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“La Sirena es una faraona de la maldad, una artífice de la herida”

 

En esta entrevista para ESTACIÓN LIBRO, Florencia Etcheves habla no solamente de su última novela, La Sirena (Planeta) sino de su vida como escritora y la que dejó atrás como periodista. Y ahí está la clave, justamente: como trabajadora de medios se especializó siempre en el género policial; hoy la literatura la encuentra hábil con lo más negro de la narrativa.

 

POR LALA TOUTONIAN

 

Fue cara de uno de los canales de noticias más importantes de Argentina, con una profesión consolidada como periodista de medios pero Florencia Etcheves escribía en sus, vaya uno a saber cómo los lograba, ratos libres. De a poco, esto cobró más importancia en su devenir y hoy la vida la encuentra alejada de las cámaras pero insertada en el mundo editorial. No se deja de ser periodista nunca, por supuesto, la curiosidad y las inquietudes sociales son la marca registrada de quienes viven para contar lo que ocurre. El cómo es lo que puede variar y Etcheves optó por la ficción. ESTACIÓN LIBRO se sentó con ella para hablar de esto y muchas cosas más.

Es coautora junto a sus colegas Liliana Caruso y Mauro Szeta, de dos libros periodísticos del género policial: No somos ángeles (Marea, 2007) y Mía o de la tumba fría (Longseller, 2009), que presenta cuatro casos emblemáticos sobre violencia de género. La Sirena es su quinta novela, que junto a La Virgen en tus ojos (2012), La hija del campeón (2014), Cornelia (2016) y Errantes (2018) que publicó para el sello Planeta. En esta última, retoma a la protagonista anterior, a Cornelia, que, aunque camuflada, continúa su legado de fortaleza como mujer. Comienza la historia en el pueblo de Besalú, la Cataluña más medieval junto a Gerona, y recorre una Barcelona que no logra proteger del todo a esta Sirena que se escabulle entre hombres y asesinos y calles estrechas y recuerdos que la atormentan. Los personajes se suman a lo largo de la trama dándole valor a la misma protagonista que se sabe triunfante pero la realidad no deja de sorprenderla. Todo esto nos contó Florencia una tarde de sol.

“Me interesaba la primera persona para la Sirena. Porque la primera es la única manera que tenés de desnudar al personaje por adentro. No es lo mismo si te lo cuenta el narrador… era tan interno lo de ella que la única forma era en primera. Entonces, que los capítulos de ella fuera en primera. Después hay capítulos en donde ella interactúa con otras personas que no podían ser así y esos son en tercera. Cuando ella está con Ciro, pro ejemplo, es en tercera. Con Ciro va el narrador a contarlos a ellos dos. Ahí yo lo había hecho en primera y mi editora, Graciela Gliemmo, que me acompañó en el proceso, me dijo: ‘No, vamos a separarlos’. Y no se equivocó”, comienza diciendo la autora.

 

—Y la Sirena no puede o debe hablar mucho…

—No, claro.

 

—Tenés muchos personajes en todas tus novelas.

—Muchos.

 

—¿No te volviste loca?

—Sí. Sí, tengo muchos.

 

—Mariana Enriquez decía en la charla con Julieta Venegas que a veces le cambia el nombre a los personajes y a la hora de corregir era un lío.

—Ah, qué ganas de leer lo nuevo que vaya a sacar Mariana… Pero, no, con los nombres no me hago lío. Los nombres siempre me importan mucho. No son para mí un detalle menor. No es lo mismo ponerle un nombre que ponerle otro. Y, generalmente, como yo tengo muchos personajes, lo que trato de hacer es que los personajes en donde quiero que el lector o la lectora presten atención, y que no los confundan con otros, elijo nombres raros. Las mujeres de mis novelas, la primera se llamaba Minerva, la segunda se llamaba Gloriana, la tercera se llamaba Ángela…

 

—Excelente Gloriana.

—Si cuento de dónde la saqué a Gloriana… ¡De un tweet! Estaba escribiendo esa novela y no sabía qué nombre ponerle a una de las protagonistas. Y ninguno me hacía ruido. Un día estaba en redes sociales -ella ni lo sabe, se enterará ahora-, y leo un tweet de Cristina Pérez, la periodista, en donde muestra una orquídea a la que ella le había puesto de nombre Gloriana. Y en ese momento dije: “Es este el nombre”.

 

—Cornelia…

—Cornelia es por “Cornelia frente al espejo”, el cuento de Silvina Ocampo. Ahí hice que la madre de Cornelia fuera muy fanática de ese relato.

 

—Se nota este trabajo con el nombre porque, al final, donde hacés la nota tuya personal refiriendo al nombre de Nadine escrito en una pared de Besalú…

—Fue muy fuerte eso. Sentí que esta historia me buscó a mí y no yo a la historia. Me fui de viaje en enero a Barcelona… la novela esta me encontró ahí. En Errantes, por ejemplo, mi personaje protagonista, Carmen, iba a ser una actriz y al final terminó siendo periodista, algo con lo que yo siempre estuve en contra pero en ese momento lo sentí así. Tal vez como me estaba yendo del canal hice una suerte de despedida, no sé. Lo analizaré después. (Risas) Me invitaron a la Barcelona Negra y un domingo dije: “Bueno, me voy (había ido varias veces a Barcelona, no tenía mucho para conocer entonces), me voy a recorrer pueblitos”. Besalú es a dos horas y media de Barcelona para el lado de los Pirineos. Es un pueblito medieval de ensueño, llegué y dije: “Es acá”. Eran las 9 de la mañana, no había señal de celular y yo lo único que quería era llamar a mi editora y contarle esto a mi editora por lo que, hasta la noche que volví a Barcelona, no pude. Los diez días en Barcelona los dediqué a ir a todos estos lugares donde agarré el mapa me fui a visitar todo lo que pude.

 

—¿Fuiste a Nou Barris, de verdad? Es lo menos turístico de Barcelona.

—Sí. Quería irme bien alejado, más para las afueras… es el barrio de los inmigrantes. Y, generalmente, cuando uno está escribiendo una novela tiene claro el lugar y va a ver el lugar. Esto era al revés: yo todavía no tenía claro los lugares pero dije: “Bueno, voy a hacer archivo de lugares”, para después trabajarlos en el caso necesite. Estaba como a contrarreloj.

 

—Es muy notorio en todo La Sirena el trabajo de investigación riguroso de periodista.

—Hay situaciones en la novela que son reales. Tomé de la realidad circunstancias que fueron tales. Lo de los desalojos en Nou Barris, por ejemplo, eso sucedió y tuvo mucha repercusión. Todo lo de alrededor, lo inventé. Esto que vos decís: la mirada periodística de situaciones de la realidad que a veces superan a la ficción, que si las querés inventar no se te ocurren.

 

 

 

—Dejar tu trabajo como periodista debe haber sido un momento de vértigo y libertad.

—Sí, me dio vértigo. Mezclado, las dos cosas. Las dos cosas al mismo tiempo. Cuando empecé a escribir, todavía trabajaba en el canal y para mí escribir era como un hobby, era como el “lado b” de mi vida. Y era como un hobby porque yo la pasaba tan bien escribiendo que uno no puede pasarla tan bien en un “trabajo”. La pasaba tan bien… Como la gente que no quiere ser bailarina pero que va a clases de baile porque la pasa bien. O no quiere ser pintora y exponer pero va a estudiar dibujo porque le divierte. Me pasaba exactamente lo mismo: yo sentía que la pasaba tan bien que eso no era un trabajo, era un hobby. En un momento sentí que lo único que quería hacer era ese “hobby”. No estaba siendo feliz con lo que hacía, que era mi trabajo. Durante muchísimos años fui muy feliz trabajando como periodista y cuando empecé a sentir que esa felicidad había mermado, que no me sucedía lo mismo, que las noticias no me movían de la misma manera que me habían movido, sentí que estaba traicionando una situación… es un poco dramática, ¿no? Sentía que estaba traicionando lo que yo había elegido, estaba traicionando 25 años… bueno, me sentí como con una situación de darme latigazos y tenía que tomar una decisión y ahí viene esto que decís: el vértigo, dejar algo que yo había construido durante 25 años, la situación económica, por supuesto, yo nunca había trabajado de manera independiente. Fue una decisión que me llevó casi un año tomar.

 

—En la novela hay constantes, y no son guiños, sino referencias directas al feminismo. Hay mujeres golpeadas, mujeres independientes…

—Tengo el personaje de esta mujer que dice “Una mujer nunca deja a una mujer, ya te habrás dado cuenta que nunca dejo a una mujer que está en peligro”. La sororidad está ahí, ¿no? No sé quién sos, no sé qué te pasa pero estás en peligro y yo te voy a bancar. Creo que a muchas mujeres que militan el feminismo y son feministas y que se definen como feministas desde añares, no hemos inventado nada nuevo: gracias a ellas tenemos todo lo que tenemos. Sin lugar a dudas. Personalmente, estos últimos años el sentirme feminista, considerarme feminista, relacionarme con feministas, a mí me cambió la vida Me cambió la mirada en relación a la vida. Y es inevitable que esa mirada se cuele en lo que yo escribo. Ahora, cuando yo escribo no estoy pensando en que mis personajes sean feministas o que todo sea feminista. Básicamente porque quiero que mis personajes sean lo que me sirva que sean para la trama. No los quiero condicionar absolutamente a nada. Pero es inevitable que haya situaciones, que son las situaciones que en la vida real me conmueven, que se cuelen. Siento que no lo puedo evitar y no lo quiero evitar, tampoco. Si se cuelan, se cuelan. Están ahí.

 

—Y tampoco es casual que hayas elegido el género policial.

—Cuando me fui del canal me decían: “¿Cómo es dejar la zona de confort?”. No, no era una zona de confort, sino no me iba. Lo fue mucho tiempo, dejó de serlo en un momento porque yo no era feliz. La zona de confort es lo que tengo ahora. Y con respecto al género policial… Hace unos años me convocaron para una antología de cuentos de amor. No solo no soy muy cuentista sino que el romanticismo… Para mí la gente no tiene tiempo de enamorarse porque está tratando de salvar la vida o está matando o está tratando de que no lo maten. No tienen tiempo de tener una cita romántica entre corrida y corrida. Pero me lo tomé como un desafío y acepté. Es el único cuento de la antología donde hay un homicidio. Pero bueno… pero es una historia. Había un amor. Y me lo aprobaron y lo publicaron.

 

—¿No se te da por el cuento?

—No. Para mí es mucho más difícil. Con los cuentos siento que el primer acto, segundo acto y el tercer acto tienen que estar tan cerca que no tengo tiempo de hacer lo que más me gusta hacer a mí que es el desarrollo de personajes. A veces leo cuentos y veo que hay personajes que no están muy desarrollados pero sí lo justo y necesario para que vos a ese personaje lo entiendas, lo quieras o lo odies o te dé bronca o te dé asco. Para mí ese es el valor del cuento y yo no tengo, todavía, la capacidad de achicar tanto ese desarrollo para que la sensación persista.

 

—¿Y vos te imaginás a tu lector o tu lectora?

—A ver… en realidad, no, pero me escriben mucho en las redes sociales. La gente te avisa “Me lo compré”, “Me lo regalaron para el día de la madre”, “Lo empiezo esta noche”. Y te van haciendo el minuto a minuto: “Voy por el capítulo tanto…”. Entonces es lindísimo porque vas viendo cómo van descubriendo y, sobre todo, qué van interpretando y a veces hacen interpretaciones espectaculares que ni se me hubiesen ocurrido. Es como que te van leyendo el inconsciente. Entonces hay de todo tipo y algo que, en las dos últimas novelas, empezó a pasar y que a mí me encanta es que me escriben muchos varones, lectores varones. Eso me parece como espectacular. Estamos todos “seteados”. Las mujeres somos todas Mujercitas. Pero, bueno, Mujercitas no lo leían los varones. Además el título ya no invitaba, en esa época, a un varón a leer. El título tampoco invitaba a un niño de nuestra generación a ir por la vida con un libro que se llame Mujercitas.

 

—El cine. Es muy cinematográfica La Sirena y ya tenés a Cornelia hecha película con “Perdida”.

—Ahora se terminó de rodar para Netflix mi novela La Virgen en tus ojos, que se va a llamar “La corazonada”. Va a ser película original de Netflix. Con Luisana Lopilato y Joaquín Furriel, con Maite Lanata, Delfina Chaves, Rafa Ferro. Pero de ésta no sabemos nada. En realidad, tal vez, yo escribo “cinematográfico” porque estoy seteada en la tele, estoy fabricada totalmente en un estudio de televisión. No vengo de la gráfica, ni de la radio, yo estoy frente o detrás de una cámara, por lo que yo siempre pensé en imágenes. Entonces, inmediatamente, cuando escribo pienso en imágenes, imagino escenas. Escenas sueltas y cómo llegar a esa escena, y empiezo a armar la trama alrededor de las escenas. Pero mucho antes de que me compraran los derechos para el cine. Cuando tengo ya una escena que me va uniendo a todos los personajes, digo: “La tengo, ya está”. Necesito tener una escena. No sé: ver una mesa, las dos protagonistas, una agarra la botella de agua, se le cae y se rompe. Ya entendí qué tengo que contar alrededor de esa escena.

 

—¿Seguimos con Cornelia? ¿Qué viene?

—(Risas) ¡No sé! Yo la dejé como convertida en otra. A ella todo le queda bien, ella es una faraona de la maldad, es una artífice de la herida. Siempre siento que terminan, nunca pienso en continuarlos porque después de estar tanto tiempo con los personajes ya los odio, no me los banco más. Quiero que se terminen de una vez. No me interesa más lo que les pase. En La Sirena es la primera vez que no me hartaron.

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