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“La literatura es un territorio del error”

En Breves amores eternos (Emecé) Pedro Mairal hace lo mismo de siempre: nos sorprende sin dar tregua a recuperarnos. Su capacidad para sacudir la monotonía de la vida ordinaria de sus personajes es abrumadora, sobrecogedora. Sobre todo, reveladora. De este modo, la lectura encontrará lugar para las risas, la emoción y la inquietud. En esta entrevista lo deja muy claro.

 

POR LALA TOUTONIAN

Pedro Mairal habla como escribe: claro, con la palabra justa, despojado de barroquismos, real. El autor de La uruguaya y Una noche con Sabrina Love, entre tantos otros títulos, vuelve a traernos estos cuentos que hoy se leen con otra mirada, una nueva perspectiva desde lo social hasta lo generacional. Y lo sentimental. La búsqueda de la verdad en la narrativa tiene otro valor: la suma de la imaginación. Y Mairal es dueño de un ingenio único: «Yo creo que, en realidad, me gusta provocar una experiencia vital con la escritura. Eso provoca una especie de exaltación en la lectura: la sensación de vitalidad, de voyeurismo en el lector, también. Dejarle al lector que sea todo lo voyeur quiera. Eso es un morbo legítimo en la literatura. De hecho en todas las historias sos voyeur: estás espiando el destino ajeno, una vida ajena. El secreto está en la vulnerabilidad o las miserias… el costado que no mostrarías. Es decir, ver en la literatura lo que Instagram no se anima a mostrar –ni Facebook o Twitter. Ir a un lugar que, si saliera en Instagram, te morís. Todos estamos construyendo nuestras identidades con las redes. Si uno va a ese lugar de espaldas a las redes, la gente siente una risa, una risa medio nerviosa».

 

—Como en el cuento donde al varón se le cae el anillo de casado en el baño del telo estando con otra: no va a sacar foto de esa situación.

—Claro. Eso me lleva los relatos para un lado incorrectos. Son incorrectos porque estamos mostrándonos en nuestras decisiones políticas, decisiones de “buenos ciudadanos”. Que está muy bien que lo seamos y es necesario, pero eso no se puede transportar a lo literal. Tu rol de ciudadano, de opinólogo, tu lado bien pensando. No podés trasladar eso.

 

—No, ni siquiera en el ensayo.

—Exacto.

 

—La estructura del libro es muy particular: primero, esos esos verdaderos “breves amores eternos”. Está muy bien encapsulado el concepto. El primer cuento deja una sensación de desolación.

—Eso es muy asfixiante en la primera mitad.

 

—Un gran comienzo.

—Esa fue una decisión de Mercedes Güiraldes, la editora. A mí me costaba mucho porque sabía las consecuencias de eso. Ese es un cuento que ya la primera página tiene una expresión súper machista del personaje.

 

—Ya en la segunda parte, con cuentos como “Los héroes”, pareciera otro libro.

—Es otro libro justamente. Ese cuento parte de un accidente que yo tuve en el viaje de egresados. Fue en Jujuy, en realidad, y yo lo pongo en Bariloche. Veníamos bajando de la Quebrada de Humahuaca a la noche. Fue un accidente horrible y a mí me llevó diez años poder elaborar una ficción con eso, y después me llevó otros diez años escribirlo en no-ficción en un capítulo, en un relatito, que está en Maniobras de evasión (Planeta, 2015). Ahí se llama “Un ómnibus en el aire”, y cuento lo que pasó. Pero en “Los héroes” simplemente es esta idea siniestra de que alguien te llame porque como no vivió el accidente por estar en coma, eso de “Cuénteme el accidente”. Como en los sueños. El poder del sueño, la capacidad de síntesis. Cuando se me ocurrió eso pensé que el tipo podía tener el ómnibus chocado en el fondo del jardín. Y cuando el narrador ve eso le provoca un rechazo gigante. Era su santuario, es medio Ballard, habla mucho de la transformación con el choque, de las energías…

 

—Esa primera persona que tomás como mujer es interesante.

—Y ese cuento es anterior al cambio de paradigma… Empecé a practicar con el tono femenino cuando escribía en un blog, El señor de abajo. Y ahí escribía una tal Adriana Battu, que era yo. Escribía Pedro Mairal, escribía un tipo que se llamaba Miguel U., que también era yo y Adriana Battu. El truco era que nadie se diera cuenta de eso: que era yo. Entonces eso fue un muy buen ejercicio.

 

—Pessoa y sus heterónimos. Cada uno con su personalidad.

—Sí, el cuento “Cero culpa” salió de una antología de mujeres que se llamaba Mujeres infieles. Las autoras sabían que uno era yo y el director también. Entonces, esa especie de travestismo de la voz, que tampoco es tal… Creo que uno escribe desde un lugar medio gender fluid o hermafrodita, llamalo como quieras.

 

—Lo podemos “angelizar” y le ponemos un poco de poesía.

—Exactamente. Se puede sexualizar a esta entidad verbal que va a lo femenino o se puede ir para lo masculino. Creo que eso está algo amenazado con este especie de desprestigio de la ficción. No sé si es desprestigio o es “¿por qué te metés en los zapatos de una mujer si vos no sos mujer?”. Eso es como una usurpación de género. Ese sería el cuestionamiento. Es como negar la capacidad de empatía, una comunicación. Yo trato de imaginarte pensando algo, vos tratarás de imaginar algo sobre mí. Por supuesto que te equivocás en esa empatía. Pero la literatura es un territorio del error.

 

—Otro tema en los cuentos: la soledad en las parejas.

—Me doy cuenta, después, alejándome y mirando todo de lejos, mirando un poco la trama, que no hay salida. Es terrible.Creo que si escribiera ahora sobre esas situaciones ya podría hablar sobre la luz al final del túnel, que se sale de eso.

 

—La soledad acompañada es algo que no se puede contemplar.

—Es siniestro. Me parece que heredamos un modelo de monogamia con el que la gente no puede lidiar bien. Todo el mundo está tratando de lidiar con eso cuando tal vez el ser humano es otra cosa. Me parece a mí. Sí, la monogamia nos da seguridad, queremos sentirnos queridos pero a la vez provoca mucha asfixia. Entonces la gente caretea unas relaciones de mucho tiempo, de monogamia que en realidad no lo son. Entonces este lado b de la gente es lo que quería mostrar con los cuentos: qué es lo que hace cuando cierra las puertas, cuando se van, cuando están solos.

 

—¿Qué tal la literatura contemporánea argentina?

—Hay una generación estrella de mujeres que no sé si siempre estuvo y recién ahora se volvió visible. Las mujeres estaban más como en un segundo plano y ahora están en un primer plano, o si hay realmente un grupo de mujeres escribiendo muy bien, pienso puedo podés seguir y seguir. Eso me parece una gran cosa: que las chicas que ahora tienen 17 vean eso y puedan verse representadas. Porque el problema, en general, es que no haya una “idea de”. Yo creí pensando en Cortázar, y los cigarrillos, y los gestos, todo. Cierta afectación. Otra cosa que me gusta mucho es un cambio de eje que era siempre urbano, Capital-Buenos Aires, y se está corriendo a imaginarios de provincias. Eso me encanta. Lamberti trae Córdoba, Selva Almada trae Entre Ríos, nunca idealizados en las provincias –eso es lo mejor para mí- vienen con toda su violencia social. No es el paisaje de Catamarca con sus distintos tonos de verde. Es como viene una violencia en la desigualdad, patriarcado. Eso me parece muy interesante que pase porque me parece que en los 90 se urbanizó mucho, una cosa muy urbana en la literatura. Parecía que solo sucedía en Buenos Aires. También hay que pensar que todos esos autores ahora viven acá pero traen todos sus imaginarios.

 

—Por momentos pareciera que es más importante ser escritor que el libro que se escribió.

—Me cuesta pensarlo en general, o casos particulares. Creo que la afectación está en todos lados: en el cine, el ambiente de la música, gente que se cree mucho más de lo que es, gente que se cree mucho menos de lo que es. No es algo privativo de lo literario. Lo malo de lo literario es que la mayoría de la gente sabe lo que opinaste en una entrevista, o mejor dicho: más gente sabe lo que opinaste en una entrevista y cómo estabas vestido que lo que dicen tus libros. Entonces ahí hay una cosa, de por sí, medio hueca. Hueca en el sentido de cáscara. Se ve la cáscara de lo que dijiste en esa entrevista y cómo estabas vestido; pero, ¿y el libro? Mucha menos gente. De cien personas que ven la entrevista, quince leen el libro. Entonces, inevitablemente, la literatura tiene toda esta cáscara de exhibición pero lo que hay que hacer, es leer el libro. Después, el resto es gestualidad, es impostaciones. Si uno fuera realmente valiente debería publicar cada libro con seudónimo pero el mercado no te lo permite.

 

—Y el ego no te lo permite.

—Y el ego. Yo armé mi seudónimo de Ramón Paz por amor propio.Supe que la gente decía “Me encanta este librito de sonetos”, y pensaba: “Soy yo…”. Sí, el amor propio. No se puede luchar contra esto.

 

 

 

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