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Cábalas del fútbol – Desde el ’86 hasta hoy

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El fútbol es demasiado importante para dejarlo exclusivamente en manos de la lógica, la razón o un zurdazo. Por supuesto, un Maradona, un Messi, un equipo lujoso y trabajado, requiere apenas de instantes para inclinar la cancha a su favor. Dos gambetas, un pase al vacío, un venturoso tiro libre con rosca y a cobrar. Pero no siempre sucede: por ejemplo, los contrarios también juegan. Y el árbitro… ya sabemos. Además, ¿por qué dejarlos solos? ¿Por qué cargar toda la responsabilidad sobre esos once gladiadores? Hay cómo ayudarlos. Al menos, hay modos en los que confiamos con una fe que no admite réplica. Este inolvidable libro de Ricardo Gotta narra los alcances insólitos de esa confianza, desde ese Mundial hasta el presente. Trata de Cábalas del fútbol, del juego y sus circunstancias, de los avatares de esos 32 años de haber estado cerca de la meta, sin lograrla, que incluyen factores propios del juego, pero que contienen esos ritos, creencias, obsesiones que jugadores y técnicos practican con rigor espartano, con un objetivo primordial: convocar a la suerte de nuestro lado. Antes y durante un partido, en el micro o en el avión, en la casa, en la cancha o en el vestuario. Promesas a una Virgen (a una o a más de una), el encargo a un brujo, rutinas alimentarias, compañeros de asiento, la prenda que se usa, talco en el hombro y otras martingalas que aspiran al milagro y a conjurar las maldiciones. Un modo conmovedor de desafiar al azar y vencerlo. Y si no se puede, al menos neutralizarlo. Todo sea por una Copa (o un triunfo). (Edhasa, 2019)

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32 años

Pero este libro es de fútbol. El deporte más popular de la tierra, el que se juega con un bollo de papel, un ovillo de telas lo más prensadas posibles, una bola de plástico o de goma, con una pelota de cuero flamante y lustrosa o una desgajada, raída, desinflada, grande o chica, redonda o deformada, hasta pinchada. O, finalmente, con una de material sintético refinado, científicamente diseñado, construido y tratado. Todas ellas, unas y otras, muchas veces responden al deseo del ejecutante y otras tantas, se estrellan en el palo y se pierden afuera de la cancha.

Este es un libro de fútbol. Un juego que practican más de 300 millones en todo el planeta, pero en el que cada cuatro años, sólo uno de ellos, no siempre el mejor, eleva la Copa del Mundo de cara al cielo, la besa, la abraza, la acaricia y luego se la cede provisoriamente a sus compañeros. Ese personaje, ese instante, es el objeto del deseo de un deporte que entre muchos encantos, conlleva la condición de ser el más angustiante y dramático, ya que para el hincha, e incluso para el mero simpatizante, el tiempo corre paralelo al de la existencia humana. El deporte del que Eduardo Galeano argumentó que se parece a Dios en “la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Juan José Sebrelli insiste en que es donde “la violencia se da en su forma más plena en todos sus aspectos: etnocentrismo, xenofobia, racismo, chovinismo”, al tiempo que “lo caracteriza la ferocidad sádica y la astucia tramposa”. Ya en los 80, Beatriz Guido le replicaba: “El fútbol es hacer cultura, es un quehacer cultural”. Ni qué hablar los españoles muy futboleros como Manuel Vázquez Montalbán (“El fútbol es una religión benévola que hace muy poco daño”) o Javier Marías (“Es la recuperación semanal de la infancia”). En cambio, el británico John Boynton Priestley, en el mismo horizonte que Jorge Luis Borges, calificaba al fútbol como “un deporte de estúpidos” y a los jugadores como “22 mercenarios que se dedican a darle patadas a un balón”.

Para el italiano Pier Paolo Pasolini, “el goleador de un partido es siempre el mejor poeta del año”. El francés Albert Camus confesó: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Anthony Burgess, inglés al fin, dividía la semana en “cinco días para trabajar, el sexto para el fútbol y uno para Dios…”. Y el escocés Sir Walter Scott aseguró, por su lado, que “la vida en sí misma no es más que un partido de fútbol”. Con todo lo que ello implica.

El mexicano, Juan Villoro, extraordinario defensor del fútbol jugado con destreza y armonía es fanático del Necaxa de México, del Barcelona de España y de Diego Armando Maradona. Tiene las mismas iniciales que Jorge Valdano y comparten largas charlas futboleras. Escribió un libro fundamental, Dios es Redondo. Pero, además, en pleno siglo XXI, un rato antes de partir hacia la cancha de Boca, a disfrutar de un superclásico, explicó: “En el fútbol, el azar escribe parábolas. Cuando me refiero a tragedias sociales o políticas pido la abolición del azar, pero cuando se trata del fútbol, lo celebro. Lo más atractivo del fútbol se encuentra en su renovada capacidad de hacerse incomprensible. Para mí, las canchas tienen un sótano poblado de supersticiones, complejos, fobias, dramas, esperanzas. Algo ilocalizable y oscuro”.

Un defensor a ultranza de la belleza, uno de los escritores que mejor entiende la pasión y las variables teóricas y prácticas del juego, advierte que “el azar o la destreza de un jugador desequilibran todo: seguro que otro deporte de conjunto no genera semejante variedad de teorías, argumentaciones, opiniones, razonamientos, axiomas, que se desvanecen frente a una acción de un futbolista genial. Pero aun así, en los grandes días, el fútbol tiene que ver más con el misterio que con la calidad”. En la previa a zambullirse en el mundo insondable de la Bombonera, Villoro parafrasea a Marco Aurelio: “Quién te ha dicho que los dioses no pueden cooperar con nosotros, incluso en las cosas que dependen de nosotros”.

Este es un libro de fútbol que, básicamente, se refiere a la Selección Argentina y los motivos por los cuales, desde 1986, no gana la Copa del Mundo. No es una visión resultadista del fútbol, sino desde el espacio en el que la derrota también es una posibilidad digna, no sólo lo que vale es el éxito y menos de cualquier modo, como caló profundamente en la sociedad argentina. En estos últimos 32 años, la Selección pasó de los merecimientos a los padecimientos, de los proyectos serios a los zafarranchos, saltó de un estilo a otro, puso parches a los problemas. Y de una AFA con la conducción paternalista, autoritaria y discrecional de Julio Humberto Grondona, al cambalache, la indigencia y la acefalía, estado del que se intenta salir con la entelequia de conceptos que esconden privatizaciones o bien tercerizaciones.

Tuvo en estas tres décadas y pico a dos de los mejores jugadores del Mundo, a centenares de otros que se destacaron y a entrenadores requeridos por los mejores equipos del planeta. Daniel Alberto Passarella y Diego Armando Maradona fueron los dos capitanes campeones: ambos luego lo intentaron desde el cargo de director técnico y ambos llegaron a cuartos de final. La Selección tuvo a Lionel Andrés Messi en un centenar y cuarto de partidos y gozó de un promedio de un gol por cada dos de ellos(4).

Tuvo muchos momentos de buen juego, y hasta pudo resultar campeón del mundo. Pero no lo fue.

Por impericia, merma de calidad en sus planteles, sucesión de errores, alguna maldición que haya dado vueltas, el azar que le muestra la cara negativa de su moneda, en definitiva cuestiones que hacen al juego o a las extra futbolísticas.

O por la mala suerte. Así llegó a Rusia 2018.

La Argentina, desde 1986 no gana la Copa del Mundo, en la que participan 210 países, y que en su fase final, sólo la disputan entre 32, aunque desde 2026 serán 48. Desde 1993 no logra ningún título de mayores y perdió siete finales seguidas: cuatro de Copas América (dos frente a Brasil y dos contra Chile), dos de Confederaciones (ante Dinamarca y Brasil) y una del Mundo (con Alemania). En las últimas tres finales (Messi, Agüero, Higuaín y sus variantes de ofensiva) jugó seis horas sin marcar goles. El actual director técnico, Jorge Sampaoli, es el 10° tras la salida de Carlos Bilardo. Entre ellos estuvieron Alfio Basile, Daniel Passarella, Marcelo Bielsa, Néstor Pékerman, Diego Maradona, Sergio Batista, Alejandro Sabella, Gerardo Martino y Edgardo Bauza. De ellos, Coco logró las Copas América 91 y 93, la Confederaciones 92 y la Artemio Franchi 93. Como contrapartida, consiguieron dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, conducido por Bielsa, y en Beijing 2008, con Batista como técnico, estableciendo un récord de triunfos consecutivos: 12.

***

(4) Messi había jugado 123 partidos en la Selección mayor, con 61 goles y 37 asistencias,

al 18/3/2018.

 

Con o sin cábalas, maldiciones, superchería, complot, conjura, conjuración, maquinación, intriga, enredo, sortilegio, superstición, ocultismo, magia negra, imprecación, blasfemia, juramento, condenación, abominación, fetichismo, hechicería, magia, brujería, ocultismo.

En estos 32 años, tanto se mencionó a la Maldición de Tilcara (como se verá más adelante) que ingresó en el listado de las célebres en la historia del fútbol mundial. Aunque la más conocida sea la de Béla Guttmann: “En cien años desde hoy, el Benfica sin mí no ganará una copa europea”, fue la frase que pronunció en 1962 y desde entonces el club luso perdió 10 finales, la última en 2017 ante el Salzburgo, en la Youth League. Incluyen cinco Champions y tres de Europa League. El técnico austro-húngaro venía de conquistar las dos Champions del club (1961/62) y dos ligas locales. De su mano y con el juego del fenomenal Eusebio. Pidió un aumento de sueldo, no se lo dieron y pegó un portazo, aunque dejó su maldición. A esa copa la llaman “la orejona” y en los últimos años creció la leyenda de que tocarla antes de ganarla, conlleva mala suerte: varios entrenadores que llegaron a la instancia definitoria, se lo prohibieron a sus jugadores.

En cuanto a trofeos, el del Balón de Oro es otorgado anualmente por la revista France Football. La leyenda abarca a los futbolistas que reciben el premio en el año previo a un Mundial: no ganarán la Copa del Mundo siguiente. Le ocurrió a Messi en 2009: la Selección sólo llegó a cuartos en Sudáfrica 2010. También a Cristiano Ronaldo: se lo dieron en 2013 y la actuación de Portugal fue muy pobre en Brasil 2014 y no pasó la primera ronda. En tanto Mundiales, sólo Italia en 1934/38 y Brasil en 1958/1962 repitieron consecutivamente. Desde entonces, el vigente campeón del mundo no consigue revalidar su título.

Y en cuanto a maldiciones a clubes, en la Argentina nunca fue dilucidada la llamada de los siete gatos negros. O siete sapos, tal como surgió la leyenda(6). Se cuenta que en los 70, un grupo de hinchas de Independiente, aprovechando que Racing jugaba en Montevideo por la Libertadores, se coló en el Cilindro y enterró siete animales muertos en una de las áreas, la que da a la cancha del Rojo, justamente. Completa el relato que a partir de esa macumba el club transitó sus peores épocas deportivas. Claro que cuando Basile asumió como entrenador en 1985 se mixturó la presencia de un técnico particularmente fetichista con un club con fuerte preponderancia esotérica. Un matrimonio perfecto. De todas maneras, pasaron dos temporadas y un jugador le habló sobre esa leyenda: no requirió demasiado esfuerzo para convencer al Coco de que la conjura existía y el técnico forzó una excavación en ese sector de la cancha. No encontraron nada extraño, pero en 1988 logró dos trofeos internacionales…(7). Luego, en otra búsqueda realizada algunos años posteriores, se hallaron enterrados algunos huesos de gato, por lo que la leyenda mutó de animal. Que fueran negros, o blancos, o marrones, depende del ingenio popular. Igual, sobrevendrían años muy místicos para el club. Por caso, el 14 de febrero de 1998, unos 15 mil hinchas peregrinaron por la cancha en una misa conducida por el ex presidente Daniel Lalín y el capellán Jorge Della Barca, que buscó exorcizar la mala suerte: a los tres años, Mostaza Merlo se hizo cargo de la conducción técnica y resultó campeón del Apertura 2001, justamente cuando la Argentina estallaba, había corralitos, saqueos, muertos en las calles por la represión del presidente Fernando de la Rúa, que debió renunciar para escaparse en helicóptero y le sucederían cinco mandatarios en 12 días, en medio de un caos generalizado. Hubo otra misa en ese mismo Cilindro: el

(6) La leyenda del arco maldito, por Nicolás Zuberman, Tiempo Argentino, jueves 26/9/2013.

(7) En 1988, Racing ganó la primera Supercopa Sudamericana y la Supercopa Interamericana.

21 de junio de 2013, para celebrar que una semana antes había descendido Independiente. Por esa época un trabajador del club olvidó un búho disecado en el vestuario visitante y debió ir a buscarlo…

 

El gato negro

Husmea y maúlla. No lo escucha pero ve cómo se acerca hacia el arco de la izquierda. El viento sopla fuerte, es invierno. Hace frío. A escasos 50 metros, por la autopista, un pesado camión genera demasiado ruido para esa mañana tan gris, tan solitaria. El animal se encrespa pero sigue su recorrido. El muchacho no puede dejar de mirarlo, detenido al lado de la gran ventana, desde la que se divisa la cancha completa. Del parlante que tiene debajo del escritorio, sale una dulce travesera que entona Ian Anderson en Bouré, y cada vez que comienza el primer acorde del tema, recuerda que debe quitar el automatismo que provoca que se reproduzca, una y otra vez.

Pero su atención principal no está allí y lo olvida casi de inmediato. Mira a la cancha. Por momentos, en zonas alternativas del vidrio, el viento perturba la transparencia, pero así como se enturbia, el aire lo limpia. Allá, el gato hurga y hurga, va y viene, se olvida, parece como si de una buena vez abandonara su cometido, pero a los pocos instantes, regresa. Obsesivo, persistente. Algo lo perturba de a ratos, como esas oleadas de viento que modifican el estado del vidrio y le cambian el color al pasto, lo humedecen o lo secan, como a los árboles que se sacuden en el horizonte, delante y detrás de la carretera. Hace cuentas. Un impulso lo lleva a realizar el cálculo en el celular. Serán 32 años y 16 días entre uno y otro partido, serán exactamente 11.704 las veces en que el sol salió y se puso, como una pelota de cuero, colorida y con notable precisión esférica, que ingresa en un arco y luego sale y es llevada al de enfrente, y también surca la red. Le parece sentir dentro de su cuerpo ese chasquido inconfundible producido por el cuero rozando los piolines que se suspenden en el aire. Pero lo inquieta un nuevo chirrido y mira con cierta pesadumbre hacia el gato que refriega su lomo contra el palo, a la altura de la base pintada de celeste, una y otra vez, sin prestarle atención al viento, a los vehículos que pasan por la ruta contigua, ni a él mismo. ¿Es enteramente negro?

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