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Bruno por Leila, choque de titanes

 

Opus Gelber – Retrato de un pianista (Anagrama) de Leila Guerriero no es un perfil más, es la excelencia periodística a disposición del artista. Una vez leído, la admiración hacia el Bruno Gelber como un personaje todo, y hacia la autora, se elevan al máximo. Con la cadencia de lectura de una novela apasionante, Guerrieron dedica las palabras justas sobre la vida del pianista. Lezcano la entrevistó para Estación Libro.

 

 

POR WALTER LEZCANO

La periodista Leila Guerriero (Buenos Aires, 1967) estudió guitarra clásica durante ocho años. “Hasta los 18 más o menos”, aclara esa mañana en un bar de Villa Crespo. Inmediatamente, con estas palabras, lo desee o no, lleva a su interlocutor a imaginarla en esos comienzos en los que la joven Leila, todavía en la ciudad de Junín, se medía con un instrumento importante, difícil. Es decir: desde siempre la música clásica formó parte de su educación sentimental. Y luego, su voz continúa el relato: “En mi casa se escuchaba, por ejemplo, Beethoven, Mozart, entre otros, y venían en unas colecciones de la revista Reader’s Digest. Digamos, también, que era la música clásica más obvia.” ¿Será que a veces nos preparamos para un trabajo importante una parte de nuestra vida sin saberlo?

Algunos años y libros después (esos títulos, como por ejemplo Plano americano o Los suicidas del fin del mundo, por citar solo dos, se encuentran entre la mejor no ficción de los últimos años), Leila Guerriero realiza un retrato del argentino Bruno Gelber, uno de los 100 mejores pianistas de la historia en lo que se refiere al exclusivo mundo de la música clásica. El resultado es Opus Gelber (Anagrama): una obra que nos permite ingresar a un territorio que está al margen de lo visible donde la riqueza, los viajes por el mundo, el hedonismo impenitente y la sensibilidad extrema son moneda corriente y donde la música clásica más compleja de una frondosa tradición forma parte del soundtrack cotidiano. “Para mí fue muy impresionante ver las clases que daba  Bruno, cuenta Leila, porque yo ya había visto clases magistrales de Daniel Barenboim que me maravillaron mucho. Me asombró ver cómo en esas clases de Barenboim y estas de Bruno los grandes maestros logran transmitir lo que necesita el texto musical y eso lo hacen de una manera tal que aunque vos no entiendas nada de música, lo podés comprender perfectamente. Por supuesto, yo no podía haber hecho nada en el piano a partir de las indicaciones de Bruno. Pero si uno lleva esas indicaciones a la escritura son absolutamente intercambiables”. Esto es un poco (que en realidad tiene mucho de milagro) lo que logra Leila Guerriero en Opus Gelber: mostrarnos un mundo desconocido, pero que está entre nosotros, y que quien lee lo pueda disfrutar a pesar de que la complejidad sea tal que antes de abrir el libro parecía inalcanzable e impenetrable.

Con ustedes, Leila Guerriero: periodista y, lo comprobamos una vez más, hacedora de milagros.  

     

 

¿Cómo te diste cuenta de que estabas frente a un libro en relación a la figura de Bruno Gelber?

Después de la tercera o cuarta entrevista me di cuenta que él era un tipo muy laberíntico y complejo. Era muy difícil reducirlo a unas pocas páginas. Me pareció imposible hacer solamente un perfil de él. Porque todo lo que se mostraba de Bruno de manera más genuina se mostraba en la interacción con la gente que lo rodeaba, y que a veces podía ser yo misma. Para poner todo eso en escena sin transformarlo en algo burdo hacía falta algo que requiere mucho espacio y es la sutileza. Y para esa sutileza yo sentí que necesitaba un espacio grande. Además, había una serie de singularidades en Bruno que me daban la pauta de que valían la pena abordarlas en un libro. Se trataba, además, del acceso muy insólito a un pianista de elite que de pronto vive a veinte cuadras de tu casa.

Era la posibilidad de descubrir un mundo muy particular dentro de este mundo que llevamos, digamos, los mortales.

Por supuesto. Para un periodista siempre acceder a un mundo muy cerrado es un privilegio. Y estamos acostumbrados a ver esos mundos más exclusivos dentro de lo marginal, si querés. Nos ponemos contentos cuando logramos entrar a un lugar súper peligroso, encontrar a un narco, algo que está muy bien, pero el margen también es esto: clases altas o el universo de la música clásica. Es un lenguaje que si no lo compartís hasta te puede aburrir. Pero Bruno permitía el acceso a esa elite musical y le importaba muy poco si yo sabía de música clásica o no. De hecho es un tema que me interesa mucho y le preguntaba cómo abordaba a Beethoven, Brahms, etcétera, y nada le interesaba menos que hablar de eso. Ahí vi una oportunidad de abrirse un mundo para muchos muy desconocido de la mano de un hombre que era muy erudito en la música, a la vez muy generoso y que no exigía del interlocutor que tuviera un discurso aprendido acerca de la música clásica. De hecho, Bruno prefería hablar de la televisión. Y a su vez tiene una sensibilidad muy exquisita. Es un combo muy extraño. Para entender cómo funciona tenés que dejar todos tus prejuicios de lado y aprender qué particularidades disímiles pueden ir juntas.   

¿Pudiste comprenderlo estas singularidades de Bruno o te interesaba más ponerlas en la página y que quien lee saque sus conclusiones?

Una mezcla de las dos cosas. Creo que cada uno tendrá su propia idea y que puede diferir mucho de lo que piense otro lector sobre Bruno. Hay varios momentos donde uno se puede dar cuenta de que para Bruno el mundo exterior es sobre todo el mundo que él construye donde esté. Es lo mismo estar en Once o en Montecarlo o en New York, siempre y cuando esté en un lugar agradable, esté bien atendido y pueda recibir gente en su casa. Porque él mucho no se entera lo que pasa a ras del piso. Porque también tiene una ubicación espacio-temporal muy distinta a la que tenemos todos. Para él todos los días pueden ser una fiesta o no serlo: no necesita fechas especiales para poner hitos en su año.

También está el hecho de haber tenido la poliomielitis, incluso con el anacronismo que representa esta enfermedad, como un elemento importante dentro de la construcción de su identidad.     

Yo creo que Bruno tiene un anacronismo importante e incluso él mismo dice en un momento: “soy un hombre del siglo XIX que simula muy bien ser del siglo XXI”. Ese es un resumen muy claro de lo que hace Bruno y de cómo lo ven los demás. El tema físico no es una cuestión en sí misma. Todo el tiempo dá la sensación de ser una persona libre, que puede hacer lo que quiere y que es muy fuerte. La polio puede ser vista como una rémora más de principios de siglo XX que Bruno trae encima y él no es una víctima de eso: nunca lo vio como una singularidad que pudiera sumarle algo. Bruno logró que en su vida la polio fuera un detalle muy menor en su biografía. Y eso tiene que ver con su ausencia total de melancolía.

¿Cómo ingresa en este panorama el hedonismo tan atractivo de Bruno?

Es un poco desconcertante que alguien venga de tocar por lugares exóticos de Japón y lo primero que te cuente sea qué comió en el avión o el programa de chimentos que disfrutó. Si bien Bruno tuvo un recorrido vital por la realeza y demás, se mueve muy bien en el mundo cotidiano de la gente: sabe entablar una conversación con el cadete de la farmacia o conmigo. Es un sujeto inesperado para el universo que transita. Es de los pocos pianistas, de esa generación de Daniel Barenboim y Martha Argerich, que volvió a la Argentina y se va a veranear a Mar del Plata todo el tiempo y hace giras por el interior del país donde toca en lugares poco habituales para la música clásica.

Bruno es un meme recurrente en el programa Bendita TV. Y el tono en el que se lo muestra es burlón y freak. ¿Era un objetivo tuyo correrlo del lugar de la extravagancia?

Para mí era importante tomármelo en serio. Pero es algo que ocurrió desde el primer encuentro. Incluso antes: cuando leí entrevistas me di cuenta que era un sujeto de una sensibilidad enorme. Me acuerdo del primer impacto cuando lo vi en una mesa repleta de dulces y él levantándose contra una pared roja, muy hermosamente maquillado. No me dio sensación de extravagancia, simplemente era Bruno a la máxima potencia. Y quisiera que los lectores se lo tomaran con la misma seriedad con la que me lo tomé yo. Por otra parte es un tipo con un enorme sentido del humor y siempre te saca picando de los lugares comunes. Es una inteligencia muy superior. Era importante, sí, no pintar una caricatura pero en realidad nunca surgió esa tentación. Me encanta laburar contra el prejuicio. Se trata de desmontar la idea social sobre estos sujetos.

  

 

 

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