una violación

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«Constaté el sinsentido de la existencia», dirá Jana Leo en su relato. Violación Nueva York (Lince). Leo es doctora en filosofía y artista multidisciplinar que combina la escritura con medios audiovisuales. Tras la agresión sexual vivida en su propio hogar, la víctima sufrió el desinterés de la policía lo cual disparó su propia lucha. Así logró dar con el violador que fue condenado a 20 años de prisión y un cargo para su casero por las condiciones de vulnerabilidad del edificio. Jana Leo expone en este libro un sistema de justicia penal perverso. Y trata las violaciones dentro del círculo cercano a la víctima, su violador era también su vecino.

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PRÓLOGO

Violación Nueva York describe la experiencia que viví de secuestro y violación en mi apartamento, y cuenta lo que pasó en mi vida durante los seis años siguientes. A través de mis reflexiones sobre lo ocurrido, Violación Nueva York examina el escenario de la cultura predatoria por excelencia: la ciudad de Nueva York.

Inmediatamente después de la violación, hice una foto de las arrugas que quedaron en las sábanas sobre las que me violaron. Recogí pruebas de la saliva del agresor: un vaso de plástico, colillas. Al día siguiente, frente el espejo del baño, y asustada por los cambios que vi en mi rostro, me tomé una fotografía que mostraba el estado de alienación que reflejaba mi cara tras la violación. Volví al edificio en el que me violaron y fotografié el posible recorrido del violador desde la azotea hasta mi cama. En los años siguientes, recopilé información sobre las investigaciones y archivé todos los documentos relacionados con la violación.

Durante las dos horas que estuve secuestrada, e incluso mientras me violaba, memoricé cada detalle de la fisionomía del violador. En las semanas posteriores, como temía que el violador pudiera volver, diseccioné esas dos horas minuto a minuto, analicé cada una de sus palabras, movimientos y cambios en su tono de voz para anticiparme a sus acciones, tanto para protegerme a mí misma como para facilitar su captura.

A lo largo de los años, seguí analizando esas dos horas. Apliqué un método tomado de la criminología. Estudié cada gesto del comportamiento del violador según patrones psicológicos y traté de estudiar los incentivos y motivos que le condujeron a la violación. Analicé estadísticas y descubrí unas pautas fijas de actuación. Fue así como logré establecer la relación existente entre la geografía del delito y la violencia sexual: entre la discriminación racial, la exclusión económica y la violación; entre la especulación inmobiliaria y la violación.

La violación ocurrió el 25 de enero de 2001 entre las 13.00 y las 15.00 h en el apartamento 29 del 408 de la calle 129 Oeste, en Harlem. Los procedimientos legales por esta causa finalizaron el año 2007. Tanto el agresor como el casero de mi piso fueron declarados culpables y encarcelados; el primero, por violación; el segundo, por fraude.

 

UNA VIOLACIÓN «NO VIOLENTA»

—¡Qué susto me has dado!

Lo dije sin gritar, como si me estuviera gastando una broma.

Por un momento pensé que era el vecino de abajo, que a veces fumaba en el hueco de la escalera. Se parecía a él físicamente y aún no se me había acostumbrado la vista al pasar del sol radiante de la calle a la luz tenue del pasillo.

No me podía creer que hubiera un hombre con una pistola junto a la puerta de mi piso. Mi primera reacción fue negarlo: no iba a pasar nada malo. La segunda fue enfrentarme a la realidad de la situación e intentar bregar con ella de la mejor manera posible.

—¿Tienes algo de dinero? —me preguntó.

—Sí, creo que tengo veinte dólares.

Entró en mi casa. Cuando le vi cruzar el umbral que separaba el descansillo de la escalera, entrar en el apartamento, y luego cerrar la puerta tras de sí, me di cuenta de que mi vida cotidiana se había terminado. Aquel no era un día como cualquier otro. Era el final, el último día de mi vida, o por lo menos el último día de mi vida tal como había sido hasta entonces.

—Entra —dijo.

Empujó la puerta y la cerró con llave.

Su presencia en mi piso me hacía sentir como si me desangrara, como si el espacio se estuviera quedando sin oxígeno. Por un segundo, mientras lo veía caminar por el pasillo, sentí que me iba a caer, que la gravedad ya no podía sujetarme. El espacio se escapaba a mi control porque alguien más lo había alterado. Entrar en mi propio apartamento era entrar en otra esfera, en un mundo desconocido, regido por otras reglas, un mundo en el que me sentía totalmente extraña. Me sentía separada del mundo al que hasta entonces había pertenecido. Él era un desconocido y su presencia alteraba mi vida hasta tal punto que yo también me convertía en una desconocida, para mí misma y para los demás. En este nuevo mundo, era consciente de que en cualquier momento me podían arrebatar la vida, que había perdido el control.

Dejé la bolsa sobre una mesa del salón y busqué el monedero. Lo encontré y miré dentro.

—Tengo treinta y un dólares.

Le di treinta.

—¿Puedo quedarme uno? Es todo el dinero que tengo.

La petición, aunque quizás yo no fuera consciente en ese momento, además de indicar que no tenía nada más en casa, era un intento de mantener un mínimo control sobre mi dinero y, por ende, sobre la situación. Pedirle si podía quedarme un dólar fue el primer signo de negociación.

—Vale. Siéntate.

Me senté en el sillón rojo, que era mi sitio de descanso habitual cuando estaba en casa. Sentarme allí era un esfuerzo desesperado por simular que todo era normal. Él se sentó en diagonal a mí, en una cama que también se usaba como sofá. Agarraba la pistola con la mano que tenía apoyada en la pierna; ya no me apuntaba.

—¿Puedo coger un cigarro? —me preguntó.

—Sí, claro.

¿Por qué me pedía permiso para hacerlo si había entrado en mi casa sin preguntar? Era educado, como alguien que estuviera de visita por primera vez. Pero su corrección me confundía.

Tenía una pistola, pero me pedía permiso. ¿Estaba jugando? Y en ese caso, ¿a qué jugaba? Yo no entendía las reglas y esa desorientación me ponía nerviosa.

—¿Estás segura de que no tienes más dinero? —preguntó otra vez.

—Sí. Soy estudiante. Estudio arte en el centro y estamos a final de mes.

—¿Vives sola?

—No, vivo con mi novio.

—¿Cuándo vuelve?

—No lo sé. Nunca sé cuándo vuelve. Cada día llega a una hora distinta.

¿Por qué me preguntaba por mi novio? ¿Quería saber cuánto tiempo tenía para estar a solas conmigo? ¿Iba a esperar a que mi novio volviera a casa? Mi novio había regresado a España. No volvería hasta dentro de tres meses. Y mi nueva compañera de piso no regresaría hasta la noche, o incluso al día siguiente.

Tenía la boca seca. Necesitaba recobrar el aliento y, al mismo tiempo, probar mi libertad de movimiento, evaluar mi situación.

—¿Puedo beber agua? —pregunté.

—Sí.

Me levanté y fui a la cocina.

—¿Quieres tomar algo?

No daba crédito a las palabras que salían de mi boca. Me dirigía a él como si se tratara de un amigo que hubiera venido a verme. Eso es lo que quería hacerle creer, que era su amiga, porque él no mataría a un amigo. No mataría a una persona tan amable. No mataría a una mujer que le pregunta si quiere tomar algo. Entré en la cocina con la esperanza de que la ventana estuviera abierta. A veces, los chicos del edificio de enfrente fumaban en la escalera de incendios. Pero no había nadie. Era invierno.

Entró detrás de mí.

—Sí, un vaso de agua.

En la encimera todavía estaba el vaso grande del que había bebido por la mañana. Abrí el armario que estaba encima del lavavajillas y busqué otro vaso. ¿Cristal o plástico? Cogí uno de plástico. Pensaba, equivocadamente, que conservaría mejor los restos de saliva.

Volvimos al salón con el agua. Me senté y bebí despacio. Estuvimos sentados en silencio durante varios minutos.

El tiempo, sin palabras, era insoportable. Era una rehén en mi propia casa.

—¿Tienes teléfono? —preguntó.

—Sí.

El teléfono estaba al lado de la ventana, frente a él.

—¿Dónde?

—Allí —señalé.

—¿Tienes más dinero? —insistió.

—No.

¿Qué relación hay entre pedir el teléfono y pedir dinero? ¿Iba a llamar a alguien? Levantó el auricular para ver si había línea. Marcó algunos números. Me entró el pánico. Temí que fuera a invitar a sus amigos. Me destrozarían la casa y me robarían mis cosas (mi equipo de fotografía, el ordenador), y después me torturarían y me matarían.

Hizo varias llamadas, conté diez dígitos por cada una, pero no habló con nadie.

—¿Dónde está el baño?

Me levanté y caminé por el pasillo hasta el baño. Vino detrás de mí. Le abrí la puerta. Entró con la pistola en una mano y el teléfono en la otra y se quedó allí de pie. Quiere intimidad para hablar, pensé, sin saber cómo interpretarlo. La puerta del baño estaba frente a la puerta de entrada al apartamento. Yo quería que cerrara la puerta del baño para poder abrir la del piso, pero no lo hizo. Se quedó allí de pie, con el teléfono y la pistola, mirando hacia la entrada.

¿Qué hacía en el baño con el teléfono? No hablaba con nadie, pero se quedó allí, mirando el aparato. Crucé el salón y entré en el estudio. La ventana daba a una escalera de incendios, pero la reja estaba cerrada y no podía abrirla.

El portero del edificio nos había instalado esa reja cuando alquilamos el piso. Oí los pasos del hombre y dejé de intentar abrirla. De camino al salón, eché un vistazo al portátil, que estaba conectado. Me miró, como preguntando qué estaba haciendo. Al cruzar el salón para poner el teléfono inalámbrico en su base, pisó una colcha con sus botas.

—Lo siento.

Su disculpa aumentó mi ansiedad. Había entrado en mi piso a la fuerza, a punta de pistola, pero me pedía perdón por pisar una colcha. ¿Tendría un trastorno de la personalidad? La primera vez que alguien visita tu casa suele mostrarse excesivamente educado porque no se siente del todo cómodo y quiere dar la imagen de buena persona. ¿Por qué era tan educado? ¿Qué significaba que lo fuese?

¿Era la primera vez que hacía algo así? ¿Tenía su torpeza algo que ver con el hecho de llevar una pistola, un arma que puede usarse desde lejos, y que otorga una cierta distancia a la hora de percibir a la víctima como una persona real? ¿Estaba tratando de causar una buena impresión, como si estuviéramos en nuestra primera cita? ¿Intentaba desorientarme? Le seguí el juego porque quería sobrevivir. Yo era plenamente consciente de que se trataba de un juego, y era capaz de distinguir entre el juego y la realidad de la situación.

—Tranquilo, no pasa nada.

—¿Puedo coger otro cigarro? —pidió de nuevo.

¿Otra vez con las preguntas? No me había preguntado si podía entrar en mi piso. Me pedía permiso con una pistola en la mano. ¿Qué tipo de psicópata era? El arma no daba opción a decir que no.

Lo que ese hombre estaba insinuando era que yo no podía limitarme a seguir sus órdenes, y que además tenía que estar encantada de obedecerlas. ¿Era una forma de humillarme?

—Claro, cógelo —le contesté.

Mi respuesta, como su pregunta, creaba la sensación de que no ocurría nada fuera de lo normal. Yo también estaba jugando, con la esperanza de crear empatía y conseguir así que la violencia estuviera fuera de lugar. Apoyó el cigarrillo en el borde de la mesa que yo misma había diseñado para mi trabajo de fin de máster. Era de metal y tenía figuras magnéticas que se podían mover como los peones del ajedrez.

—No, ahí no. Toma, usa el cenicero. Eso es una obra mía y no quiero que se estropee.

—Vale —accedió.

Corregirle era una manera de mostrarle que no me encontraba en estado de pánico. Al hacer una pequeña corrección trataba de tantear los límites de mi influencia o poder sobre él.

—Lo siento —dijo.

—No pasa nada.

Volvió a sentarse y se quedó unos minutos en silencio.

Hay algo reconfortante en seguir una rutina. El orden y los planes crean una sensación de control sobre las propias acciones, como si en realidad controláramos nuestra propia vida. Cocinar las patatas y las zanahorias, coger el metro, ir a la biblioteca. Aquel día, mi rutina había quedado alterada. La mañana, que empezó a las 9.30 h con una cita médica, ir a por la receta y hacer la compra, había sido una pérdida de tiempo. Ya no me preocupaban ni mi estado de salud ni otros asuntos de la vida cotidiana, sino mi vida en general. Me veía obligada a enfrentarme a la posibilidad de que pudieran matarme.

—¿Seguro que no tienes más dinero? —volvió a preguntar.

—Sí, seguro. De verdad. Me dan mil dólares mensuales para todo. No es mucho, y estamos a final de mes.

La cámara de fotos estaba en el salón, a la vista, montada en el trípode. Era raro que no me pidiera la cámara, la tenía justo delante. Me extrañaba que no buscara algo más de valor por la casa. No tocó nada. Ni siquiera fue al estudio o a la habitación.

—¿Vas a la universidad? ¿Dónde?

—En el centro. Educational Alliance —le respondí.

Me vino el nombre a la cabeza porque estaba haciendo el proyecto para el concurso de renovación de la escuela.

—Tengo clase a las cinco. He de irme.

—Vale.

—¿A qué te dedicas? —le pregunté yo.

—Trabajo en un restaurante.

—¿Un restaurante? ¿Cuál?

—Adele.

—No lo conozco, pero no conozco muchos restaurantes, la verdad.

—¿No conoces el Adele, el de la calle 34?

—No —contesté.

Un chico normal, con un trabajo decente en un restaurante, había entrado en mi piso contra mi voluntad, empuñando una pistola. Mentía. Pero ¿por qué un restaurante? ¿No podía imaginarse a sí mismo haciendo otra cosa? ¿O acaso seguía las reglas de la primera cita y se imaginaba que a una estudiante le pega salir con alguien que trabaja en un restaurante? Pensé en preguntarle por qué me robaba dinero si trabajaba. Pero era mejor atenerse a las reglas del juego y evitar así que se revelara una realidad más cruda.

Pensé en la progresión matemática, una secuencia de tres números que llevan a un cuarto. Había cometido un primer delito al entrar en mi casa. Cometió otro al apuntarme con una pistola, y un tercero al robarme dinero. ¿Qué sería lo siguiente? Estaba de pie frente a mí, en el salón de mi casa, inundado de sol. Le miré a la cara. Podría identificarlo ante la policía. ¿Cómo iba a evitar que lo hiciera? ¿Matándome?

Mi cabeza daba vueltas a las estadísticas. Mi novio, A., para su clase de proyectos había estado investigando sobre cárceles y arquitectura. «Uno de cada diez hombres en Estados Unidos está en la cárcel o lo estará en un futuro. Uno de cada cuatro hombres negros está en la cárcel o lo estará en un futuro.» Me puse nerviosa. ¿Qué quería? ¿Le divertía jugar conmigo? Yo era plenamente consciente de que tenía todas las de perder, mientras que él tenía todas las de ganar.

—¿Podrías marcharte? Tengo que hacer unas cosas antes de ir a clase. ¿Podrías marcharte, por favor?

—No me voy a ir. Yo decido cuándo me voy. No me digas lo que tengo que hacer.

Sonaba enfadado y autoritario: la voz de un enemigo. Me estaba mostrando cuán limitado era mi poder. No se iba a marchar. ¿Por qué no? ¿Qué quería? Las preguntas que me hacía a mí misma estaban nubladas por el pánico: ¿qué hace aquí? ¿Por qué no se va? ¿Está esperando a que venga alguien? ¿Qué me va a hacer? ¿A qué está esperando? No está mirando mis cosas, me está mirando a mí. Está ahí sentado, al borde de la cama, mirándome. ¿Soy yo lo que quiere?

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que lo que quería no tenía nada que ver con mis cosas, sino conmigo.

Sentí que un miedo atroz se apoderaba de todas las partes de mi cuerpo y me hacía perder el equilibrio. Era el miedo a la muerte, un miedo tan intenso que no me importaba cómo iba a morir ni lo que se esperaba de mí antes de la muerte. Un miedo puro y sin esperanza.

—¿Me vas a matar?

La pregunta me salió de dentro.

Yo había perdido el control de la situación. Las palabras salían de mi boca, pero me eran ajenas, como si las pronunciara otra persona. Mi miedo no era tanto un temor natural a la muerte, sino que venía de la absurda comprensión de que puedes ver tu vida amenazada o que tu vida puede incluso terminar, por mero entretenimiento de otra persona. Constaté el sinsentido de la existencia. No he podido recuperarme de ese momento y no creo que jamás pueda hacerlo.

—No, no te voy a matar —contestó.

—Vale.

Me relajé un poco, pero enseguida me invadió otro tipo de miedo, al imaginar la tortura física. Era una rehén en mi propia casa, en el lugar seguro, en el de la intimidad. Estaba atrapada y sabía que nadie iba a venir, que no podía hacer nada para escapar. Solo podía jugar a su juego, no para ganar, pero sí para perder menos.

Se puso de pie y fue hasta la puerta. Después se volvió a sentar.

—¿Vives sola?

—No, ya te lo he dicho. Vivo con mi novio.

—¿Cuándo volverá a casa? ¿Estás segura de que va a volver?

—No lo sé. Cada día llega a una hora distinta. Pero sí, volverá.

Mi novio no iba a volver a casa pronto. Sentía que el hombre de la pistola, de alguna manera, lo sabía. De lo contrario, ¿por qué me hacía tantas veces la misma pregunta? Tal vez hubiera visto a A. salir del edificio con las maletas. Quizá se hubiera dado cuenta de que en el piso solo había ropa de mujer y productos femeninos.

—¿Estás segura de que vives con alguien?

—Sí. ¿Y tú dónde vives?

—Justo enfrente.

Le imaginé observándome volver a casa sola durante los últimos diez días, desde que regresé de España. Puede que fuera uno de los hombres que solían estar de pie, en círculo, con billetes de dólar en la mano, en la esquina de la calle 129 con St. Nicholas Terrace; o uno de los hombres que suelen pasar horas al lado de la tienda de enfrente. Tal vez me había estado observando desde más cerca incluso. ¿Me habría estado observando desde dentro mismo del edificio? ¿Acaso era tan familiar su presencia en este que yo no había reparado en ella de manera consciente y por eso lo había confundido con un vecino de abajo? A menudo había oído ruidos en la azotea y se lo había comunicado al portero, pensando que había ratas. Más adelante, cuando le dije lo que había ocurrido y le describí a un negro joven y fornido, de entre aproximadamente 1,70 y 1,80 metros de estatura y de 80 a 90 kilos de peso, de unos veinte años, con rasgos marcados, pelo corto y aseado, ojos marrones y cara de niño, me dijo que había visto a un hombre que encajaba con esa descripción durmiendo en la azotea hacía un par de semanas.

—Voy a la cocina. ¿Puedo cocinar? —le pregunté.

—No, aún no.

—¿No? Se está haciendo tarde. Tengo que hacerme la comida y luego he de ir a clase.

—Aún no.

Aún. Lo había dicho dos veces. Quería decir que tenía que pasar algo antes de que pudiera recuperar mi vida cotidiana. Ese aún me decía que él estaba a punto de hacer algo.

—¿Qué quieres? ¿Por qué estás aquí?

—Túmbate.

Me hablaba sentado en la cama, mirándome, me decía que me tumbara. Ya está.

—¿Cómo que túmbate? —le dije.

Agarró la pistola y me apuntó con ella. Con un tono más violento lo volvió a decir.

—Que te tumbes.

No quería la cámara, ni la tele, ni el vídeo. Me quería a mí. No quería solo sexo, quería despojarme de mí misma, destruir cualquier rastro de confianza que yo tuviera en mi persona. La orden significaba que estaba a punto de violarme. Más tarde pensé lo que significa obligar a otra persona a tumbarse, no solo para forzarla a mantener relaciones sexuales contra su voluntad, sino también para ningunearla, hacerla de menos, arrebatarle su autoestima y humillarla.

Quería seguir con vida y sabía que tenía que controlarme. Sabía que ello implicaba hacerle sentir que estaba bien que me violara. Tenía que obligarme a mí misma a colaborar.

—¿Quieres sexo?

Estaba aterrorizada, pero en cierto modo sentía alivio; me aterraba la idea de ser coaccionada y obligada sexualmente pero me aliviaba saber qué quería de mí y pensar que tal vez no iba a matarme. Quizás después de violarme, se marcharía. No había pensado en una violación hasta entonces. Puede que fuera algo demasiado horrible para pensarlo. La pistola estaba tan presente que la muerte había sido mi única preocupación. Me había concentrado en mantenerme con vida. Estaba enamorada de mi novio y no prestaba atención sexual a otros hombres. No estaba acostumbrada a ver a los hombres como depredadores sexuales. Había tenido un accidente de moto y acababa de volver del médico. Llevaba algún tiempo sin pensar en mi cuerpo como algo sexual. El hombre que estaba en mi piso era más joven que yo y no estaba mal. Puede que no se me hubiera pasado por la cabeza la violación porque estaba en mi propia casa, en la habitación donde yo solía desconectar del mundo, sentada en mi sillón, y este hombre armado estaba sentado en la cama en la que mi novio y yo hacíamos el amor, sobre la colcha con la que durante cinco años habíamos cubierto nuestros cuerpos.

—Sí —me dijo.

—Oye, podemos hablar de estas cosas. No hace falta que me apuntes con una pistola. Haré lo que tú quieras, pero deja de apuntarme.

Me quedé en el sillón rojo, sin moverme.

—Acabo de venir del médico —le dije—. Estoy enferma. No creo que quieras acostarte conmigo.

—Sí que quiero.

—Vale, vale, lo haré. No te preocupes. No tienes que apuntarme con la pistola. De hecho no hace falta que tengas la pistola mientras lo hacemos.

Soltó la pistola.

—Déjame coger un condón. Los tengo aquí mismo.

Fui a la cajonera de plástico y cogí un preservativo. Lo miró como si no pensara tocarlo.

—Estoy enferma. Acabo de venir del médico. Te lo acabo de decir.

Me remangué el jersey y le enseñé el esparadrapo que tras el análisis de sangre llevaba en el brazo izquierdo. Tenía la esperanza de que asociara mi delgada complexión con la de una persona que tiene sida.

Me quité mis botas marrones y después, los pantalones. Miré hacia abajo. Había cogido el preservativo y se debía de haber quitado las dos camisetas en un solo movimiento, porque cuando volví a mirarlo tenía el pecho descubierto. La pistola estaba en la mesa, cerca de su mano derecha. Se quitó el gorro de lana gris. Debajo llevaba un pañuelo atado que le tapaba el pelo. Tenía que estar bastante seguro de que yo no estaba esperando a nadie. Si no, ¿por qué habría dejado a un lado la pistola? Sabía que aceptaría lo que le pidiera mientras no le impidiera hacer lo que realmente quería.

—Estás muy en forma. ¿Haces ejercicio? Yo no estoy nada en forma, me da vergüenza. ¿Seguro que quieres hacerlo?

—No estás nada mal. Desnúdate. Ahora.

Me quité el jersey, la camiseta y las medias. Me quedé en bragas y sujetador.

Era la segunda vez que me desnudaba ese día: primero para el médico, y ahora para un hombre armado con una pistola.

Se trata de pensar que no pasa nada, me dije a mí misma. Haz como si estuvieras en el médico y sigue las instrucciones. No pienses en lo que te está ocurriendo. Limítate a hacer lo que te pida y sé amable y coopera para que pase rápido, como cuando te quedas quieta para que te hagan una radiografía. Simplemente sigue las instrucciones y pónselo fácil.

—¿Está bien así? —le dije.

No quería estar desnuda delante de él y tenía la esperanza de que tenerme en ropa interior satisfaría su fantasía de la primera cita.

—No, quítatelo todo.

Todavía mirando al suelo me quité el sujetador y las bragas y me tumbé a lo ancho de la cama, en paralelo a la almohada y a él. Quería hacer que estuviera lo más incómodo posible. Se bajó los pantalones. Llevaba ropa interior a rayas azules, negras y blancas. Se puso el preservativo. No lo miré. Giré la cara a un lado. Abrí las piernas. Intentó meterme el pene, pero no era fácil. Yo estaba tensa, tenía la vagina seca y él un pene grande. No era capaz de penetrarme. Me hacía daño.

—¿Has tenido relaciones sexuales antes? —preguntó.

No era capaz de entender por qué mi vagina no estaba húmeda. No entendía que yo pudiera abrir las piernas pero no estar mojada porque no me apetecía tener relaciones sexuales. No quería decirse a sí mismo que yo seguía sus órdenes pero que mi cuerpo no me obedecía.

—Sí —contesté.

—Y entonces, ¿qué pasa?

—Bueno, ya sabes, es una situación rara.

—Me he puesto el condón, ¿no? Así que no hay problema.

No le expliqué que para que dos personas tengan relaciones hace falta algo más que un preservativo. El condón era un método de protección, pero no hacía que el sexo fuera consentido. Me estaba violando, aunque fuera «sin violencia». Había entrado en mi casa armado con una pistola y ahora estaba entrando en mi cuerpo. No era mi forma de hacer las cosas. Yo tomaba mis propias decisiones con respecto al sexo: elegía cuándo, cómo y con quién. Tenía derecho a negarme, sin discusión. Pero los principios se diluyen ante una amenaza de muerte. Si tenía que elegir entre «la honra» y la vida, lo tenía claro. Elegí asumir una pérdida para minimizar la pérdida. La muerte no tiene retorno. Mentalmente, lo comprendía, pero mi cuerpo se negaba a aceptarlo.

Agarrándome contra él por la cintura, se metió en la boca mi pezón derecho. Intenté relajarme para facilitar las cosas y que me doliera menos. Su pene no entraba, así que empujó más fuerte, ayudándose de la mano para penetrarme. Dolía. Nunca me había dolido tanto. Sentía que se me rasgaba la carne.

Mirando el techo, me fijaba en detalles absurdos. Me di cuenta de que la pintura no estaba totalmente lisa, sino que tenía una textura granulada que formaba un patrón vago. Me centré en las irregularidades del gotelé y en su patrón azaroso, un paisaje formado por puntitos de un blanco sucio que cubrían un blanco perfecto. Traté de imaginarme la superficie original que estaba debajo, oculta bajo el gotelé; estaba borrada, y cubierta con parches torpes y diminutos como de típex. Era muy triste ver esos puntos defectuosos con sus formas indefinidas: mi cuerpo debajo del cuerpo de un extraño aplastado por su fuerza. No debía llorar. No podía dejarme ir. Tenía que concentrar mis energías en mantenerme con vida.

—¿Puedo besarte? —me pidió.

Le miro fijamente. Está loco. Entra en mi casa con una pistola, entra en mi cuerpo sin permiso. Y ahora me pregunta si puede besarme. ¿Qué sentido tiene que me pida permiso para besarme cuando me está forzando? Actúa como si fuera la primera vez que se estuviera acostando con la chica. ¿Es esta la fantasía? ¿Imagina que es mi novio o que es nuestra primera cita y este es el primer beso? Puede que no me mate si soy la chica de sus fantasías sexuales: su novia o su primera cita. Lo más probable es que no me mate si en lugar de destruir la fantasía le ayudo a mantenerla viva. Debo permanecer pasiva, para no ser yo realmente, sino un producto de su imaginación.

Hasta ese momento llevaba los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos. Se los quitó de una patada.

—Sí —respondí.

A veces «sí» quiere decir «no». Me obligué a permitirle que me besara. Me besó suavemente en los labios y yo me quedé tumbada, plana, inmóvil, como una muñeca. Parecía que no estaba lo bastante excitado, probablemente porque yo no me movía ni hacía nada.

—¿Te gusta? —preguntó.

—No está mal.

Si fingía que me gustaba, tal vez fuera más rápido. Pero también él podía pensar que no era lógico que me gustara porque me estaba violando y creer que si yo disfrutaba demasiado solo merecía que me matara. Puede que él no pensara así, pero ¿quién sabe? No, yo desde luego no lo sabía. Lo único de lo que estaba convencida era de que no debía arriesgarme. Intenté mostrarme lo más neutral posible y no forzar la situación, para evitar que se volviera aún peor de lo que ya era.

Me tocó el ano con los dedos y empezó a sacarme el pene de la vagina para metérmelo en el ano.

—No, no, por favor, estoy enferma. No, no, por favor, estoy enferma. No, no, por favor, me vas a hacer mucho daño.

Llevaba tres días con cólicos y dolor intestinal. Aunque ya me estaba violando, le supliqué que no lo hiciera en el culo. Sabía que había algo de espacio para la negociación. Me volvió a meter el pene en la vagina y acercó mi cuerpo hacia el suyo. Empezó a moverse más deprisa, y siguió haciéndolo durante un tiempo. No sé cuánto, puede que cinco minutos, puede que siete o puede que diez. Los últimos dos minutos aumentó progresivamente el ritmo hasta que paró. Supuse que había eyaculado. Se quedó un minuto quieto sobre mí y después se retiró.

—Me lo he pasado bien —dijo sonriendo con cara de felicidad.

Vi que tenía el condón en la mano. Le estaba haciendo un nudo.

Nos empezamos a vestir los dos. Yo me puse la ropa deprisa, empujada por el miedo a lo que podía ocurrir después.

—¿Siempre te acercas así a las mujeres? ¿Por qué las abordas así, con una pistola? Estoy segura de que muchas mujeres querrían conocerte sin necesidad de que las apuntaras con una pistola.

—No, no quieren. Soy muy tímido.

Tenía que intentar persuadirle de que se fuera enseguida y no regresara nunca. Tenía que hacerle pensar que no tenía nada en contra de él, pero que no podía volver a hacerlo.

—Tengo novio. Nos queremos. Nos queremos de verdad y nos hemos comprometido a no estar con nadie más. Estoy segura de que encontrarás a alguien, pero por favor no vuelvas. Si no, mi novio se dará cuenta y será terrible para todos.

Estaba intentando alimentar su fantasía; estábamos teniendo una aventura, pero teníamos que dejarlo. Estaba enamorada. Él lo había hecho todo bien.

Se había puesto la camiseta, los zapatos y los pantalones. Cogió la pistola de la mesa y se la metió en el bolsillo. Abrió la ventana para tirar el preservativo.

—No, alguien podría verlo. Dámelo.

Se lo quité de la mano y fui a la cocina a tirarlo a la basura. Quería conservarlo como prueba, una prueba de lo que había hecho. ¿Se daba cuenta de lo que acababa de hacer?

—Ahí lo va a encontrar tu novio.

—Claro, qué tonta. Tienes razón.

Lo sacó de la basura y lo tiró al váter.

—No, eso nunca funciona. Se quedará flotando.

Tiró de la cadena. Desapareció.

Regresó al salón y volvió a mirar en mi bolso, que había dejado encima de la mesa.

—¿Qué quieres? Ya te he dicho que no tengo más dinero.

Sacó el monedero del bolso y miró todo lo que había dentro. Mi tarjeta de crédito American Express, mi credencial de profesora de Cooper. Me alarmé. Descubriría que le había mentido, que no era estudiante. Pero no parecía importarle. ¿Era consciente de que igual que él estaba poniendo en práctica una fantasía, yo mentía para encajar en su personaje?

—¿Tienes carné de conducir?

—Sí, está ahí —contesté.

Sacó uno de los carnés de la cartera y se puso a leerlo: Centro recreativo. Se lo iba a quedar.

—Es el carné de la piscina, la que está aquí cerca. La piscina está genial.

—¿Dónde está? —preguntó.

—Al otro lado del parque, en la calle 135 —respondí.

—Aahhh… sí.

—¿Tú también vas a esa?

—Sí —contestó.

Cogió mi carné y se lo quedó.

—¿Qué haces? ¿Para qué quieres el carné? Primero me quitas el dinero y ahora el carné de la piscina para que ni siquiera pueda ir a nadar. ¿Para qué lo quieres?

—Por si fueras a la policía.

—¿Por qué iba a ir a la policía? Tienes una pistola, ¿no? Me matarás si voy a la policía.

—Te mataré.

Extendí la mano derecha hacia la suya.

—Hagamos un trato, yo no voy a la policía y tú no vuelves por aquí, ¿de acuerdo?

Me devolvió el carné y me estrechó la mano.

—No voy a ir a la policía. ¿Por qué habría de hacerlo? Está todo bien, pero no vuelvas, ¿vale? Me llamo Jana ¿y tú?

—Bennie. Me llamo Bennie.

Caminó delante de mí por el pasillo y le abrí la puerta. Se fue sin mirar atrás.

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