Estación Libro
EXPLORAR LIBROS - data-src=
TODOS LOS AUTORES - data-src=
TODAS LAS EDITORIALES - data-src=
EXPLORAR LIBROS - data-src=

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

Texto inédito de Laura García del Castaño para Filba Nacional

Diez años de literatura federal, diez años de Filba dando vueltas por nuestra tierra. ¿Cómo se celebra? Con un libro, claro. Este 16 de junio se inaugura el Filba Nacional X y ese mismo día se podrá descargar de forma gratuita desde la misma web, el libro con textos de autores que han pasado por el festival. Con prólogo de Eugenia Almeida y ensayos de Selva Almada, Eugenia Almeida, Mercedes Araujo, Juan José Becerra, Rosario Bléfari, Oliverio Coelho, Agustina Paz Frontera, Laura García del Castaño, Fernanda García Lao, Daiana Hederson, Perdro Mairal, María Moreno, Eloísa Oliva, Mariano Quirós, Camila Sosa Villada, Carlos Ríos, Hebe Uhart, Beatriz Vignoli, Martín Zariello, ESTACIÓN LIBRO eligió «Cuatro casa en la noche» de García del Castaño. Todas las actividades de Filba Nacional X están en la web, ¡imperdibles!

 

 

POR LAURA GARCÍA DEL CASTAÑO

 

Esta es la casa de un reino insepulto, un reino debatido entre dos mundos, un filo que se asoma de otro filo anterior como una mamushka de eternidad.
Vivo aquí, soy su fantasma, el hámster que pedalea y pedalea en un cubo de vidrio propiedad de lo eterno, quizás el humo de una vida mal apagada que resiste, que cada día y cada noche convocando a sus huéspedes.
Me dejo ver por las tardes cuando todo encuentra su agonía. Las habitaciones son cuartos pequeños todos unidos, así que me deslizo por ellos. Me sumerjo en el vaho de una ducha caliente hasta empeñar el cristal, en la misma bañera donde resbaló una hermana de madre preparándose para el viaje; luego prendo la radio, ponga las toallas a secar, me paro en la rama que sobresale del muro (la rama del olmo que plantó mi padre, tras enterrar nuestra primer mascota).
Amo el vaivén de los objetos, ellos gritan toda la vitalidad los espíritus, los anillos que escapan y corren a perderse detrás de los armarios, el postigo que golpea, el juego de una baldosa despegada cuando alguien pisa, esa cosa metálica de la tijera de podar. Amo la ingeniería de estar vivo y aún así me aterraría estarlo.

A veces me instalo en la ventana, mi ventana torre, mi ventana trinchera, de allí observo a los curiosos, ancianos sonámbulos, perros neuróticos, amantes sin lugar, ellos sí escarban y escarban su estar vivos, su ceguera temporal. Van y vienen, hacen una parada para abrir sus mapas: mean la puerta, dejan oculto un bulto, desconocen que pisan a diario una frontera, un portal intermedio donde vida y muerte, sin querer, se tocan las manos, se disputan, se cornean como ciervos.
Den crédito de todo lo que veo, incluso de los que como yo, friolentos aunque espléndidos viven en casas como esta, cerca o más lejos, como Judith de la otra manzana, o Franco de la Velez Pedraza, mudos y noctámbulos duran su estadía porque aún nadie los ha sorprendido, nadie, ni un perro con suficiente espesura o detenimiento. Su trabajo como el mío es mirar el mundo, arrojar una piedra que en el aire se ralentiza y nunca cae, intentar una conexión de ruidos eficaces que atestigüen: que peleamos en la oscuridad, que queremos al fin desvanecernos.
Aquí paso los días y las noches contando uno por uno a los que pasan, a veces me siento junto a ellos y los escucho hablar, resolver sus crucigramas paranormales, o preparar sus maleficios.
Los veo irse, entonces me instalo en el primer escalón de la entrada, me quito las espinas de los talones, riego el boldo o converso con mi madre. Ella me repite la historia de su hermana menor mientras deshace un pulóver. A veces alguien queda perplejo por más tiempo frente al muro, reproduce eso mismo que hacía de niño al volver de la escuela, quedar atónito frente a la pared imaginar una hilera de hombres endurecidos empotrados hasta volverse un solo ser agrio, disecado. A veces alguien me ve pelear con la araucaria, me sigue con los ojos como si pudiera…Entonces hacemos conjeturas con mamá, de lo que vio, de lo que contará y apostamos por si volverá al otro día.
Créanme, todo puede ser detectado, por eso me aterran los seres intuitivos, los inquietos, ellos no saben pero espían, tienen la sed, el presentimiento, a su manera llegarán un día a la verdad: que el espacio y el tiempo se doblaron a la mitad como un papel, que al traspasarlos con un lápiz se crea un atajo, un canal, una zonda entre dos realidades, que no estamos a la deriva sino paralelos, perplejos y contraídos en una vida escasa hecha con pedazos de un pasado que no enfría, pero tampoco abriga, que algo absorben de nosotros los que aciertan una foto, y exhiben esa prueba, que voy desapareciendo a medida que su curiosidad se agudiza. Es una ley sin alegría la ley de la disolución.
Por eso esta no es una casa bondadosa, no simula serlo, es una zona ajada, una fisura, un blanco en la eternidad de los perdidos, el caparazón a flote de algo que se vació ferozmente, la confirmación que algo estuvo que se desangró, que huyo despavorido, que lo que queda, es siempre estéril y macabro, o sea yo, que aún reboto como un pájaro contra la esquina de un cuarto.
Soy dueño y amo de esta casa. En cada habitación he tenido un sueño distinto, se descamó una piel, se colgó un disfraz. Terminé un libro. Perdí un padre, y todo un resto que lo sabe esta casa. Porque todo lo que falta decir de nosotros lo dice una casa, lo retuerce, lo astilla, lo pudre en el jardín, lo escandaliza en los colores de su vegetación, lo lastima aún curado; vela porque todavía exista. No permite que se desvanezca.
No me desvanezco aún ni tampoco lo harán estas paredes, no importa donde quiera aferrarme, siempre me recuerda que es aquí donde todo debía cumplirse. Porque lo abandonado pide liberación y una casa abandonada pide liberación, es una niña constrictora que corromperá a sus huéspedes hasta hacerlos cumplir la promesa, la antigua, la pendiente.
La promesa de la tía al pie de su valija lista para partir a Roma, la promesa de que encierren al asesino de Judith, la promesa en los labios de la mujer de Franco.
Y cada grupo de gente que viene me genera esta ilusión, la desesperación porque alguien vea, porque ver según esta estadía es tirar el mínimo telón que nos divide, atravesar esa sombra que llamamos terror, detectar la vibración, porque no hay rastreador mejor para escuchar el sonido desnudo de una vida que otra vida. Por eso esperé todo el día por esta hora y la reunión como la que se da justo esta noche, gente que se ha orientado por los sonidos y se identifica, seres que al fin me encuentran y me hablan.

 

Posteos Relacionados