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Big Rip, de Ricardo Romero

Big Rip de Ricardo Romero (ALFAGUARA) nos ubica ante el fin del mundo tal como lo conocemos. El horizonte se diluye, la realidad empieza a fallar… Novela rupturista, novela fractal, intento de atrapar la complejidad de un mundo que se desmorona ante nuestros ojos, Big Rip es la novela total de nuestro presente. También, una experiencia abierta, inagotable, en la que la naturaleza del texto es el propio desborde de lo humano. romero nació en Paraná, Entre Ríos, en 1976. Es licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba y desde 2002 vive en Buenos Aires. Fue director de la revista literaria Oliverio entre 2003 y 2006, y actualmente es editor de Gárgola Ediciones -donde lleva adelante la colección «Laura Palmer no ha muerto»- y de «Negro Absoluto», colección de Ediciones Aquilina a cargo de Juan Sasturain. Publicó el libro de cuentos Tantas noches como sean necesarias (2006) y las novelas Ninguna parte (2003), El síndrome de Rasputín (2008), Los bailarines del fin del mundo (2009), Perros de la lluvia (2011), El spleen de los muertos (2013), Historia de Roque Rey (Eterna Cadencia2014), La habitación del presidente (2015) y El conserje y la eternidad (2017). Además, ha sido traducido al portugués, al italiano, al francés y al inglés.

 

 

 

POR RICARDO ROMERO

 

 

En el momento de la Primera Crisis, según el índice de Objetos Lanzados al Espacio Exterior de la Oficina de Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Exterior, había 4.921 satélites orbitando el planeta. De esa cantidad, más de la mitad estaba inactiva y el resto se dividía en satélites comunicacionales, meteorológicos, científicos, comerciales, militares, de observación y captura de imágenes de la Tierra, de navegación, de posicionamiento y de estudio del espacio exterior. El tamaño oscilaba entre un televisor de 14 pulgadas y el vagón de un subte. A eso había que sumarle unos 21.000 objetos de por lo menos 10 cm de diámetro, restos de antiguos satélites y cohetes, cuanto más chicos más veloces, que podían llegar a los 48.000 km por hora, algunos tan letales como una bala. Además de estos objetos, o incluyéndolos según el caso, también orbitaban la Tierra el guante del astronauta norteamericano Edward White, perdido en la misión Gemini 4 en 1965; el cepillo de dientes de Jim Lovell, perdido durante la misión Gemini 7 en el mismo año; una pelota de golf lanzada al espacio por el cosmonauta ruso Mijaíl Tiurin en 2006; la bolsa de herramientas de la astronauta Heidemarie Stefanyshyn-Piper, perdida en 2008, y las cenizas de Eugene Wesley Roddenberry, el creador de Star Trek, y veintitrés personas más lanzadas al espacio en el satélite español Minisat 01 en 1997. En total, alrededor de 7.600 toneladas de chatarra.

Para la Segunda Crisis, solo quedaban unos 900 satélites activos, y el resto había dejado de funcionar o había colisionado con algún otro de los objetos que pululaban en órbita, arrastrados por el efecto Kessler. Fue poco después de esta Segunda Crisis que la Estación Espacial Internacional colapsó. Su último tripulante, el italiano Giorgio Manganelli, que en sus 524 días en la estación había visto 8.384 amaneceres y atardeceres, lo que equivale a decir que había dado la vuelta al planeta esa misma cantidad de veces a una velocidad de 8 km por segundo o 28.800 km por hora, no solo era el hombre que más tiempo continuo había pasado en el espacio, sino el único que tuvo el privilegio de ver en vivo y en directo lo que en una de sus últimas transmisiones describió como “una pixelación con mucho ritmo, hipnótica, como si vieras y no pudieras dejar de ver nunca más a dos personas diestras pero algo obesas bailando un vals tirolés” (a estas alturas Manganelli mostraba claros signos de confundir precisión con dispersión). Azorado, flotando en la cabina mientras seguía a su pesar el ritmo varicoso del vals con el pie izquierdo, Manganelli hizo frente a las numerosas imágenes de lo que ocurría durante la Segunda Crisis en algunas de las principales ciudades del hemisferio norte del planeta, como Nueva York, Boston, Montreal, Londres, Manchester, Oslo, Ámsterdam, Berlín, París, Lyons, Barcelona, Bilbao y Zaragoza. Imágenes que, dijo en ese angustiante mensaje, le hicieron acordar a cuando cargaba los primeros juegos de computadora en su CZ Spectrum con una casetera convencional durante su infancia turinesa en la década del ochenta. Esos angustiantes minutos en que la pantalla del televisor se poblaba de explosiones de colores, relampagueos de interferencias, ruido blanco, el inevitable lado visible de las cosas invisibles, porque como astronauta y científico, aclaró sentencioso, él sabía muy bien que nada es invisible del todo, y que esa imposibilidad de la invisibilidad podía ser la prueba irrefutable de la existencia de Dios, o de su inexistencia, y que todo dependía del cristal con el que, por supuesto, se lo mirara. Y que si le preguntaban a él, a pesar de que venía de una familia de fervorosos comunistas ateos y héroes partisanos, tenía que reconocer que esa imposibilidad de la invisibilidad absoluta era la mejor prueba de que Dios efectivamente existía, pero que sabía esconderse muy bien, por la sencilla razón de que era muy feo. Todo eso refirió en esa, una de sus últimas transmisiones, y lo hizo en un italiano que en sus puntos más críticos se mezclaba con el piamontés cerrado de sus abuelos, por lo que los operadores rusos de la Roscosmos, desvelados en el Cosmódromo de Baikonur en Kazajistán, y los norteamericanos de la NASA, que digerían con dificultad el almuerzo en Columbia, no entendieron nada. Después de eso, Manganelli hizo varias transmisiones más, pero ya no había nadie para recibirlas. En ellas, llegó a grabar en más de quinientos idiomas y dialectos la misma frase: “De nada sirve escaparse de uno mismo”.

Para cuando ocurrieron la Tercera y la Cuarta Crisis, el número de satélites activos oscilaba entre los veinte y los treinta, la mayoría descentrados, en órbitas caprichosas, mandando miríadas de información inservible, de imágenes no ya de la Tierra o del espacio exterior sino de todo lo que los rodeaba, la danza de ese basural cósmico que, sí, se parecía a un vals tirolés. Mientras tanto, los pocos satélites que aún cumplían con su trabajo, enfocados al planeta, interfaceaban al borde del cortocircuito, incapaces de sostener las secuencias, de mapear y contener la información titilante y esquizoide que el mundo les hacía llegar, con las ciudades ya fuera de cualquier control desplegándose como hormigueros africanos que alguien, tal vez el dios de Manganelli, había pisoteado. De todos esos satélites, finalmente solo sobrevivieron tres, que gracias a sus especificidades técnicas fueron capaces de sintetizar sus algoritmos y reconcentrarse, resignificarse, reconvertirse.

Uno de ellos es el satélite indio Insat 7C-Aryabhata, de la empresa Sunny Direct de televisión satelital, que sigue temerariamente operativo y retransmite en loop los ciento treinta y cuatro capítulos, divididos en cuatro temporadas, de la telenovela turca Muhteşem Yüzyıl. Esta señal, a partir de la ausencia de otras transmisiones satelitales, ha sido captada por millones de televisores, teléfonos y computadoras de todo el mundo, de los que alrededor de un 20% todavía tiene espectadores que se han vuelto fieles seguidores de la historia de Solimán, sin que el hecho de que esté en su idioma original y sin subtítulos los amedrente.

Otro es el nanosatélite suizo-israelí Dido-15, del tamaño de una caja de pañuelos, que de los ochenta experimentos de microgravedad para los que fue diseñado, continúa realizando cuatro, de los que no ha podido obtener resultados precisos, dado que la gravedad cero ya no es lo que era antes, corrompida o tergiversada irreversiblemente por la energía oscura que está desgajando el universo.

El tercero es un satélite militar espía de nombre y origen desconocido que tiene las dimensiones de un lavarropa de tambor horizontal al que en la boca por la que debería entrar la ropa le han incrustado una antigua aspiradora American Sturtevant. Este satélite, a través de un enlace con un drone de última generación, recoge imágenes de una de las primeras ciudades del hemisferio sur en colapsar y las codifica como un nuevo mensaje de Arecibo. Las imágenes que sintetiza y retransmite hacia el espacio exterior, que a su vez son recibidas y retransmitidas por el único satélite ruso que todavía orbita alrededor de la Luna, no permiten, por sí solas, más allá de sus coordenadas específicas, discernir de qué ciudad se trata. El derrotero y las secuencias que el drone filma parecen girar, en su mayoría, en torno a un individuo de porte esmirriado, de un rubio ceniciento, que recorre la periferia. Se trata de un individuo a todas luces inestable, de gestos y movimientos que siempre quieren ser más de lo que son, y que no deja de estar atento a lo que el drone hace, porque se sabe vigilado por él. El individuo no parece tener una rutina sólida más allá de ciertos datos elementales. Por la información recopilada por el satélite, se puede decir que en el último año ha dormido 1.460 horas, lo que da un promedio muy bajo de cuatro horas por día. Más son las que ha caminado: 2.735 horas con treinta minutos, lo que da un promedio de siete horas y media por día, solo que caminar para él puede significar muchas cosas. También se ha notado que le gusta tirar piedras y hacer puntería, pero como eso es algo que hace mientras realiza otras acciones, al satélite espía le resulta muy difícil de cuantificar. Sí puede decir que tiene un nada desdeñable 63% de aciertos en el blanco. Otra de las cosas que el individuo hace en un promedio de una hora cuarenta y cuatro minutos por día es mirar fijo al drone, pero eso es algo que las computadoras involucradas identifican con “no hacer nada”. Ni el drone ni ninguno de los dos satélites que sintetizan y retransmiten sus imágenes al espacio intergaláctico son capaces de intepretar el creciente estrabismo del individuo como una prueba irrefutable de su amor.

Los dos amigos
Despertaré por la mañana en un país extraño pensando en que oí pasar un caballo por una de las calles de mi lugar natal.

Thomas Wolfe, Del tiempo y el río

Un hombre viejo, muy viejo
Un vaso con lava sobre la mesa de luz. El viejo despierta y lo ve de reojo, en el borde, ahí donde lo que ve es también lo que imagina ver. El viejo siempre despierta y siempre lo ve. Pero no siempre reacciona de la misma manera. A veces lo toma entre sus manos temblorosas y se lo bebe, otras no. Cuando se toma el contenido del vaso lo saborea, se demora, chasquea la lengua. Cuando no lo hace, gime, deja escapar alguna palabra. Luego se huele los sobacos, huele la almohada, tantea su cuerpo flaco, mastica maldiciones porque otra vez las sábanas se le han enredado en los pies.

Cada vez que despierta, entre las brumas quietas y difíciles, entre las lagañas y la plateada transparencia del aire, el viejo reconoce la habitación. Es la misma y la penumbra también. Pero eso no quiere decir que siempre pueda reconocerla al instante. Hay mañanas en que una esperanza vana, un desconcierto, le hace temblar los labios. Duda. Dice algo. Su voz suena en la habitación, una voz quebradiza que aletea con la ceguera de un murciélago. Sentado en la cama, sus manos de dedos largos recorren su cara. Y cuando reconoce su cara, las cavidades y curvas del cráneo en sus mejillas hundidas, reconoce la habitación. En ese instante la esperanza desaparece.

Los dos amigos se hacen amigos
Durante más de un año no fueron más que vecinos en una olvidada galería del centro de la ciudad. La galería atravesaba la manzana, se desdoblaba, subía y bajaba y volvía a encontrarse entre vidrieras que hacía mucho tiempo no exhibían más que oscuridad, alineadas o enfrentadas, expectantes o indiferentes según la superstición o la sensibilidad de quien la recorriera. Más de la mitad de los locales se ofrecían en alquiler con carteles de inmobiliarias poco confiables, y solo un par de tiendas vintage sobrevivían vendiendo ropa de segunda mano y baratijas a esporádicos y escurridizos clientes que nunca incursionaban solos. Además de estas tiendas, estaban los locales de Tomás Laconte y Alfonso Fratelli. La sucursal N.º 33 del Correo Nacional quedaba cerca de una de las salidas. Ahí trabajaba Tomás y casi nunca entraba nadie. En un recodo profundo del subsuelo estaba Calibán, el local de tatuajes de Alfonso, el negocio más exitoso de la galería. Alfonso ya estaba ahí cuando Tomás comenzó a trabajar en la sucursal del correo. Alfonso, de alguna manera que se traslucía en su andar desgarbado y dubitativo, siempre había estado ahí.

Desde el primer día se saludaron con un cabeceo amable. Tomás estaba apoyado en el marco de la puerta de su local, comía un caramelo y cada tanto hacía ruido con la saliva. Alfonso pasó y saludó. Dijo “Hola” en voz muy baja, a destiempo, y Tomás no lo escuchó. Solo vio el cabeceo y cabeceó también. Desde ese día se limitaron a cabecear, porque Alfonso no volvió a probar el intercambio verbal. Alfonso era tartamudo y sabía que no debía pensar demasiado en las palabras que decía. Y ahora, otra vez, estaba condenado a pensar “Hola” y no decirlo.

Durante un año ese fue el único contacto que tuvieron. Las cosas en la ciudad apenas habían comenzado a cambiar, pero no para ellos. Tomás llegaba siempre más temprano. Siempre estaba ahí cuando Alfonso pasaba. A veces masticaba algún caramelo sorbiendo saliva, otras veces no. Alfonso cabeceaba y después cabeceaba Tomás. Una leve angustia invadía a Alfonso, una más de las tantas que lo invadían durante el día, pero para cuando llegaba a su local ya la había olvidado. Tomás, en cambio, se quedaba con otra angustia. Una que no tenía que ver con Alfonso, que no tenía que ver con nadie, y que por eso no podía olvidar.

Pero una tarde en que Tomás dormía apoyado en su escritorio, visible desde afuera bajo un fluorescente pálido que desteñía las cajas de encomiendas apiladas y sin usar, se despertó sobresaltado por unos golpes en la vidriera del local. Del otro lado del vidrio, la cara de Alfonso, blanca, grande, expresaba tantas cosas al mismo tiempo que Tomás tardó en entender que era una cara, y que era la cara del tatuador que saludaba todos los días con un cabeceo.

Todavía confundido por el sueño, Tomás lo invitó a pasar con un gesto. Alfonso entreabrió la puerta de vidrio.

—¿Pu-pu… puedo pasar?

Tomás dijo que sí y le ofreció una silla del otro lado del escritorio. Alfonso asintió y entró. Se sentó. Y bajo la luz pálida del fluorescente de la pequeña sucursal N.º 33 del Correo Nacional los dos futuros amigos se contemplaron seriamente por primera vez. Lo que vio Tomás era una constatación de lo que ya había visto, más una sorpresa. Alfonso era un joven desgarbado, no demasiado alto, con una cabeza prominente y un pelo oscuro y alborotado que la hacía más prominente aún. Tenía una barba rala que nunca llegaba a serlo del todo, de pelos muy negros y puntiagudos. Vestía con una remera negra con extrañas calaveras gritonas y una campera de jean rotosa, que aunque en ese momento no podía ver sabía que hacían juego con el jean roto en las rodillas y unas Converse rojas. Tomás lo había visto pasar así tanto en invierno como en verano, sin acusar el frío ni el calor, dos cosas que en la penumbra de la galería eran versiones de la humedad. Esas eran las constataciones. La sorpresa fue que Alfonso, ahora podía verlo claramente, no era tan joven como él. Debía tener por lo menos treinta años.

A su vez, Alfonso tuvo sus propias constataciones y su propia sorpresa. Tomás era un poco más alto que él, de pelo corto y bien peinado, vestido con la camisa celeste, el pulóver y el pantalón azul del uniforme del correo, con ribetes amarillos por acá y por allá. Y, aunque no podía comprobarlo, sabía que calzaba algo que hacía mucho tiempo no veía en alguien tan joven, unos mocasines marrones que dejaban ver unas medias amarillas. Porque para Alfonso, esa fue la sorpresa. Tomás no debía tener mucho más de veinte años, y él lo había creído cercano a los cuarenta.

—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó Tomás. El tono profesional contrastaba con la media sonrisa. Pero Alfonso más tarde se daría cuenta de que esa media sonrisa estaba siempre, y que significaba muchas cosas, no todas necesariamente malas.

Alfonso asintió. Tomó aire, era una historia larga, o al menos larga para él, y no sabía por dónde empezar. Se decidió por el final:

—¿Mmm-me permit–tís ha–hacer un di-dibujo de tu cara?

Tomás alzó las cejas, abrió los ojos. Alfonso hizo lo mismo.

—¿Un retrato?

—Ss-sí… Nn-no… Un dibujo.

Tomás se demoró unos segundos para pensarlo, pero el pedido era tan extraño que no sabía qué tenía que pensar.

—Como quieras —dijo, alzándose de hombros.

Alfonso entonces sacó del interior de su campera de jean un cuaderno y un lápiz. Y empezó a dibujar. Durante diez minutos alternó entre la hoja y la cara de Tomás. Al principio, la situación divirtió a Tomás. Después lo hizo sentir incómodo y, finalmente, el hormigueo de la intriga lo hizo carraspear y revolverse en la silla.

—Lll-listo —dijo Alfonso.

—¿Ya está?

Alfonso asintió y le mostró el dibujo. Tomás lo contempló. Era él, no había duda. Sus rasgos eran más marcados y más simples, pero era él. Se sintió conmovido y lo disimuló.

—Gracias —le dijo Alfonso, mientras guardaba el cuaderno y el lápiz. Después se levantó y, sin decir nada más, se fue.

Al día siguiente, Tomás comía un caramelo apoyado en el marco de la puerta. Cuando vio aparecer a Alfonso en la entrada de la galería cambió el pie de apoyo y luego lo volvió a cambiar. Sin embargo, Alfonso no hizo más que el cabeceo de todos los días, y Tomás no pudo más que responderle. Después lo vio perderse en el recodo que llevaba hacia su local en el subsuelo. Un poco ofendido pero sobre todo intrigado, Tomás pasó el resto de la mañana reordenando las cajas de encomienda. Esperó que Alfonso lo visitara por la tarde, como había hecho el día anterior, pero el tatuador no apareció. Y entonces Tomás se dio cuenta de que si bien lo veía llegar, nunca lo veía irse. Después de entregarle al camión del correo una carta y dos postales que él mismo había escrito, cerró la sucursal a las seis de la tarde y se encaminó hacia el interior de la galería. Primero subió escaleras y luego las bajó. Llegó al subsuelo. Nunca antes había estado ahí. De los diez locales que había, solo uno estaba abierto al final del pasillo, el de Alfonso. El resto era una sucesión de cuartos oscuros y vacíos, algunos tapados a medias con hojas de diario pegadas en los vidrios, cada uno con su respectivo cartel de inmobiliaria. Tomás se dirigió hacia el negocio de Alfonso, al final del pasillo. Mientras avanzaba iba paladeando la primera frase como si eso fuera de vital importancia. Estaba por abrir la puerta cuando la puerta se abrió. Una adolescente vestida de negro, de pelo lacio y más negro todavía, con los ojos muy delineados y los labios pintados de violeta, salió. Tenía la piel muy pálida y la cabeza de un aro brillaba en el lado derecho de su nariz. Piel y aro refulgieron un segundo bajo la luz alta y amarilla del subsuelo. La chica miró a Tomás de reojo, casi con aprensión, y se alejó con pasos cortos y rápidos. Cuando ya estaba llegando a la escalera dejó escapar una risa mientras se volvía un segundo para mirarlo.

Fuera porque la risa de la chica lo había descolocado o porque no encontró una frase que le resultara lo suficientemente importante, Tomás entró al local de Alfonso y no dijo nada. Miró a su alrededor. En el centro del local había una silla que parecía de dentista, con una luz encima y un espejo enfrente. Más atrás había un biombo con cuatro paneles de tela, cada uno ilustrado con imágenes del tarot de Marsella: el Loco, el Colgado, el Diablo y la Torre invertida1. Las paredes estaban cubiertas de dibujos y de diseños de tatuajes. Había también fotos de brazos, de espaldas, de piernas, incluso de nucas y de caras tatuados. Alfonso estaba junto a la silla de trabajo, limpiando sus herramientas y sacudiendo la cabeza como si quisiera sacarse de encima la música que lo aturdía por unos auriculares diminutos. Tardó en darse cuenta de la presencia de Tomás y cuando lo vio, abrió grandes los ojos: había estado pensando en su dibujo y el dibujado estaba ahí. Soltó las herramientas y apagó la música.

—Ho-hola —dijo Alfonso, cuando se hubo recuperado de su sorpresa.

—Hola —dijo Tomás, que también estaba sorprendido, aunque no sabía muy bien por qué. Alzó las cejas y continuó—: Quería ver mi dibujo otra vez.

Alfonso asintió, presuroso, y abrió una carpeta. Ahí estaba. Tomás lo miró. No parecía el mismo dibujo que había visto la tarde anterior, pero el problema era otro. Tomás no sabía cómo preguntar para qué lo había hecho.

—Lll-… llla chica que se fue recién m-m-me lo pidió —dijo Alfonso. Tomó aire, cerró los ojos y largó de una sola vez—: Dice que tenés cara de asesino serial. Que te parecés a Ted Bundy. Dd-ddice que está enamorada de vos pero que no cree en el amor. D-d-dice que por ahora no se anima, pero que algún día se va a tatuar tu cara en su espalda. Quu–que tu cara va a ser su segunda c-c-cara.

Ante esta información, lo primero que hizo Tomás fue volver a mirar el dibujo.

—¿Quién es Ted Bundy?

Alfonso, como respuesta, abrió su laptop y gugleó “Ted Bundy”. Seleccionó una imagen.

—Él —dijo, señalando la pantalla.

Tomás miró la imagen y después se miró en el espejo. Verdaderamente había un parecido.

—¿Y por qué no te pidió directamente que dibujaras a Ted Bundy?

Alfonso se alzó de hombros. No tenía respuesta para eso. Y Tomás ya no tenía otra pregunta. Pensaba en la chica, en su risa, en su palidez. Se sentó en un banquito que había en un rincón y se ensimismó. Alfonso, mientras tanto, no sabía muy bien qué hacer. Ya había dicho todo lo que tenía para decir, y no era alguien inclinado a llenar silencios incómodos. Más bien los incrementaba. Tomás siguió ensimismado y de pronto la cabeza se le llenó de imágenes fugaces, de recuerdos pasajeros. Había visto antes a esa chica, la había visto muchas veces cruzar la galería. Generalmente acompañada de otros adolescentes, todos portando esos atuendos góticos que contrastaban con sus risas nerviosas. Tomás, desde su oficina, podía escuchar cómo las risas rebotaban en la oscuridad de la galería después de que se marchaban. Y ahora se daba cuenta de que esas risas nerviosas le hacían cosquillas en alguna parte del cuerpo.

—¿Sabés cómo se llama? —preguntó finalmente.

Alfonso negó con la cabeza.

—¿Y va a volver?

Alfonso se alzó de hombros por segunda vez.

A partir de ese día, Tomás la esperó. A veces oía las risas y se asomaba a buscarla, pero los adolescentes eran otros. Al estar atento, Tomás descubrió que la galería era mucho más transitada de lo que creía, y que eran principalmente adolescentes los que la recorrían. Muchos peregrinaban hacia el subsuelo, hasta el local de Alfonso, que en su soledad subterránea tenía la magia exacta para convocarlos. Otros aprovechaban los recodos para languidecer, fumar o cuchichear.

Y así, a fuerza de encontrarse todos los días en el local de tatuajes cuando Tomás cerraba la sucursal del correo, se fueron haciendo amigos. Al principio, después de preguntar si la chica había venido y recibir la negativa, Tomás se limitaba a sentarse en el banquito. Se ensimismaba contemplando las fotos de los tatuajes, los diseños, los paneles del biombo. Y Alfonso lo dejaba estar, mientras limpiaba y ordenaba sus agujas. Un día cualquiera Tomás hizo otra pregunta, y Alfonso contestó con precisión. Después fue Alfonso el que preguntó, y Tomás le respondió largamente. Y de esa manera entraron en conversación.

1 Pripián interrumpe, aclara, levanta el dedo índice, lagañoso y solemne: la carta en realidad se llama “La Mansion Dieu”, la casa de Dios. Y después se ríe de la aclaración, se alza de hombros, porque sabe que la ha hecho de mala fe, como casi todo lo que hace. Para Pripián existe la casa, pero no hay ningún dios que la habite.

Un hombre viejo, muy viejo
La habitación es en realidad un departamento de un ambiente. Un departamento minúsculo, con la cama en una esquina y una kitchenette en la otra. Hay, además de la cama y la kitchenette, una ventana que da al interior de una manzana. El viejo, todavía en la cama, sabe lo que la ventana le muestra. El pequeño patio de la planta baja, lleno de basura, los fondos abandonados de lo que él recuerda era una biblioteca municipal, las espaldas manchadas de los edificios, galpones de techos agujereados que parecen inaccesibles. Sobre los techos de los edificios bajos, sobre los fondos de pastos crecidos, habitan numerosos gatos y palomas. Los gatos cazan palomas y alguien, desde alguno de los edificios vecinos, caza a los gatos. ¿Alguien? El viejo, lleno de congoja, ha podido escuchar el eco de los disparos, el golpe seco sobre el cuerpo de los gatos, sus maullidos postreros. Aunque no siempre maúllan. Y no siempre le llega primero el eco de los disparos. A veces, simplemente, un gato cae, y el disparo resuena más tarde. De lo que tampoco está seguro es de que los gatos mueran. Porque si bien durante el resto del día puede ver sus cuerpos exánimes a los que los otros gatos prestan poca atención, a la mañana siguiente han desaparecido. Días más tarde, el viejo cree reconocer en la distancia, en un gato que corre veloz por los tapiales de los galpones, las manchas de uno de los gatos muertos. No está seguro, el viejo. No sabe qué pensar de eso. Y la congoja lo embarga. Hasta que se recuerda desnudo y entonces se viste. Muy lentamente, se viste. A veces se le ha pasado el día así, pensando y mirando a los gatos, contabilizándolos. Solo los gatos, porque las palomas son inmensurables. El viejo cuenta gatos, desnudo, todo el día. Y para cuando se da cuenta ve que ya el sol está poniéndose entre los edificios. Entonces se viste, y cuando termina de hacerlo, comienza a desvestirse. El viejo duerme desnudo incluso en las noches más frías.

Los dos amigos no siempre fueron amigos
El encuentro entre Alfonso y un lápiz fue un encuentro afortunado. Alfonso tenía tres años y como todo chico de tres años miraba mucho a su padre. Su padre, el señor Fratelli, como lo llamaba la mayoría de la gente, era contador. Tenía pocos clientes y se esmeraba mucho en atenderlos. No ganaba demasiado, apenas lo suficiente para mantener el pequeño departamento en donde vivían los dos solos. Una cocina angosta, un baño estrecho, un pequeño living-comedor que también era el estudio contable, lleno de pilas de carpetas en los rincones, y una habitación un poco más grande en la que dormían y miraban televisión. A los dos les gustaba mucho mirar televisión después de comer. El señor Fratelli reía mucho y Alfonso reía también. Se miraban y reían un poco más. No eran muchas las veces en las que la mirada de uno coincidía con la del otro.

Alfonso, entonces, tenía tres años y no hacía mucho más que observar a su padre. Y una mañana en que su padre partía apurado a visitar a uno de sus clientes, vio que de uno de los bolsillos de su saco caía un lápiz sin que él se diera cuenta. El señor Fratelli se fue y el lápiz quedó en el piso. Una vez solo, porque Alfonso se quedaba solo cuando su padre salía, lo recogió. Era un lápiz bastante gastado, corto, pero con la punta en perfecto estado. Era un lápiz listo para usar. Sin embargo, Alfonso no lo usó enseguida. Lo miró largo rato, como si pudiese ver en ese pedazo de madera algo que todavía no había visto de su padre. Incluso le balbuceó algunas palabras. Luego lo dejó caer, lo vio rebotar una vez y girar. Y lo volvió a levantar.

 

 

 

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