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Alta negra, de Evelina Cabrera

«Si cuento mi vida es porque tiene algunos hechos extraordinarios que la convirtieron en una existencia más visible que otras. Pero también porque tiene gran parte en común con la de muchas niñas y jóvenes que pueden sentirse identificadas y acompañadas y eso, creo, le da más valor a esta historia.», dice Evelina Cabrera acerca de Alta negra (Ediciones B, 2020): la historia de la entrenadora y ex jugadora de fútbol que pasó de vivir en la calle y cuidar coches a ser la presidenta de la Asociación Femenina de Fútbol Argentino y disertar en la ONU.

 

 

 

POR EVELINA CABRERA

 

Con mi primer equipo, La Champions Liga, empezaba a crecer una pasión a la que le entregué los siguientes ocho años de mi vida, la que me trajo hasta acá, la que hizo que mi historia se hiciera conocida y fuera inspiración para chicas y jóvenes que quieren jugar al fútbol.

En 2011 ya hacía veinte años que la Asociación de Fútbol Argentina (AFA) había oficializado el fútbol femenino. Esto significa que había un torneo oficial, no que fuera profesional —como empezó a serlo, todavía de un modo muy incipiente, en 2019— y mucho menos que contara con las mismas condiciones económicas y deportivas que el de los varones. Había un campeonato que ganaban alternativamente Boca o River.

Yo no sabía nada de eso. Lo supe después. En ese entonces seguía jugando con La Champions Liga. Pero había chicas que sí soñaban con participar en ese torneo de Primera y llevar la camiseta de los grandes clubes. Estefi era una de ellas. Quería probarse en River, pero no tenía el apto físico que le exigían, así que se decidió a intentarlo en otro club, que no voy a nombrar porque era un desastre, y decidí, en este libro, que así como identifico a las personas e instituciones que me aportaron cosas buenas y a las que estoy agradecida, no lo hago con aquellas de las que tengo un muy mal recuerdo. Y este club era todo lo que está mal.

Pero me estoy adelantando; esa tarde que acompañé a Estefi para darle ánimo, yo no conocía el mundo de los clubes ni tenía intenciones de conocerlo. Simplemente llegué hasta la puerta de aquella institución de la zona norte del Gran Buenos Aires, que llamaremos T., porque ahí no te pedían un certificado de salud y además tenían pocas jugadoras, así que mi amiga contaba con bastantes chances de entrar. En cuanto a mí, yo pensaba que no era tan buena como para pasar la prueba. Cuando llegamos, le daba vergüenza entrar sola, así que la acompañé y me probé junto con ella. Quedamos las dos. No lo cuento como una hazaña; realmente, el club aceptaba lo que viniera, en las condiciones que fueran. De ese modo entré en el fútbol, digamos, oficial.

Y así empecé a descubrir la desigualdad y el descuido en el que se desarrollaba el fútbol jugado por mujeres. Ya desde el primer día, cuando llegué a entrenarme y no teníamos nada para hacerlo y solo éramos seis. De un equipo de once, solamente seis. Así que imagínense, no hacíamos nada de lo que te preparaba para jugar un partido en cancha de once. Nos entretenían con unos pases, algo de trabajo físico; es decir, nada. Después, los días de partido llegaban otras chicas que estaban fichadas, pero a las que nunca había visto entrenarse. Y jugábamos como podíamos. A pesar de ser de las que iban dos veces por semana a lo que llamaban “entrenamiento”, me comía mucho banco. Pasó un tiempo hasta que empezaron a ponerme más y me gané la titularidad.

No era de las habilidosas, ya lo conté. Estaban las que gambeteaban. Yo era la que se anticipaba a la jugada de la contraria, llegaba a la pelota y pum, hacía el pase para arriba. Esa era mi única función. Siempre hago bromas, digo que era mala, una burra y me río. Pero la verdad es que no era mala. Era inteligente. Lo que no tenía de habilidosa lo compensaba con mi cerebrito. Así que me gané mi lugar en la cancha.

Y fuera de la cancha, también. Se imaginarán, no me cerraban para nada las condiciones en que nos entrenábamos y jugábamos, así que empecé a preguntar. No hacía planteos, hacía preguntas: “¿Por qué no entrenamos en una cancha buena?”. “¿Por qué no nos dan ropa decente para jugar?”. Las camisetas eran un asco, enormes, usadas antes por los varones del equipo de la reserva. Imaginen en el estado en que las recibíamos. Mi experiencia anterior había sido en un equipo en el que todo lo administraba yo, teníamos nuestra indumentaria, alquilábamos un lugar decente para entrenarnos —que había aportado el papá de una de las chicas—, contábamos con bebida al finalizar la práctica.

Pero, además, yo no había visto el desprecio y la marginación hasta el día que entré en un club. Y empecé a conocer a los personajes que rodeaban al incipiente fútbol femenino: entrenadores con poca preparación y muy maltratadores, organizadores de torneos que buscaban el negocio y no tenían ningún interés en desarrollar el deporte, supuestos promotores que hacían probarse a chicas en clubes grandes y, si no quedaban, las abandonaban. En fin, caranchos. En su mayoría, varones.

Nuestro director técnico en T. era uno de esos que podríamos definir como “energúmeno”. Lamentablemente son muy comunes; esos tipos que, cuando las cosas no salen como ellos quieren, descargan su ira frente a sus jugadoras, montan todo un show de su frustración, patean cosas, gritan y te tratan con fastidio. Es posible ver gente así dirigiendo equipos profesionales de varones, pero cuando están con mujeres, niños y niñas, o adolescentes, tienen menos límites para el maltrato. Nosotras teníamos uno de esos. Como no traía una pizarra, nos mostraba con monedas, en el piso, lo que quería que hiciéramos en la cancha. Y hacíamos lo que podíamos.

Yo no conocía a las jugadoras que protagonizaban el torneo de Primera A. ¿Cómo era posible? No salían en los diarios, sus partidos no se transmitían por televisión o radio, nadie hablaba de ellas. A la primera que vi en mi vida fue a Mariela, el día que llegó al club. Venía de ser jugadora en River, había salido campeona dos veces, era una superestrella para nuestro fútbol marginal.

 

 

 

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