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Luciano Lutereau en primera persona

 

Lejos de recetas instantáneas y análisis complacientes, Luciano Lutereau vuelve a hablarnos a padres, madres, tutores y encargados a través de Esos raros adolescentes nuevos (Paidós, 2019). Con mirada lúcida y años de experiencia terapéutica, el psicoanalista combate al insano compendio que estigmatiza como “pavos”, “vagos” o “potenciales peligros” a los niños y niñas que ponen proa al mundo de los grandes, e insta a los adultos a simplemente soportar (y acompañar) la transformación. ¿Difícil, inquietante, desconocido? ¡Pues sí!        

 

 

 

POR EUGENIA TAVANO

 


De las muchas cuestiones que (para su beneplácito) lo desvelan, las de la infancia y la adolescencia son aquellas que llevaron a este doctor en Filosofía, Psicología, investigador y psicoanalista a ganar reconocimiento por fuera de la academia, entre ese público que, como suele decirse, anda de a pie. Sobre todo madres y padres que en la cotidianidad de hacer camino junto a sus hijos e hijas sienten la angustia de trastabillar a cada paso, y que gracias a la lectura de Más crianza, menos terapia (Paidós, 2018), su trabajo anterior, pudieron asomarse a una posibilidad muy a contramano de lo que vende el marketing en su enorme oferta de modelos parentales: la de tolerar algún error que siempre deviene de la prueba o la angustia de simplemente no saber ni qué ensayar. En esa línea pero ya nadando otras aguas, Lutereau publicó este año Esos raros adolescentes nuevos, un libro revelador en más de un sentido y sobre todo muy enfocado a los escenarios concretos que se dan con los pibes de la Argentina. “A los adolescentes se los psicopatologiza mucho. En el mundo actual hay muy pocos lugares para los jóvenes y mucha preocupación por sus consumos, si toman alcohol o drogas, pero no se puede pensar que hoy, si no es en la previa de los viernes a la noche, los chicos no tienen lugares de encuentro. Se perdió eso que había antes, el espacio público, el poder reunirse en la calle, en la plaza, en la vereda de la casa de algún amigo», arranca el autor. “A mí me gusta mucho el término ‘parar’, esa expresión que refería que tal o cual amigo o grupo ‘paraba’ en un kiosco o una esquina. Me resulta muy significativa, porque si hay algo que es muy propio de los adolescentes es, justamente, parar y no hacer nada, y eso es algo que los adultos no soportan. Hay una expectativa productiva de los jóvenes, ‘tenés que ser el mejor de tu clase, prepararte, el mundo es competitivo’, etcétera”.



Es llamativo, igualmente, como no soportamos a los jóvenes pero vivimos en una sociedad donde la juventud es un mandato

—Es que queremos la juventud pero no soportamos la experiencia de la transición hacia esa juventud. El joven es siempre un recordatorio de que, de alguna manera, los adultos tenemos una actitud vampiresca, porque queremos la juventud como un estado, no como crecimiento. Cuando hablamos de una juventud ampliada no es porque se crece más, sino menos. Tenemos poca tolerancia al conflicto y especialmente a los conflictos del crecimiento en sí. Nos quedamos con la foto del adolescente pero no con la experiencia interna, hay sólo una apropiación superficial.

 

—En el libro hablás de la importancia de dejar de subestimar la adolescencia, de pensar que son «pavos», que «no saben cómo son las cosas» y de la importancia de mantener siempre, como adultos, el puente de la palabra en vez de enojarnos

—Tradicionalmente todas las culturas tuvieron ritos o transiciones que marcaban el crecimiento del joven hacia la adultez. Eso está muy debilitado en nuestra sociedad y casi no hay instancias que marquen a partir de cuándo se espera que alguien se comporte como un adulto. Eso es un cambio muy grande, porque donde empieza a faltar la expectativa de los padres de que sus hijos se vuelvan adultos, encontrás padres asustados. Cuando eso ocurre, los ven como niños grandes que pueden hacer cualquier cosa y tienen todo el tiempo miedo de lo que puedan hacer.

 

—Justamente la sobreprotección es una de las actitudes que más se ve ahora, en relación a otras generaciones…

—Hay miedos que, por supuesto, son normales. Pero el temor más complicado se da cuando los padres no creen que sus hijos son capaces de autolimitarse. La pregunta ahí es: ¿qué pasa cuando un padre piensa eso? La respuesta es que se termina reforzando todo el tiempo una especie de incentivo a cierta transgresión. Ese es un punto central en el tratamiento de los adolescentes y algo que se escucha todo el tiempo en el consultorio. Por ejemplo: los padres se van de viaje y le dejan la comida para todos esos días porque creen que el hijo o hija «va a dejar todo hecho un enchastre, si no sabe ni cómo lavar los platos». Ahí, uno cree que devuelve una facilitación, cuando en realidad no está dando lugar al chico a hacer su experiencia. Dejarle comida porque «va a ensuciar» no es facilitación, es no bancarse que pueda ensuciar la cocina, ni bancarse tener que explicarle, por ejemplo, cómo se usa el gas, cómo medir ciertos riesgos domésticos, etcétera. En cuanto surgen estas cosas aparece el «no sabe». Y la verdad es que un punto muy importante es saber hacer un hogar. Muchas veces se van a vivir solos y no le encuentran la vuelta a lavarse la ropa, se les rompe algo y llaman a los viejos. Poder armar un espacio que sea para uno es una función psíquica enorme.

 

 

Un concepto muy interesante que menciona Lutereau es la «privatización de la familia”, y que se manifiesta en que “hoy, lo doméstico dejó de estar orientado hacia una función pública. Los padres se encuentran con que tienen que decidir un montón de cosas que antes no tenían que decidir: por ejemplo, elegir un jardín hoy es todo un tema, o si bien ya tiene descrédito el movimiento antivacunas, en algún momento también eso entró en cuestión, cuando antes nadie lo ponía en tela de juicio. La función de crianza se volvió una especie de bien privado, ya no tiene que ver con que uno cumple socialmente su función de padre a partir de un Estado en el que vive, y para el cual el rol de la familia es transformar a los hijos en ciudadanos. Es como si los hijos fueran un bien propio». Un ejemplo concreto, sigue, es lo que ocurrió con la implementación de la Educación Sexual Integral en las escuelas. “Surgió este slogan de ‘con mis hijos no’, creyendo que los hijos son de uno. Es problemático que alguien pueda creer que los hijos son de uno y que uno tiene la potestad absoluta de decidir ciertas cosas con respecto a ellos. Uno, más bien, tiene obligaciones, y que los hijos conozcan las leyes es una obligación, no es algo que uno pueda decidir. En esto de privatizar a la familia  nunca terminamos de preparar a los hijos para salir al mundo, sino que los tenemos siempre cerca, pegaditos a nosotros”.



—Es interesante tu mirada sobre el uso de las tecnologías, un tema sobre el que se debate y escribe tanto…  

—Me parece que la tecnología pone de manifiesto es que hay una relación con el saber totalmente distinta, ya no es, digamos, asimétrica. Los jóvenes de hoy ya no creen que los adultos sepan gran cosa. Por ejemplo, ayer di una charla en una escuela y planteaba esto de qué pasa cuando un chico quiere hacer algo y sus padres le dicen que no. Lo que surgía enseguida es que el adulto le tiene que dar una buena explicación de por qué no le da permiso para que el chico o la chica entienda. Pero estos jóvenes de hoy, son ellos los que se ponen en el lugar del saber, ellos son los que argumentan y dan cuenta de las cosas porque “ellos saben» y además “saben más que el otro”. Y si en última instancia no los dejan hacer algo es porque los padres «no saben». Eso es un gran cambio de época y está totalmente relacionado con la tecnología, si no entienden algo van a Google. Hay nuevos modos de pensar la autoridad, ya no alcanza con decir “yo sé lo que está bien y lo que está mal” o me haces caso porque “yo soy (tu padre, tu madre)”. Pero hay otra autoridad, que surge en el vínculo más dialógico, donde no importa el saber y la verdad sino el vínculo. Por ejemplo, la vocación se transmite con la pasión: puede ser la de algunos profesores que un chico o chica se cruza en la escuela. La pasión no se transmite con el saber, sino en cómo hacemos las cosas. Pero para eso los adutlos tenemos que dejar de abrumarnos con ir más rápido, ganar más tiempo, trabajar sacrificialmente y animarnos a vivir con pasión. Y eso sí que es un desafío.

 

 

 

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