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«Louisa era una apasionada de la libertad»

Sabemos que Gloria V. Casañas es una de las grandes autoras románticas contemporáneas. Lo que no sabíamos era de su fanatismo por Mujercitas. Así, hizo el prólogo de una nueva edición de Plaza & Janés del clásico juvenil de todos los tiempos, y además escribió En el huerto de las Mujercitas, el mejor homenaje que se le podía hacer a Louisa May Alcott. La autora se sentó con ESTACIÓN LIBRO y nos contó todo esto.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

Gloria contagia su pasión. Sabe de lo que habla, lo dice con firmeza y una sonrisa genuina. Su avidez por la investigación la lleva a los lugares donde sitúa sus novelas. Así es como En el huerto de las Mujercitas (Plaza & Janés) es fruto de dos viajes a Massachusetts en un recorrido que la llevó desde Boston hasta los históricos sitios de Concord, Amherst y Lexington, donde Alcott residió y escribió su obra. Una primera gran voz de las mujeres, Louisa May Alcott fue, como su madre, abolicionista y sufragista y de este modo, “diseñó” a sus Mujercitas. En el huerto… rinde homenaje a la escritora que fascinó a Casañas de niña y comprendió de adulta. Es también una novela dentro de otra novela, tan rigurosas con la realidad que uno desea fuera real. Con once títulos publicados y más de 300.000 ejemplares vendidos, Gloria V. Casañas es hoy una referente de la novela histórica y romántica de América Latina.

 

 

“El Premio de Lectores fue muy lindo -comienza diciendo la autora-, era la primera vez que la Feria del Libro lo organizaba, fue en 2012, y fue por Y porã. Ese libro atrajo muchos lectores masculinos; por la guerra y la historia tan malnutrida. El hombre llega a la novela romántica, aunque histórica. Trata de mostrar que no la lee”.

—Siempre hay uno que se anima…
—Sí, y atrae interés.

—Al varón le gusta leer historia.
—Sí, le importa. Y le importa el romance también, pero no lo quiere decir.

—El género histórico-romántico es el más leído. ¿Cómo lo ves? ¿Se lo toman en serio o se aprovechan de que esté en boga?
—Lo que está sobre el tapete interesa por el provecho que se puede sacar. El género siempre fue un poco vilipendiado. Era y es muy leído igual, pero era leído sottovoce, las editoriales no le daban mucha importancia, las librerías lo tenían oculto… Recuerdo buscar algunas autoras norteamericanas, que en un momento eran las únicas que podíamos leer traducidas de España, y la búsqueda con la cabeza metida debajo de los estantes de las librerías, los tenían todos arrumbados como para que no fuera eso lo que estuviera para mostrar. Eso cambió bastante. Ahora al contrario: tenemos el Festival de la Novela Romántica, hubo varias ediciones. Se publicita mucho la novela romántica, cosa que antes tampoco se hacía.

—¿Cuánto hace que cambió este concepto?
—Siempre digo que la pionera en esto fue Florencia Bonelli, que ella logró éxito visible con sus novelas y siendo una autora argentina. Abrió el portal. Es relativamente nuevo y hay más cantidad de autoras, que genera mucho movimiento de lectores porque leen a una, leen a otra. La particularidad del género es que los lectores son muy fieles, muy voraces y las quieren leer a todas las autoras. Terminan un libro y van en búsqueda de otro que haya en el momento, y leen otro y se lo pasan, y lo comentan.

—Estos textos están revalorizando la historia por un lado y dándole poesía a la historia.
—Lo más lindo es que aprendés leyendo y entreteniéndote. Porque la historia, cuando se estudia como investigador académico, tiene el rigor de los documentos y el de ciertas pautas que hay que cumplir y, de alguna manera, someter al juicio de pares. El que escribe novela está liberado de eso. A mí me gusta el rigor histórico en la novela pero quiero que el lector piense, que disfrute, que se olvide, que vea eso como si fuera otro mundo que está trasladándose. Tenía cierto prejuicio cuando empecé a publicar porque sabía que a la gente quizá la historia mucho no le gustaba; especialmente la argentina porque consideraban que la historia europea era más importante… Y cuando empecé a publicar novelas me llevé una linda sorpresa: estaban encantados y me decían que escribiera más de ese tema, que había otro lugar donde habían pasado cosas interesantes, me mandaban fotos de lugares, pedían. Eso me cambió por completo la perspectiva.

—Escribiste el prólogo de la nueva edición de Mujercitas.
—Un libro tan querido, que se renueva la edición como para hacer una especie de homenaje a la autora, y me pidan que haga el prólogo fue como tocar el cielo con las manos. Además vienen las dos partes que nosotros leíamos por separado y dicen “sin censura”. Y esa es la parte que yo me preguntaba mientras lo leía “¿Dónde habrá estado la censura?”. Porque yo sabía que tenían versiones distintas los libros, tenía diferentes ediciones y no eran iguales.

—No sé si escribiste primero el prólogo y después En el huerto de las Mujercitas.
—Yo había escrito el “mini ensayo”, lo llamo, y luego me pidieron el prólogo. Escribí siempre basándome en Louisa May Alcott pero tratando de resaltar otras muchas cosas y el entorno en el que vivió, que era increíble. Viajé a conocer la casa una primera vez y luego fuimos con mi familia. El primer viaje fue el impacto de saber que existía la casa. Porque uno cree que todo eso, si bien pudo haber existido, no quedó rastro… y cuando la ves… la primera vez la visité con mi anfitriona porque fue un viaje académico, y yo de solo pensar que ahí estaba el armonio donde tocaba la hermana de Louisa, la que luego murió, que la cocina donde preparaban las tartas de manzana…

 

 

—Grandes autoras, muchas artistas de rock, todas son fanáticas de Louisa porque es la primera voz que tuvimos.
—Es que internamente gustaba de lo gótico, de lo macabro. Pero solapadamente. Creo que ella estaba siempre en pos de una gran obra, de una gran novela. Siempre tenía el deseo de escribir la gran obra y que no fue esa la que ella pensó que era la que le dio el éxito sino Mujercitas. La escribió en dos meses y a regañadientes porque le habían pedido una novela para niñas. Odió ese pedido. Dijo que ella no conocía otras chicas que no fueran sus hermanas. Yo no lo sabía eso cuando la leía. No sabía nada de Louisa cuando era chica. Cuando uno es chico lee de otra forma. El autor es un nombre. Me pasó lo mismo con Mark Twain, a mí me encantaba pero en mi vida era un nombre, nada más, ni siquiera sabía que se llamaba de otra manera. Y tenía un humor ácido, me sigue gustando mucho, creo que de todos es mi favorito. Y visité su casa, también. Otra casa: una casa victoriana más imponente. La de las Mujercitas es muy modesta y muy antigua. Hay dos casas donde ellas vivieron. Se mudaron mucho y siempre tenían deudas. Ese es un tema bastante duro de sobrellevar para ella desde muy chica, porque eran pobres como las hermanas March de Mujercitas. Le pesaba mucho esa pobreza. El padre era una persona de mucha valía intelectual, muy idealista y Louisa era mucho más práctica y le pesaba ver los fracasos, entre comillas, del padre porque tenía éxito como orador, escribía, también, pero con eso no vivía nadie. Eran cuatro hermanas, como las hermanas March. Les cambió el nombre a todas menos a una. Saber después que realmente Beth se muere…

—Salteaba ese capítulo cuando la releía. Tengo una teoría: soy una convencida de que Louisa estaba muy enamorada de Henry David Thoreau y así como ella es claramente Jo, él era el profesor Bhaer.
—Puede ser. Ella se basaba mucho en su realidad. De Laurie hizo una composición. Ella misma lo dijo: es una mezcla de dos muchachos. Incluso también hay una teoría que dice que también pudo haber sido un tercer muchacho que era muy amigo de ellas, que estaba mucho en la casa, que iba a las tertulias y hablaba mucho de cómo eran ellas. Hay cosas que se saben: es el hijo de Nathaniel Hawthorne. Ellos eran una familia muy original, era una familia rara, si se quiere.

—Por lo que leí en tu libro pasaron un invierno comiendo solamente manzanas…
—Sí, era un proyecto del padre que tenía un idealismo a toda prueba. Utópico total, sobre la humana existencia. Una cosa que él flotaba en ciertas nubes de pensamientos… y tenía una expresión, un semblante sereno como de persona que vive en esa estratósfera, ese pensamiento, y desbordaba bondad. Ella sabía que el padre era muy bondadoso y ocurría a veces que el padre volvía cansado, hambriento, sin plata de toda la gira que había hecho y ella y la hermana mayor se escondían a llorar. Por eso, le pesó mucho la pobreza a Louisa y quería escribir para salir de pobre.

—No solo su obra sino también su figura como mujer son destacadas.
—La mamá también. Fue un importante soporte para Louisa, la entendía muy bien. Y ella tenía en su madre un refugio y un referente. La madre había sido artista, también, abolicionista, con una idea muy firme sobre el papel de la mujer. El padre la respetaba y estaba de acuerdo. Y Louisa no dice nada concreto con respecto al abolicionismo, la guerra está siempre fuera del cuadro, nunca aparece una escena de guerra, el padre mismo viene de la guerra y su paso por la casa es muy fugaz. Pero en la vida real, la que fue a la guerra fue ella, no el padre. Y como enfermera.

—Jo, pensando en su padre en la guerra dice en un momento “Ojalá me fuera como enfermera”.
—Sí. En la tumba, en el cementerio de Sleepy Hollow en Concord, hay una banderita norteamericana y una medalla que le puso el gobierno federal porque ella es veterana de guerra. Volvió enferma, casi se muere, se pescó una fiebre tifoidea y se le agravó con neumonía porque las condiciones de los hospitales eran muy precarias. No había penicilina aún y ese fue un problema. Durante mucho tiempo el que sobrevivía era por fuerza de su organismo y ella era muy fuerte. Sobrevivió pero le quedaron secuelas que la hacían sufrir tanto.

—¿Y cuál es tu opinión sobre su soltería?
—Yo creo que ella era muy apasionada pero la libertad era un bien muy preciado. En una época los matrimonios significaban la pérdida de esa libertad de la mujer, no estaría el hombre a su altura para eso, creo yo. Estaba platónicamente enamorada, o por lo menos idolatraba, a Ralph Waldo Emerson. Era una especie de un dios del pensamiento, fue su mentor, iba a su biblioteca, la inició en Goethe, fue muy bueno con su familia. Era muy amigo del padre y los ayudó siempre, económicamente hablando. El padre compró la casa porque tenía proyectos arquitectónicos también. Esta casa la compró Emerson para ellos y después habrán arreglado cuentas. Estaba hundida en el bosque. Estas casas viejas, del siglo XVII, no tienen cimientos y la tierra se las traga, se va hundiendo. Y el hielo que se forma durante el invierno carcome todo. La casa estaba cubierta de hongos y casi podrida; el padre de Louisa la hizo otra vez, le agregó una parte, una capilla donde dio sus clases de filosofía. Y Louisa apreciaba mucho la soledad. No porque quisiera vivir sola sino estar en soledad, se aislaba muchas veces y el cuarto propio, el primero, lo tuvo en esa otra casa que está enfrente de esta. Tenés Orchard House y tenés la otra que se llama The Hillside, que la compraron después. Esa casa (Orchard) –dice ella- es donde transcurrieron los episodios que relata en Mujercitas, pero escribió en ésta (Hillside).

—La diferencia que hace con el resto, no solo en relación con la época, esto de decir: “Yo no me caso”. “No me voy a casar, no quiero este formato”.
—Ese fue el gran problema que tuvo Louisa cuando le dijo Jo rechaza a Laurie. Yo no sabía que había pasado eso en el momento: las lectoras le dejaban cartas en el buzón que por favor casara… y a ella no le gustaba que le pidieran eso, porque el mensaje que quería dar era otro. Y eso es lo que no se supo cuando leíamos Mujercitas “edulcorado”. Ella lo que decía era que una mujer no necesitaba casarse para ser feliz y realizarse. Pero como ese era el mensaje equivocado en ese momento, el editor le dijo: “Está bien si no quieres casar a Jo con Laurie pero que se case con alguien”.

—Me dio bronca que se casara con Amy.
—A mí también. Y detesté a Amy por mucho tiempo. Ahora no, ahora no. Porque ahora conozco los sentimientos que tenía Louisa por Amy.

—Ojalá En el huerto de las Mujercitas fuera real.
—Yo les dije a mis editores: “Sé que no les gusta saberlo, pero los personajes de esta novela nunca conocieron a Louisa”. Uno va leyendo y quiere encontrarlos a todos.

—Es un gran homenaje. Te alejás de toda tu obra para escribir esto que tiene otro tono. Esto tiene que haber sido un ejercicio muy difícil.
—El ejercicio yo lo hacía cuando era chica: copiaba en el sentido de que me inspiraba en lo que estaba leyendo en el momento y escribía el estilo de ese autor. Y muchos años después, descubrí que eso se llama pasticho. Es como una mezcolanza en la que uno va copiando uno y otro hasta que uno encuentra el estilo propio a fuerza de trabajar con estilo de uno, con estilos de otros. Me sentí muy a gusto escribiendo.

—Bien podría ser un apéndice de Mujercitas.
—Sí, yo lo veo como una aventura de Louisa. Louisa conoció a esta gente, a estos muchachos; en esa oportunidad hizo una amistad con ellos y luego ellos quedaron con ese recuerdo fantástico. Como que eso pudo haber pasado, ¿por qué no?

 

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