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«Quise mostrar que lo importante es atreverse»

 

Rebelión en el laboratorio – Vidas de mujeres científicas, el último título de Nora Bär (Planeta) es un libro necesario. La periodista científica trae a cuenta la vida de diez argentinas contemporáneas dedicadas a la ciencia lo que resulta doblemente atractivo: por un lado la visibilización del género en una de las áreas más difíciles, y por otro, el amor y la dedicación de esta disciplina.

 

POR LALA TOUTONIAN

 

Pero el libro va mucho más allá. En este diálogo con ESTACIÓN LIBRO, la autora, siempre con una sonrisa y contagiando su amor por las ciencias exactas, muestra la vida de estas mujeres que siguen dedicando su trabajo y pasión por lo que más les gusta. Silvia es médica y neurocientífica; Constanza, arqueóloga y antropóloga; Fernanda es neurocientífica; Gloria, astrofísica; Karen, física; Verónica es especialista en computación; Alicia, matemática: Carolina climatóloga; Andrea es viróloga y Ana es química. Todas mujeres de armas tomar. Todas genias. Y Nora Bär recrea las vidas y los trabajos de todas ellas con una dedicada y delicada elección de palabras y conceptos para que el acceso sea a la vez atractivo y asombroso. “Me invitó Adriana Fernández, que es editora de Planeta, a embarcarme en el proyecto -empezará contando la periodista especializada-. La verdad, le agradezco enormemente porque creo que ella tuvo más fe en el libro que yo al principio. La idea era mostrar las vidas de mujeres científicas, pero al principio me costó encaminarme porque pensé a quiénes debería incluir… Mujeres brillantes hay cientos».

 

—¡Todas tienen premios!
—Son destacadísimas, pero hay muchísimas más. Cómo recortar… Porque no podía incluir a todas. Y, además, ¿me dedico a las mujeres actuales, a las jóvenes, a las históricas, a las pioneras? Conozco tantas investigadoras, y tan maravillosas, muchas, muchísimas, que finalmente pensamos que en este libro estén las que, como generación, están rompiendo el “techo de cristal”. Porque sí, pioneras, hubo pioneras fabulosas. Hay muchísimas: la primera paleontóloga, la doctora Christiane Dosne de Pasqualini, por ejemplo, trabajó con Houssay (Nota de la redacción: el argentino Bernardo Houssay fue Nobel de Medicina en 1947). Ella, francesa, vino de Canadá, conoció al endocrinólogo Rodolfo Pasqualini y formaron pareja, tuvo cinco hijos pero cuando se casó le dijo: “Con una sola condición: nunca dejaré de trabajar”. Hoy tiene cinco hijos científicos y está cerca de los cien años. Yo la entrevisté mil veces y podría haberla incluido en el libro. Pero hay tantas… Quise contar sobre la vida de las mujeres de hoy, que ingresaron al sistema científico cuando todavía no era tan fácil, era un medio hostil, no era muy fácil abrirse camino ni que las aceptaran en pie de igualdad pero que lo hicieron de todos modos. Tuvieron que lidiar con la maternidad, las parejas, igual que todas, y sin embargo siguieron adelante y llegaron a ocupar grandes espacios. Todas son muy premiadas, tienen puestos de jerarquía, son directoras de institutos o directoras de organismos internacionales, han hecho aportes muy importantes y son reconocidas internacionalmente. Quería contar la parte más intimista de su historia; no hacer solamente un recuento de los premios y sus trabajos, sino contar desde adentro lo que fue. Muchas de ellas, por ejemplo, Karen Hallberg, una física destacadísima que este año ganó el premio L’Oreal Unesco para Mujeres en la Ciencia, ella es una de las dos profesoras en el cuerpo docente del Balseiro, un ambiente totalmente dominado por hombres.

—Hallberg es la que hace un posdoc en Alemania y su hija aprende a hablar primero en griego por la niñera…
—Sí, exactamente.

—Aquí entra el factor madre.
—Totalmente. Y a ella también le pasó otra cosa: un día dio una charla y un colega varón, le dio la mano y le dijo: “Te felicito, pensás como un hombre”.

—Como si eso fuera un elogio.
—Claro: “Pensás como un hombre”, como si a las mujeres nos hubieran negado alcanzar la cumbre del pensamiento simbólico, ¿no? Y ella ha hecho aportes importantísimos de relevancia internacional. Si uno le pregunta a las científicas destacadas de hoy: “¿Tuviste problemas por ser mujer?”. Lo primero que te contestan es “No, yo no tuve ningún problema” pero cuando se ponen a pensar un poquito y rebobinan… Es que uno lo tiene tan naturalizado que parece lo normal.

—Creo que una pregunta común que le habrás hecho a todas, es si la mujer está menos dotada para la ciencia que el varón, como un preconcepto del patriarcado. Cuántas veces se dijo que la mujer tenía otro cerebro, otra forma anatómica diferente y que no teníamos esta absorción de conocimiento. ¿Esto hoy se contempla?

—Hace miles de años que viene esa idea. El libro está encabezado con una cita de Aristóteles, para él la mujer es “el recipiente”, está “para tener hijos” y de allí en más, es como que tomó forma esta idea de que las mujeres estábamos para ciertas cosas y los hombres para otras. Acá existe la Red argentina de Género, Ciencia y Tecnología y ellas hicieron entrevistas a muchas mujeres y se encontraron con eso. Por ejemplo, Emma Pérez Ferreira, que fue directora nacional de la Comisión Nacional de Energía Atómica, cuando se doctoró y se posdoctoró en Italia, dijo: “Me encanta tanto hacer ciencia y cuando veía que todas mis compañeras, al formar familia, iban dejando de investigar, me dije que yo no lo haría”. Tomó el compromiso de no casarse y no tener hijos para poder seguir investigando.

—¿Creés que cambia el paradigma a través de este movimiento mundial que estamos viviendo?
—Creo que está cambiando. De todas maneras, cuidado que hay rémoras. Uno pensaría que entre los científicos, que tienen un pensamiento muy basado en pruebas objetivas, saben perfectamente que la mujer no es un ser inferior. Pero sin embargo el peso de la cultura es enorme y está esa naturalización. Un poco las mujeres contribuimos a eso cuando distribuimos diferentes tareas a las niñas y a los niños: pareciera que son las hijas mujeres las que tienen que lavar los platos… Por supuesto que todo eso va cambiando. Hay que tomar conciencia de eso para no caer en el mismo estereotipo. Una matemática, Alicia Dickenstein, que está en el libro, cuenta toda su historia, ella ya venía como muy empoderada desde la escuela secundaria… Pero hace poco estaba leyendo un libro de matemáticas para chicos y le llamó la atención que todos los personajes eran varones y pensó: “¿Cómo puede ser que sean todos nenes?”. Es como el primer estereotipo: el matemático es hombre. Y fue muy simpático porque cuando ella me contaba esta anécdota, me dice: “¿Y sabés quién había escrito ese libro? ¡Yo! Yo misma, hace 25 años”. Claro, nosotras también vamos cambiando y tenemos que tomar conciencia para sacarnos ese sello cultural. En la última entrega de premios L’Oreal argentinos (hay una categoría internacional), una de las premiadas dijo: “Nosotros avanzamos mucho pero todavía nos falta dar el último paso para asumir puestos de liderazgo”. Porque, por ejemplo, el gabinete de lo que era el Ministerio de Ciencia eran todos hombres; directorio del Conicet: mayormente hombres; los puestos superiores, también, es toda una tradición: Hoy van asumiendo las mujeres pero empiezan a ser muchísimas menos en la medida que ascienden de categoría. Y muchas veces, no solo en la ciencia en sí misma, en muchos estamentos de la sociedad, es como que las mujeres llegan hasta cierto punto pero cuando tienen que asumir un puesto de liderazgo, se resisten.

—Es cultural. Una de tus protagonistas recuerda haber leído Memorias de Adriano y dice “Como Adriano, quiero tener libertad”, ya que la libertad era poder.
—Sí, otra generación. Porque Andrea Gamarnik, que es bióloga, dice con mucha felicidad: “Nosotros tuvimos quince bebés en este laboratorio de bebés”, como que todo el equipo acompañó a esas científicas en el embarazo, en tener su bebé, les hizo un lugar para que tuvieran el bebé, no las discriminó. Porque pasaba mucho en el sistema científico que las mujeres, en el momento de ser madres, no podían compatibilizar lo que era el trabajo científico tan exigente con el amamantamiento. Hasta se evitaba incorporar mujeres por esto. O como dijo, hace dos o tres años, en un congreso mundial de periodismo científico, un director de laboratorio británico: “No se puede trabajar con mujeres porque si uno las reta lloran y si no, se embarazan y es todo un lío”. Ahora, mágicamente, cambió mucho porque ya los hombres se están deconstruyendo. Hay muchas mujeres que dicen: “Yo pude llegar a donde estoy, pude hacer lo que hice, gracias a mi pareja, a mi compañero que estuvo siempre que lo necesité, puso el cuerpo, me ayudó con los chicos, me apoyó, me valorizó”. O sea que no es un manifiesto en contra de los hombres, para nada. Eso me gustó mucho. Es una mirada diciendo “Nos tenemos que valorizar pero no es en contra de nadie, es con los otros”.

—Otra de tus protagonistas habla de la mujer como verdugo.
—Una de ellas dijo: “A veces, las peores enemigas están entre las propias mujeres. Cuando yo debía viajar –astrónoma ella- lo tenía arreglado con mi marido, estaba todo de acuerdo. Y la que me hacía la guerra era la maestra de mi hijo que le decía ‘Pobrecito, otra vez solito porque tu mamá se fue’. El hijito le dijo: “¿Vos no dejás a tus hijos solitos cuando venís a trabajar?”.

—Hay otra que destaca la “discriminación positiva”. Y viene a cuenta como que por ser mujeres tenemos determinados atributos o permisos.
—En el caso de las científicas ocurre con la cuestión de equidad de género, se les reservan lugares solo por ser mujer. Y eso se discute mucho. De hecho, este año, para el premio L’Oreal, se organizó un debate donde se planteaban tres preguntas y un grupo tenía que argumentar a favor y otro en contra. Una de las preguntas fue: ¿están de acuerdo con un cupo de 50% de hombres? Un hombre argumentó a favor y una mujer africana, en contra: “No estoy de acuerdo porque yo soy africana, negra y mujer. Así es como me invitan a todos lados para cumplir con el cupo y entonces una duda si lo que hace es verdaderamente valioso o me llaman por estas tres condiciones mías”. Otra entrevistada para el libro, me dijo: “Sí, también por el cupo nos llenan de tareas porque como en todos lados tiene que haber una mujer…”.

—También en el libro decís que las mujeres deben trabajar más para destacarse o simplemente se lo imponen.
—Puede ser visto como algo bueno desde un punto de vista, pero a veces, tiene un efecto adverso ya que están recargadas de tareas. Son esas contradicciones que se dan en un camino que vamos avanzando, todavía no estamos en la meta de una igualdad de género, pero estamos muchísimo mejor que nuestras madres.

—Están cambiando los tiempos y este tipo de libros vienen muy bien para mostrar este gran momento.
—Sí. Me preocupó mostrar primero que lo importante es atreverse y no quedarse en “yo no voy a poder”. Y mostrar personas de carne y hueso que no son sobrehumanas. Llegaron a los puestos más destacados de su actividad. Porque, por ejemplo, Carolina Vera es ahora vicepresidenta del Grupo 1 del Panel Intergubernamental de Cambio Climático y viaja todo el año, tiene que hablar con presidentes de todos los países, es una especialista en Ciencias de la Atmósfera destacadísima; además de una persona encantadora, preocupada por transmitir todo lo que se discute, que llegue al público; fue vicedecana de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Verónica Becher, que estudió Ciencias de la Computación y ahora trabaja en unos temas absolutamente abstractos, muy difíciles de entender y sin embargo era una chica que se rateaba, decía: “Para mí la adolescencia fue tremenda, sufrí mucho, menos mal que hay una sola”. Entonces, me pareció muy inspirador mostrar que cualquier persona puede hacerlo, que no se necesita tener una varita mágica y que te llegue algo sobrenatural.

—Dickenstein dice en el libro que hay que amigarse con las matemáticas.
—La matemática es un lenguaje. Y como todos los lenguajes exige práctica hasta que uno empieza a hablar el lenguaje de la matemática. Y después, de ahí, bueno, tal vez no seas Medalla Fields pero hay muchos matemáticos… No es necesario ser un Gauss (N. de la R: Johann Carl Friedrich Gauss fue un matemático, astrónomo, geobotánico y físico alemán del siglo XVIII), que a los cinco años te resolvía un teorema. Se puede estudiar matemática, gozar de la matemática, disfrutar de la matemática, que tiene una belleza muy especial, sin necesidad de ser un genio, como decimos “sobrehumano”. Estamos todos muy traumatizados por esa imagen desvirtuada de que la matemática es solo para las personas fuera de lo común, los “superdotados”, y lo cierto es que exige un esfuerzo.

—Este es un libro amigable con la ciencia, como lo demás que has escrito. ¡Hay poesía!
—Me parece que hay una imagen desvirtuada de la ciencia, como que la ciencia es una cosa que solamente la pueden hacer unos aparatos, nerds, y la verdad que la ciencia está tan cercana a la literatura y la poesía, tiene tantos puntos de contacto, están muy cercanos. Para mí, son dos caras de una misma moneda. Surgen del mismo impulso que es el misterio, asombro ante los misterios del mundo. Y además exigen creatividad, intuición, no es solo la imagen popular de que la ciencia es solamente razonamiento lógico y no: hay mucho de intuición, mucho de creatividad y mucho de reflexión. De ese asombro en el que entra el arte, la literatura, la ciencia, y es una gran fuente de historias (tanto la ciencia en sí como los científicos). Son historias de novela, como los matemáticos que se retan a duelo y mueren a los 20 años. La noche anterior, Galois (N: de la R: Évariste Galois fue un matemático francés), escribe: “Se me acaba el tiempo, se me acaba el tiempo” y deja su legado matemático escrito a las horas previas de que le peguen un tiro. Hubo una matemática, por ejemplo, que después de haber hecho grandes contribuciones y demostrado teoremas, quería trabajar. En esa época no la dejaban ni estudiar en la universidad, entonces se presentó a distintos trabajos y lo único que consiguió fue que le ofrecieran un empleo como profesora en una escuela de señoritas. Y ella contestó algo muy lindo: “Muchas gracias pero no se me dan muy bien las cuentas de multiplicar”. Gregor Johann Mendel fue un monje agustino naturalista que plantando habichuelas descubrió las leyes de la herencia. Fue cruzando miles de plantas que eran distintas y de acuerdo a los frutos que daban iba viendo cuáles coincidían con cuáles y así pudo deducir las leyes de la herencia. Pero lo publicó en una oscura revista científica y quedó ahí sepultado, hasta que cuarenta años más tarde otra persona llegó a las mismas conclusiones y ahí alguien dijo: “No, pero esto ya está…”. Lo fueron a buscar y lo encontraron escrito ahí con una letra chiquita en un cuadernito, había escrito con una letrita mínima todos los experimentos que iba haciendo durante años. Hay historias extraordinarias así que creo que, en el fondo, ciencia y literatura están muy cercanas. Entonces, además de saber qué es lo que postula la ciencia, nos permite tomar decisiones, conocer el pensamiento científico. Tanto lo bueno como todas las pujas, porque tampoco faltan las luchas de ego, las discusiones por patentes, otro que le roba un secreto a un científico y después gana el Premio Nobel. Se dio con la decodificación de la estructura de la doble hélice del ADN: el Premio Nobel lo recibieron Watson y Crick, pero pudieron realmente completar toda la demostración de cómo es la estructura del ADN, del ácido que lleva todas las instrucciones genéticas, gracias al trabajo de una investigadora ingresa llamada Rosalind Franklin. Ella estaba tomando fotos de esos experimentos al mismo tiempo en el King’s College en Londres, mientras ellos trabajaban en la Universidad de Cambrige. Franklin había obtenido esas fotos, que se denomina “la foto 51”, donde se veía una estructura en particular. Trabajaba con otro colega, Maurice Wilkins. En un momento, Watson y Crick van a Londres a hablar con Wilkins, él va a la oficina de Rosalind, saca la foto y se las muestra. Ellos ya tenían parte del esquema completo pero cuando vieron eso, les dio la clave final. Ella murió, así que el Nobel lo recibieron Wilkins, Watson y Crick. Rosalind Franklin había fallecido de cáncer por la exposición a los rayos X y nunca se le reconoció el gran aporte que había hecho.

—Llama la atención el título: Rebelión en el laboratorio.
—Es una manera de aludir a que ya las mujeres no son sumisas y están reclamando su lugar, el lugar que les corresponde. Como decía: no es en contra de nadie, sino para ir mostrando y contar estas historias que pueden inspirar a muchas que tal vez no se hubieran atrevido. Ver que personas como uno se decidieron, lo hicieron, y encontraron una vocación. Muchas, por ejemplo, Verónica Becher no quiso ir al Nacional Buenos Aires porque pensó que se habían equivocado al corregirle, y sin embargo cuando llegó a la Facultad de Ciencias Exactas dijo “Me encontré con un montón de gente como yo”. Y es muy bueno lo que dice: “La matemática es un lugar para los tontos, tontos entre comillas; es otra manera de verlo, porque uno frente a un problema difícil siempre se siente tonto, cómo lo puedo resolver”. Pero es justamente el que acepta eso y sigue adelante. Es una manera de darle el valor a que ser tonto no es malo cuando el problema es muy difícil. Cualquiera es tonto cuando el problema es muy difícil, no es que las cosas son fáciles. No son fáciles ni para Einstein que tuvo que luchar diez años para desarrollar de 1905 a 1915 la Teoría de la Relatividad. Presentó la teoría y durante diez años más trabajó para presentar la Teoría de la Relatividad General. Y cuentan que durante el último tiempo lo atacaban dolores de estómago porque, claro, tuvo que luchar… no podía resolver la parte matemática de esa teoría, que exigió toda una matemática muy específica e incluso necesitó que lo ayudara Marcel Grossmann, un amigo de los años del Instituto Politécnico de Zurich. Einstein la había concebido, la había postulado, todo eso que era increíble en ese momento: pensar que la gravedad deformaba el espacio y el tiempo; pero, claro, no bastaba con la idea, había que dibujarlo matemáticamente y no tenía las herramientas. Le costó mucho, no porque uno sea superdotado le resulta fácil la cosa. No. Ante un gran problema todos somos un poco –entre comillas- tontos. Eso es buenísimo, te reconforta.

 

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