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Cambria I: Los guardianes Jazmín Riera

Cambria I: Los guardianes de Jazmín Riera (Planeta) es ideal para adolescentes a partir de 12 años de la colección «Fuera de colección»: «Los secretos de la vida yacerán por siempre donde el fuego y el agua se encuentren». ¿Y SI NO EXISTE LUZ QUE PUEDA APLACAR LAS FUERZAS DE LA OSCURIDAD? ¿Y SI EL AMOR TRASCIENDE EL PRESENTE? ¿Y SI LA HUMANIDAD ESTÁ AL BORDE DEL COLAPSO? Tabatha Jones es una joven periodista que vive en el pequeño pueblo de Cambria. Escribe para el periódico local denuncias sobre los em-presarios más poderosos y criminales de la zona. Cuando decide ir tras Einar Lucson, un millonario tan oscuro como magnético, su investigación la adentra en un inframundo de criaturas sobrenaturales. A medida que la verdad sale a la luz, Tab deberá luchar contra lo que creía conocer y el nuevo mundo de oscuridad en el que fue sumergida. No todos son capaces de soportar la verdad. No cualquiera puede enfrentarse a la incertidumbre de una nueva realidad aterradora. ¿Podrá Tabatha Jones jugar con fuego y salir viva en el intento?

 

 

 

 

POR JAZMÍN RIERA

 

 

 

Cambria
Actualidad
—¡Tab Jones! —Lucrecia entró al despacho con las hojas impresas de mi historia—. Esto es exquisito. —Se sentó frente al escritorio.
La observé luego de dar un sorbo a mi café.
—Me alegro de que te haya gustado, casi me cuesta una demanda—comenté y ella sonrió.
—Se publicará la semana que viene. —Me miró fijamente detrás de sus anteojos con forma gatuna—. Tráeme más de esto y verás cómo
asciendes hasta los cielos —vaticinó antes de dedicarme una última sonrisa y retirarse.
El teléfono sonó.
—Tabatha Jones —contesté.
—Eres una hija de la mierda, no tienes cer… —Corté la comunicación y caminé fuera de la oficina.
—Isabella —llamé a la joven estudiante de periodismo que se encontraba escribiendo algo en la computadora. Su cabello lacio y castaño
caía por sobre su camisa blanca; tenía un mechón rosa fluorescente, un piercing en la mitad del labio inferior y un delineado grueso en los párpados. Me miró con atención—. ¿Quién era el del teléfono? —pregunté.
—Tu tío… —contestó con rapidez.
—Mi tío Robbie está muerto —repuse levantando una ceja.
—Yo pensé que… —habló con rapidez—. Me dijo…
—¡Chequeá siempre la información, Isa! —le sugerí y salí al pasillo en busca de un nuevo café.
—¡Tab! —Gail salió de su oficina con rapidez—. Me enteré de la historia del vendedor de drogas —comentó divertido—. Lucrecia debe
sentirse frente a una mina de oro.
—Todavía no llego a superarte con la trágica historia de amor de la señora Papriska —repuse mientras caminábamos juntos hacia la
cafetería.
—¿Acaso crees que nos estén haciendo competir? —preguntó con voz divertida mientras me servía un café.
Gail tenía treinta y pico de años, tez morena y llevaba el cabello afeitado. Era uno de los periodistas estrella de la editorial y su engreído
culo lo sabía.
El diario central de Cambria me había abierto las puertas desde hacía poco menos de un año y había regado mi maldita sangre para
darle las mejores historias; era mi primer trabajo luego de terminar la universidad y quería hacerlo bien.
—Es bueno tener a alguien con quien competir —confesó mirándome de arriba abajo antes de pasar a mi lado y retirarse—. Solo
ten cuidado de no terminar como tu antecesor; supe que te estás metiendo con el caso Morgan —fue todo lo que dijo y se perdió por
el pasillo.
Nuevamente en mi oficina, el aroma a café invadió el espacio. Observé la ventana en lo alto; el cielo estaba nublado. El sospechoso
suicidio de Simon Cartier, el periodista de investigación, había dejado un caso sin resolver. Sabía que estaba bajo la mira al estar ocupando su lugar temporalmente, pero todo indicaba que estaba haciendo un buen trabajo como para sustituirlo y, además, cobraba dos veces menos que él… lo que era una ventaja para el diario.
No tanto así para Cartier.
Me senté en la silla detrás del escritorio y mi mirada fue hacia un estante con una caja de color azul Francia; contenía los casos en los que había trabajado Cartier. No había tocado sus cosas desde que había llegado al diario, casi como si fuese algo prohibido. Me moví con la
silla hasta el gran ventanal.
—¿Qué escondes, Cambria? —susurré observando la ciudad desde lo alto.
Corrí bajo la lluvia torrencial de la noche; en una mano llevaba bolsas con víveres y en la otra un nuevo libro. A los pocos minutos ya me encontraba entrando por la puerta del departamento. Una música indie retumbaba con fuerza y Diana se besaba con un tipo completamente tatuado arriba del sillón.
—Didi, te dije que la música tan fuerte…
Miré los dos cuerpos entrelazados en el sillón del living.
—¡Tab! —la voz de Diana resonó a la vez que me miraba sorprendida—. Te presento a…
—Paul… —contestó el joven algo cohibido mientras intentaba alcanzar sus bóxers del piso.
—Paul, ella es Tab. —Mi hermana sonrió.
—Baja la música, no queremos que se quejen de nuevo los vecinos.
Caminé hacia la cocina.
—Te ha llegado una carta —me avisó Didi.
Me serví en un plato los restos de comida china que había en la heladera, agarré mi laptop y caminé hacia la habitación sin olvidarme
de tomar la carta en el camino.
Me había mudado con Didi, mi hermana menor, un año atrás, al mismo tiempo que me habían ofrecido el empleo en el diario central.
A ella le había parecido una excelente idea para alejarse de casa.
El departamento era amplio y antiguo pero con mala distribución, lo que lo hacía parecer pequeño. El olor a humedad ya nos resultaba
familiar y las goteras se hacían cada vez más grandes cuando llovía; algo constante ya que en Cambria raramente sale el sol. Tal vez por
eso el carácter taciturno de sus habitantes.
Los gritos y las risas en el living sonaban lejanos en la habitación.
Abrí la laptop y revisé las últimas noticias.
«Queman templo espiritual en España en señal de protesta».
—¿Quién mierda sigue quemando espacios…? —susurré.
Años atrás había habido una moda en la que todos parecían estar en contra de la religión, fuera cual fuera. Un grupo que se hacía llamar
los subos había quemado todo lo que tuviera algún símbolo religioso.
—¿Quién será mi próxima víctima? —pregunté al aire y cerré la laptop.
Iba a tomar el libro que había dejado por la mitad cuando me detuve en la carta que llevaba mi nombre escrito en el frente.
«Mantén la boca cerrada o te quemaremos» era el mensaje.
La hice un bollo y la tiré en el basurero. Sería la quinta vez que debería acercarme a la policía para asentar una denuncia por amenazas.
Nunca ocurría algo serio, pero entendía que había gente que quería mantener sus oscuros secretos lejos del diario central y mis narices
metiches.
—Ey. —Didi apareció luego de un rato por la puerta de la habitación llevando un buzo grande y el cabello rubio despeinado.
El chico ya se había retirado hacía tan solo minutos.
Didi era delgada como un escobillón, parecía una modelo; tenía veintitrés años y su cabello rubio platinado y su flequillo un poco más
arriba de las cejas le daban un aspecto dulce que contrastaba con su rebeldía. Didi había comenzado a ocultar su cabello castaño con tintura desde temprana edad, por lo que rápidamente se había diferenciado de mi cabello negro azabache y las curvas que había heredado de mi madre. Siempre fui voluptuosa, lo que me trajo muchos problemas para ser tomada en serio en un mundo tan superficial y en el que abundan las conductas machistas. Didi, en cambio, era una belleza clásica, con sus piernas largas y esbeltas.
Prendió un cigarrillo mientras se apoyaba en la puerta de la habitación.
—¿Nuevo chico? —pregunté sin levantar la mirada del libro.
—Toca en una banda —comentó divertida antes de largar el humo—. ¿Qué tal la carta?
Levanté mi rostro frunciendo el ceño.
—Nada especial, una advertencia.
—¿Quieres que vayamos a la policía de nuevo? —Frunció el ceño al verme preocupada.
Negué con la cabeza quitándole importancia al asunto y se retiró al living.
Caminé por las calles sintiendo el viento golpear mi cara. Estaba húmedo y frío. Me detuve al escuchar el sonido de la campana de
la catedral más cercana; era extraño que alguien hiciera sonar las grandes campanas de la vieja catedral. Mi celular vibró al instante;
era Gail.
«¿Te has enterado? Han matado al sacerdote. George. Dejaron una nota».
Con rapidez me dirigí a la redacción. Al entrar, todos se estaban mostrando algo en sus celulares. Caminé con rapidez hacia la oficina
de Lucrecia. Gail me abrió dejándome pasar.
—Es un caos. ¿Qué ocurrió? —pregunté mientras me sentaba.
Lucrecia, mi jefa, era una mujer de unos cincuenta años. Llevaba anteojos gatunos y con su rostro aniquilador me mostró una foto en
la que aparecía el cuerpo del sacerdote con el cuello ensangrentado en el piso de la catedral. No me consideraba una persona cristiana ni
religiosa, pero debía admitir que la foto era impactante.
—¿Qué tiene en la frente? —pregunté agarrando la foto para verla mejor.
—Pintura negra —contestó Gail, que estaba sentado a un lado.
Un círculo de pintura negra estaba marcado en la frente del cura.
—¿Quién haría algo así? —pregunté sin poder creerlo mientras me sentaba.
—Ryan Platt —respondió mi jefa ahora mostrándome unas fotos donde arrestaban al joven con las manos marcadas con pintura negra—.
Entró y le hizo un corte en el cuello en plena confesión. El lugar estaba lleno de testigos, de gente inocente. Parece que buscaba que lo vieran.
—¿Por qué lo asesinaron? ¿Se sabe? —indagué dejando a un lado la foto, pues algo en mi estómago se revolvía ante la imagen—. Era un
hombre respetado y querido en Cambria.
—Bueno, de eso no estoy tan segura —aclaró Lucrecia con su clásica forma distante—. Lo más interesante es que al parecer el joven ya
tiene un amigo poderoso que lo está ayudando… —prosiguió.
—¿Él? —pregunté observando la foto donde detenían al joven y señalando al hombre de traje que estaba a su lado.
Tenía el cabello negro y llevaba las manos escondidas en los bolsillos de su pantalón; a juzgar por su rostro no parecía nada contento.
Bueno, ¿quién lo estaría? Habían asesinado a alguien. Su porte, su rostro y su forma de vestirse eran tan llamativas como las de un personaje
de una revista antigua. Claramente no era de Cambria.
—Einar Lucson —contestó Gail a mi lado.
Mi piel se erizó de tan solo escuchar su nombre. Einar, dueño de la empresa Custodes y del viñedo Plaisir Éternel.
Por algún motivo, en los últimos años estaba empedernido en defender a asesinos y culpables. Cada vez que aparecía en el medio
de un crimen, el delincuente se salía con las suyas. No quité mis ojos de él; era la primera vez que veía su rostro.
—¿El empresario? —pregunté levantando una ceja—. No podía imaginarme a alguien mejor en esta situación. Es la primera vez que
veo su rostro.
—Apuesto un dineral a que Platt no terminará en la cárcel. —Gail parecía divertirse con el caso.
—En buenas noticias, ya mandamos a impresión el caso de Penélope Garld. Sale el jueves —comentó ahora Lucrecia mirándome
fijamente. Asentí.
Había escrito ese artículo un mes atrás, pero Penélope por algún motivo me había negado la publicación hasta el día anterior.
—Prepárate para atacar al toro —susurró Gail ahora con una ceja levantada.
—¿Quiénes son sus próximos objetivos? —preguntó Lucrecia haciendo caso omiso al rapado.
—Bueno, empecé con u… —comenzó Gail.
—No me interesa —cortó la morocha tajante—. Tengo encima a la central de Nueva York —habló mirándonos de pie y con las manos
apoyadas en el escritorio—. Quiero una historia diferente, algo que haga parar el mundo —gruñó lentamente.
—El caso de Morgan y Garld está poniendo en riesgo mi pellejo… —comencé.
—Sí, dulce. Eso es estupendo, la gente delirará —apuntó rápidamente restándole importancia—. Pero quiero otro nivel. Tráiganme
algo que los haga tocar las estrellas y seré la primera en impulsarlos a subir a la central más grande de esta empresa.
—Nadie es tan importante aquí como para que una noticia le interese a los de afuera —habló Gail con el ceño fruncido—. Cambria
es una ciudad olvidada y pequeña, ¿lo recuerdas?
—¿Por qué no nos dices tú? ¿A quién quieres que investiguemos? —pregunté.
—No lo sé, sean creativos. —Lucrecia se movió por su oficina—.
Hay tantos nombres que se me pasan por la cabeza en este momento… —suspiró— Parnech, Loris, Reindez… —enumeró lentamente.
—Todos esos son criminales de alto rango. ¿Acaso quieres que terminemos como Cartier solo por un artículo? —preguntó Gail
serio.
—Son periodistas. ¿Quieren mantenerse en un sitio seguro? Entonces este no es su lugar… —susurró Lucrecia—. Elijan uno y hagan
lo que saben hacer. Investigar —sentenció mirándonos con sus ojos oscuros.
Ambos nos paramos dispuestos a retirarnos.
—¿Qué hay de Einar Lucson? —pregunté antes de salir.
Mi jefa, que ahora estaba sentada frente a su escritorio, me miró por arriba de los anteojos; una sonrisa se deslizó por sus labios pintados de bordó oscuro y sus ojos brillaron de codicia.
—Oh, dulce, si me traes una nota de ese hijo de puta haremos historia —dijo en un tono grave.
Caminé por los pasillos junto a un Gail, que parecía molesto.
—Nos están exprimiendo por dos dólares —gruñó.
—Creo que puede ser una buena oportunidad para salir a explorar algo más ambicioso —comenté con tranquilidad.
—¿Ambicioso? No sé tú pero mi buzón está lleno de amenazas e insultos por meter las narices donde no nos llaman —habló el rapado.
Se detuvo y bajando el volumen para que los demás no nos escucharan, dijo—: Ahora nos tiran a los lobos grandes para que nos mastiquen.
¿O acaso piensas que Cartier realmente se suicidó? —preguntó mirándome fijo.
—Pienso que tienes miedo —susurré y él sonrió de lado.
—Cuando te quieras dar cuenta, linda, tendrás a un tiburón detrás —comentó tocando la punta de mi cabello negro. Quité su mano—.
Iré por Parnech —agregó.
—Yo por Lucson —respondí de forma rápida hinchando mi pecho; él rio con ganas.
—La chica nueva quiere destacarse. Tal vez sea mejor que vuelvas a escribir artículos sobre animales extintos. Lucson será un hueso
difícil para una novata —fue todo lo que dijo antes de dedicarme una mirada.
Bueno, por lo menos ahora sabía que los idiotas eran universales. Estaban en cualquier lado, incluida esta ciudad sin sol.
—Tabatha, cuando lancen el artículo de Garld y Morgan, haz que eleven el nivel de seguridad para tu despacho. Sé que Cartier te hubiese
aconsejado eso… —susurró sin más y se retiró a su oficina mientras yo sentía cómo el frío corría por mi espalda como una navaja.

 

 

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