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Una princesa embarazada y el diablo

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Cielo Drive, el culto de Charles Manson, Sharon Tate y la leyenda diabólica que inspiró a Tarantino (Reservoir Books), es el nuevo libro de Sebastián De Caro donde aborda la historia de los crímenes del clan Manson entrevistando a entendidos de la cultura pop. Por qué el tema sigue siendo una obsesión cincuenta años después y cómo afectó a distintas generaciones, nos lo cuenta el mismo protagonista.

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POR PABLO DÍAZ MARENGHI

 

«Había una vez una princesa embarazada de un director de cine, con sus amigos, en el corazón del entretenimiento y llegó el diablo» escribe en el aire el actor, escritor, director de cine y guionista Sebastián De Caro mientras toma un café en un bar de Palermo. Resume en una línea con poesía y melodrama, los asesinatos perpetrados por el Clan Manson en 1969 en la mansión donde se encontraba Sharon Tate, esposa de Roman Polanski, y tres amigos. Esto fue, en palabras de De Caro: “una puñalada en la cultura popular”. “Helter Skelter” escrito con sangre en las paredes, Charles Manson como el líder mesiánico de un culto hippie demoníaco y las imágenes que se mantienen imborrables. Se han hecho películas y series sobre el tema. Sin ir más lejos, el último filme de Quentin Tarantino, Érase una vez en Hollywood, aborda el tema, aunque de manera lateral. Muchos podrían preguntarse: ¿es posible encarar el tema en un nuevo libro publicado en Argentina y de una manera atractiva, fresca y enriquecedora? De Caro confirma que sí. 

Cielo Drive (Reservoir Books) reúne diálogos entre el autor y diferentes entrevistados que tienen un vínculo apasionado con el caso Manson, el cine de Tarantino o ambos. Escritores como Carlos Busqued y Mariana Enriquez, los músicos Boom Boom Kid, Marcelo Pocavida, Mariano Roger y los periodistas Juan Manuel Domínguez, Alfredo Rosso y Darío Lavia abren puertas y ventanas en torno a los crímenes: el cine, la cultura pop, la retromanía, la melancolía, las teorías conspirativas, el “verano del amor” y la contracultura. Experiencias personales, recuerdos difusos, datos, recomendaciones se entremezclan en diálogos que serán provechosos para todo aquel que decida indagar en torno a uno de los crímenes más significativos del siglo XX y en torno a uno de los directores de cine fundamentales de los últimos tiempos. El modus operandi que eligió lo sintetiza en la introducción:“Vamos a hablar un poco de Manson, un poco de Tarantino, un poco de qué te pasa a vos con eso”. En diálogo con Estación Libro, De Caro reflexiona acerca de las cuestiones que se exponen en su libro, dándole forma a la entrevista que le falta: la suya propia.

 

 

Al comienzo de Cielo Drive incluís definiciones de “rizoma” y “rizomáticos”, conceptos de la filosofía de Gilles Deleuze y Felix Guattari. Además, en la introducción lo definís como “un libro rizomático”. ¿Por qué lo encaraste de ese modo?

Había una tentación que quería evitar. O mejor dicho, algo bastante siniestro que es el morbo, los pormenores de los asesinatos, cuántas puñaladas o quién entró a qué hora. Entonces fue un poco para evitar eso. Me compré todos los libros sobre el caso y la mayoría eran muy sensacionalistas. Incluso el del fiscal Bugliosi, el más duro en términos por la información que contiene. Es un libro de datos y expedientes pero que no deja ese costado que parece ser el que más ha vendido. Por otro lado, también quería evitar lo ya dicho. «Entraron a las cuatro, salieron a las tres», “Le dijo esta frase, dijo esta otra”. Traté de generar algo nuevo. A mí me gustan mucho los libros de la editorial Errata Naturae que, si bien son de ensayo, siempre tratan de darle una vuelta a los tópicos. Esa fue la idea y por eso utilicé ese esquema que defino como rizomático. No planear las entrevistas y ver a dónde nos lleva, un poco por asociación, esas sugerencias de tópico: Sharon Tate, Charles Manson, Quentin Tarantino. 

 

¿Por qué te parece que nunca pierde vigencia el mito del serial killer en la cultura pop?

Creo que los asesinatos, sean casos reales o no, pueden llegar a emparentarse con la ópera o la tragedia griega en términos poéticos en algunas ocasiones, luego de un lapso considerable de tiempo y de las correspondientes condenas. Por otro, hay coyunturas, momentos que están más dedicados a revueltas raciales u otro tipo de violencia. Entonces es epocal, quizá también dentro de ese gran interés se encienden diferentes provincias. Me parece que pasa un poco eso. Tenía muy en claro, y lo digo sinceramente, cuando uno lee sobre el asunto y realmente llega a entender que había personas ahí, sobre todo la figura de Sharon Tate embarazada, una cosa bastante dramática. Creo que empatiza cualquiera. Cualquiera se da cuenta lo que pudo haber sentido desde Roman Polanski hasta la gente que la quería. Pretendía hacer un libro que no trate ni con glamour ni desde un lugar canchero esto: «Che, vamos a divertirnos un rato hablando de Manson». Y eso fue convocar entrevistados que son apasionados, que son muy sensatos en su vínculo con la cultura popular, no son frívolos. Ninguno de los que entrevisté entre escritores, músicos y periodistas, son personas que están recostadas en pose, todos tienen un nivel de compromiso muy grande.  

 

A la mayoría ya los habías entrevistado en otras ocasiones. 

Sí por supuesto, Mariano Roger, Marcelo Pocavida, Nekro (Boom Boom Kid), Alfredo Rosso. Sabía que iban a hablar desde un lugar que ya eso validaba todo lo que iban a decir. Y así quedó. Una especie de vamos para acá, vamos para allá, le ponemos más acento a esto, a lo otro. Estoy muy contento. Es un libro que a mí me hubiera gustado encontrarme. Me sorprendí. Fui el primer lector del libro.

 

El planteo, la estructura a partir de las entrevistas, es inteligente para evitar el lugar común de un tema que se volvió tan trillado a partir de tantos abordajes en libros, series y películas. 

Claro. Compré esos libros para ver si en alguno me encontraba algo distinto y la verdad es que son todos muy similares. Van al hueso de la pormenorización de la violencia, algo que no me gustaba, porque no aportaba nada. En cambio esto, estas voces que van para un lado, para el otro, que se enganchan con tal o cual aspecto, me parecían algo valioso, rico.

 

También tu libro incluye citas a otras obras donde el lector puede, si quiere, sumergirse y profundizar en algunos otros aspectos del clan Manson o del cine de Tarantino.

Sí, es una guía de lectura de otros libros.

 

Al leer las entrevistas, uno puede trazar dos extremos de un abanico: por un lado Boom Boom Kid que descree de manera radical de toda la información difundida sobre el caso Manson y del otro lado, Alfredo Rosso que advierte sobre el uso del caso Manson para perjudicar a la contracultura. Casi como el tiro de gracia del “verano del amor”.

Me encanta que esté dentro del mismo libro eso. En el libro anterior de cine que saqué (La máquina de chicle y neón, Los tanques de los ochenta, Cine Paidós), escribo una carta de amor a Steven Spielberg y Ángel Faretta dice que es un farsante a dos páginas de distancia. Me encanta eso para que el lector también se meta en el barro.

 

¿Cómo fue tu primer acercamiento al caso de Manson? 

La primera vez cuando estaba viendo Los crímenes del Clan Manson, una película de 1976 que mencionan constantemente los entrevistados. Pero me termino de interesar realmente con un E! True Hollywood Story en 1994. En esa época estaba muy de moda, lo daban a la mañana, al mediodía. Y ahí me interesó porque contaban los asesinatos de Rosemary Labianca y Leno y ya me enganchó con el copycat crime y demás. Después viene una película pésima que se llama Summer Dreams (1990), sobre los Beach Boys donde está todo Dennis Wilson mezclado con Manson. Esos son los mitos de origen de cómo entro yo.

 

Porque se puede llegar al clan Manson por distintos lugares, incluso la música.

No, no, perdón, y hay un momento. ¡Pará! Rattle and Hum (1988), en el comienzo cuando Bono dice «este tema Charles Manson se lo robó a los Beatles y ahora nosotros se lo robamos a él» y arrancan con «Helter Skelter». ¿Te acordás que empieza con eso? 

 

Hay cierta relación con estas entrevistas y lo que logra Fabián Casas en sus ensayos, eso de salir corriendo a leer tal libro o a ver tal película.

Soy un fan total de Casas. Como ensayista me parece sublime, lo admiro y lo sigo. Es un piropo para mí. Quizá inconscientemente algo incorporé, pero me da pudor admitirlo de forma consciente. Pero sí es un placer. Amo a Casas, amo a Ricardo Piglia y hay algo del Piglia que me habla de Macedonio Fernández y me vuelvo loco. Hay algo del entusiasmo porteño que me vuelve loco.

 

Piglia era experto en develar aspectos ocultos de ciertos mundos, ciertos escritores que ayudó a promover, como Alberto Laiseca, por ejemplo

Estoy leyendo los diarios de Piglia, sobre todo el último tomo que además de ser desgarrador, es hermoso lo que hizo con esa obra en estos tres volúmenes. Son una preciosura.

 

 

Hablemos de Tarantino: al comienzo incluís un texto muy bello donde contás que llegaste a él por tu madre.

Es muy gracioso porque mi madre me mostró a Tarantino. La madre de Tarantino, Connie McHugh, es el personaje más importante de su vida. Connie es mitad griega y mitad cherokee. Era enfermera y de alguna manera es la que se hace cargo de todo. Después tuvo una especie de figura paterna que fue pareja de Connie, un tipo al que llama padre. Su verdadero padre es Tony Tarantino, un intento de actor comediante que lo dejó muy de chico. Y fue así como lo cuento, me acuerdo exactamente dónde estaba sentado cuando mi vieja me dijo que había visto la película esa y fue increíble porque cuando una madre te muestra Tarantino es una cosa. Porque mi madre era una señora ya entonces, yo ya era grande, tendría dieciocho, veinte años.  

 

¿Ya te había pasado algo parecido antes con tu madre, que te recomiende películas o te cuente historias?

Sí, eso lo heredó de mi abuelo y de una tradición que hay en mi familia en torno a la literatura policial. Y mi madre es muy buena narradora, cuenta muy bien las películas, libros, anécdotas, un problema. Hubiera sido muy buena escritora.

 

¿Qué cosas te marcaron más del cine de Tarantino?

Me acuerdo puntualmente cuando vi cada una de las películas. Me acuerdo qué me generó cada una aunque las vi varias veces. Las vi todas en cine y me he vuelto un fan acérrimo, de esos que están siempre atentos y busca coleccionar cosas. Lo más cerca que estuve fue gracias a Geraldine Brezca, que está en los agradecimientos del libro, que es la argentina que trabajó con él desde Jackie Brown hasta  Django sin cadenas. Y Geraldine, además de conseguirme cosas increíbles -los programas que reparten en la Operación Kino, en Bastardos sin gloria, armas y balas utilizadas en el tiroteo final de Django- en un momento me dijo «Esto no se le ofrecí nunca a nadie, pero si vos querés mandarle algo a Quentin para que lea, se lo muestro» y yo solo le mandé regalos. Dije «No le puedo pedir nada a Tarantino así que voy a mandarle regalos» y compré unas cosas, unos cd’s, unas películas en DVD de Titanes en el ring, una camiseta de Boca y se la mandé. Lo amo. Me parece un genio total. Uno de los directores más importantes de los últimos treinta años. No estoy diciendo nada nuevo.

 

Además de este libro has publicado también novelas ¿Cómo es tu relación con la escritura? ¿Soles escribir cosas que te pasan, ideas?

No escribí una palabra que no se haya publicado. Soy muy vago

 

¿Siempre que escribís estás pensando en publicar?

No, siempre tengo un contrato firmado. Tengo mucha suerte. Se lo debo a la gente de Ediciones B, a Marcelo Panozzo en Random, se lo debo a Mariano Kairuz, a la editorial. Y escribir me obliga a hacerme una pila de libros para encarar cada proyecto.

 

¿En el caso de la ficción cómo te organizas? ¿Lo planteás de manera similar a la escritura de un guion para una película? 

Puedo hacer todo lo que no puedo en los guiones. Me gusta que sean infilmables, que sean cosas que no se podrían filmar. Nunca pienso: «Bueno, voy a hacer como un guion pero en prosa». No. Siempre pienso lo anti Stephen King, formalmente quilombo.

 

En el libro decís que los asesinatos del Clan Manson fueron una puñalada al corazón de la cultura popular. ¿Por qué pensás que cobró tanta relevancia teniendo en cuenta la gran cantidad de casos de asesinos seriales que siempre hubo? 

Creo que porque está situado en una época importante, una época de cambios. También porque significó el mal por sobre la inocencia, porque tiene coletazos medio como operísticos por default basados en lo que son los hechos puntuales. Queda una especie de metáfora construida. Repito, cuando pasa el tiempo, cuando ya nos hemos despojado de la ley, digamos, cuando ya está, ya se juzgó, ya se pagó y lo que queda es eso, queda como una cosa medio mística «Había una vez una princesa embarazada de un director de cine, con sus amigos, en el corazón del entretenimiento y llegó el diablo». 

 

¿Cuál es tu mirada personal sobre el caso? 

No tengo una teoría conspirativa. Me parece que lo que percibimos es muy cercano a lo que pasó. Creo que no ha sido nunca bien filmado, porque si uno lo filma tal cual fue es tan grotesco, tan violento que va a parecer una payasada. Me pongo en este lugar, si me dicen «Tenés que filmar este caso». Estilizar eso sería medio raro. Vamos a filmar bien esto. ¿Para generar qué? No tiene sentido. Por eso las versiones han sido muy malogradas, muy poco afortunadas.

 

¿Y qué pensás de lo hecho por Tarantino en su última película Érase una vez en Hollywood que toca indirectamente la cuestión Manson?  

Hay mucho más que eso. Ni siquiera trata de Manson ni de Sharon Tate. Es una película sobre la amistad y llena de ternura. Es la mejor película que hizo en su vida, una obra maestra. Está muy por encima de cualquiera que haya hecho antes.

 

En tu obra aparecen tus obsesiones. ¿Lo ves así? ¿El caso Manson podría ser un ejemplo de cómo abordaste una obsesión? 

Sí, porque es tanto el trabajo que de algún modo te tiene que comprometer. Si no, no lo haría, salvo que fuera un encargo. Pero sería raro. Siempre buscaría de ver la manera donde yo pueda entrar. Me parece que uno solo puedo hablar de las cosas que ama en todas sus variantes y esto fue algo similar. De otro modo, no tiene mucho sentido. 

 

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