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El fútbol como idioma

 

En un ciclo de conversaciones organizado por ESTACIÓN LIBRO y Boulevard Shopping de Adrogué, el periodista y autor Matías Bauso conversó con su colega, Andrés Burgo, periodista también, riverplatense y autor de varios libros: Ser de River, El partido, El último Maradona (en colaboración con Alejandro Wall), Diego dijo (con Marcelo Gantmann) y La final de nuestras vidas (Planeta), un relato urgido sobre la final de la Copa Libertadores que enfrentó a River y Boca. Este texto es mucho más que un instant book. Es una radiografía de la pasión, del miedo previo de los hinchas, de la alegría inconmensurable. En pocas semanas más edita por Planeta una nueva obra: River para Félix, un texto sobre el fútbol, sobre padres e hijos.

 

 

POR MATÍAS BAUSO

 

 

— ¿Cómo fue escribir La final de nuestras vidas? ¿Qué desafíos enfrentaste?
— A pesar del apuro, a pesar de tener que entregarlo en tiempo récord, me preocupé mucho por encontrar el tono que deseaba. No me interesaba escribir un libro sólo desde la condición de hincha. Quiero contar una historia también. En ese punto me doy el lujo, el gusto de juntar las dos cosas que más disfruto. La escritura y el fútbol. Escribir, desde una visión periodística, pero al mismo tiempo contar mi propia historia. No tengo una historia extraordinaria como hincha, pero sí una común al resto de los hinchas. Hacen falta voces que representen a la mayoría de los que vamos a la cancha, de cualquier equipo. La mayoría de los libros se refieren a proezas ajenas. Los que vamos a la tribuna compartimos un registro que no suele estar muy presente en los textos. El desafío era transmitir eso. Como el hincha común vive una circunstancia extraordinaria como esos partidos.

 

— Hace poco un periodista deportivo salió a confesar, en una revista del espectáculo, de qué equipo era hincha. ¿Cuál es tu relación con ese tema teniendo en cuenta que desde el principio todos saben de tu identificación con River?
— Para mí no debería ser un problema. Varsky es de Boca y es un gran periodista. Matías Martin dice que es de River y es un gran periodista. Es comprensible que periodistas que van cada domingo a una cancha diferente no puedan o no quieran decirlo. No hay demasiada tolerancia actualmente. En Rosario no podés decir que sos de Central e ir a cubrir los partidos o entrenamientos de Newell’s. Entiendo, entonces, a quién no lo dice. A mí no me cuesta ningún esfuerzo separar al hincha del periodista. Cuando trabajo, trabajo. Es como los jugadores. Son hinchas de algún equipo, pero se esfuerzan al máximo por el que están jugando. Lo tengo claro.

 

— ¿Vos creés que podrías trabajar en la Bombonera?
— Fui este año. Porque uno de mis trabajos es para la Gaceta de Tucumán y cubrí el partido entre Boca y Atlético Tucumán en febrero. Dudé, pero después me dije: «¿Qué problema va a haber? ¿Quién me conoce?». Llegué tres horas antes. No había nadie en la cancha. Solo me crucé con el que controla la credencial. La miró y me dijo, risueño: «Flaco, te hiciste millonario con nosotros». Con la primera persona que me cruzaba y ya me había reconocido. Me encerré en la cabina de un medio tucumano y no salí más de ahí. Además como no hay público visitante, uno ya perdió el hábito de ir a otra cancha que no sea la tuya.

 

— El libro tiene un elemento que me llamó la atención y se relaciona con este tema. Es un texto de un hincha de River que cuenta su alegría máxima: ganarle la final de la Libertadores a su clásico rival, pero no tiene nada de «cabeza de termo». No hay burlas, cargadas ni menosprecio por Boca. No hay regodeo en el dolor ajeno. Hay respeto por el rival. Me hizo acordar a un libro de Fontanarrosa, No te vayas campeón, para mí el mejor libro de fútbol publicado en Argentina, en el que tiene que escribir sobre dos o tres equipos de Newell’s. Y él, furioso hincha de Central, lo hace con respeto, hidalguía y humor.
— Hace poco Martín Kohan me dijo algo parecido. En otras palabras me dijo que estaba muy bien que no hubiera chicanas. Yo no me lo hubiera permitido. Creo que no es cierto que nacemos de un equipo. Nos hacemos de ese equipo. Muchos somos hinchas del equipo de nuestro papá. Yo soy de River porque mi papá lo era. Yo quería ser hincha del equipo de mi viejo. Después todos queremos que nuestros hijos sean hinchas de nuestro equipo. Que yo sea de River se dio casi por una circunstancia anecdótica, mi papá se hizo hincha de River por un hecho absolutamente trivial. Así que podría haber sido de otro. No me gustan los equipos siempre ganadores, soberbios. Y River con su gran caída y sus grandes victorias en los últimos tiempos aprendió a perder y a ganar.

 

— Escribiste otro libro sobre tu club: Ser de River. Era un texto diametralmente opuesto. Sobre la derrota, sobre el descenso. Y debió haber sido un fracaso comercial (¿a quién le gusta leer sobre su propio derrumbe?) pero fue un gran éxito que superó los quince mil ejemplares.
— Era otro país también, otro mercado editorial. Era diciembre del 2011. Tiene el mismo registro que La final de nuestras vidas. Los capítulos periodísticos se alternan con los de hincha. El tema es el contrario. Pero el tono es similar. Nació medio de casualidad. Le propuse a mi editor ir a la cancha todos los domingos a contar historias y con eso hacer un libro. Y nos atravesó el descenso. Era una época en que los libros de fútbol no vendían.

 

— Ni siquiera se editaban. Eso lo cambió Marcelo Panozzo desde Sudamericana que sacó el tuyo, Academia Carajo de Wall, uno sobre Messi, el de Bielsa de Román Iucht, la antología de Panzeri que compilé y el de Grabia sobre La 12.
— No iba a publicar el libro por el descenso, casi lo había decidido. No quería que fuera funcional a las cargadas. El que me convenció de editarlo fue Ezequiel Fernández Moores. Era arriesgado. Hablar de la derrota propia en el fútbol argentino es condenable y peligroso. Creo que lo que permitió que tuviera ese recorrido fue que no hubiera redes sociales.

 

— ¿Qué hubiera pasado si River perdía la final de la Libertadores? ¿Hubieras vuelto a escribir sobre la derrota?
— No habría libro. O existiría con otro título y con un autor de Boca. Apenas clasificamos para la final me llamaron de Planeta; a mí y a un escritor de Boca. La idea inicial era escribir un libro a cuatro manos. Yo dije que no. Si River perdía yo no iba a escribir. Ya había hablado de la derrota. Suficiente para mí. Sólo escribiría en caso de salir campeones. Y cuando terminó el partido y estaba bajando las escaleras del Bernabeu, eufórico, me dije: «¡El libro!».

 

— ¿Cuándo decidiste ir a Madrid? ¿Te mentiste y dijiste que viajabas solo por el libro?
— Saqué pasaje la noche anterior a partir. Un día y medio antes del partido. Muy sobre la hora. Fue mitad y mitad. Por un lado mi condición de hincha me exigía estar y sabía que al libro le iba a hacer mejor, si River ganaba, que yo estuviera ahí. El título lo encontré bajando esas escaleras. Le dije a mi amigo: «Acabamos de ver el partido de nuestras vidas».

 

— El dolor futbolístico fideliza. ¿Cómo te llevás con la alegría?
— Yo no sabía que el fútbol te puede hacer tan feliz. Nadie sabía. Una felicidad que te desborda el pecho. algo maravilloso. Yo estoy convencido de que River me hizo más feliz ahora. Pero, al mismo tiempo, yo fui más de River en la B. No me llevo mal con ese River de la B, fue una experiencia.

 

— Si vos hubieras empezado a ir a la cancha en la década del setenta, tu ídolo sería el Beto Alonso. Ahora, en este tiempo cargado de triunfos, está más difuso quién es el gran referente dentro de la cancha. ¿Quién es el ídolo actual para vos? ¿A quién elegirías sobre el resto?
— A Ponzio, a Maidana y a Enzo Pérez y, evidentemente, a Gallardo. Yo pensé que con los años no iba a tener más ídolos. Y no solo volvés a tener sino que son más jóvenes que vos. Es un fenómeno extraño. Recuperé sensaciones que había tenido con Ramón Díaz o Medina Bello en el 91. Volví a tener ídolos. Gallardo es más que ídolo: es una estatua.

 

— Tu otro gran tema de escritura es Maradona. Te dedicaste a él en tres de tus libros. El Partido, Diego Dijo y El último Maradona. ¿Qué significa Maradona para vos?
— Es, y no creo que lo sea solo para mí, el gran deportista de la historia. El gran deportista mundial. Solo lo puede comparar con Muhammad Alí. No creo que haya otro a esa altura. Como personaje y como obra, que generalmente no están a la misma altura, Diego tiene similar estatura en ambos. Es un personaje fascinante con una obra deportiva inigualable.

 

— Tengo la convicción que el fútbol es el mejor programa paterno filial del mundo. Ese es uno de los temas de tu próximo libro, River para Félix, que sale por Planeta a fines de noviembre, coincidiendo con la Final de la Copa Libertadores.
— Mi hijo Félix es chico todavía. Recién está entendiendo que hay más equipos que River, que solo tiene que gritar los goles nuestros y ese tipo de cosas. La idea nació vagamente inspirada en Ética para Amador, el libro de Savater en que le explica esas cuestiones a su hijo. Yo trato de explicarle el fútbol y River a mi hijo e inevitablemente tengo que hablar de mi papá. Me llevó mucho tiempo. Es un libro más de escritor que de periodista. Un trabajo diferente a los anteriores a pesar de que el tema sea River. Puede verse como el final de una trilogía riverplatense. Yo coincido con esa idea del fútbol como factor de unión entre padres e hijos. Un amigo mío me contó que cuando el Pity Martínez le hizo el tercer gol a Boca, el definitivo, se abrazó con su viejo. Hizo un segundo de silencio, me miró y me dijo: «Es el único abrazo que nos dimos en la vida». Y el padre un rato después dijo: «Ya me puedo morir tranquilo». Lo primero que uno puede pensar es que lo que está diciendo por la victoria frente a Boca. Pero él en realidad se estaba refiriendo a ese abrazo de reencuentro, tardío pero necesario. El fútbol es ese idioma que reemplaza las palabras que no sabemos decir.

 

 

 

 

 

 

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