Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

«El mejor sitio para un artista es estar entre dos sillas», Juan Villoro

[vc_row][vc_column][vc_column_text]

Un encuentro entre mexicanos: el escritor Juan Villoro y el crítico cultural Rafael Toriz se sentaron a hablar. Y lo hicieron a conciencia. El autor (Premio Herralde, entre tantos, en 2004) fue invitado al reciente Congreso de la Lengua en nuestro país, y para presentar Mente y escritura (Malba, 2018). Hombre de letras pero también de un pensamiento profundo, analítico, mordaz, no deja tema sin tratar. Una entrevista extraordinaria, realmente.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row el_id=»padding-contenido» css=».vc_custom_1549998210668{padding-right: 40px !important;padding-left: 40px !important;}»][vc_column][vc_column_text el_class=»texto-contenido»]

 

POR RAFAEL TORIZ

Durante el otoño austral de 2018, Juan Villoro dictó en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires la conferencia titulada La conciencia narrativa, que ahora se publica en la colección de literatura del MALBA bajo el nombre de Mente y escritura. El texto me resulta entrañable por dos circunstancias. La primera es porque dentro del género periodístico en sí mismo que consiste la entrevista con Villoro, un lugar común que se visita cada tanto como una fuente en una plaza, existe el subgénero específico que es hablar de la traducción de literatura. La segunda es porque el sentido de su texto orbita alrededor de la obra y figura de Sergio Pitol, amigo y maestro de varias generaciones dentro y fuera de México (incluso entre quienes no fueron sus alumnos en al aula.) y sobre todo para quienes lo conocimos en Xalapa. Pitol, qué duda cabe, fe primus inter pares dentro de la cofradía de los excéntricos del lenguaje y no solo por su obra narrativa, sino de manera muy especial por su labor como traductor, oficio que desarrolló utilizando como fachada la carrera diplomática para vertir a la lengua hispanoamericana pasiones rusas, extrañezas polacas, delirios italianos y esperpentos ingleses. Basta mencionar obras sin paragón como Flush de Virginia Wolf, Las puertas del paraíso de Jerzy Andrzejewski, el Diario argentino de Gombrowicz, Un drama de casa de Antón Chéjov o Los papeles de Aspern de Henry James por mencionar algunos.

Minutos antes de la presentación del libro, en un sosegado día de otoño, conversé para Estación Libro con mi paisano.

 

Resulta difícil no pensar este ensayo como una suerte de elegía al amigo desaparecido, por eso te pregunto ¿quién y qué fue para ti Sergio Pitol?

Conocí a Sergio Pitol cuando tenía 20 años, habíamos sido invitados a participar en el ciclo Encuentro de generaciones, que reunía a un autor consagrado con un principiante. Fue un ciclo que inició Octavio Paz. Él llevaba más de 20 años viviendo fuera del país, era un escritor de minorías, muy apreciado por un núcleo de lectores pero poco conocido (él mismo no se consideraba un consagrado). Desde ese momento Sergio fue no solo un amigo sino una suerte de mentor. Él vivía en Moscú, había traducido ya muchos libros del polaco, italiano, del francés, el inglés y del ruso y se propuso la tarea de adiestrarme. Era la época en la que gente se escribía cartas y me mandaba recomendaciones de lectura, consejos para mi incipiente trayectoria literaria de manera extraordinariamente generosa. Desde entonces y hasta su muerte fue un referente. Por ello fue particularmente doloroso ver la paulatina pérdida de sus facultades, sobre todo la memoria, luego la facultad de escribir y finalmente el habla. Este pequeño libro es también el testimonio del eclipse de una mente privilegiada que de alguna manera me daba una última lección: tomar la fatalidad con entereza y buen humor y también la necesidad  de hablar de esto: ¿cuál es el misterio de cómo pensamos desde la literatura y quienes somos nosotros cuando lo hacemos? ¿Dominamos nuestro cerebro o es él quién nos controla a nosotros? Son preguntas abiertas.

 

Ya que mencionaste la anécdota de David Huerta y Octavio Paz, ¿no fue esa la ocasión en la que Roberto Bolaño y otros infrarrealistas llegaron a dinamitar la lectura?

En efecto, fue esa vez. Llegaron Bolaño y Mario Santiago a protestar contra el poeta establecido de México y comenzaron a insultarlo. Habían bebido los infrarrealistas, por lo que David amagó diciendo “lo que quieran con Octavio lo van a tener conmigo”, alguien espetó “están borrachos” y Octavio replicó “el alcoholismo no justifica la estupidez”.

 

Muy joven fuiste parte del Servicio Exterior Mexicano, como agregado cultural en Berlín Oriental, y señalas en tu texto que fue debido a los oficios de Sergio Pitol.

Sergio se había propuesto educarme y dado que él había tenido una fructífera labor en los países socialistas, y que por lo general hay poco trabajo para los diplomáticos, uno aprende otros idiomas y se relacionar con culturas interesantes. Sergio había estado en Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, la Unión Soviética y conspiró para que yo fuera a la República Democrática Alemana como agregado cultural. Yo había estudiado en el Colegio Alemán, conocía el idioma pero mantenía una relación neurótica con él. Fue él quien me recomendó ir a Alemania, cambiar mi relación con la lengua y traducir literatura. Gracias a esos empeños empecé a traducir y eso es parte de las muchas cosas que realicé por el impulso de Sergio.

 

Entonces tradujiste a Lichetenberg  gracias a Sergio Pitol.

La idea de Sergio es que un traductor se convierte en la sombra más próxima a un autor en la medida en que está obligado a pasar por todas y cada una de las palabras que escribió y a encontrar equivalencias en su lengua. Además, está obligado a pensar como él y encontrar acepciones que no necesariamente tienen que ver con el idioma sino con el entendimiento cultural de una realidad. Por ejemplo, Shakespeare en Romeo y Julieta habla de las nueve vidas que tiene un gato…

 

Cuando es sabido los gatos en español solo tienen siete.

Exacto, quizá a causa de la pobreza, nuestros gatos vienen al mundo con dos vidas menos. Por eso traducir no es solo verter literalmente las palabras sino encontrar equivalente conceptuales en tu cultura. Así que cuando él fue subdirector de Asuntos Culturales en el Servicio Exterior, me apoyó para ir a Berlín.

 

 

¿No te interesó hacer carrera diplomática?

Después de estar tres años en Alemania, Sergio me invitó a que trabajara con él en Checoslovaquia, cosa que me costaba rechazar por la relación de mentoría, pero pensé que se trataba de un idioma que yo no hablaba y al mismo tiempo no me había gustado ser diplomático porque es un mundo de representaciones y de oropel, de circunstancias simuladas que tiene poco que ver con la realidad. Tuve que tomar la decisión de seguir en ese mundo, que desde luego entraña comodidades, pero preferí regresar a la vida real con 27 años y no me arrepiento, porque la diplomacia me enseñó muchas cosas, entre otras, que no me gusta la diplomacia.

 

Volviste a México.

Volví a trabajar en la agencia de noticias Notimex, donde todos se burlaban de mí porque decían que yo había hecho mi currículum al revés: se empieza como periodista y se termina como diplomático, lo que entrañaba un fracaso total. Tuve un profesor en la facultad de sociología que nos decía “estudien muchachos o van a acabar de periodistas”. Empero el oficio me puso en contacto con la realidad y eso para un escritor es impagable.

 

Tu charla fue auspiciada por la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, lo que me lleva a preguntarte por el carácter refractario de una cultura como la mexicana frente al psicoanálisis, por decir lo menos.

Es difícil competir con Argentina respecto al interés por el psicoanálisis, pero soy hijo y hermano de psicoanalistas. Como escritor me ha interesado la obra de Arthur Schnitzler, de quien traduje sus cuentos y quien fue un escritor cercano a los procesos del inconsciente. La historia de la literatura tiene que ver con la conquista de la mente, una progresiva introspección para la cual el psicoanálisis ha dado una gran cantidad de recursos. Creo sin embargo que es un prejuicio pensar que su ejercicio te aleja de la capacidad intuitiva. Carlos Fuentes decía que de haberse psicoanalizado sus obras se hubieran quedado en el diván. Yo no lo creo.

 

Llevando la inquietud a la terapéutica de la sociedad, sobre todo ahora que el tema de todos los días en México tiene que ver con las víctimas de la violencia por el crimen organizado, es el tratamiento de las víctimas, en batallas complicadas que ha analizado con mucha claridad David Rieff al respecto de la posibilidad de justicia o paz social, que son mutuamente excluyentes. ¿Vislumbras nuevos prácticas políticas, una posible salida al horror con el nuevo gobierno?

México se ha convertido en una gigantesca necrópolis. Todo el país está sembrado de fosas comunes, se descubren cerca de cien cuerpos por mes, lo cual es una cuota de espanto absolutamente intolerable. Hace poco estuve en una reunión con padres de desaparecidos donde estuvo el poeta Javier Sicilia, cuyo hijo fue secuestrado, asesinado y finalmente encontrado y las madres le dijeron “Usted tiene la tranquilidad de poder llorar en una tumba cierta, nosotras ni siquiera tenemos ese consuelo”. Hoy en día encontrar a un hijo y tener una tumba para él es un privilegio del que no todos disponen; así de grave es la realidad. Perder un hijo es terrible, pero que desaparezca es aún peor. Hay tráfico de cadáveres, cuerpos a los que les borran las huellas digitales y fingen que se trata del hijo de una persona y se lo venden como si fuera su ser querido en las morgues. El Ministerio Público no da a basto para investigar los muchísimos casos de desaparecidos y son principalmente las mujeres las que van a buscarlos, muchas veces excavando con tapas de latas de conserva, sin herramientas apropiadas. En ocasiones las madres son criminalizadas por el propio Estado; tal fue el caso de las tumbas de Tetelcingo en Morelos, donde a una madre le desaparecieron, bajo el pretexto de una autopsia, el cuerpo de su hijo, y buscándolo dio con una fosa común donde estaba su hijo pero también cien cuerpos adicionales. Mientras tanto el gobernador de aquel estado, Graco Ramírez, abrió un proceso judicial en contra de esta mujer por excavar sin permiso en un cementerio particular. Esta historia revela que muchas veces las víctimas son culpabilizadas por el Estado por el solo hecho de estar buscando a la gente que han perdido. México no saldrá adelante si no encuentra la posibilidad de establecer una memoria de los desaparecidos y de ponerles a todos y cada uno de ellos nombre. No hay hasta el momento un registro de los desaparecidos. Hay una ONG llamada Data Cívica donde trabaja Mónica Meltis que está tratando de hacer el trabajo que no hace el Estado mexicano, que es el saber, por lo menos, quienes son las personas que no están con nosotros. La memoria desde luego no puede reparar la vida desaparecida, pero puede ofrecer un tribunal compensatorio de la ética que nos recuerde que eso no puede volver a suceder.

 

Para volver a tu libro, que resulta una apuesta por la verdad novelesca, por las indeterminaciones propias del lenguaje que duda sin afirmar, que interroga más que califica, ¿cuál sería el lugar del saber literario en tiempos del ágora digital?

La narración preserva la ambigüedad, lo que puede ser dicho y entendido de distintos modos. Una historia es susceptible de ser interpretada de maneras diferentes, completadas por los lectores. La narración es una reserva de sabiduría en la medida en que hoy en día abundan las condenaciones o las aceptaciones irrestrictas, muchas de ellas impulsivas, en este mundo donde aparentemente todos pueden pronunciarse en forma no necesariamente reflexiva; por ello las historias que nos cuenta la novela, el cuento, las formas híbridas de la crónica y la ficción nos permiten entender un mundo múltiple, variado, que tiene muchas formas de ser comprendido. ¿Quién puede decir cómo somos? Todos somos sujetos ambiguos, cualquier valoración de una persona debe ser necesariamente compleja y hasta contradictoria, y sin embargo vivimos en un momento en el que hay muchos discursos simplificadores: en las redes, en la publicidad, en la política. Parecería que entre una opción y otra no hay nada, sólo extremos opuestos. Distinguir que puede haber algo en medio me parece muy saludable y éticamente recomendable: el mejor sitio para un artista debe ser estar entre dos sillas, estar en ese hueco incómodo pero que no te define necesariamente en ninguno de los polos de la discusión. Mejor transitar el puente, el intersticio, una zona de comunicación entre realidades aparentemente discordantes.

 

Rafael Toriz y Juan Villoro

 

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Posteos Relacionados