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La primera casa, de Santiago Loza

La primera casa de Santiago Loza (Tusquets) es una novela que despliega los artificios de la memoria. Gonzalo vive en un pueblo de provincia con su tía y su hermana, con quien comparte la orfandad de unos padres que han muerto tempranamente. Está cursando los últimos años de la secundaria y su cuerpo se ha convertido en un campo de batalla: una entidad mutante que varía más allá de su voluntad. En la feroz convivencia escolar, consigue un refugio: Damián, su único amigo, con quien descubrirá un deseo que todavía no puede nombrar. Pero Gonzalo ansía huir de la disciplina férrea de su tía: por eso consigue un primer trabajo y con él la revelación de que el saqueo puede ser una forma de indemnizar los sueños. Frente a ese mundo hostil, el cine será su principal plan de evasión: no solo ver películas, sino también repasar las tramas con su hermana como si esos films taquilleros de los años ochenta fueran una escuela de vida. Con su delicadeza y sensibilidad únicas, Santiago Loza despliega en esta novela los artificios de la memoria: un hilo que oscila entre la cercanía y la distancia para engarzar las piedras del recuerdo en la herida dulce y doliente de las primeras cosas. En ESTACIÓN LIBRO les traemos el primer capítulo.

 

 

 

POR SANTIAGO LOZA

 

 

Gonzalo caminaba por un bosque. Había árboles de distintos tipos y formas: de todas partes del mundo y de algunas especies no existentes. Con cada pisada, se producían pequeñas quebraduras de hojas secas, ramas diminutas, caparazones de insectos. Caminar tenía un peso irreal.
Gonzalo no estaba solo. Llevaba de la mano a otros. Eran muertos. Como si fueran niños, les pedía que no le suelten la mano. Los muertos se veían algo desvalidos y eran casi transparentes. Gonzalo tenía peso y por eso podía llevarlos como globos, de paseo. Esa tarea lo ponía contento.
La imagen tenía la nitidez que solo poseen los sueños.
Ellos estaban agradecidos con él. En su idioma insonoro le decían que, cuando estuviera despierto, ellos lo protegerían. Eran amables y sus manos tenían la suavidad de la seda.
Gonzalo trató de retener el sosiego del sueño, pero de inmediato lo perdió: su hermana estaba gritando. Se levantó de un salto de la cama y corrió hasta la sala. La tía Delia llevaba a Diana abrazada, envuelta en una manta, la conducía hacia el baño.
Diana caminaba con dificultad, como una zombi.
No levantó la vista cuando él preguntó qué pasaba; Delia le clavó la mirada y le ordenó que volviera al cuarto, que no se metiera en cosas de mujeres, que las dejara solas y se quedara encerrado hasta que lo llamen, que todavía no era hora del desayuno y que tampoco estaba en edad de andar en calzoncillos Gonzalo volvió a la cama. Se tapó y trató de recuperar lo soñado, pero fue imposible, el sueño se había esfumado de su mente. Se quedó quieto. Recién comenzaba el otoño y hacía un poco de frío.
Pensó en tocarse, pero el grito de su hermana lo había perturbado y por más que se tocaba no le pasaba gran cosa. Estaba preso de un estado parecido al susto. Como si arriba de su cuerpo hubiera caído un peso de forma gelatinosa y fría, y esa cosa envolviera su espíritu.
Pensó: no voy a poder con este día. ¿Por qué grita Diana? ¿Cuál es el secreto doloroso que guardan las mujeres? Y habrían seguido las preguntas internas de no ser porque Delia entró y abrió la persiana, y la luz penetró de golpe en el cuarto, molesta y blanca, excesiva. Y la tía insistió con el tema del slip. Que ya era un hombrecito y que no
era bueno mostrar los atributos delante de dos mujeres como ellas. No tenían por qué ver en ayunas las protuberancias masculinas.
Gonzalo se puso un pantalón de pana un poco avejentado. Fue a la cocina, se sentó a la mesa y tocó el mantel de hule. Fue el primer contacto del día que su cuerpo tuvo con otra cosa que no fuera él. Hasta ese momento, solo había estado dentro de sí; estaban las telas de las sábanas y de la ropa, pero eran como una segunda piel, un intermedio.
El frío del hule al tacto le recordaba que todo lo que lo rodeaba era de una materialidad seca.
Miró las flores despintadas del mantel, algunas marcas oscuras producidas por el calor de tazas u ollas que se apoyaron al descuido. No recordaba la mesa sin ese mantel desgastado. El mismo concepto «mesa» le resultaba indivisible de esa mesa matutina, desnuda y marcada por los años, con ese mantel que alguna vez pudo tener colores alegres. Ahora era una verdadera pena opaca. La palabra «mesa» era eso que tocaba y le recordaba su relación con las cosas.
El hule le avisaba que debía convivir con lo no animado, con la rigidez del mundo material, y que la fricción entre su ser y las cosas sería trabajosa, pesada. Y además estaba el ruido de la radio.
Su tía prendía la radio a primera hora y eso empeoraba la situación. Hacía el presente más áspero.
Delia proclamaba ser una persona informada. De mañana, escuchaba el noticiero y hacía comentarios en voz baja. Mascullaba las noticias, rumiaba, como si fuera masticando lo que, durante el día, sería su opinión. Gonzalo detestaba ese sonido metálico, y también a la tía en deshabillé, con sus pantuflas de lamé raídas, el pelo recogido y los labios sin pintar.
Y la luz pálida que se filtraba por las mañanas en la cocina.
Delia le sirvió un café con leche y le dijo que su hermana no iría al colegio. Que se apurara para ir a tomar el colectivo solo.
Gonzalo hizo caso. En general, prefería acatar lo que Delia le imponía. Le producían una suerte de desidia las órdenes de su tía. Muchas veces creía no estar de acuerdo, pero oponerse requería una energía que no encontraba. Tenía dieciséis años y estaba por estallar en mil pedazos, pero todavía no había llegado el momento de la rebelión.
Tomó el desayuno de manera rápida, se puso el uniforme, se peinó, agarró su mochila y luego se dirigió a la puerta de calle, obediente, a tomar un colectivo que lo llevaría a la escuela: el campo de batalla.

 

 

 

 

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