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Alejandro Wall en Estación Libro con Matías Bauso

Una pasión académica

En un ciclo de conversaciones organizado por Estación Libro en la sucursal de Boulevard Shopping en Adrogué, conversamos con Alejandro Wall, autor de Ahora que somos felices (Planeta). El libro es mucho más que un recorrido por la campaña de Racing en la última Superliga. Es un análisis de una época, de un cambio de paradigma para un club. Es también un gran tratado sobre cómo incide el fútbol en la relación entre padres e hijos. Wall es autor de otros grandes libros deportivos: ¡Academia, Carajo! (Sudamericana), El último Maradona (junto a Andrés Burgo) y uno de las mejores biografías (el «deportivas» sobra) publicadas en el último lustro: Corbatta (Aguilar). La charla, eminentemente racinguista, es sin embargo más universal de lo que aparenta. La mirada de Wall logra superar los sectarismos y las tontas diferencias. Es una charla sobre la pasión, sobre el fútbol, sobre padres e hijos.

 

Matías Bauso: ¿Por qué «Ahora que somos felices»?

Alejandro Wall: Una de las ideas que sobrevuela en el libro es que la felicidad se vincula con el pasado, con cómo lo pasaste antes. Con un pasado con tristeza. El libro es un recorrido por una época de Racing, la más reciente. Un recorrido personal, con un tono también muy personal, que tal vez no es el que yo estaba acostumbrado a usar. Cuando Rodolfo González Arzac, editor de Planeta, se acercó a proponerme hacer un libro de Racing (a ellos les había ido muy bien con el libro de Andrés Burgo sobre la final de la Copa Libertadores), contar solo el título de Racing de la Superliga no me interesaba tanto. Entonces los que me propuse contar es cómo estábamos viviendo una nueva etapa como hinchas, de la que este título era un síntoma más. Tengo 40 años y dos hijos. La primera vez que vi a Racing campeón tenía 21 años. Me pasé todo la primaria siendo de un equipo que era básicamente perdedor. En cambio mis hijos vieron a Racing campeón desde muy chicos. Ellos viven otro club. Ya no es el equipo de la quiebra, del descenso, del que siempre intuíamos que iba a aparecer algo nos iba a arruinar el momento. Y contar ese Racing no es solo la manera de contar el amor por un club, sino también una manera de exorcizarnos y de lo que llamo deconstruirnos como hinchas. El título también es una especie de homenaje a una línea de Esperando a Godot. Cito de memoria: «Y ahora que somos felices, ¿qué?». Y ser campeón es un poco eso. Sos campeón y después, ¿qué?. Hay una especie de vacío.

 

MB: Hubo un derrotero hasta llegar a este título final. ¿Te acordás cuáles eran los títulos provisorios que fue teniendo el proyecto?

AW: El primero era La transformación. Pero no me convencía. Después encontré otro que me gustaba más: Nuestra nueva vida. Pero me di cuenta que venía por otro lado. Y la palabra «felices» me parece fuerte. Le cuento a Julio Villanueva Chang, un amigo peruano, editor de la revista Etiqueta Negra, y me dice que yo estaba escribiendo sobre un tema tabú en la literatura: la felicidad.

 

MB: Gay Talese dice que «la mejor historia está en el vestuario perdedor». La literatura siempre encuentra más material en la derrota. Por el drama, el dolor. Acá se habla de otra cosa, de la felicidad. ¿Creés que antes del título del 2014 y este ciclo fuimos felices?

AW: Sí, fuimos felices como hinchas y futboleros. Pero era una felicidad que nos la forjamos nosotros. La primera tapa de un Gráfico que recuerdo es la de fines del 85 con Sicher, un buen marcador de punta, gritando el gol que nos dio el ascenso. Después ganamos la Supercopa. Mis primeros recuerdos como hincha es de un equipo que ganaba buenos partidos, peleaba campeonatos y tenía grandes jugadores: Rubén Paz, Toti Iglesias, Colombatti, Fillol. Después empieza todo lo otro. Igual siempre fue una felicidad ir a la cancha. Pero una felicidad distinta. Lo feliz pasaba por compartir eso con amigos y seres queridos, mi padre o mi hermano. Ahora tenemos otro protagonismo. Nos podemos correr como hinchas, perder protagonismo, y disfrutar al equipo de otra manera. Hace unos meses perdimos con River por goleada. Hubo hinchas que aplaudían, seguían alentando y otros que insultaban a un equipo que había salido campeón hacía dos meses. A mí no me gustaron ninguna de las dos expresiones. Tal vez, en ese momento no había que decir nada.

 

MB: En el fútbol argentino pareciera que no hay lugar para la tristeza. En 35, 40 años de malaria nos hicimos hinchas de la hinchada. Eso nos convirtió en menos exigentes también. Muchas de las cosas que nos pasaron fueron culpa nuestra (y de Grondona también). Lo que pasó en estos últimos cinco  años es que nos acostumbramos a ganar como un equipo normal.

AW: Sí, esa es mi idea de equipo normal. Hice un perfil de Lisandro López y dije que era «el antifutbolista». No tiene peinado raro, no tiene las mangas tatuadas, no usa chupines, lleva boina y alpargatas, le gusta irse a pescar. Terminó estableciendo él mismo esa normalidad. Un equipo normal puede ser campeón, pero básicamente, compite. Ahora mi sensación con Racing es que vamos a la cancha a competir, a estar ahí. Antes era imposible pensar eso.

 

MB: Y tenés otra gran historia respecto a la felicidad dada por Racing y un mal momento personal.

AW: Después que sale el libro, una mañana se incendió mi casa. Estaban haciendo unos trabajos en el baño y se prendió fuego. Vinieron los bomberos, el SAME. Una situación terrible, un desastre. En medio de todo eso me entra un audio de wa. (Hace escuchar el audio) «Hola Alejandro, soy Licha quería saludarte…». De pronto con ese mensaje de Lisandro López desaparecieron los bomberos, la destrucción, el agua. Era Lisandro López que me hablaba. Había leído el libro -yo no se lo había mandado- y en ese momento me acordé que en otros momentos Racing me había rescatado en la tristeza y ahora, una vez más, volvía a rescatarme. Y eso tenía que ver con la felicidad. Se invirtieron los roles. Nosotros antes como hinchas sentíamos que teníamos que salvar a Racing todo el tiempo. Pero ahora nuestro equipo nos rescata.

 

MB: Mis días más felices fueron racinguistas a pesar de que estuvimos muchos años sin salir campeón y que nos pasamos mirando los promedios. En ese gol hay varias cosas que hace Lisandro que resumen su papel en el equipo. La generosidad, dejar de lado el protagonismo, privilegiar el equipo.

AW: Para mí ese gol sintetiza bastante su papel. El equipo es como un gran héroe colectivo con sus individualidades. Todo gran equipo lo es. Cuando buscamos fijar grandes felicidades, buscamos los grandes momentos. En ese gol está la entrega hacia ese chico que él se encargó de sostener, Matías Zaracho. Y además construye una imagen icónica. En nuestra iconografía, el gol es el del Chango Cárdenas para salir campeones intercontinentales en el 67. Y la secuencia dura siete segundos; el mismo tiempo que la corrida de Lisandro.

 

MB: ¿Cuál es el papel que juega MIlito en esta historia? Yo creo que Milito fue quien nos enseñó a ganar y nos dio permiso para ser razonables.

AW: Nos enseñó a ser un club. Cómo se hace un club y cómo nos autopercibimos respecto al club. En el 2014 volvió y no solo sale campeón sino que establece una idea de cómo Racing tenía que construirse en el mediano y largo plazo. Hay una gran cantidad de cuestiones que impresionan. Cómo Milito iba señalando cosas aún siendo jugador. Marcando un camino para mejorar. Un ejemplo: los jugadores para deshincharse se meten en piletones con hielo; Milito veía como traían todos los días el cargamento con hielo. Les dijo que había una máquina que hacía eso, sin tener que contratar diariamente un servicio. Otra: vio cómo la máquina de cortar pasto del Cilindro se la llevaban al otro predio y pidió que compren otra, que un club como Racing debía tener una en cada sede. Y cuando toma la secretaría técnica genera un grupo muy profesional, muy europeo, con un seguimiento de futbolistas, fichas de jugadores. Esas cosas achican el margen de error. Racing y Milito ya saben quién es el siguiente técnico. Pero no porque lo quieran reemplazar sino por estar preparados para establecer una continuidad. Estas cosas que parecen tan lógicas y simples son muy novedosas en el fútbol argentino y en Racing en especial.

 

 

MB: El otro gran tema del libro, que posiblemente sea el gran tema del fútbol, es la relación paterno filial. La manera en que el fútbol influye en la relación padre e hijo

AW: En el título del 2014, después del partido con que salimos campeones, la victoria frente a Godoy Cruz, zamarreé a mis dos hijos, con mucho cariño lo hice mientras les decía: «Zafaste la primaria, disfrutalo». Creo que ellos en ese momento no me entendieron. O sí. Porque en un momento veo al chiquito que tenía 8 años revoleando la camiseta. En ese momento tuve la sensación de que era hermoso poder vincularme con un hijo de esa manera. Martín Caparrós escribió que debería ser obligatorio que los hijos sean del mismo club que el padre. Deben tener todo tipo de libertades de elección menos en el fútbol. Ese vínculo también fue con mi viejo. Sigue siendo Racing el mayor vínculo entre nosotros, el mayor tema de conversación, más allá del amor padre hijo. Hace dos años me separé de la mamá de mis hijos. Eso espació mis momentos con ellos pero Racing nos ordenó. El fin de semana nos encontrábamos en Racing. Y Racing empezó a ser el lugar de nosotros tres. Y con ellos aprendí también a ser hincha. Ellos tardan mucho menos en reponerse de una derrota, me muestran que cada derrota no implica un largo infierno.

 

MB: Creo que el fútbol es el mejor programa paterno-filial. Es invencible, atemporal. Un amigo de más de 70 años seguía yendo con los hijos a la cancha y pasaba cinco, seis horas bajo el sol. Cuando le preguntaban por qué lo hacía, si podía verlo cómodo en su casa, él respondía: «¿Con qué otro programa voy a pasar seis horas con mis hijos? ¿Y en qué otro momento de la semana me van a dar un abrazo como el que nos damos cada vez que hacemos un gol?”.

AW: Volvamos al gol de Zaracho contra Independiente. Cuando me doy vuelta después de arrodillarme frente a la tele, me abrazo con mis hijos. Encapsular ese momento, viendo su cara de felicidad, es increíble. Es una imagen, una sensación inolvidable. El de 12 ya no quiere que lo abrace tanto. Y el de 8 también empieza a tomar distancia. Pero en la cancha no sucede, ahí nos abrazamos con ganas.

 

MB: Mi papá, que era muy apasionado por Racing, murió el año pasado. El momento en que más vulnerable me sentí, el momento en que más conciencia tuve de su ausencia, fue apenas terminó el partido con Tigre en el que salimos campeones. En ese momento, como nunca antes, tuve plena conciencia que ya no iba a poder abrazar a mi papá.

AW: Yo empecé a ir a la cancha con mi papá. La primera vez fue en la cancha de River en 1986. Un 1 a 1. Fuimos varios años. Mi papá un día, después de un empate horrible, dijo no vengo nunca más a la cancha. Rompió el carnet y no volvió nunca más. Cumplió con su palabra. Yo tenía 11 años. Empecé a ir con mi hermano mayor. En el 2001 y el 2014 yo no estuve con mi viejo en el momento de la consagración. En cambio en este sí porque era de visitante y lo vimos con él. Y me pude abrazar en el momento del título. Ese lazo es indestructible. Es mucho más que una camiseta de fútbol.

 

MB: ¿Te acordás cuando fue la primera vez que lloraste por fútbol?

AW: Fue un partido en el que Boca elimina a Racing de la Supercopa del 89. Ahí me di cuenta que no había tenido grandes derrotas en esos tres años anteriores desde que el fútbol me importaba. Se le ganaba a Independiente, le habíamos hecho 6 a Boca. Y esa fue una derrota dura y me encerré a sufrir. Creo que en ese momento me recibí de hincha. Papá me consoló diciéndome que así era el fútbol y yo pensaba que al día siguiente tenía que ir a la escuela y cruzarme con los de Boca. Mucho tiempo después, mi hijo lloró en una eliminación de Copa Libertadores. Y yo tratando de tranquilizarlo. Pero, ¿cómo lo hacés cuando le dijiste que Racing era lo más grande que le podía pasar en la vida?

 

MB: Cuando iba al primario me tocó el descenso y era el único de todos mis compañeros que iba a la cancha. La situación era dramática. Por lo único que mis viejos me dejaban faltar al colegio era en caso de que Racing el domingo sufriera alguna derrota demasiado ignominiosa. Y como en esa época se jugaba siempre en domingo, en esos primeros ochenta iba bastante pocos lunes al colegio. ¿Qué fue lo más loco que hiciste por Racing?

AW: Es algo que deseo que jamás haga mi hijo. Racing estaba peleando el campeonato y jugaba un lunes a la noche con Mandiyú. Mi hermano trabajaba en el Centro y yo vivía en Caseros. Les dijo a mis viejos que él no iba a volver hasta Caseros para buscarme y después partir para Avellaneda. Del trabajo iba a la cancha. Era razonable. Le pedí a mi papá y él también trabajaba, además que había decidido no ir más. No tenía quién me llevara. Y en un descuido de mi mamá, me fui de casa. Me tomé un colectivo, un viaje larguísimo hasta Constitución y de ahí otro colectivo repleto hasta Avellaneda. Y con el carnet de socio entré a la tribuna y busqué a mi hermano en el lugar al que siempre íbamos. No existía el celular. Tenía doce años y para mi vieja había desaparecido. Cuando mi hermano me vio, me preguntó qué hacía ahí, cómo había llegado. Me quería matar. Pero ahí vemos el poder del fútbol. Por la alegría del triunfo, porque la macana había sido para ir a la cancha, mi viejo nunca me castigó. Me retó, me pidió que no lo volviera a hacer, pero no mucho más.

 

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