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«Un cuento mojado», por Liliana Cinetto

 

El valor del cuento infantil tiene doblemente una función: entretener al niño y enseñarle algo. Liliana Cinetto, con tantísimos textos dedicados a los chicos, lo sabe como nadie. Vaya aquí un cuento ecológico, que retrata el valor de la naturaleza. 

 

 

 

POR LILIANA CINETTO 

 

Esta es la historia de un río que no era grande e importante como esos que figuran en los mapas. Era un río pequeño, como un hilo finito, que ni siquiera tenía nombre porque nadie lo conocía. Bueno, en realidad, nadie, nadie, no. 

Lo conocían los pájaros a los que les salpicaba las plumas cuando hacía calor, las ranas que cantaban con él todas las noches, el viento que jugaba con él a las carreras y algunos peces de colores a los que el río les enseñaba a nadar. 

Un día en que el río estaba un poco resfriado llegaron hasta su orilla unos señores muy serios con unos aparatos raros. Comenzaron a discutir, a hacer dibujos y a tomar medidas. El río, que era muy amable, quiso saludarlos, pero en ese momento… ¡ATCHIS! Estornudó con tanta fuerza que empapó a los señores de arriba para abajo y de abajo para arriba. 

 

¡Qué barbaridad! protestaba uno de ellos chorreando agua. 

Este río es muy peligroso. 

Peligrosísimo. agregó el otro al que le salía agua de las orejas. 

 

El río, apenado, intentó disculparse y explicarles que él no era peligroso, pero volvió a estornudar y a mojar a los señores. 

 

¡Qué barbaridad! repitió uno de ellos escurriéndose la corbata. 

Este río es muy peligroso. 

Peligrosísimo agregó el otro sacándose el agua de los zapato.

No podemos dejarlo así. Vamos ya mismo a decirle al jefe que hay que entubarlo. 

 

Y se fueron enojadísimos con la cara seria y los aparatos raros. 

El río desesperado se puso a llorar porque no quería que lo metieran dentro de un tubo oscuro. Las ranas, los peces y los pájaros se acercaron para consolarlo, pero ellos también estaban muy tristes porque no querían perder a su amigo y se pusieron a llorar con él. Justo en ese momento pasó por allí el viento que ese día tenía que llevar a varias nubes cargadas con lluvia hasta la ciudad. El río le explicó lo que había pasado y el viento se puso a pensar cómo podía ayudar a su amigo. Estuvo un rato largo pensando porque al viento siempre se le vuelan las ideas hasta que por fin encontró una. 

 

¡Sigan llorando! dijo el viento contentísimo. 

Todos lo miraron extrañados. ¿Qué clase de idea era ésa? 

Confíen en mí los tranquilizaba el viento. Pero no dejen de llorar. 

 

Y aunque nadie entendía nada, todos siguieron llorando: lloraba el río, lloraban las ranas, lloraban los pájaros y lloraban los peces de colores. Y con tanta lágrima el río comenzó a crecer más y más. Se salió de las orillas, se metió en un campo vecino y se trepó hasta una montaña aburrida porque siempre estaba en el mismo lugar. Como el viento solo puede llorar lágrimas de aire, le pidió a las nubes que le hicieran el favor de descargar allí la lluvia en lugar de llevarla a la ciudad. Y las nubes, que estaban cansadas con tanto peso, aceptaron encantadas. 

Y mientras llovía, el río seguía creciendo y creciendo. Cuando regresaron los señores de la cara seria y los aparatos raros acompañados por su jefe, el río ya no era un hilo finito, sino un río ancho y enorme y sus orillas, que siempre habían estado muy cerca una de otra, estaban tan lejos que tenían que hablarse a los gritos. 

 

Este río no puede entubarse dijo el jefe que tenía la cara más seria que ellos mirando al río que se había quedado quietito, quietito. 

Pero es peligroso le explicó uno que todavía tenía las medias mojadas. 

Peligrosísimo insistió el otro al que todavía no se le habían secado los pantalones. 

A mí no me parece peligroso y además es demasiado grande para entubarse. Se queda así ordenó el jefe y se fue enojadísimo, seguido de los señores que todavía tenían agua en los bolsillos. 

 

Todos se pusieron contentísimos y para festejar las ranas cantaban, los pájaros daban volteretas en el aire y los peces bailaban. El viento se despidió haciendo una reverencia y se fue apuradísimo a llevar a las nubes a cargar más agua. El río agradecido le dio tres besos mojados y lo saludó con sus manos transparentes. Eso sí: aunque todo se había solucionado, el río siguió llorando, pero de felicidad. Porque a veces, cuando uno está muy, pero muy feliz, también tiene ganas de llorar. 

 

 

 

 

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