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“Los resortes del bien y del mal se disparan y sigue ganando el bien»

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Quién no (Alfaguara) apela a la retórica de la complicidad, de la empatía, pero antes de eso es un libro de cuentos. Los relatos trazan la cartografía de quienes intentan atravesar la vida sin más complicaciones aunque sorteando cotidianeidades que llevan a la obsesión, secretos inconfesables que nos acercan por lo sinceros y valientes. Dieciséis cruces narrativos que se unen en la intimidad, en lo concreto, lo real: la vida misma. Aquí una charla relajada, honesta, con una mujer muy protagonista de sus tiempos. 

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POR LALA TOUTONIAN

 

 

ESTACIÓN LIBRO habló con Claudia Piñeiro el mismo día que le fue otorgado el Premio Nacional en la categoría novela por su Un comunista en calzoncillos, justo detrás de Gustavo Ferreyra por su obra La familia y el primer puesto de Daniel Guebel con su libro El absoluto: “Para mí es de un honor impresionante porque tenemos grandísimos escritores, los dos que ganaron primero y segundo premio ganaron con dos novelas enormes; entonces ser tercera de esa tríada para mí es un un orgullo, estoy contentísima. Los que fueron seleccionados como menciones también son escritores que yo he leído y me gustan muchísimo. Así que estoy muy contenta con ese premio. Y además que se lo hayan dado a Un comunista en calzoncillos que es mi historia personal, que no la leyó tanta gente y es una manera también que la gente se vuelva a enterar que está esa novela”, empezará diciendo la autora.

Desde que recibió el Premio Clarín de Novela 2005 por Las viudas de los jueves (y su posterior realización cinematográfica), la carrera y el talento de la Piñeiro han ido escalando sin descanso. Tras un puñado de exitosas ediciones, además de sus producciones teatrales y periodísticas, fue receptora de reconocimientos y galardones en todo el mundo y hoy nos acerca de la mano de Quién no, estos impactantes cuentos que sabrán sacudir emociones tras confrontarnos con un espejo.

“Creo que los escritores tenemos la cabeza formateada. Eso me lo dijo una vez Ana María Shua, la reina del cuento breve. Una vez me dijo: ‘Hay escritores que tienen la cabeza formateada para cuentos y otros para novela; yo escribo novelas y la tengo para cuentos; y vos seguramente escribís cuentos y la tenés para novela’. Y creo que es así: si me dejás sola, termino escribiendo una novela porque empiezo a irme por historias secundarias, la vidas anteriores de las personas y así resulta siendo una novela. Para escribir un cuento tengo que tener la orden: bueno, esto es un cuento. Entonces, lo que pasó a lo largo de todos estos años es que tuve distintas órdenes de escribir un cuento. Primero en el taller de Guillermo Saccomanno. Vas a un taller donde hay que compartir un texto y no podés caer el primer día con: ‘Hola, traje mi novela’. Entonces llevaba textos breves para poder compartir con todos y que te hagan devoluciones. Así generé el entrenamiento. Y después, a lo largo de todos estos años, me han pedido para antologías o para diarios: Página 12, o mucho para El País de España y más. Ahí tenía la orden de no alargar, de no irme por los costados, de contar solamente esa pequeña anécdota dentro de un mundo, que sería la novela, y que es el cuento. Entonces, los márgenes me fueron impuestos porque tiendo a expandirme. Tengo mucho respeto por el cuento: me parece un instrumento de relojería. Y nosotros tenemos cuentistas por padres de la literatura, entonces cuando escribís una novela, bueo, pero si vas a escribir un cuento y pensás de dónde venimos, Borges… Decís: ‘Bueno, ¿qué escribo yo? ¿Cómo hago para escribir un cuento?’.”

 

— Contanos el proceso de narrativa de Quién no.

— De estos cuentos, el más viejo tiene quince años, el más nuevo tiene uno o dos. No es que no escribiera cuentos, lo hacía pero no los publicaba. Más que nada reescribí y dejé algunos afuera. A lo largo de este tiempo muchas veces los editores me preguntaban: “¿No tenés para hacer un libro de cuentos?”, pero cuando un autor tiene muchos lectores siempre les parece “Juntemos lo que hay” y es un riesgo eso de juntar lo que hay… Quizá no era la voluntad de ellos pero yo quería prevenir que no lo fuera. Una cantidad importante de cuentos de los que yo pudiera escoger, por qué estos sí y otros no, por qué estos tienen que ver. Y me parecía que es lo que marca el título: Quién no.

 

— Porque es conceptual, de todos modos.

— Los personajes frente al abismo: ¿lo hago o no lo hago? Y uno como lector diría: “Yo no haría eso”. O sí… entonces “Quién no”, ¿no? Y eso que van a hacer a lo mejor es algo antiético, inmoral, que está en el borde o hasta un crimen. Y uno podría decir: “No, yo no lo haría”. Pero la verdad es que nunca estuviste ahí y no sabés si lo harías o no. Por eso a mí me gustan los personajes que no son un asesino serial sino el vecino de al lado que te saluda todas las mañanas y saca a pasear el perrito y a vos te parece un señor encantador y un día te enteraste que mató a la mujer. Entonces decís “¿Cómo pasó?”.

 

— Muy Poe, todo. Detrás del velo Quién no” Ni siquiera entre signos de interrogación: tal cual el título. Retórica pura y dura, la que va sin respuesta. O las locaciones, San Telmo, se visualiza todo lo que acontecía en la Plaza Dorrego.

— Qué bien eso, porque ese cuento primero lo había escrito como una miniatura y no estaba en San Telmo, estaba en un lugar de Buenos Aires. Y para una antología, me pidieron un cuento policial que debía transcurrir en un barrio en particular y lo situé en San Telmo. El objetivo del cuento es que se viera San Telmo. Creí que me preguntarías quién era el escritor (N: el cuento relata la frustración de un autor frente al plagio de su obra), que en realidad no es por nadie en particular, sí que le puse las uñas azules porque lo vi aEnzo Maqueira con sus uñas pintadas de azul y dije “Esto se lo voy a poner a un personaje” pero, obviamente, el personaje no es Maqueira y entonces la aclaración: no sos vos, Enzo, solo te robé las uñas azules.

 

— ¿Cómo se ordena la cronología de un libro de cuentos?.

— En algún momento alguien me dijo: “¿Por qué no empezás con Basura para las  gallinas que es el cuento por el aborto?”. Por un lado me parecía un cuento durísimo pero, por otra parte, justo el año que hemos luchado por el aborto… no me parecía.

 

— Demasiado efectista.

— Parecía hecho a propósito. Me parecía que el tema y mi libro se merecían un respeto. El cuento tenía que estar, obviamente, lo escribí ocho años atrás y tiene mucho que ver con lo que me parece que sucede con el ocultamiento del aborto y termina siendo una práctica que se aplica de generación en generación con los peores métodos. En este caso en particular con este cuento que es una aguja de tejer, la abuela se lo aplica a la madre, la madre a la hija y en el medio se te muere alguien. Porque el Estado no se hace cargo de esa situación, básicamente. No se usa la palabra “aborto” en el cuento porque en ese momento, ocho años atrás, no se decía la palabra aborto. Nadie decía la palabra. No quería empezar con ése pero sí con algo de lo que nos pasa. Y me parece que ese primer cuento, de dos hombres separados, sintiendo que están como en aguas, como en una arena movediza y que no saben bien dónde ubicarse… Eso que le pasó, me parece, a los hombres en estos últimos tiempos en los que el movimiento feminista avanzó tanto y se apoderó tanto de la escena pública y el reclamo de los derechos que muchos hombres, incluso los que más están al lado nuestro tratando de acompañarnos, no saben dónde ubicarse, cómo ubicarse y desde dónde mirar. Entonces, estos dos hombres separados que quieren ejercer la paternidad, que quieren ser padres y no saben cómo, y les sale todo mal porque antes tenían una mujer que estaba diciendo“Hacé esto, hacé lo otro”y ellos obedecían. Pero ahora que ellos tienen que decidir qué hacer para ser padres no saben, es como un aprendizaje. Y me parece que eso también da mucha cuenta de los momentos que vivimos.

 

— Quizá la literatura ayude.

— ¿A los hombres? A la literatura no hay que darle una carga superior. ¿La literatura va a cambiar el mundo? Yo creo que no. Pero la verdad es que si la gente lee esto o cualquier otra cosa, la literatura te abre la cabeza. Entonces, si los ciudadanos tienen la cabeza más abierta van a tener mejor espíritu crítico, van a ser más empáticos con el resto, van a tener una visión mucho más abierta, y eso va a permitir tener una sociedad mejor. Pero no es puntual: no es porque leas tal libro o porque mucha gente lee tal libro, cambia la sociedad. Creo que es el efecto de la literatura en su conjunto haciendo ciudadanos mejores, con mucha más capacidad de pensamiento.

 

— La lectura otorga las herramientas para llegar a distintos modos de razonamiento.

— Porque no es solamente “La literatura te transporte a otros mundos”, te transporta al vecino de al lado que es absolutamente diferente a vos y que vos decís “Ah, pero yo no había visto… desde mi ventana se ve una cosa y desde la ventana de al lado se ve distinto”.

 

— La clave es la perspectiva.

— Cuando di el discurso en la Feria del Libro, la clave era en qué podemos ayudar los escritores a la sociedad y yo elegí dos cosas: una era la conciencia lingüística, que no te roben palabras, que determinada palabra que se utiliza para algo se entienda por qué se usa y no se use otra; y por ejemplo, hay un diario que decía con respecto a una noticia del equipo de antropólogos forenses, decía “Amenazó con no trabajar si no se les paga” y la palabra “amenazó” está muy mal empleada porque, en realidad, el gobierno no les paga y por eso no van a trabajar. Eso no es una amenaza. Si leés el diario y te quedás con eso, la palabra “amenaza” se pone en contra de esa gente que dice “Si no tengo el sueldo no puedo trabajar, no tengo instrumentos, no tengo para trabajar si no me das el presupuesto”. Pero la palabra “amenaza” está manipulando. Entonces, una era cómo se manipula desde el lenguaje y entonces tener conciencia lingüística. Y la otra es el punto de vista. Y cuando el lector lee lo hace desde el punto de vista que nosotros le dimos, que quizá no es el suyo.

 

— ¿Hacés balances de tu carrera? 

— Siempre escribí. Empecé a publicar, de la manera que se ve, en 2005. Antes, había publicado libros para chicos, muchas notas, obras de teatro… Pero el que me hizo conocida fue el Premio Clarín. Publicar no siempre es fácil. Es más fácil publicar literatura infantil y juvenil, hay más editoriales y mucha más demanda.

 

— ¿No has retomado eso?

— No. Lo hice durante varios años pero no retomé. Ahora Alfaguara reeditó Serafín, el escritor y la bruja, que es el primero con el que gané un premio en España y después el premio Norma de Colombia por Un ladrón entre nosotros. Tengo otro en Norma, El fantasma de las invasiones inglesas. Entre novela y novela, escribir literatura para chicos era como que descarburaba las bujías. No te metés en tres años de escritura. Durante mucho tiempo, las obras de teatro y la literatura infantil me sirvió para el entretiempo. La literatura infantil tuvo que ver también con un período de mi vida en el cual me la pasaba leyéndole a mis hijos y estaba más en el clima. El teatro me encanta, porque yo no hago poesía y el teatro me parece lo más cercano a eso porque hay una búsqueda de la palabra, un permiso poético. Es la libertad de escribir con un lenguaje poético que a veces no puedo usar en la prosa.

 

 

NUEVOS AIRES

“Hace poco me decía Pilar Reyes, la editora española de Alfaguara, que las editoriales están teniendo un problema con Netflix y otras plataformas, y no solamente porque hay gente que lee menos porque ve series, no es ese el único problema: ‘El problema es que se nos llevan a los autores’. Por ejemplo, Pérez Reverte está escribiendo para una plataforma, Santiago Roncagliolo está escribiendo una serie, yo misma estoy con un proyecto igual. Reyes me decía: ‘Empezamos a llamar a los autores para ver cuándo pueden tener listas las novelas pero resulta que están escribiendo alguna serie’. Porque, además, para nosotros es un ingreso mucho más importante. Uno piensa: ‘Escribo durante cuatro meses una serie y con esto vivo tres años y un libro lo escribo en tres años que no me alcanza para vivir tres meses’. Hay un problema ahí”.

 

— Se está abriendo una nueva corriente.

— Sí, porque además las plataformas y todas estas empresas van a buscar directamente al creativo. Ya no es como antes que tenías que buscar un productor, que el productor lo lleve… sino que Netflix mismo dice “¿Me escribís?”. Porque ellos ya tienen todo lo demás. Eso se lo merecen los intermediarios que nos han perjudicado tanto tiempo. Se revalorizó al autor. No necesitan otra cosa: necesitan un autor.

 

— Entiendo que estos formatos exige al guion que a los siete minutos ya tiene que haber una escena de sexo o violencia. Escuché a escritores quejarse de esto.

— A nosotros no nos pusieron nada de eso… Son ganchos, como para que sigas mirando. A veces con eso solo no hacés nada: si tenés una buena historia y le agregás eso hacés que la gente que se quede; pero si tenés eso y no tenés la buena historia que la respalde, no se queda nadie.

 

— ¿De qué va tu novela próxima?

— La tengo en la cabeza. Y no es que no quiera contarla pero cuando la tengo en la cabeza y la puedo expresar, parece una porquería (risas). Estoy por empezar pero no definí cuál es el punto de vista, exactamente. Porque el punto de vista está muy pegado. A lo mejor sea omnisciente pero incluso siéndolo hay un punto de vista, una historia se mira siempre desde un punto de vista y es lo que todavía no puedo definir.

 

— Qué lee Claudia Piñeiro.

— El año pasado fui jurado del premio Sor Juana así que leí ochenta novelas escritas en español por mujeres, así que tuve mucha lectura direccionada. Y cuando es un concurso de libros publicados es difícil abandonar uno y decir “Éste no” y lo dejás rápidamente. Porque, en general, los publicados han pasado una serie de filtros y todos están más o menos razonables. Tenés que encontrar uno que se destaque. A mí me pasó eso con el premio Emecé cuando elegimos a Eduardo Berti con El país imaginado; esa novela era tan extraordinaria que enseguida te marca una cota que los otros no llegan. La Sor Juana la ganó una española, Clara Usón con una novela rara, El asesino tímido, porque no tiene el formato típico de novela sino que es como una mezcla entre ensayo, memoria y novela. Pasa en el momento del destape en España, y tiene que ver con un hecho puntual de una modelo que se supone andaba con el rey, una chica muy joven que se suicida. Entonces hay un paralelo entre el destape, la vida de la protagonista en este entorno y muchas reflexiones a todo lo que fue esa libertad exacerbada de ese momento en que entraba la droga y todo lo que sea en su peor expresión. Porque después todo se calma y cada uno hará lo que le parezca, pero al principio había un desborde por tantos años de represión con la dictadura. Volviendo a la pregunta, siempre estoy leyendo muchas cosas. Leo ensayos. Ahora estoy con el ateísmo, me interesa mucho todo lo que tiene que ver con lo que las religiones provocan en los países. Me parece que hay como un avance de las religiones y sobre lo mal visto que está el ateo. Parece que el ateo es una persona fallada cuando, en realidad, el ateo se basa más en la racionalidad, en la falta de evidencia, en un método mucho más racional. El que cree en algo se basa en una fe incomprobable pero el fallado es el racional…

 

— Christopher Hitchens.

— Extraordinario. Todo eso va a repercutir en la novela. En El espejismo de Dios de Richard Dawkins u otro que estaba leyendo de un francés, dice que se se hizo una encuesta en los Estados Unidos que decía: “¿Si el próximo presidente fuera musulmán, lo votarías? ¿Si fuera judío, lo votarías? ¿Si fuera cristiano, lo votarías?”. Todos sacaban cerca de un noventa por ciento, más o menos, el ateo: cuarenta por ciento. Porque la gente piensa que el ateo está fallado. Y entonces decía que ser ateo hoy es, como hace unos años, ser gay, que estaba tapado, te da vergüenza ser ateo porque si lo soy no tengo fe y ¿qué soy? ¡Malo! O que el diablo no me permite tener fe. Entiendo que la religión te otorga una cuestión de pertenencia pero no pretendas que acepte ninguno de esos cuentos porque son cuentos justamente. Yo te lo banco: ¿vos querés creer el cuento? ¡Creelo! Pero son cuentos. Y entonces te empezás a sentir solo porque decís “Esto no lo puedo decir en ningún lado porque parece que tengo un problema, ¿no?”.

 

— También está la dualidad entre el ateo y el agnóstico, siendo éste último que habla desde una autoimpuesta altura intelectual…

— Pienso, ¿seré agnóstica? No, soy atea. Por eso quiero que se respete esa condición de “Yo no creo y no estoy fallada” y “El otro siempre es superior porque tiene una fe”. No, para mí no. Lo digo así, abiertamente, y lo lamento si sentís que no. O sea: te respeto que vos creas pero no sientas que sos superior porque esa superioridad implica que puedas venir a sacarme la ley del aborto, que no salga el matrimonio igualitario, que no se enseñe ESI porque vos te creés superior porque tenés una fe que determina que hay que vivir de una manera. Y no me siento superior. Entonces no te voy a decir cómo tenés que vivir pero no me podés cercenar derechos. Un ateo no evangeliza. El religioso evangeliza… Yo no quiero que nadie sea ateo pero ellos evangelizan. Entonces, si vos tenés durante lo que fue la ley del aborto un Papa que dice que el aborto es un genocidio de guante blanco tiene que saber que esa es una orden a evangelizar. Si te dicen que es un genocidio salís a la calle a pegar palos. Hay que tener mucho cuidado con lo que se dice.

 

 

EL COMPROMISO

“Con respecto a la lucha se dieron muchos pasos, y esos pasos están conquistados, pero falta una Ley de la Interrupción Voluntaria del Embarazo que permita que las mujeres no estén penalizadas por el Código Penal, como primera medida, si deciden hacerse un aborto. Y por otro lado que tengan acceso a la salud que tienen las mujeres con dinero en la Argentina, que van a una clínica a hacerse un aborto y punto, se vuelve para la casa atendida. Y la mujer que no tiene esa posibilidad tiene que ir a los peores métodos, con las peores consecuencias, que pueden ser desde mutilaciones hasta morirse. Entonces, eso no lo podemos permitir más y en algún momento, más tarde o más temprano, generaciones nuevas ya ni se plantean esto. Lo que vimos es, sobre todo, una gran fuerza juvenil en las calles: había chicos de cualquier partido político peleando por derechos, ni siquiera por la Ley del Aborto, pidiendo ampliación de derechos. Eso es imparable y es extraordinario. Si no se da ahora la ley, será el próximo año, o el otro. Pero esto no tiene vuelta atrás”.

 

— ¿Te jugó en contra en algún momento?

— No. Afecta que te agredan. Pero por otro lado hay tanta gente protegiéndote. Porque esto nadie lo puede hacer sola, es una lucha colectiva. Los resortes del bien y del mal se disparan y sigue ganando el bien. Eso es lo más lindo. Yo siento eso. Tenés que tener fuerza para resistir los golpes del mal pero en definitiva todo es mejor: el neto es mejor, es positivo.

 

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