Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

“El olor es información”, Federico Kukso

Leyendo Odorama – Historia cultural del olor (Taurus), el nuevo libro de Federico Kukso, entendemos la formación cultural no está limitada a la literatura, o las artes ni las revoluciones sociales. Todas esas circunstancias tienen un hilo en común: todo huele. Así, el olor es precisamente una entidad que nos forma como sociedad. Esta extraordinaria cartografía que ha trazado el autor nos enfrenta a memorias, estigmas, alegrías y tristezas delimitadas por la nariz.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

Kukso nació en Buenos Aires (1979) y es un periodista científico especializado en historia de la ciencia y STS (Science and Technology Studies) por la Universidad de Harvard, además de un largo curriculum académico y de escribir para medios muy destacados en el mundo entero. Es autor también de Todo lo que necesitás saber sobre ciencia, El baño no fue siempre así y Dinosaurios del fin del mundo. Su conversación contagia pasión y no oculta su entusiasmo; de eso se trata la cultura justamente: transmitir el conocimiento. Y sabe. Sabe mucho. «La palabra ‘malaria’ significa ‘mal aire’. Estas circunstancias ligadas a los olores también crean las palabras. La ‘peste’ crea una palabra: ‘apestar’. Los grandes males quedan sedimentados. Considero al olor como parte del patrimonio intangible de la Humanidad. ¿Por qué cuando uno piensa al patrimonio como arquitectura, cuadros, libros y no en olores? Define una cultura», dirá en un momento de la entrevista. Un exhaustivo trabajo de investigación desde los primeros olores (dinosaurios, las momias egipcias, Roma, la conquista de América, etc.) hasta los del futuro están narrados en poco más de 400 páginas que, oh, como todos los libros, huelen.

 

—Porque el olor tiene una connotación tal que el aroma no parece un sinónimo.
—La palabra olor es un paraguas bajo el cual están los aromas, las fetideces; aunque físicamente es lo mismo: un enjambre de moléculas invisibles. Pero aunque un aroma tiene otra connotación, aún siendo un olor. En nuestra cultura, cuando dicen “hay olor” es “mal olor”; en inglés existe smell, scent, hay una diferencia, también es importante en francés . Pero el “olor” tiene otro marketing. Cuando dice “olor” ya tiene una carga negativa. “Aroma” está relacionada con la comida, como que tiene otro camino. Esto es significante pero su significado es otro. Hay libros del olor per sé como categoría cultural, antropológica, sociológica, pero dentro de muchos estudios académicos de nicho, no había una biografía o una historia cultural global, que es lo que yo quería hacer. Y ahondar en Latinoamérica, pensé en un libro que fuera iberoamericano. Es un libro que tiene una perspectiva global.

—Sí, lo de México en la época de la conquista es revelador. También lo que refiere a Buenos Aires…
—Claro, porque yo soy de Buenos Aires, pero si uno piensa un libro solo para la Argentina el nicho es muy chico. Así lo amplié a España y su llegada al México, y al mundo en general. Todo empezó cuando fui a Estados Unidos: debía tener un proyecto de investigación para una beca de ciencia por la cual te dan 70 mil dólares por un año: 7 mil dólares por mes para investigar. Tuve un par de objetos de estudio: me interesa mucho la historia de la ciencia ficción, la relación entre ciencia y ciencia ficción ya que uno es parasitario del otro, son un ciclo. Casi siempre se piensa que los escritores de ciencia ficción toman conceptos de la ciencia, pero también es al revés: los científicos son lectores de ciencia ficción. Por eso no me gusta cuando dicen que Asimov o Wells “predijeron”. No predijeron, sus ideas cayeron en la idea de los científicos y los científicos las terminaron realizando. Después tengo otro, en que sigo trabajando, y es sobre lo que se llama Paleofuturismo latinoamericano, que es cómo se imaginó el futuro en el pasado.

—Como que íbamos a estar manejando autos voladores ahora.

—Exacto. O la comida en pastillas. Y el tercer proyecto era éste. Empecé con este porque estaba en Cambridge y vivía a tres cuadras de Harvard. ¡Tenía como vecino a Chomsky! Vivía a dos cuadras, lo veía caminar todos los días. Hablé con él, está muy abierto a Latinoamérica. Trump estaba en campaña en esa la época y me decía: “Es la debacle, los responsables son estos white trash norteamericanos que por primera vez se juntaron y votaron porque veían que a los blancos les estaban quitando derechos”. En fin… Empecé a detectar olores donde yo vivía, los locales, el olor a canela que es el olor norteamericano… Es canela y muchos olores químicos, sintéticos, como el apple pie pero no de la manzana real sino como el olor a limón de los spray acá que es ficticio, es sintético. Una cosa que me fascinó y me dije “este es el camino para escribir el libro”, fue que en Harvard, en una beca donde almorzás con premios Nobel, con todo tipo de gente; cuando contaba lo que estaba investigando, les interesaba. Todos me bombardeaban con ideas o historias: el olor a su abuela, el olor a su casa. Y eso: pensar el olor. Es raro que la gente comparta, socialice el olor.

—Hay algo que decís en el libro y es súper real: el olor a McDonalds en el mundo entero, a donde vayas, es eso. Como cuando entrás a Starbucks. Lo conocí en Inglaterra y solo lo consumo para “oler a Inglaterra”, lo digo siempre. Que ni siquiera es de ahí pero a mí me representaba el viaje.
—Claro, tu memoria quedó enganchada y vas ahí no por un consumo del objeto sino por la memoria. Borges también tiene esta cosa proustiana cuando dice que cada vez que olía eucaliptus lo retrotraía a Adrogué.

—Sí, vos trabajás con eso: la infancia y los olores. Cuando nombrás la plastilina… ¡Me había olvidado de la plastilina!
—La plastilina me mató.

—Retomando…
—Sí, entonces empecé a hablar con la gente, los locales, y los norteamericanos decían “no siento ningún olor distinto” y acá hay algo, una historia, la pregunta, una pregunta por el olor, que es lo que en nuestra sociedad no se hace. Nuestra sociedad busca acallar los olores. De perfumes y comida se habla. Pero no se habla del olor a chivo, el olor vaginal, el olor genital masculino. Y a mí siempre me interesó cómo se construye el buen gusto, lo escatológico, cómo una sociedad determina de lo que se habla porque va cambiando con los años. Una de las formas para estudiar esto es analizando las publicidades. Tomé mucho archivo de Caras y Caretas, la revista Gente; ahí hay mucha publicidad de antitranspirante vaginal en los 60 y ahora no hay. Y quizás la pregunta sea: ¿por qué en esa época sí y ahora no? Analizar la publicidad te ayuda mucho a ver los deseos de un imaginario de una época. Es lo mismo con las publicidades machistas o los cigarrillos. La de Brahma, por ejemplo: dentro de doscientos años un arqueólogo verá esa publicidad y podrá reconstruir la imagen de hoy porque es lo que se sedimenta. Una cosa que me fascinaba de los gimnasios en Estados Unidos, que era gracioso porque mucho chico geek y una contradicción en la imagen: había un olor a transpiración tremendo y era distinto al olor a transpiración de los gimnasios de Buenos Aires. Tiene mucho que ver con la dieta. Uno huele a otra persona y, la gente no lo piensa, pero el olor es información. Entonces estás en plena comunicación silenciosa, es un diálogo. En vez de palabras es por olores. A través de olores podés saber si comió o no ajo.

—El libro tiene mucho valor literario, además.
—A mí siempre me gustaron los libros de historia cultural. Este subgénero Culture and History, te abre los ojos: son cosas de la vida cotidiana que quizás nunca lo pensaste. Hace años entrevisté a un alemán, que escribió un libro muy lindo, La materia oscura de la mierda, y tiene algo que nunca había pensado: un análisis casi religioso de la mierda de Cristo. La pregunta es: ¿cagaba Cristo? Porque si cagaba habla de la corrupción del cuerpo que contrasta con la figura de la deidad. Hay otros sobre la borrachera, la fealdad. Siempre me gustaron y yo no quería hacer un libro de ciencia.

—Ardua tarea la de encuadrar el tema.
—Quería delimitar en el libro qué iba a contar, no quería hacer toda una historia: empecé a abrir puertas. Abría una puerta y se me abrían dos más. Iba a laboratorios, me contaban historias y más historias pero entrevisté a sociólogos, antropólogos, artistas, músicos. También ocurrió porque es mi trabajo, me invitan a conferencias sobre otros temas, fui al Archivo Nacional en París, o a Suecia, y ahí encontraba historias. Quería que fuese un libro bien escrito. Mi gran favorita es Leila Guerriero y cuando yo trabajaba en Radar, Claudio Zeiger me dijo que reseñara Los suicidas del fin del mundo – Crónica de un pueblo patagónico. Fue el primer libro que reseñé, siempre la admiré, Leila tiena eso de ser orfebre de la palabra. Y fui alumno de Christian Ferrer, el sociólogo, a quien también admiro mucho, y Alan Pauls. Esa es mi tríada de estilo. Sobre todo en esta época de tanta diarrea escritural yoica, sobre todo en internet y el periodismo de publicar y publicar, tomarse el tiempo porque una frase te quede linda: el periodismo de calidad. Quise hacer un libro profundo y, claro, cómo delimitar. Empecé a contar historias, del presente, la psicología… Me metía en un shopping y veía que cada local tenía un olor, el marketing olfativo. Y vos que decís que tenés esta cosa con Inglaterra, por ejemplo, descubrí a George Orwell era un virtuoso nasal. Hay una biografía que se llama The Nose of George Orwell, un libro muy lindo. Él dice que las cuatro peores palabras en inglés son “las clases bajas huelen”. Además de tener muchas descripciones en sus libros sobre el olor, Orwell describía lo que él llama the great unwashed, que son los que no se bañaban, las clases populares. Estuve en Versalles y me fascinó su contradicción. Porque el relato de Francia es “los perfumes, la delicadeza” pero Versalles fue construido sobre un pantano. Siempre me fascinaron las películas históricas y la gente con los dientes blancos; ahí pienso que tenemos una versión desodorizada del pasado porque vemos, como en las películas, y no pensamos en el olor a culo, a transpiración, y entonces cómo convivir en ese universo aromático.

—La importancia de los olores.
—Fijate la importancia que tienen los olores en nuestra vida cotidiana y, sin embargo, vivimos en una sociedad, una cultura, que no los pone en su lugar. Olvidate de la historia. Vivimos en una sociedad tan visual, tan con las pantallas que todos sabemos los efectos que tienen los olores y sin embargo es algo de lo que se calla, no se habla. Hay que desnaturalizar esta operación de ocultamiento, de silenciamiento. Entonces hay que pensar cómo cada persona es un combo de olor.

—Hasta el encuentro de culturas a través de los olores.
—Empecé a contar historias y, por ejemplo, esto del choque de culturas entre Moctezuma y Cortés, imaginar escenas así. Porque siempre cuando uno piensa en pueblos originarios piensa desde Occidente y dice: “Qué sucios habrán sido”. Y no: eran muy limpios. Hay hasta una mirada aromatocéntrica -estoy inventando una palabra-. En cambio, los españoles eran muy sucios. Por ejemplo: cuando asumió el presidente Fernández se habló mucho del olor a choripán. Y esto es muy interesante hasta sociológicamente. El choripán es un alimento transversal de la sociedad argentina: está tanto en los restaurantes más caros como en los más pobres. Y sin embargo se relaciona el olor a choripán con el pueblo. Casi siempre el que “huele mal” es el otro. Lo hablo en el capítulo de los prejuicios. El “olor a judío” está en el discurso nazi. Son argumentaciones como el “olor del negro”, “olor del inmigrante”, “olor del refugiado” para señalar la otredad del otro. Porque está cargado de vergüenza y está asociado con la animalidad. Vivimos en una época de vigilancia permanente, no solo por nuestros olores: olor a transpiración, olor a mal aliento; sino en el otro. Y analizando esto se ve en muchos trabajos antropológicos de diplomáticos, negociaciones, una comitiva de la India va a los Estados Unidos, se juntan en un puesto y todo huele un montón. Entonces, no se puede desconocer esto. Es como nos pasa en el subte, en el colectivo: el olor a cuerpo, el olor a masa, es el olor del ser humano. El ser humano huele, somos materia oliente.

—Lo decís muy claro en el libro: casi todo “huele mal”.
—Por fuera y por dentro. Es muy gracioso. Yo soy muy escatológico pero pensá en el Papa, Mirtha Legrand, Susana Giménez, todos hacen caca, se tiran pedos, porque si no, no son humanos.

—Qué genial eso que relatás sobre los pedos: pensaban que eran posesiones demoníacas…
—Es genial. Mi papá es otorrinolaringólogo y mi mamá es obstetra. Y una cosa que te dicen los cirujanos, los médicos, los dentistas, es que cuando hacen operaciones hay olor a mierda porque es el olor interior del cuerpo. Cuando se abre hay un olor intestinal, un olor en las encías, cuando se quema la carne… es un olor que tiene que ver con la materia, las bacterias. Entonces vos podés ponerte el perfume más caro del mundo pero por dentro todos olemos mal.

—Todo es cultural.
—Eso es lo interesante: cada cultura tiene su imaginario olfativo y en la Argentina también. El tema es cómo deconstruir, cómo encontrar eso. Y mi trabajo fue, sobre todo con el pasado. A Buenos Aires, cuando la describís, ¿qué decís? Para hacerlo recurrí a crónicas de extranjeros. Darwin, cuando estuvo en Argentina, la describe muy bien, como el olor del asado. La historia del asado es genial.

—Que comió asado sin parar dice en el libro.
—El asado, como lo conocemos, es muy de fines de siglo XIX porque el asado antes se hacía como el de campo, con una estaca. Pero el asado, por la dieta de las vacas, había que hacerlo hervido porque era muy duro. Entonces, el asado de parrilla es muy fines de siglo XIX. Lo comían con la piel, pero esas son técnicas de asado. Lo dice mucho Balmaceda, con historias de qué se comida en el pasado. Entonces, cuando describo que habla del olor podemos hablar del olor a las ciudades, el puerto, pero también el olor de la comida. Todos sabemos cómo el olor de la comida nos impacta. Entonces pensé qué comía Saavedra, qué comía Belgrano… Balmaceda tiene un libro sobre la comida del Bicentenario, de la Revolución de Mayo. Hay muchos antropólogos argentinos que trabajan con la ficción de Esteban Echeverría.

—Bueno, me fui inmediatamente a El Matadero, por supuesto, leyendo la parte de Buenos Aires en Odorama.
—Claro, está esa relación. Pensemos en una ciudad como Buenos Aires sin cloacas, sin agua, ¿cómo se bañaban, cómo lavaban la ropa, dónde tiraban los perros y los gatos muertos? Y esto pasó hace 150 años, o sea, ayer. Te sirve para valorizar el presente.

 

Fotos: Alejandra López.

 

—Hay mucha referencia literaria, además de la filosófica y antropológica, claro.
—Sí, constante. Con la aparición de los higienistas, se empiezan a limpiar pantanos, cementerios, cloacas, se busca que la gente tenga un régimen de limpieza. Los pantanos se limpian porque se cree que ahí empiezan las enfermedades. Uno de los peores lugares para vivir es cerca de los centros de batalla porque se piensa, también, que la muerte produce enfermedades. Pero se borra en la sociedad el concepto del mal olor y surgen escritores que recuperan el olor: aparece Flaubert, Balzac. Xul Solar describe mucho los olores de los cuartos, de las ciudades, habla del olor seminal, del semen del que vive solo, describe el olor de la cebolla. Empieza a haber descripciones. O Baudelaire con sus Flores del mal. El olor empieza a ingresar a la literatura. Víctor Hugo habla mucho del olor suburbano. Y Oscar Wilde, también, hay muchas descripciones de cómo era su celda; para criticarlo decían que era un masturbador serial y que rociaba con semen todo el lugar. El Marqués de Sade dice: “La mierda escrita no huele”. Cortázar tiene muchas relaciones olfativas, en Un tal Lucas hay un capítulo donde escribe que Lucas, que es claramente él mismo, dice que tiene toda una neurosis con ir al baño, con ir a cagar, no solo por el ruido sino por el olor. Hay un libro, obvio, que es El perfume, que lo leí a mis quince años y me marcó mucho en el lenguaje. Lo que hace Süskind como figura me encanta: es como Pynchon, no da entrevistas, o Salinger. Hay dos o tres fotos, nada más. Y como figura literaria es genial eso. Lo interesante de este libro son los términos, el vocabulario, para hablar de los olores. Cuando uno habla de los olores se refiere siempre a la fuente: huele a café, a limón, huele a culo, lo que sea. Pero no podemos decir como los colores: este es un color suave…

—¿Y a qué lo referís?

—Está la analogía con la música: en el mundo del perfume se utiliza mucho la referencia con lo musical, “las notas”. En el cerebro la parte del lenguaje no está conectada con la parte olfativa. Es muy interesante para analizarlo desde el punto de vista antropológico, cómo es que los esquimales tienen veinte palabras para la nieve, y así. Está estudiado que ciertas tribus que viven en la selva, donde sí necesitan tener un vocabulario mucho más fuerte con el olor para sobrevivir, tienen más palabras para el olor al pis del tigre, por ejemplo. Otro que me fascina es Borges con El libro de los seres imaginarios; en un capítulo describe a la pantera que los bestiarios medievales la definen como un ser con un aliento fragante porque, en realidad, es una analogía, en el cristianismo, a Jesús. En todos los bestiarios medievales aparece la pantera negra liderando a la gente, que le tiene miedo al Dragón, que es la simbología del diablo, y que siempre con un aliento dulce. Lo que hace Borges es describir el olor de la pantera.

—Hablás mucho de recuperar los olores perdidos.
—Porque te sirve para revalorar la cultura. Hay una artista alemana, Sissel Tolaas, que busca hacer una especie de biblioteca de olores. En Versalles hay una que intenta guardar todos los perfumes, pero Tolaas busca “el olor de la campera de los setenta”, “el olor de los Sex Pixtols”. Hay una anécdota muy linda de Kurt Cobain: “Smells Like Teen Spirit” no es “Huele a espíritu adolescente”. “Teen Spirit” es una marca de desodorante femenino. La anécdota cuenta que Cobain se quedó en lo de una chica; una vez dormido, ella lo rocía con el desodorante y deja escrito en un espejo “Kurt smells like Teen Spirit”. Y quedó en una canción. Yo me pregunto cómo olía David Bowie, eso te abre un mundo porque habla de una época. En tiempos pre-Comañón existían esos sucuchos subterráneos para recitales… Van cambiando los tiempos y esos olores desaparecen, ni siquiera los pensamos, no les damos importancia. Entonces reconstruir es también una parte de la historia.

—Hay una parte que dice algo así como que el que huele bien es porque en realidad huele mal y el que no huele es el que verdaderamente huele bien.
—Eso es un adagio romano. Por ejemplo, se pensaba que los griegos se llenaban de perfumes que venían de Persia, pero pasaron los siglos y se asoció la gente que usaba perfume a la decadencia porque era “el extranjero”. Pasa lo mismo en la Revolución Francesa, la gente perfumada era mal vista porque cuando surge la burguesía se asocia el perfume con la realeza. Cada época tiene su imaginario. Las librerías deberían revalorizar como frase de marketing el olor de los libros, no digo para competir con los electrónicos, pero el olor del libro lo entendemos con una relación emocional. El olor de los libros editados en Estados Unidos huele distinto a los publicados en la Argentina porque es química, es la tinta, el papel. Entonces oler un libro te produce una conexión emocional con el objeto libro. Yo busco historias. Mi trabajo como periodista es contar historias. Yo no busco explicar o divulgar la ciencia o esa cosa pedagógica. Mi rol es contar, bien escrito pensando siempre en el lector, y el mundo de los olores está lleno de historias. Ahí está lo interesante.

 

Posteos Relacionados