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Al caer la luz, Jay McInerney

Al caer la luz de Jay McInerney (Libros del Asteroide) (traducido por: Mariano Antolín Rato) cuenta la historia de Russell Calloway, un brillante y ambicioso editor y su mujer, la fascinante Corrine, una joven agente de Bolsa que trabaja en Wall Street. Llevan casados poco tiempo, pero a sus amigos les parece que forman un matrimonio perfecto. En la vida de los Calloway todo parece ir sobre ruedas, al igual que en la ciudad: viven en el acelerado Manhattan de mediados de los ochenta donde el dinero abunda tanto como la cocaína y las oportunidades no escasean para quienes tengan talento y ganas de aprovecharlas. Sin embargo, las señales de que algo va mal empiezan a ser visibles: solo hace falta que alguien quiera verlas. Publicada por primera vez en 1992, Al caer la luz es una maravillosa novela sobre un matrimonio que empieza a dejar atrás su dorada juventud pero también una elegía al Nueva York anterior al crac del 87, una ciudad mucho más variada y extrema que la actual. Esta es una de las obras más celebradas de Jay McInerney, quien supo combinar comedia social y drama para crear una historia y unos personajes genuinamente inolvidables.

 

 

POR JAY MCINERNEY

 

Mientras rocía con limón los filetes de lenguado, Corrine oye la voz de su marido más alta que las demás, quizá porque suena más alto o porque ella la escucha con especial atención. Ahora la voz se aproxima desde el vestíbulo, dirigiéndose de vuelta al cuarto de estar pero acercándose a ella.
—Prefiero la vieja versión. —Russell no hablaba, bramaba.
—¿La vieja versión de qué? —pregunta ella, cuando él irrumpe en la cocina, llenándola casi con su exuberante gesticulación. Era una de
esas cocinas de los apartamentos neoyorquinos de preguerra que, de hecho, no estaba prevista para una utilización seria, sino más
bien para preparar unos huevos Benedict a las tres de la mañana, a la vuelta del Stork Club.
—¿No compré suficiente pescado? —pregunta Russell, volviendo a llenar su copa de vino en la encimera, mientras atisba el fogón
por encima del hombro con algunas pecas de Corrine, y luego subrepticiamente el escote delantero de su vestido—. Bonito vestido.
La chica del cumpleaños.
—Gracias. Ahora puedes quejarte de mi pelo.
Discuten con frecuencia sobre el pelo de ella antes de las fiestas; a Russell le gusta suelto, pues considera que resulta sexy; ella lo
prefiere recogido arriba. Esta noche lo lleva recogido en la nuca en una dorada trenza sujeta con una cinta de terciopelo negra, y a él le gusta, y también estar casado con una criatura tan elegante.
—Creía que habíamos acordado que te mantendrías lejos de la cocina.
—¿Qué opinas del Condrieu?
—Por favor, nada de discursos sobre el vino. Esta noche no. ¿Prometido?
—Solo si tú me prometes no meterte debajo de la mesa para satisfacer oralmente a nuestros invitados masculinos. Y no me mires
de ese modo. Te conozco. Que todavía no lo hayas hecho no quiere decir que no lo pienses.
—Creo que la que ha venido con Jeff probablemente se me adelantará.
—Dios santo, eso espero.
—¿De dónde crees que la habrá sacado?
—Levantó el mantel y ¡voilà! Allí estaba la chica.
—Oye, ¿dónde está el colador?
—Wash se lo llevó puesto a casa después de la última fiesta.
—¿Te gustaría salir con chicas como esa? —pregunta Corrine, repentinamente seria.
—Por Dios, Corrine, no me preguntes esas cosas.
—Russell —se queja ella, apartándose de la encimera con la mitad de un limón exprimido en la mano, mirándole con ojos tristes.
—Prefiero la vieja versión —vuelve a decir él, cogiéndola en sus brazos.
Corrine se echa hacia atrás y se libera de sus manos.
—No deberías usar esa palabra con una chica que acaba de cumplir los treinta y uno. Madre mía, treinta años es una cosa…
—¿Qué palabra?
—La palabra «vieja».
—Todavía eres mi rubia explosiva.
—Solo lo que queda después de que la rubia explotara.
Russell la vuelve a agarrar.
—¿Te había dicho que te pareces a Katharine Hepburn cuando era joven?
Lo había dicho, claro. Por eso resultaba tan importante que lo volviera a decir; como todos los matrimonios de cierta duración, el suyo
también tenía sus conjuros rituales. Y Russell pensaba que su mujer encarnaba ciertas virtudes de la actriz; la belleza de pedernal que
sugería un enérgico linaje anglosajón, las pecas que insinuaban un ramalazo celta. Él mismo tenía antepasados irlandeses, era de la cuarta generación del condado de Cork Calloway vía Boston y Detroit.
—Trataba de parecerme a Grace Kelly —dice ella.
La fórmula ha funcionado, Corrine vuelve a tener dominio de sí misma.
—¿Dónde diablos está Washington? Estoy casi a punto de servir la comida.
—Ya conoces a Wash. Probablemente esté dando de comer al perro.
—Hace cinco años también jugaba a ser mal chico, pero tenía más encanto.
—Es lo que dicen las madres de los boy scouts malos.
—¿Jeff está muy pasado?
—¿De qué?
—Es lo que me gustaría saber.
—Está bien.
—Creo que deberías hablar con él.
—Hablo con él todos los días.
—Me refiero a hablar de verdad.
—Te refieres a que le interrogue.
—Hablar no es interrogar. Me molesta que digas esas cosas.
—Vamos a ver… Hablemos de nuestros sentimientos, chicas. —Sujetando la botella de vino como si fuera un micrófono, Russell canturrea—: Los sentimientos… dua dudua, los sentimientos…
—Menuda sensibilidad la tuya, Russell.
—Es mi maldición. Lo siento todo muy profundamente —dice,
agarrando la nalga izquierda de Corrine a modo ilustrativo.
Corrine y Russell Calloway llevaban cinco años casados. Se conocían desde otros ocho antes de eso, se habían hecho novios en la
universidad. Sus amigos los consideraban los perfectos pioneros del estado conyugal, como si hubieran convertido una de esas zonas de la ciudad antiguamente marginales en una zona que quienes iban a la moda estaban empezando a habitar. Durante los años que llevaban viviendo en Nueva York, su apartamento del East Side se había convertido en un club para sus amigos menos asentados, una especie de piso piloto para los que piensan que ya va tocando invertir en el matrimonio. Para los que se habían casado recientemente, era un refugio seguro en una ciudad que echaba a perder los matrimonios, y los que estaban sin pareja encontraban descanso allí de la fatigosa informalidad de su soltería.
Ni siquiera sus amigos de la universidad, de los que cada año quedaban menos, conseguían recordarlos a cada uno por su lado.
Por separado puede que los dos resultaran un tanto excesivamente atractivos, pero el matrimonio neutralizó el atractivo lo suficiente
como para que los hombres a los que Corrine Makepeace había intimidado en Brown, donde era algo así como una imagen erótica
totémica, ahora pudieran coquetear con ella sin problemas, mientras que las mujeres confiaban en Russell, a quien arrastraban al
dormitorio para celebrar reuniones de urgencia. Una muestra de la confianza entre ellos era que Corrine raramente se mostraba celosa
en ese tipo de ocasiones; una muestra del calor de su pasión que, a veces, tirara objetos frágiles dominada por el enfado. Aunque
parecían sofisticados, Russell y Corrine compartían una cualidad que los hacía parecer de otro mundo, alejados durante tanto tiempo del mercado libre romántico al haber resuelto esa cuestión en los primeros años de su vida. Como los escandinavos, habitaban
en un higiénico estado del bienestar cuyas leyes no se aplicaban necesariamente fuera de ese reino, y a veces, cuando uno de ellos
expresaba una opinión, una persona ajena quería decir: «Claro, eso puede que sea cierto para vosotros dos, pero el resto de nosotros
todavía trata de encontrar un cuerpo que nos dé calor».
Si eso parecía ejemplar, su casa también aparentaba ser accesible.
Aunque poseía una vista de la gran ciudad que se extendía hacia el sur desde una pequeña terraza como un ordenado mar de luces,
el apartamento solo tenía un dormitorio, con las antigüedades yuxtapuestas con restos de una residencia universitaria. Uno de los dos
sofás empezaba a enseñar su relleno, y una avalancha de libros de las estanterías de obra del cuarto de estar había sido acomodada
en otra barata hecha de bloques de hormigón y tablas de pino sin pintar. Fotografías de Russell y Corrine y sus amigos, enmarcadas
indiscriminadamente en marcos de plata de Tiffany y de plástico barato, colgaban entre pósters de la galería Maeght y litografías
firmadas. Recibían en casa con una actitud liberal y con clase que a algunos invitados les sugería una abundancia de las bendiciones
de este mundo. En realidad, sus finanzas estaban permanentemente en precario. Tenían dos fuentes de ingresos, pero Russell trabajaba
duro en el campo históricamente mal pagado de la edición y Corrine solo llevaba dos años como corredora de Bolsa. La devolución de
su declaración de renta conjunta era modesta comparada con la de muchos de sus amigos y vecinos.

 

 

 

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