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“La historia oficial cuenta la de los hombres, no la de las mujeres”

 

En esta entrevista, Florencia Canale habla sobre Salvaje – Urquiza y sus mujeres (Planeta, 2018), el libro que dedica al político argentino. Desde el título se adivina lo que vendrá: Justo José de Urquiza tuvo una agitada vida profesional (varias veces gobernador de Entre Ríos, presidente de la Confederación Argentina, líder de su partido) y una alborotadísima vida amorosa y una más agitada pulsión sexual. Lean a su autora.

 

POR LALA TOUTONIAN

 

«¿Cómo los elijo? Hay un personaje que me vuelve loca o que tiene una historia interesante que contar. Porque están los que tienen una vida política grande pero no les pasa nada, no tienen muchas contradicciones. Para que la vida de una mujer o de un hombre sea digna de contar tiene que estar repleta de oscuridades. Una vida pesada, turbulenta, emocional», comienza diciendo Florencia Canale, una mujer que habla con la misma serenidad que refleja la agradable simetría su rostro, una cadencia al hablar que recuerda a la de sus libros, aunque también se perfila una intensidad, un amor por la historia y por la literatura: «El interés surgió con San Martín y Remedios de Escalada, que fue el primer libro».

 

— ¿Remedios fue infiel a San Martín?

— Sí. Yo soy descendiente de Remedios así que sabía anécdotas desde lo familiar. Soy sobrina suya en sexta generación y por dos partes: en principio, el padre de Remedios de Escalada, Antonio de Escalada se había casado dos veces: casado con una primera esposa de nombre Salcedo, tuvo dos hijos varones y es por el lado de ella el lazo familiar. Pero también una de las hermanas de Remedios se casa con un De María y mi abuelo era Canale De María. Me resulta hasta graciosa la coincidencia, no es que me pese. Hasta me cierta ternura. Nacho (Iraola, director de Planeta) me insistía en que escribiera y así se me ocurrió lo de Remedios de Escalada, se lo propuse, le gustó y hasta me puso a trabajar con el historiador Diego Arguindegui, con quien hasta hoy mantengo un vínculo estrechísimo y más prolijo que el de una pareja: mi casamiento con Nacho de Planeta y Diego es perfecto.

 

— Gran trío.

— Así me funciona a mí (risas). Poder asesorarme con Diego que me guió por lecturas y descubrimientos me ha ayudado mucho con todos mis libros. Absolutamente siempre me gustó mucho la historia. Mi primer editor fue Mariano Valerio a quien también amo, me dio libertad, me dijo que le entregara todo una vez escrito y cuando sentí que estaba bien, se lo di, esto fue en 2011. Y tuvo nueve o diez reediciones así que fue bastante bien. Así supe que esta era un lugar del que no me quería ir. Cuando le puse el punto final a aquella primera novela creí haber hecho un buen trabajo. Y además, que me permitiría quedarme en este territorio del que no me quiero ir. Salvaje es la sexta novela ya.

 

— Ahora vamos con Salvaje, pero ¿por qué tres tomos para Rosas?

Porque supe desde el primer momento que el personaje era enorme y abarca mucho desde su propia historia: el primero gobierno, el segundo, el exilio. Entonces, o dejaba mucho afuera o escribía un libraco enorme. Por supuesto queda mucho afuera, me pasa en todos libros, siempre hay que elegir. Se lo dije a Nacho y me dio el ok para ir con una trilogía. Así era perfecto.

 

— Se me ocurre que la clave en todas estas historias que has trabajado, más allá de lo rico de cada personaje, es el erotismo. Siempre está a flor de piel. ¿Los argentinos fuimos tan sexuales desde siempre?

— No sé ahora, en aquellos tiempos sí. Estos son los personajes que yo he elegido hasta ahora, seguramente haya otros que han tenido unas vidas albas, blancas y celestes pero no son los que me interesan. Pensemos en Urquiza, el protagonista de Salvaje: tuvo un montón de hijos, fue un tipo realmente importante con su vida política, tuvo una concepción de Estado antes que esto fuera tal, un constructor de una nación, es el que planta bandera. Antes lo habían hecho en su medida Rosas, Belgrano, San Martín y es Urquiza, un entrerriano quien, además se separa de Buenos Aires. Buenos Aires se transforma en un estado independiente, autónomo, se arma una guerra tremenda, él era el presidente… era un loco, realmente era un loco. Con una pulsión sexual muy fuerte, claro.

 

— También destacás que fue un hombre que se hace responsable de estos actos: sus hijos bastardos, etc. No como Rosas, digamos.

— Claro, les da el apellido, incluso. Muy moderno en su concepción. Todos los hombres estaban llenos de hijos ilegítimos en ese entonces y no les daban el apellido porque eso estaba bien así, era parte de la vida. Urquiza le dio el apellido a muchos aunque seguramente hubo muchos más. Se hizo cargo de ellos, se los llevó a vivir con él y ni siquiera hay registros demasiados rimbombantes de mujeres que reclamaran su responsabilidad. También hay que considerar que las mujeres no eran de hacer reclamos, quizá las de las clases más bajas. Esta otras aceptaban ser seducidas y abandonadas por este semental que ya tenía una fama que la llevaba muy bien. Y ellas caían.

 

— Qué interesante entender la conducta de las argentinas en esos tiempos.

— Durante las invasiones inglesas, esto figura en una carta, en 1806 los ingleses habían atacado y estaban en Buenos Aires, de alguna manera había una tranquila convivencia entre españoles, criollos e ingleses. Coincidían en una fonda llamada Tres Reyes, cerca de la Plaza de Mayo (la Plaza del Fuerte, en esa época) y en una ocasión lleva Gillespie, un oficial inglés, con sus soldados. La muchacha que los servía en la mesa comienza con unas miradas desafiantes y mediante un traductor presente, el capitán le pregunta a la chica el por qué de su actitud. Y ella, en lugar de contestarle, se acerca a la mesa de los españoles y a grito pelado les reclama no haber hecho nada frente a la invasión de los ingleses, los acusó de tibios y gritó -y esto está literal en la carta- que las mujeres los hubieran echado a pedradas. La historia oficial cuenta la historia de los hombres, no la de las mujeres. O la anécdota de la mujer de Vieytes que se vestía de varón: en la jabonería de Vieytes se llevaban a cabo las reuniones secretas de las logias antes de la Semana de Mayo, y cuando ya se mueven a la Plaza propiamente, iban los muchachones, la mujeres no asistían -sobre todo porque en cualquier momento se podía armar una gresca importante-, ella que estaba al tanto por estar en la jabonería y sabía que los hombres estaban armando la revolución, no quería perderse nada y vestía de hombre se metía entre ellos en la Plaza.

 

— ¿Qué estás escribiendo?

— No puedo decir mucho salvo que es la historia de una mujer que fue amante de un tipo muy importante pero que ella juega un rol muy particular en todo ese momento. Ella me apareció cuando estaba escribiendo una de las novelas de Rosas muy tangencialmente y una vez, entrevistando a Felipe Pigna por uno de sus libros anteriores, el de Belgrano o el de Mariano Moreno, la nombré y él me comparte un dato muy fundamental de ella, en realidad una hipótesis que se barajaba sobre el papel de esta mujer y me volví loca. Pigna me regaló esta historia, me dijo que era para mí. Se lo compartí a mi editora, Mercedes Güiraldes, gritamos juntas de alegría, se lo dijimos a Nacho pero todavía faltaba un Rosas y luego venía Urquiza. Así que ahora finalmente que estoy trabajando en ella, estoy muy feliz. Es la construcción paulatina de una loca. Una mujer deslumbrante. Una locura muy particular: en la última de Rosas aparece Juanita Sosa, que era una amiga de su hija y termina terminada en un loquero para mujeres, el primer hospital psiquiátrico de Buenos Aires inaugurado en 1858. Y es acá donde termina internada catatónica y muere ahí. Saldrá en agosto.

 

— Va a cambiar el tono.

— Va a cambiar un poco el tono, sí. Sí, porque de ella se ha escrito poco porque el señor es muy protagonista. Contaré la historia de este señor pero ella también ha sido una mujer muy impresionante, de una enorme vanguardia. Siempre me interesó la emocionalidad de estos personajes. Casi la psiquis, que me estoy adelantando porque la psiquis no era tal Freud no había irrumpido en la historia aún pero haciendo una costura muy fina, puedo ir pensando la psicología de estos hombres y de estas mujeres.

 

— La psicología y la sexualidad de estos personajes es un modo de humanizarlos también. No fueron solo héroes o padres de la patria.

— Tienen suciedad, no son impolutos. Transpiran, gracias a Dios, son pur apulsión. Fue un siglo muy salvaje. Lo de Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas de Sarmiento tiene una base.

 

— Que está muy presente en la novela. Y es justamente la mujer de Urquiza la que intuía un problema a venir.

— Llegaron a ser enemigos acérrimos. Pero había toda una diplomacia a seguir, una cintura política que provocaba un cansancio mayor. Y las mujeres no toleramos la impostura y estos tipos debían dominar este arte de la impostura, justamente.

 

— Justamente otro pensamiento recurrente a la hora de la lectura de estos libros es lo que ha cambiado el ritmo de la política, como esta conducta que destacás. Hemos perdido parte de esa identidad como pueblo.

— Estas lecturas sirven para hacernos preguntas, qué nos pasa y qué nos pasó. Hoy es raro hablar de la patria, se han derrumbado y deformado algunas palabras, el significado y el significante se han destituido.

 

— ¿Cuándo termina la realidad y comienza la ficción? Con cuánto respeto hay que trazar estas líneas.

— Por supuesto el respeto es milenario, por eso intento ser lo más fiel posible. En las escenas donde están los encuentros sexuales, llego hasta un lugar y ahí lo dejo. Se me ocurre que deben ser mis propios límites y prejuicios porque les rindo pleitesía y hasta me da pudor. Le mete la mano bajo la falda y ahí me quedo.

 

— Un gran disparador.

— Se te vuela la peluca. Me lo permito hasta donde me deja el rigor histórico. No meto gente de otro siglo, nada de eso.

 

— Ni los zombies de Jane Austen.

— No (risas). Mantengo la topografía de la ciudad, las costumbres, las comidas y hasta las palabras, que nada resalte por su modernidad. Hay un ciudad en las formas del lenguaje sin sonar a castellano antiguo porque sería insoportable.

 

— Como salvaje con gé.

— Exactamente. O Buenos Aires con yé. Siempre con Diego asesorando, cuando por ejemplo cuento alguna revuelta política quizá lo describo con palabras más del siglo XX por la jerga política y él me lo destaca. Así de obsesivos somos.

 

— Y luego de este libro que estás preparando, ya tendrás pensado un próximo siguiente considerando que a esta mujer la encontraste tres libros atrás.

— Estamos considerando hombres y mujeres. Sarmiento es importante.

 

— ¿Vas a sexualizar a Sarmiento?

— Era muy sexual el tipo, bravísimo. Nos puede parecer poco sexy pero tuvo lo suyo y no olvidemos que fue joven y tenía un gran sentido del humor. Estaba completamente loco y se lo ve por sus cartas. Se transformó a sí mismo.

 

— ¿Algún favorito entre tus personajes? Seguramente lo sea el que estés trabajando.

— Ahora es esta mujer que aún es una niña en mi relato. Pero Rosas fue un gran favorito porque lo tuve muy cerca mucho tiempo y cómo se construyó ese hombre de campo entre su madre, su esposa, su hija, rodeado de mujeres. A él lo aburrían los hombres. Es mi opinión que Rosas no hubiera sido lo que fue sin su madre y su mujer, ellas colaboraron para construir ese mito. Sobre todo Encarnación, su esposa, que se odiaba con la suegra porque era iguales en sus diferencias. Una federal, la otra agustinista. También fue un nefasto, lo sabemos, sangriento. Urquiza me conquistó con halo salvaje también, después de Rosas temía que no ocurriera pero me pareció un tipo muy interesante. El título como siempre es de Nacho. Salvaje salió en septiembre y ya lleva cuatro reediciones, me solté a escribir cosas que no me atrevía, es una novela diferente.

 

— ¿Te correrías de la historia argentina para escribir?

— Sí. Hay un lado de esta mujer que estoy tratando que me recuerda a mi bienamada Juana La Loca. Me gusta Catalina La Grande también, otra que se vestía de varón, dicen que mandó a matar al Zar, su marido.

 

— ¿Y tu vida personal con tanto trabajo?

— ¡Se vive poco! (Risas) Se elige muy bien qué vivir, se elige mejor, a puro deseo. Soy una mujer empírica, me interesa la praxis, la experiencia.

 

 

 

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