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Alegría, de Manuel Vilas

 

En Alegría, Manuel Vilas recorre una cartografía en búsqueda esperanzada de la alegría. Finalista del Premio Planeta 2019, esta novela escrita desde el corazón de la memoria cuenta el devenir de un hombre que arrastra tantos años de pasado como ilusiones de futuro, ilumina, a través de sus recuerdos, su historia, la de su generación y la de un país. Una historia que a veces duele, pero que siempre acompaña. A medio camino entre la confesión y la autoficción, el autor escribe una historia que toma impulso en el pasado y se lanza hacia lo aún no sucedido. Una búsqueda esperanzada de la alegría.

 

 

POR MANUEL VILAS

 

Todo aquello que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, todo
aquello que, tras su pérdida, no pudo destruirnos, y bien que insistió con fuerzas sobrenaturales y buscó nuestra ruina con
crueldad y empeño, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría.
El alma humana no tendría que haber descendido a la tierra.
Tendría que haberse quedado en las alturas, en los abismos celestiales, en las estrellas, en el espacio profundo. Tendría que haber permanecido alejada del tiempo; el alma humana hubiera estado mejor sin ser humana, porque el alma envejece bajo el sol, se derrite, se hunde y combustiona en millones de preguntas que se esparcen sobre el pasado, el presente y el futuro, que forman un solo tiempo, y ese es el tiempo personal de cada uno de nosotros, un tiempo en donde el amor es un deseo permanente, que no se cumple, que nos avisa de la hermosura de la vida y luego se marcha.
Se marcha.
Nos deja en un silencio poderoso, amargo y sutil.
Millones de preguntas que fueron seres humanos antes de convertirse en preguntas. Millones de cuerpos, millones de padres, madres, hijos e hijas.
Y nos quedamos solos y ateridos.
El alma humana somos nosotros, todos nosotros, buscando amor, todos buscando ser amados cada día, cada día esperando la llegada de la alegría, qué habríamos de esperar si no.
Cuánto desearíamos todos nosotros que hubiera un orden y un sentido en la vida, pero solo hay tiempo y fugitivos adioses, y en esos adioses vive el inmenso amor que ahora estoy sintiendo.
Este es mi caos, este mi desorden.
Aquí estoy yo, desamparado y a la vez sintiendo la fuerza de la alegría, pero también con la rabia indefinida de la vida dentro de mí.
Como todos los seres humanos.
Porque todos somos lo mismo.
Y en esta alegría hambrienta se halla toda la conciencia de la vida que fuimos capaces de acumular.
A primeros del año de 2018 publiqué una novela, una novela que era el relato de la historia de mi vida, ese libro se
convirtió en un abismo.
Dentro de ese libro habitaba la historia de mi familia.
Bach y Wagner, mi padre y mi madre.
Metí a mi familia en un libro que tenía música y es la cosa más hermosa que he hecho en la vida.
¿Estás loco?, me dijeron muchos.
No, es solo amor, contesté. Solo amor, y necesidad, e ilusión. Cuando hablas de tu familia, esa familia regresa a la vida.
Si escribía sobre mi padre y mi madre y lo que fuimos, volvía el ayer, y era poderoso y bueno. Eso era todo, eso fue lo que hice.
Me encuentro en este instante en un hotel de Barcelona.
Nunca pensé que volvería a escribir con un bolígrafo y un cuaderno, como estoy haciendo ahora mismo. Tengo el ordenador delante pero ya no me sirve.
Me he cambiado tres veces de habitación en este hotel. La primera no me gustó porque hacía calor y las vistas eran horribles. Cuando me dieron la segunda, pensé que allí podría descansar: ese alivio, esa necesidad de encontrar la calma, de no seguir envuelto en una maraña de nervios, de idas y venidas.
Pero llevaba un rato tumbado en la cama cuando me di cuenta de que no había acertado. La habitación daba a la avenida de la Diagonal, una de las grandes arterias del tráfico de Barcelona, y el ruido que ascendía desde la calle era excesivo. De excesivo se tornó en infernal. Era el ruido que producen los desconocidos, cientos de hombres y mujeres que deambulan por la ciudad, con sus coches, o sus motos, o sus conversaciones. El ruido se estaba convirtiendo en un enemigo. Comencé a ponerme nervioso. Estúpido de mí, había deshecho el equipaje, animado por esa primera impresión positiva. Veía mi maleta allí, abierta encima de la mesa. Calculé cuánto tardaría en volver a meterlo todo dentro.
Veo mis cosas como si fuesen las de un espíritu sin cuerpo.
Mis jerséis negros, mi ordenador, mi agenda, mi neceser. Parecen cosas que usaba mi padre, parecen pertenencias de mi padre, y no mías.
Era 1 de julio en Barcelona. Sentí la humedad que impregnaba la ciudad entera. No podría acostumbrarme a esa humedad, que me hacía sudar de una manera humillante. Mi vida y el calor se hermanaron en algún punto de mi pasado. Cuando
esté muerto y ya no tenga calor, alcanzaré la nada. La nada es no sentir ya el calor español, el calor que hace siempre en todas las ciudades españolas: calor húmedo o calor seco, pero calor.
El calor y la vida han sido lo mismo para mí.
Tengo cincuenta y cinco años y dentro de unos días cumpliré cincuenta y seis. No me creo esa edad. Si me la creyera, si la aceptara en toda su acerada verdad, tendría que pensar en la muerte. No se puede vivir si la muerte ocupa tu pensamiento,
aun cuando nada como ella emana de nosotros con tanta fuerza. Está allí, en tu corazón. Nadie ha querido amar su propia
muerte, nadie quiere hablar con ella, pero yo sí quiero, porque me pertenece.
Me miré en el espejo. El envejecimiento de los hombres siempre se camufla, se esconde. La sociedad se muestra condescendiente con el envejecimiento de los hombres, en cambio es implacable con el de las mujeres.
Llamé a recepción y pedí que me cambiaran otra vez de cuarto. Alguien vino a ayudarme. Pensé que ahí abajo sería la comidilla.
«Ahora te toca a ti aguantar al chiflado.»
«No, que a mí me tocó otro loco la semana pasada; y mucho peor que este, porque estaba casado y lo apoyaba su mujer. Este al menos está solo.»
Imaginé este diálogo, pero en modo alguno sentí incomodidad, sino casi reverencia porque los recepcionistas me dedicaran sus pensamientos y sus censuras. Todo es vida y todo sirve a la vida. En todo hay un homenaje a la vida.

A mí me ha sido dado contemplar ese homenaje en todo cuanto ocupa un puesto bajo el sol.
Al día siguiente pedí otro cambio. Y fui testigo de que la vida premia a los testarudos, a los que no descansan hasta hallar lo óptimo. La perseverancia puede volverte loco.
Tal vez hartos de mí, me dieron una habitación espectacular en la planta 15, la más alta y probablemente la mejor del hotel. Era la habitación perfecta: grande, luminosa, la más elevada del edificio. Se podía ver el mar a lo lejos. Y también había una ventana en la ducha, desde donde se contemplaba Barcelona desde otro ángulo.
Me sentí dueño de la ciudad.
La ciudad estaba a mis pies.
Puse el aire acondicionado y todo fue perfecto.
Me acordé entonces de la primera vez que vine a Barcelona.
Fue en 1980. Mi novia de entonces tenía familia aquí y dormimos en su casa; una tía suya nos enseñó la ciudad. Aquel noviazgo no prosperó. Y lo evoco ahora, treinta y ocho años después.
Un amor desvanecido y del que solo queda este recuerdo levantado por un hombre memorioso. ¿Qué nos hace el tiempo? Pero aquel que fui, aquel que vino a Barcelona hace treinta y ocho años con su novia, está enterrado en mi cuerpo, en mi carne.
Mi habitación de la planta 15 de este hotel parece un lugar sagrado, soy yo el que la está convirtiendo en espíritu.
Poco a poco va cayendo la tarde.
Miro de vez en cuando por la ventana: allí está Barcelona, llena de colores azules, en esta tarde de verano, con sus cientos de calles y con sus muertos hablándoles a los vivos, en esa conversación permanente que mantiene la gente de más de cincuenta años con sus difuntos seres queridos.
Dentro de un rato tengo una cena con un club de lectura en donde han leído mi novela, un libro en el que hablo de vosotros dos: de ti, mamá, de ti, papá, porque vosotros dos, y vuestros dos fantasmas, es todo cuanto tengo, y tengo un reino, tal vez un reino indescifrable, un reino de belleza.
Os habéis convertido en belleza, y yo he asistido a ese prodigio. Y no puedo estarle más agradecido a la vida, porque ahora sois belleza y alegría.

Me da mucha felicidad (también temor) ir a los encuentros con lectores. Suelo pensar que cuando vean mi aspecto se sentirán decepcionados. Y yo sentiría tanto decepcionarlos. Es tan triste decepcionar a otro ser humano. Tal vez por eso muchos escritores eligen desaparecer. No solo los escritores, cualquier ser humano puede elegir desaparecer antes que decepcionar.
Entro en la librería y mucha gente viene a saludarme. Pero hay una persona especial. No la reconozco al principio. Me mira como si nos conociéramos, pero no sé quién es. Tal vez barrunto una posibilidad.
Siempre les temo a esas posibilidades, a esas carambolas calientes de la vida.
Y solo con dos palabras caigo en la cuenta.
Llevaba treinta y cinco años sin verla. Su belleza se ha marchado para siempre. La reaparición del pasado siempre es devastadora y rompe en mil pedazos tu sistema nervioso. Y sin embargo, mi memoria ha mantenido su recuerdo sin corrupción, sin deterioro.
Siento una indecible ternura.
Intento extraer de su rostro actual aquel que está en mi pensamiento. Y creo que ella se da cuenta. Le confieso que siempre la admiré muchísimo. Es lo que se me ha ocurrido decirle: que la admiraba. Imagino que era el mejor verbo posible.
Ella me dice que mi novela le ha hecho llorar y que se acuerda de mis padres, que los ha visto perfectamente reflejados en el libro.
«Son tus padres, cómo me acuerdo de ellos dos», me ha dicho.
Yo me acordaba perfectamente de los suyos, porque sus padres y los míos fueron amigos y recuerdo esa amistad, recuerdo sus risas, recuerdo sus cenas en pequeñas tabernas, los chistes, las ilusiones, la alegría.
Y de todo eso quedamos ella y yo.
Me dice que me tengo que sentir feliz de haber logrado retratar tan bien a mis padres en el libro. No me atrevo a preguntarle por su familia barcelonesa. Ella se adelanta y me dice que la tía que nos acogió en su casa ya murió, pero me dice «igual tú no te acuerdas, fue hace mucho y has tenido que conocer a mucha gente, ya no sé ni cómo te has acordado de mí».
Regreso a mi hotel pensando en ella.
Ni siquiera le he preguntado si se había casado o si tenía hijos. Creo que tenía miedo de hacer esa pregunta. Cómo no tenerle miedo a esa pregunta. Me he metido en otras conversaciones y, a la salida de la cena, la he visto de lejos y no me he querido despedir. Como si la devolviera íntegra al pozo de oscuridad del que ha salido.
No parecía ella.
¿Quién era entonces?
Entro en mi habitación de la planta 15 de mi hotel. He dejado el aire puesto y la estancia está bastante fría, pero es una sensación muy agradable.
No me la quito de la cabeza. Podría haberle dicho un adiós definitivo, pues casi con seguridad no volveremos a vernos.
Subíamos a esquiar juntos, en 1978 y 1979. Ella llevaba un equipo de esquiar muy moderno. No me he atrevido a decirle que recuerdo, cuarenta años después, la marca de sus esquíes y de sus fijaciones y de sus botas. Eran unos Rossignol ST 650, las fijaciones eran unas Look Nevada y las botas eran unas Nordica. No me he atrevido a confesarle toda esta profusión de recuerdos y de marcas, que tal vez escondan el recuerdo más grave y profundo, y no es otro que este: que la primera vez que vi Barcelona fue de su mano y de la de su tía de aquí, que ya ha muerto. No le he preguntado por el año en que murió.
No nos permitió dormir juntos: ella durmió con su tía y yo dormí solo en otro cuarto.
Y ahora, treinta y ocho años después, creo que hubo una enorme sabiduría en esa decisión. Gracias a ella, puedo tratar de dormir tranquilo, en esta noche.
Y con el rostro de Paloma de cuando era joven —así se llamaba y así se llama aún—, intento cerrar los ojos, intento dormirme.
Era morena, tenía unos ojos negros llenos de inocencia, una melena oscura y lisa, y todo el mundo la quería, porque era simpática, dulce y bondadosa.
No tendríamos que habernos dejado. Tendríamos que habernos casado y envejecido juntos.
No tendría que haberla conocido.
No tendría que haber nacido, si iba a sufrir tanto.
Me levanto en plena noche, no consigo dormir, son las tres de la madrugada, enciendo todas las luces y miro el espacio y miro mis cosas esparcidas por la habitación. Mañana regreso a Madrid, y estas paredes acogerán a otro huésped, y así hasta la caída del edificio, hasta el momento en que sea reutilizado, reformado o demolido y se lleve para siempre, en un remolino, toda la oración que estoy diciendo ahora mismo.

 

 

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