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Beatriz Sarlo y su mirada sobre la actualidad

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La intimidad pública de Beatriz Sarlo (Seix Barral, 2018) es el ensayo necesario para estos tiempos que corren. Escándalos mediáticos de famosos y la maternidad como objeto de alabanza vueltos géneros a intervenir. La exageración como bandera.

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POR CAROLINA SAYLANCIOGLU

 

La intimidad pública es un ensayo en el que se interrogan ciertas aristas actuales de la cultura de masas en su lazo con la subjetividad. Beatriz Sarlo parte de lo que titula ‘Historia personal de lecturas’ para dar cuenta de cómo ciertos formatos de lectura –lectura veloz de géneros breves, que van de Twitter y artículos de diario cada vez más cortos a textos que se dejan leer en Kindle y no requieren tiempos prolongados de concentración ni el uso paralelo de diccionarios o libros de consulta- generan lectores que ‘consumen’ aquello que no les demande un esfuerzo mayor a los paradigmáticos tres minutos de atención, aquello que no permita detener por mucho tiempo el scroll que acompaña a la navegación y al modo de informarse hoy. En contrapunto, aparece su testimonio sobre la imposibilidad de adaptar a un formato como el de Kindle libros que no fueron escritos para ser leídos en pantallas. Tuvo que abandonar Salammbô de Gustave Flaubert porque ir y venir, volver hacia atrás u ‘otros caprichos de lectura’ se volvían una operación mucho más complicada que el simple acto de dar vuelta las hojas de papel. “Aunque es una novela de amor y guerra, no está para ser leída en un monocorde movimiento hacia adelante, como si se tratara de un folletín de historia y ficción, de los que hoy están de moda”. La extensión, pero no solo ella, hace a la forma. Sin embargo, podemos considerar que ésta se define también por el movimiento que habilita, incluso por los caprichos que concede o de los que priva al lector.

Planteada la forma, se define también el público. “Nadie siente hoy un atractivo fatal por encaminarse a una biblioteca (excepto que se trate de un investigador o de un estudiante). Esa forma de acceso parece radicada en el pasado”.

El escándalo como género y la hipérbole como figura son los predilectos del público de hoy. Dispuesto a fascinarse pero también a aburrirse rápidamente, el consumidor de noticias, ya sea de Internet o de revistas de chimentos, se deja atrapar por escándalos que narran, de manera escueta pero obscena, alguna peripecia de la vida sentimental de los famosos. El escándalo es el formato que vende y los famosos lo saben. Se dedican a armar sus exposiciones escandalosas y ofrecerlas a los periodistas. La exageración y la intimidad al desnudo sirven de anzuelo a consumidores que, navegando aburridos por las redes, pican la noticia.

Beatriz Sarlo sabe situarse de lado del público, su ensayo recorre en gran parte esa experiencia. Por entender su mecanismo, prefiere el margen de la fama. En lugar de armar un escándalo escribe un libro que quizás resulte polémico para algunos. Por su trabajo sostenido como ensayista podemos suponer que su aspiración es de estrella, por la tenacidad y la perseverancia en trabajar cierta materia. Lo reconoce en primera persona: “Compito con otros que también quieren comunicar; compito por la atención de otros y ambiciono ganarlos para mis ideas o convencerlos de mis sentimientos; compito porque disiento con otros y quiero desmentirlos; compito porque me molesta la verdad de otros y deseo reemplazarla;…”, y un etcétera de compitos.

La exageración, la hipérbole como única figura retórica es el lenguaje de la noticia que vende, aquella diseñada por famosos que, como cualquiera, buscan supervivencia. Son sujetos que han logrado hacerse conocer con la visibilidad de sus intimidades escandalosas como mayor mérito. Lo que otrora fuera ‘vida privada’ hoy no se priva de mostrarse, de hacerse pública. Para considerar este fenómeno subjetivo, vale recordar aquí que Jacques Lacan ya había inventado el término extimidad, que alude a lo exterior como aquel lugar donde se halla lo más íntimo de uno. Es decir, aquello que es más interior que lo íntimo y que, sin embargo, se halla fuera del sujeto, es como un cuerpo extraño. Las noticias de los famosos exponen su intimidad a ojos de un público que supone que puede hacer lo mismo. Como los dispositivos y los formatos de exposición están al alcance de cualquiera, cualquiera puede mostrar hoy alguna partecita bien íntima que lo caracteriza, exponer algo más íntimo de aquello que creía íntimo, o incluso fantasear con ser ese famoso cuya vida es conocida. La intimidad hecha pública se asocia a esperanza de la fama.

La publicidad de la intimidad trasciende los límites de un ya muy poco misterioso Yo. Los famosos –y los no también- publican la intimidad de sus hijos –cuanto más bebés mejor- en una oda a la maternidad –o a la paternidad- que cuenta con el apoyo de un erotismo que coquetea con el incesto pero a la vez lo vela con la promoción de prácticas de crianza. Cuerpos que se tocan y que se muestran en los bordes que los separan. Sostenido en consignas de moda como amamantar hasta cuando se pueda y donde se pueda, la expuesta más o menos famosa captura dos aristas del público: el fascinado por la maternidad, por la imagen mítica de la progenitora con su niño; y el fascinado por las redondeces y la voluptuosidad de cuerpos delgados con senos y nalgas grandes. La intimidad pública anticipó el debate que llegó hace muy poco, hasta dónde se “muestra el culo” y hasta dónde mostrarlo es o no tener algún poder.

La maternidad se convierte entonces en un género invertido al escándalo. La misma que había protagonizado alguno ahora se redime gracias a su nueva función. Para la madre ya no es necesario acaparar miradas por medio del ruido del escándalo, al menos por un tiempo éste puede ser sustituido por el halo tierno y la santidad de la puérpera, con buen éxito mediático como resultado. La maternidad vela la transgresión disimulada del  lucro obsceno con las imágenes de los niños. Para el erotismo corre la suerte de que la presencia de una criatura garantice a los crédulos ojos una sexualidad atenuada.

La sensibilidad femenina de Sarlo pide tolerancia ante su elección de escribir optando por el uso tradicional del género masculino. No cree que la RAE ni la Académie Française estén en lo cierto, pero quiere evitar la pesadez de la escritura duplicada. Sarlo ofrece al lector ofendido abandonar el libro. Ella, en cambio, no puede dejar de escribirlo… a sabiendas de que éste es su escándalo.

Del estudio de folletines de 1910 y 1920 al estudio de revistas de chimentos y géneros breves actuales, además de la verdad confesada por la autora de su gusto por cierta gama de frivolidades, también se deduce que éstas sirven al que estudia el lenguaje. Con la simplicidad a la que está habilitado el que domina cierta materia, Beatriz Sarlo compone una crítica de la cultura popular actual en la que también se incluye. Este libro, polémico aun dentro de sus formas, es un eslabón más en su obra. Sus avatares y el impacto que cause, parte de su forma estética. La autora ya puede jactarse de haber sido un tanto más perdurable que las historias breves del tipo de fama que critica.

 

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