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“Busco que mi literatura perturbe e incomode sin perder la ternura”

 

Mariano Quirós vuelve con nuevo libro, Campo del cielo (Tusquets, 2019), lleno de cuentos que dan cuenta de un universo que no es pero podría ser. Ganador de diferentes premios literarios, el autor se dispuso a una entrevista honesta y frontal con Estación Libro.

 

 

 

POR PABLO DÍAZ MARENGHI

 

 

 

“El hombre se palpa el cuerpo, revista que cada cosa esté donde tiene que estar, y retoma el trote frenético. Supone, aunque no sabría cómo explicarlo, que tras aquella pelota de fuego hay una historia, algo que merece ser contado. Y así avanza”. Ese narrador en potencia bien podría ser el escritor chaqueño Mariano Quirós (1979) quien avanza, a paso firme, dentro de la literatura argentina contemporánea. La cita pertenece a un relato de Campo del cielo, su más reciente libro de cuentos. Luego de obtener en 2014 el Primer Premio en la Categoría Cuento del Fondo Nacional de las Artes con La luz mala dentro de mí, y en 2017 el Premio Tusquets de novela por Una casa junto al tragadero, su obra cobró mayor relevancia y cautivó tanto a críticos y lectores. Sus relatos están poblados de relaciones familiares que se desmorona, personajes retorcidos y perturbadores  que intentan conservar cierta luminosidad. La acción se circunscribe a la geografía chaqueña de los montes y las rutas semidesérticas. Pese a ser oriundo de Resistencia, Quirós se deja embeber por mitos indígenas y fábulas campestres. Todo esto empapado por sus lecturas norteamericanas (con William Faulkner y Cormac McCarthy a la cabeza) que lo conectan al gótico sureño. Pero tampoco se olvida de la tradición latinoamericana en donde se reconoce, sobre todo, en Roberto Bolaño.

 

En diálogo con Estación Libro, Quirós reflexiona sobre Campo del cielo, que se sitúa en un pueblo inventado a la vera de los cráteres (reales) que fueron producto de una lluvia de meteoritos ocurrida en Chaco hace 4000 años. Quirós mezcla giros tragicómicos y absurdos con historias de abandono, deseo y violencia. Construye los cimientos de una aldea que incluye al boxeador, al loco, al comisario corrupto y al intendente más vergonzante. Hasta se filtra un homenaje al ex cantante de la banda punk Flema, Ricky Espinosa. En un bar del centro porteño, el autor reflexiona, entre otras cosas, sobre la figura de dicho rockero de culto: «su cuerpo no le alcanzaba para contener. Era como una pequeña granada».

 

¿Cómo surgió la idea de Campo del Cielo, tu último libro? ¿Conocés ese lugar?

Nunca fui. Tampoco existe un pueblo llamado Campo del Cielo. Es una región entre Chaco y Santiago del Estero donde, hace miles de años, un asteroide entró en la atmósfera y estalló en miles de esquirlas produciendo una tormenta de meteoritos que se desparramó en esa región. Ese desparramo es lo que se llama “campo del cielo”. Hay un Parque Nacional donde están los cráteres y meteoritos, que son patrimonio de la humanidad. Uno de los dilemas que tuve cuando empecé a armar el libro fue: ¿voy a Campo del Cielo, me empapo de su atmósfera o me confío en mi propia imaginación? Al final hice esto último. Tenía más la ilusión de confiar en mi imaginación que en la realidad. De hecho, me creé ese pueblo, llamado Campo del Cielo. Puse a funcionar un montón de personajes, que eran los que iba pensando que necesitaba el pueblo que había imaginado. Me serví de la lluvia de meteoritos y de ese parque nacional que sí existe. Además me interesaba la mitología indígena que hay alrededor de la lluvia de meteoritos. En el medio hay una explotación turística y científica. Me interesaba hacer chocar todo eso.

 

Los tiempos de la narración, los personajes, el ritmo, componen un universo peculiar en tu obra que le brinda mucha importancia a lo geográfico. Narrás escenarios rurales, que se vinculan con la literatura norteamericana, sobre todo con el gótico sureño (Faulkner, MCCarthy) ¿Coincidís?

Las historias se me ocurren a partir de lugares. Soy de Resistencia, que es muy distinto. Es apenas un atisbo de lo que es el resto del Chaco. Cuando conocí el interior del Chaco quedé pasmado por un lado y maravillado por el otro. Es un territorio muy literario. Se me ocurría que podía meter muchísimas historias que se acoplaran a un determinado lenguaje que me interesaba intentar. Creo que tiene bastante de literatura latinoamericana también. Me hinchaban las pelotas de que lo que yo hacía era «gótico chamamecero». (Risas).

 

Un vínculo con la narrativa latinoamericana que se observa más en Campo… que en libros anteriores donde explorás más el terror o lo siniestro, es el uso de la ironía, el humor, lo absurdo o lo bizarro. Personajes como el comisario del pueblo o el intendente que rozan lo tragicómico.

La cuestión humorística o absurda está en casi todos mis libros. Tiene que ver con la idea de ubicar un personaje de determinadas características en un terreno que le es absolutamente ajeno, con el cual más que encontrarse se choca. Por lo general, personajes de características urbanas que, de pronto, se encuentran con paisajes más ásperos, desolados, que requieren otro espíritu para acoplarse. Creo que poner en una situación incómoda a un personaje es un punto de partida para la literatura. A partir de la incomodidad, ya sea en la ciudad o en cualquier paisaje. Alguien que no se acopla.

 

¿El cuento te surge con mayor facilidad?

Creo que sí. De hecho, las novelas que escribí están estructuradas desde el formato del cuento. Después terminan decantando en novela, tal vez por la cantidad de páginas. Pero todo surge de una idea que tiene más que ver con el cuento. En contra de lo que dije, creo que el cuento tiene posibilidades de un estallido hasta más potente, a veces, que la novela.

 

¿Creés que tus cuentos se relacionan más a las acciones y a lo visual, algo más bien cinematográfico?  

Sí, puede ser. Tiene que ver con lo que me gusta leer. Las historias que se me ocurren ameritan ese tipo de prosa. Soy bastante bruto. No podría escribir una literatura de ideas. En todo caso la idea, si es que hay alguna, se puede decantar de la historia que narro. Que son historias que, por lo general, tienen acción en el sentido narrativo. Tampoco busco la literatura de ideas o de temas.

 

Respecto a lo visual de tu literatura, ¿te ves influenciado por el cine o las series?

Más que nada de cine. El último año creo que vi una película porque mi hijo se interpone entre el cine y yo. Veo una influencia. Hay cineastas que me encantan. Pobres tipos, no los voy a hacer responsables de lo que yo pueda hacer. Como Paul Thomas Anderson, David Lynch, los hermanos Coen. Me encantan los paisajes que usan y muchos de los territorios donde sitúan sus historias les veo similitudes con el norte argentino. El mundo de Faulkner, el sur norteamericano, tiene algo del norte argentino. Me aprovecho de eso hasta donde puedo.

 

Un autor que también tiene que ver con lo visual, lo rural y los hermanos Coen es Cormac McCarthy. ¿Te gusta?

Sí, me encanta. Pero llegó un momento que me cansó. Lo leí muy de golpe y todo junto. Cuando agarré La carretera fue como leer una versión contemporánea de Las uvas de la ira de Steinbeck. Esa procesión desesperante y angustiosa. Era terrible. También sentí esa angustia como lector con Mientras agonizo de Faulkner.

 

Hay cierto facilismo en la crítica de emparentar literaturas como la tuya con el «minimalismo narrativo». Medio en broma, el escritor Sergio Gaiteri se preguntaba en una entrevista qué sería el maximalismo. A veces uno con pocas palabras dice mucho y apela a que el lector las descubra.

Es la definición del cuento más clásica, la de Hemingway, la de Piglia: el cuento que cuenta dos historias. Tiene que ver con eso. Todas las posibilidades que tenés a partir de esa manera clásica pero inoxidable. Por eso también disfruto de autores como Gaiteri, que tiene mucho más idea que yo de lo que quiere escribir, y de cómo quiere. Tiene un proyecto. Yo no tengo un proyecto definido en cuanto a qué historias voy a contar. Estoy más permeable. Más desamparado.

 

Otra característica tuya es que recurrís a mitos populares y rurales como el lobizón, la luz mala o el chupacabras. ¿De dónde proviene ese interés?

Tiene que ver con una idea que me hincha bastante las pelotas. Es adrede. Es una pretensión que tiene que ver con la vieja discusión de civilización y barbarie. Cierta crítica o pensamiento académico sostiene que hay que apelar a una literatura realista, que sería la literatura que nos liberaría ideológicamente. Dice también que los latinoamericanos apelamos siempre al mito, a la magia (por eso también se lo mató al realismo mágico) sin buenos argumentos, porque dejaba las ideas del lado de Europa. Por un lado puede que esté bien pero, por otro lado, estás negando una historia. Estás negando una cosmovisión del mundo, que por ahí tiene una riqueza de la cual no vale simplemente desprenderse o negarla. Otro escritor amigo, Orlando Van Bredam, me decía: “vos, por tu generación y por tu edad, tenés que escribir de cosas que te pasan a vos. A tu generación. Sos un tipo que se emborracha cada tanto, que tiene problemas con su novia”. Me decía que narrara la vida urbana, que tenía en Resistencia. La que tengo ahora en Buenos Aires. Que me alejara de lo folklórico. Entiendo ese argumento a partir de que Van Bredam, por ejemplo, es uno de los escritores que padeció el “boom latinoamericano” y que se tuvo que reacomodar en ese panorama literario. Una manera de reacomodarse fue negar lo mágico. En un principio, lo tomé como una bandera. Al escribir sobre esa cuestión urbana es probable que uno termine en una literatura intimista, del yo, y contando la vida cotidiana que es más aburrida y más ridícula a la vez. Menos literaria. Y que carece de imaginación. En algún momento me dije, ¿Por qué voy a negarme a toda la mitología indígena, rural, gauchesca que hay en el nordeste argentino, cuando lo que puedo hacer es, a partir del consumo cultural que tuve, que soy un tipo que escucha Bob Dylan, me encanta el rock argentino, me crié mirando El Auto fantástico, Robotech, leía Stephen King; qué pasa si con todo ese consumo cultural, voy hacia esa mitología? ¿Qué historia me puede surgir de eso? Y, a la vez, usando también personajes que puedan llegar a tener rasgos íntimos míos, como un afán autobiográfico retorcido por la literatura. No tengo miramientos en cuanto hacia donde ir o donde ubicarme. Ahora estoy escribiendo ahí porque siento que tengo las historias que circulan en esos territorios que se asemejan al Chaco.

 

¿Sentís que tu literatura puede emparentarse con la de otros autores contemporáneos?

Sí, Luciano Lamberti, por decirte uno, en Córdoba, donde también está Fabio Martínez, un pibe grosisimo que es salteño. Francisco Bitar, en Santa Fe, Selva Almada o el entrerriano Matías Aldaz. Son amigos que no son amigos, porque los leo y me identifico con su obra. No debe ser casual que sean del interior. Una narradora como Alejandra Zina, que es de capital pero se nota una raíz en su prosa muy norteamericana, también es una literatura con la que me siento emparentado. Creo que hay una especie de unión, por así decirlo, entre esos escritores. Los siento cercanos.

 

¿Cómo empezó tu relación con la lectura y la escritura?

Siempre dije que iba a ser escritor, de niño, sin tener idea de lo que implicaba. Como mis viejos son muy militantes políticos (fueron montoneros) mucha de la literatura que empecé a leer era tirando a política. Me pasó también con las canciones. Mi vieja me dormía cantándome canciones de Viglietti. La adolescencia fue una especie de click importante. A su vez, la de Fresán, Forn, que, a sus vez, te llevaban a la literatura norteamericana, a la música, a Bob Dylan. Era la época de esplendor de Página 12 y Página 30. Los dos tenían esa cosa entre rockanrollera y literaria. Eso me empujó a estudiar periodismo. Esperaba encontrar algo así en la facultad. Allí me hice amigos que leían otra cosa y tuve la posibilidad de ver que la literatura podía ir hacia otro lado; no solo implicaba compromiso político, esa cosa medio soviética que  sentía de adolescente. Me acuerdo de haber leído Mi amigo el Che de Ricardo Rojo y que, mientras lo leía sin entender, mi vieja me decía de fondo que si bien el libro estaba bueno el autor no dejaba de ser un gorila radical. Era toda una contradicción.

 

¿Siempre escribiste?

Siempre escribí pero me lo empecé a tomar más en serio a partir de que leí a Bolaño. Antes tenía una mirada más ingenua. A partir de leer a Bolaño me decidí a escribir y fue una excusa para seguir leyendo. Para leer literatura sin culpa. A veces te genera una culpa la lectura de literatura porque aparenta ser lo más improductivo del mundo. Una manera de entregarme a eso, sin que nadie pudiera decirme nada, era decir que escribía. También asumís que vas a llevar una vida austera, con todo lo que eso implica en lo material. Pero como me dijo el maravilloso poeta Osvaldo Bossi: “Cuántas cosas maravillosas ganamos en el camino”. Por ahí de eso se trata. De asumir esas cosas según el costado más romántico del asunto. Escribir es tanto un disfrute como un sufrimiento. Porque nunca sabés si te está saliendo algo bueno o si son simplemente disparates.

 

Contabas que tus padres eran montoneros. ¿Tenés algún recuerdo traumático de chico a partir de su militancia durante la dictadura?

No de esa manera pero sí, mi vieja estuvo presa durante la dictadura. Tenía los temores naturales que los habrá tenido todo el mundo. Era más que nada una sensación. En un momento, José Ruíz Palacios, quien fuera interventor militar durante la dictadura en el Chaco, ganó la intendencia de Resistencia. Ahí sí me acuerdo el cagazo de mi vieja porque era un represor, así como estuvo Luis Abelardo Patti en Escobar, que había ganado con el voto popular. Eso te generaba un temor obvio.

 

Eso se refleja, de algún modo, en tu literatura. Por ejemplo en el cuento “Un arma en la casa”.

Claro. Cuando era chico, en los 80, me contaban que muchos sobrevivientes de la dictadura y ex presos políticos tenían que andar calzados en sus casas, porque todavía estaba la sensación, y no sé sino la certeza, de que la persecución continuaba. Que los tipos estaban siendo investigados por los servicios, los milicos y/o la policía. Se contaban historias dentro de las comunidades de militantes sobrevivientes del pavor que generaba, por un lado, tener que tener un arma y la locura de tener un arma en una casa y cómo se relacionaban con eso. Pensando ese cuento, a partir de lo que fue la vida de mis viejos y la nuestra (mi hermana mayor y yo) apenas vuelta la democracia recordé aquellas historias y armé un relato.

 

¿Qué buscás del lector?

No sé. Está, por un lado, lo perturbador; generar cierta incomodidad. Pero sin abandonar un costado de ternura de los personajes. Que no deje de resultar, en algún punto luminoso por más oscuridad que tenga la historia o retorcido que sea tal o cual personaje. Que no sea todo terriblemente siniestro. Porque yo tampoco soy así. Sino todo sería una mentira.

 

 

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