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Javier Sinay: Una crónica del amor

 

Desde Buenos Aires hasta Japón, atravesando Europa y Asia, siempre hacia el Este, Javier Sinay se lanzó a la aventura en un viaje que planificó durante tres meses con el objeto de reencontrarse con su novia, Higashi, que estaba en Kyoto estudiando el chado, la ceremonia del té. En Camino al Este (Planeta) cuenta su crónica.

 

Entrevista a Javier Sinay

 

POR MALENA REY

 

“Si yo era capaz de ir a buscar a una mujer al otro lado del mundo, ¿de qué cosas las personas eran capaces por amor?”, se pregunta este cronista en pleno siglo XXI. Las respuestas posibles están en Camino al Este, un libro sobre las formas que toma el amor en la era de las relaciones 2.0, organizado a partir de la propia experiencia amorosa y del relato de amores y desamores de otros, de a saltos por las ciudades que Sinay va visitando (Barcelona, París, Berlín, Grodno, Moscú, Ekaterimburgo, Omsk, Ulaanbaatar, Pekín y Tokio, entre varias otras). Un libro que se lee como una novela de aventuras, o como una reflexión sobre los vínculos a distancia y las nuevas formas de soledad. Camino al Este es un viaje hacia el amor, esa fuente inagotable e inextinguible de historias felices y trágicas.

Vean el booktrailer aquí.

 

 

 

Otros libros de periodismo narrativo nacen de la curiosidad sobre un personaje o una historia que no se contó, y en Camino al Este la curiosidad no está en el origen del viaje. Vos contás que es tu novia la que decide irse a vivir a otro país durante un año, y que esta situación justo coincide con que repentinamente te quedás sin trabajo. ¿Seguís creyendo que la curiosidad es tan determinante a la hora de salir de tu zona de confort para escribir?

Sí, totalmente. La curiosidad y la falta de prejuicios, porque si tenés prejuicios, atentan contra lo que puedas ver o descubrir. La curiosidad es un motor que tiene mucho que ver con la relación que tiene uno con el mundo y con las otras personas. Cuando estás más lejos de tu país, y esto me pasó en Rusia o Mongolia, la curiosidad funciona distinto, está como en su auge. Creo que hay que ser curioso para hacer periodismo y para escribir no ficción. Es fundamental.

 

Lo pensaba en relación al siglo XXI. Un viajero del siglo XVIII o XIX tenía que salir a ver qué había en el mundo, pero ahora vos antes de emprender el viaje ya habías googleado todo y armado un itinerario de antemano. ¿Cuánto queda librado al azar en un viaje tan largo que uno prepara con tanta anticipación?

Hay algo que dijo Caparrós que me resonó mucho. Está el viajero, el mochilero, que viaja sin plan; está el turista, que viaja consumiendo de una manera muy fuerte; y en el medio está el cronista, que viaja con un plan que tiene que ver con lo cultural o con lo humano. Y en este tipo de viaje la curiosidad es muy importante, porque es verdad que yo tenía un itinerario, y viajaba con Google Maps, y me ubicaba bastante rápido en las ciudades gracias al teléfono, pero las cosas más interesantes siempre pasan cuando los planes se rompen. Eso no quiere decir que tenga que haber problemas o peligros, sino pequeños desengranajes de la máquina que uno preparó, que se vuelven muy interesantes porque te permiten conocer más sobre el lugar.

 

Sin embargo, en el viaje que contás en el libro salió todo muy bien. Pareciera que no hubo adversidad al enfrentarte a una serie de culturas tan diferentes, como si todo hubiera sido muy fluido. ¿Fue realmente así?

Estuve tres meses preparando el viaje, y funcionó todo perfecto en ese sentido. Creí que podía tener algún problema, porque forzosamente pensé que algún policía en la aduana me iba a parar. Me paró un solo policía en Moscú. Un patrullero frenó al lado mío, bajó un policía, me pidió documentos, le di mi pasaporte y ahí tenía la visa que decía “prensa” en ruso. Lo vio y me dijo “da da”, que es sí. Y se fue. Por un milagro no me pidió plata. Y eso que yo no tenía una cosa que se llama “registración”, que tienen que hacer los extranjeros. Es tan burocrático todo en Rusia y hay tantas normas que nadie termina de saber todo. Entonces, este policía probablemente no sabía que yo estaba en falta. Todo salió muy bien en ese sentido, y en parte para mí eso era un problema a la hora de escribir. ¿Dónde está el conflicto? Los libros de viaje se ponen buenos cuando el explorador está a punto de ser comido por un león… Pero esa preocupación la tenía antes de ponerme a escribir. Mientras escribía me daba cuenta de que los conflictos están o en las historias de los demás, o en algunas cosas que yo traigo del pasado, o en la distancia con Higashi, que quizás es una inquietud, no un conflicto. En ese sentido no hay un solo conflicto en todo el libro, porque hay muchos conflictos pequeños o medianos.

 

Dos pasajeras del Transiberiano.

 

El libro narra con detalle tus relaciones amorosas de un modo muy íntimo. En un momento en el que todos exponen sus vidas en las redes, me pareció interesante hacer convivir el pasado de tus relaciones procesadas por la reflexión. ¿No sentías que te estabas exponiendo demasiado?

Por un lado lo hice porque me parecía que si yo estaba haciendo una crónica sobre los vínculos, tenía que incluir lo que yo pensaba sobre ellos. Hacían sistema con el resto de las historias del libro. Por otra parte, en los tiempos de las redes sociales ya todos estamos mostrando todo. Para mí este libro es una crónica de viaje y también es un reportaje sobre el amor moderno. Entonces mi vida tenía informaciones útiles para entender mejor de qué se trata el amor moderno. También leí mucho a Carrère, me dejé impregnar por ese tipo de literatura. Son esas tres cosas: las redes sociales, Carrèrey el reportaje. Es muy de esta era mostrar mucho. La misión de mostrar esto era para mí hacerlo convivir con las historias de los demás, y ver qué había en común o qué contrastes se armaban con esa gente de otros países.

 

En Camino al Este está muy presente el amor romántico como concepto, que ahora está siendo bastante atacado. Cruzar los continentes en un viaje hacia el amor es un gesto romántico. Pero a medida que vas recuperando las otras historias, lo que prima es la tragedia detrás de ese amor…

El amor es complejo y variado. Tiene muchas caras. Y para mí el amor, el desamor, la compañía, la soledad y la sexualidad son los planetas de ese universo. Estaban todos al mismo nivel. Yo era consciente de que mi historia podía ser leída como “romántica”, y me fijaba qué contrapeso hacía por ejemplo con el bloque sobre Rusia, que es súper oscuro. Traté de que todos esos planetas estuvieran bien representados. Y traté de presentar el viaje no como una odisea romántica sino como una idea loca de trasnoche que después funcionó bien. Obviamente que hay algo romántico también, pero nunca me creí que era un poeta decimonónico cruzando el océano. Yo defiendo el amor romántico pero como parte de un universo, de un conjunto de relaciones que es más complejo que eso. No lo elimino de mi vida o de mi mirada, no lo ataco, pero lo veo en convivencia con otras cosas.

 

Muchas de las parejas o relaciones de amor de otros que vas describiendo están atravesadas por una idea patriarcal del amor, con violencias bastante explícitas y relaciones desiguales de poder. ¿Cómo percibiste que funcionaba el patriarcado en otras culturas en relación al amor?

Traté de ver cómo se daban los vínculos entre las personas, y cómo esos vínculos estaban dentro de un marco histórico, social y político en diferentes países. Más hacia el Lejano Oriente se ve que hay más soledad, y se ve que por ejemplo las historias de amor tienen mucho de obligatorio a veces, en el tema del matrimonio arreglado en Pekín, con los padres yendo a elegir la pareja a sus hijas a una plaza. O en el tema de que en Japón en la primera cita se preguntan cuánto ganan, y en base a eso se evalúa si la pareja puede funcionar. Lo material está ahí. Están muy presentes las historias de dominación de género.

 

 

La soledad es una protagonista más del viaje. ¿En qué cambió lo que sabías de antemano sobre tu soledad durante los cinco meses que pasaste lejos de tu casa?

Creo que me hubiera sentido solo si me quedaba acá, en Buenos Aires, como corresponsal del diario para el que trabajaba. Pero al estar en movimiento es como que estás siempre haciendo algo. Todo se vuelve más dinámico: una sucesión de acontecimientos que le dejan menos espacio a la soledad. Si me quedaba, iba a vivir acá lo que Barthes llamó “la vida demoníaca de un enamorado”. Creo que las relaciones a distancia generan mucha ansiedad, muchos malentendidos, y me podrían haber invadido si me quedaba acá. Pero fueron días de acción, uno detrás de otro. Y las relaciones a distancia, aunque estés moviéndote y puedas evitar ese desfasaje entre contacto y distancia por teléfono, tienen su lado positivo: estás tan en contacto con la otra persona que se evita un poco la melancolía. Son raras las relaciones a distancia, porque pueden salir muy mal, o más o menos bien, como en mi caso. Si queremos hacer un retrato del amor moderno, la distancia es una parte, y las apps de citas son otras. ¡Y yo viví las dos, porque conocí a mi pareja por happn! Quería contarlo por eso.No me sentí solo cuando hice el viaje, porque no podía pararme a pensar demasiado.

 

¿Cómo ibas organizando la información en tu cabeza? Porque parte de las cosas que viviste las subías a las redes en tiempo real, otras historias, como las del tren transiberiano, fueron apareciendo en medios como La Nación, y otras quedaron exclusivamente para el libro.

Iba escribiendo un diario de viaje, y ahí iba probando la potencia narrativa de las historias que me pasaban cada día. Me iba dando cuenta si servían o no, si se veían emocionantes en papel. Fueron tres libretas grandes manuscritas las que me traje. Y algunos párrafos los transcribí directo en el libro. Para las notas que escribía usaba poco del material de los cuadernos. Traté de tener separados los registros y los temas, pero hay algunos que terminaron igual en el libro. El capítulo 2 del tren transiberiano viene de una nota, y la historia del señor de Pekín también. Fue bastante acelerado todo. Si tenía tiempo para pre-producir las historias, lo hacía, pero a veces no había tiempo para nada.

 

En un momento decís que “No se viaja en busca de respuestas sino de preguntas más adecuadas”. ¿Qué preguntas se volvieron más precisas?

A mí no me cuesta nada ponerme existencialista. En ese sentido, el viaje me sirvió para cambiar mis preguntas sobre la vida, sobre qué hace uno en este lugar, en esta ciudad. Cuando uno sale y se va tan lejos y tanto tiempo, ve las cosas en perspectiva. Me di cuenta de que este es un rincón en el mundo, y de que hay muchos rincones más. Ocurren cosas en simultáneo en todos los rincones. Yo estaba en ese momento sin un trabajo fijo y volví y no pasó nada grave. No me había perdido nada. No estaba más pobre. Había logrado financiarme el viaje y no es que tenía que mendigar (bueno, estuve seis meses sin heladera…), pero me sirvió para desdramatizar un poco la vida cotidiana. Yo siempre había trabajado mucho y corrido de un trabajo a otro, y esto fue un paréntesis muy grande. Me sirvió para preguntarme qué no quiero hacer bajo ninguna circunstancia en mi rutina, en mi vida, en mi trabajo.

 

La cultura oriental tiene una conciencia más radical sobre el tiempo. Está más ritualizado el tiempo que uno le dedica a cada cosa. ¿Pudiste incorporar algo de eso?

Está el precepto zen de vaciar la mente, y acá la mente la tenemos llena, como si quisiéramos completarla. Es una cosa de locos. Japón es el lugar más diferente a Argentina que yo conocí. Todo es lo opuesto: en lo que acá somos buenos, allá son malos y viceversa. Y te da una clarivisión total para ver a Argentina en todos los detalles. Lo solitarios que son frente a lo educados que son. El respeto total que tienen por todo el mundo: eso es muy bueno. ¡Tokio es la ciudad más poblada del mundo y no hay delitos! Es una locura.

 

¿De todas estas ciudades que fuiste conociendo, cuál le recomendarías a un viajero que quiere descubrir cosas nuevas?

Ulaanbaatar, la capital de Mongolia. Porque tiene tanta cultura y tantas tradiciones, y tanta relación con la naturaleza, que es impresionante. No es ni Rusia ni China, es un poco y un poco, porque está ahí en el medio, entre dos gigantes. Y otro tercio es lo propio de ellos, que ya está un poco desgastado. Mongolia es el país más vacío del mundo. ¡Y está al lado de China! Es un pueblo que está muy relacionado con las águilas, con los caballos. En el pasado eran guerreros tremendos (en el siglo XIII tuvieron el imperio más grande que la humanidad haya conocido) y hoy son gente tímida, sencilla. Es muy loco eso. Tienen un instrumento increíble que es un violín de dos cuerdas llamado moorin huurque tiene una música hermosa. Hay cosas con las que uno conecta y no sabe por qué. La música de ese violín me emociona mucho. La descubrí en YouTube cuando estaba preparando el viaje y viendo qué historias quería contar. Y encontré de Ulaanbaatar muchos videos de músicos folklóricos tocando ese violín, y deseé profundamente entrevistar a uno de ellos, conocerlo, y hacer un video en la naturaleza. Cuando lo hice fue muy emocionante. Yo soy muy racional, y pocas veces en la vida recibí tanta felicidad de algo sensorial que no pueda explicar, que no entiendo de dónde viene. Salí un viernes a la noche por Ulanbataar y toda la gente tímida de noche se pone muy fiestera. Hablé con una señora medio bruja ahí y me dijo “seguramente tuviste ancestros mongoles…».

 

 

 

 

 

 

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