Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

A prueba de fuego, parte II

A prueba de fuego de Javier Moro (Espasa) que nos tiene con el corazón en la boca desde ayer así que en ESTACIÓN LIBRO decidimos contar el segundo capítulo y ahí sí quedarán con ganas de ir volando a encargar este librazo. Javier Moro (Madrid, España, 11 de febrero de 1955) es uno de los autores más querido por los lectores y valorado por la crítica del panorama literario en español. Periodista y escritor, entre sus libros destacan Senderos de libertad (1992), El pie de Jaipur (1995), Las montañas de Buda (1997), Era medianoche en Bhopal (2001), en colaboración con Dominique Lapierre, Pasión india (2005), El sari rojo (2008), El imperio eres tú (Premio Planeta 2011), A flor de piel (2015) y Mi pecado (Premio Primavera 2018).

 

 

POR JAVIER MORO

 

 

Pero no conocía bien a mi madre, que en ciertas circunstancias podía ser testaruda. Cuando unos días más tarde, también de noche, mi padre llegó a casa, ella le anunció que tenía los billetes para irse en el vapor Fénix. Había empeñado su sortija —el único regalo que le había hecho mi padre, según dijo— en el prestamista chino de Pearl Street.
Dijo que el resto del dinero venía de sus ahorrillos. Él se puso lívido: no la creía capaz de tanto arrojo, pero mi madre estaba desesperada.
—¿Tantos ahorros tenías?
—Sí, de coser… —mintió ella—. Me voy unos meses, pero te prometo que volveré. —Mi padre guardó silencio—. Trabajarás mejor sin nosotros —siguió diciéndole en tono conciliador—. Tendrás más libertad y tiempo para ti. Podrás llevar la vida que quieras.
—¿Y los niños?
—Me los llevo… ¿Los vas a cuidar tú? Si nunca estás en casa.
—Me las arreglaré, mujeres no faltan en esta ciudad.
—No sabes lo que dices. —En efecto, mi padre no sabía lo que decía—. Irnos ahora es mejor para todos, Rafael. En
el fondo, somos un engorro para ti.
—No sois un engorro, sois mi familia.
—¿Quién va a prepararles las comidas, a lavarles la ropa, a… cuidarles cuando se pongan malos?
Mi padre no escuchaba. Se levantó de la silla, agarró el abrigo del perchero, preguntó dónde estaba su violín, mi madre se lo dio y salió dando un portazo. Nunca le habíamos visto así. Debió de ir a casa de su amigo Miranda, y debió de tocar mucho el violín, porque volvió a la mañana siguiente más tranquilo, como si la noche le hubiera servido para recapacitar.
—He pasado por el prestamista y he recuperado el anillo —le dijo mi padre—. Toma, póntelo, que de tanto trajín lo vas a perder. —Ella le miró con cara de susto mientras se lo colocaba en el dedo—. Ahora enséñame los billetes.
—¿Por qué? —dijo mi madre, al borde del llanto.
—Solo quiero verlos.
Abrió el cajón de su ropa y sacó un sobre con los boletos de la travesía. Mi padre los hojeó detenidamente y apartó uno.
—Rafaelito se queda conmigo. Luego iré a recuperar el dinero de su pasaje.
Mi madre se echó a llorar. Otra vez.
—Es mi hijo del alma. ¿Cómo vas a separarle de su madre, de sus hermanas…?
—Llévate a las niñas si quieres, que son tuyas. Yo sabré ocuparme del niño.
Los tabiques eran tan finos que se oía todo: «Que son tuyas»… ¿Qué había querido decir mi padre con eso? ¿Que ellas no eran hijas de mi padre? Ellas se apellidaban Valls y yo Guastavino, pero hasta entonces nunca había sospechado que podían no ser mis hermanas, porque nunca había visto diferencia entre nosotros. Del otro lado del tabique mi madre mostró su genio, algo inusual en ella.
—¿Dices que sabes ocuparte del niño? Pero si no sabes ocuparte ni de ti, Rafael. Lo dejas todo tirado, no sabes ni dónde encontrar un par de calcetines, ¿cómo vas a ocuparte de un niño?
—Lo hice con los mayores, lo haré con Rafaelito.
Ella alzó los hombros, como si acabase de escuchar una gran estupidez.
—¿Y quién le va a zurcir la ropa? ¿Quién le va a tapar cuando se despierte de noche con frío? ¿Vas a hacerlo tú?
—Él no replicó—. Déjale que venga con nosotras, te lo suplico. Solo unos meses.
Mi padre se plantó.
—No sigas —dijo, negando con la cabeza—. Rafaelito se queda conmigo.
—Un niño de esa edad necesita a su madre.
—A esa edad, lo que necesita es prepararse para la vida.
Aquí podrá labrarse un porvenir, en España las cosas van de mal en peor, no hay futuro para nadie. ¿O quieres que le acaben llamando a filas dentro de nada y se convierta en carne de cañón en Cuba, o en África? —Le interrumpió una tos nerviosa, una de las que le daban cuando se sentía presionado. Luego se tranquilizó y dijo—: Paulina, vuelve a España con las niñas, si eso te devuelve la alegría; no es justo que yo te obligue a llevar una vida en la que te sientes desgraciada. Pero el niño se queda. Ya he perdido a los mayores, su madre los mandó lo más lejos que pudo para que no pudiera volverlos a ver. A Rafaelito no lo voy a perder.
La familia saltaba por los aires, nos separábamos todos.
Además, me llevaba la peor parte porque me quedaba solo y mis hermanas se iban. Es más, ni siquiera sabía ya quién era yo; el «son tuyas» y el «lo hice con los mayores» me habían hundido en el desconcierto. ¿Es que tenía hermanos mayores que no conocía? ¿Qué significaba aquello? Me sentí el niño más desgraciado del mundo cuando, después de mucho insistir, la Paqui acabó confesando que sabían que ni ella ni Engracieta eran hijas de mi padre, aunque le llamasen papá. Lo sabían desde siempre. Que me hubieran mantenido en la inopia me dejó perplejo y desorientado.
A partir de aquel día y hasta la salida del barco, mi madre dejó de comer —decía que no podía tragar nada— y acabó demacrada, carcomida por el sentimiento de culpabilidad de haber dinamitado la armonía familiar.
Yo no sabía qué hacer con las piezas rotas de mi mundo, y si hoy escribo este texto, tantos años después, es porque sigo intentando recomponerlo, porque es difícil vivir sin comprender, porque es necesario encontrar un sentido a lo que nos ocurre. A veces se tarda toda una vida en emerger de las brumas del pasado y descubrir una explicación de por qué las cosas ocurrieron como ocurrieron. De momento, solo sabía que me quedaba el día solo con mi padre, y me amputaban del resto de la familia. Nos queríamos mucho mi padre y yo, quizás porque estábamos rodeados de mujeres y nos unía una especie de rara solidaridad varonil. Nunca me negaba un capricho, al contrario que mi madre, acostumbrada a apretarse el cinturón. Aunque en Barcelona no vivimos en la misma casa todo el tiempo, mi padre nos visitaba a diario. De pequeño me llevaba a jugar al parque de la Explanada o me traía un recortable o unos lápices. Siempre estuvo muy pendiente de mí. Disfrutaba viéndome dibujar. Yo siempre quería pasar más tiempo con él, pero estaba muy ocupado. Llegaba a casa por las noches, como en Nueva York, y se iba por la mañana. Si alguna vez venía a comer y se quedaba por la tarde, me enseñaba a tocar el violín, que era su gran afición. Aunque la consigna de mi madre era no molestarle, «que tiene mucha faena», nunca me regañó si le interrumpía en su quehacer; al contrario, me decía: «Ven aquí, Rafaelito, ayúdame a dibujar esta escalera». Sentado en su regazo, me sentía el más dichoso del mundo.

 

 

 

 

 

Posteos Relacionados