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Triunfamos, un entrañable cuento de Pelota de Papel 3

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Escribió Claudia Piñeiro en el prólogo de Pelota de papel 3 (Planeta) de Sebastiàn Domínguez: «Pelota de papel 3 – Cuentos escritos por mujeres futbolistas es como un juego de cajas chinas. O mamushkas. Prefiero mamushkas, porque es el producto superpuesto del arte y la palabra de distintas mujeres: deportistas, artistas, periodistas, escritoras, militantes. Uno abre cada una de las veintinueve mamushkas con entusiasmo lector y se encuentra con que dentro no hay sólo una historia. Hay veintinueve historias, veintinueve prólogos, veintinueve ilustraciones. Pero también hay sueños, lucha, esperanzas, decepciones, amistad, amor, camino recorrido. Y fútbol, mucho fútbol. Aunque claro, el camino recorrido por mujeres en el mundo de este deporte tiene sus particularidades. No solo se trata de buscar el lugar propio en base a talento, fuerza de voluntad, pasión, entrenamiento. Se trata también, y antes que nada, de luchar por conseguir un lugar en territorio prohibido, un territorio deportivo reservado por y para hombres. Pero las mujeres nos cansamos de que los hombres nos señalen prohibiciones. Las historias de Pelota de papel 3 son, entonces, historias de fútbol pero también historias de lucha de mujeres por sus derechos.
Todo conmueve. Todo ilumina».

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POR NORMA SARALEGUI

Ex jugadora, integrante de la primera comisión directiva de fútbol femenino en AFA (Avellaneda, provincia de Buenos Aires, 1951).

Ilustrado por Luciana García Arango y presentado por Macarena Sánchez Jeanney (futbolista): “Norma Saralegui nos trae un cuento inspirador que permanece latente en ella y en todas Las Pioneras. Nos cuenta una historia que sigue resonando entre nosotres como si hubiese sucedido ayer y nos hace revivir su relato como propio. Norma nos remite al primer Mundial que disputó la Selección Argentina de Fútbol Femenino en México, en una historia que nos habla un poco sobre fútbol y mucho sobre la vida. Esa vida que las jugadoras amamos y también sufrimos. Una vida hecha de sueños, de intentos, de amor por la pelota y por la camiseta, de batallas ganadas, pero también de otras perdidas, de sobreponerse a las adversidades fuera de la cancha y de superarse como equipo dentro de ella. El 21 de agosto de 1971 no fue un día más para la Selección Argentina. Tampoco lo fue (ni lo será nunca) para nosotras. Quizás en ese momento Las Pioneras no dimensionaron la importancia de aquel logro deportivo en el Estadio Azteca, ni se imaginaron lo que esa hazaña podría transmitirnos a las próximas generaciones de jugadoras. Y de mujeres. Nos dejaron mucho más que una enseñanza deportiva. Aquellas 17 futbolistas no tenían técnico, no tenían ni ropa ni botines, no tenían ni siquiera plata para comer. Pero había algo que les sobraba: hambre de gloria. Aquellas 17 mujeres nos marcaron el camino y escribieron el comienzo de la historia del fútbol femenino. Los legisladores y las legisladoras tendrán la obligación de reivindicarlas dictaminando el 21 de agosto como el «día de la mujer futbolista». Y nosotras, como mujeres, argentinas y jugadoras, tendremos la obligación de agradecerles por habernos marcado el rumbo y debemos, también, continuar la historia que ellas comenzaron”.

 

TRIUNFAMOS (EL DÍA DE LA MUJER FUTBOLISTA)

 

En un bar del barrio de Palermo Viejo, reunidas alrededor de una mesa, Anca, Tesu y Maso charlaban sobre la vida y todo lo demás. De repente, Bega entró agitada y atropelló lo que había entre las mesas. Betty García, Bega, siempre tuvo un impulso imparable para todo. Puso las dos manos sobre la mesa y las demás la escucharon decir:

—¡Chicas, chicas, me llamó Mandrake! Se produjo un silencio y las demás miraron a Anca, que contestó:

—Mirá, yo estoy harta de jugar por el sánguche. Las otras sumaron sus críticas. Ni para curitas sacamos y eso que raspones nos llevamos. ¿Para qué seguir con esto? —dijo Tesu. —Che, paren, déjenla hablar —pidió Maso—. No sean así. —¿«Así»? ¿Cómo «así»? —protestó Anca—. Si esto es lo mismo de siempre. Una pone lo mejor, quiere creer, pero siempre volvemos al mismo lugar.

—Pero escuchen —dijo Bega—, ¡esto es grande! Al fin se nos da un sueño de toda la vida: nos invitan a jugar el Mundial en México. Las tres se pararon al grito de «¿¡quéeeee!?». —Sí, como lo escucharon —continuó—. ¿Les cuento? —Conmigo no cuenten, soy menor para viajar —dijo Maso. —Y a mí es difícil que me den permiso en el trabajo —agregó Tesu. —Che, no tiren la toalla antes de intentarlo —pidió Anca.

Las tres: —Dale, contá, Bega.

El Varela Varelita lo coparon las pibas esa noche. Alrededor de la mesa, en el medio del salón, comenzaron a soñar, se imaginaron jugando, defendiendo los colores de nuestro país. El lugar se llenó de historias, gritos de emoción y, sobre todo, de sueños. A la semana siguiente, las cosas siguieron su curso, ya con la aprobación y con la sorpresa de todas las jugadoras y siendo parte de un sueño colectivo. Decididas y valientes, comenzaban la aventura.

—¿Vieron? —dijo Bega—. Todo arreglado. Mandrake juntó a las jugadoras y nos consiguió un montón de cosas.

—Y mis padres me autorizaron a viajar —comentó Maso. A lo que Tesu agregó: —En mi trabajo se portaron de diez, me dieron permiso.

El aeropuerto de Ezeiza fue el lugar de reunión. El hall se llenó de abrazos y de gritos de emoción. Algunos despistados no entendían lo que pasaba y se acercaban a preguntar quiénes eran esas mujeres que saltaban de emoción.

«¿Ellas? Son la Selección Argentina de Fútbol Femenino, se van a México a jugar el Mundial», les contestó orgullosa una amiga que había ido para despedirlas. Los pasajes estaban, la ropa era lo puesto, apenas para un café tenían. Del que no había noticias era del empresario que les había conseguido el viaje. Ni Mandrake ni la utilería daban señales. Embarcaron el vuelo esperando que Mandrake las recibiera en el aeropuerto del DF, en México. Sus sueños no las desanimaban. Ya en el aeropuerto del DF esperaban encontrarse con los carteles de bienvenida, pero nadie fue a recibirlas.

Llegaban con poca práctica, poca ropa y nada de plata. «¿No lo ven a Mandrake?», se preguntaban; «debe estar por acá, en el aeropuerto», se respondían. Mandrake se esfumó. Como si fuera una broma, un truco de magia, desapareció. No había ni señales suyas. Bega, mirando a Maso, se lamentó:

—¿Y ahora qué?

—Ahora a lucharla —respondió Maso—, quevachaché. Volver no vamos a volver. Nos quedamos acá y vemos qué pasa. Afuera de la cancha veremos cómo nos las rebuscamos y adentro vamos a demostrarles a todos quiénes somos. Ahí estaban sin saber para dónde ir, en qué lugar dormir o cómo rebuscárselas para comer. No sabían lo que les esperaba. Pero después de lo que les había costado llegar hasta México, ninguna quiso cambiar los pasajes y volverse. De repente, en medio del aeropuerto del DF cuando todo parecía perdido, se acercó un paracaidista: —Chicas, las vine a buscar. No se preocupen que nosotros nos encargamos. Ustedes quédense tranquilas que todo va a andar bien. Era el asistente de Mandrake, un tipo que se hacía llamar Cuparo y que había llegado a México para acompañarlas. O eso creían. Lo que no sabían era que en realidad fue para cobrar el dinero por la presencia de las jugadoras y volver a desaparecer, en un truco digno de su jefe, después de dejarlas en el hotel que les había dado la organización. La alegría les duró poco. La desilusión regresó. Maso, que siempre fue la más observadora, vio que aledaño al lugar había un restaurante argentino. ¡Qué sorpresa para todas!

—Chicas, vengan, que vamos a comer. —¿Con qué plata? —preguntó Bega—. No tenemos más que unas monedas. —Yo me encargo. Déjenme hablar a mí.

Y ahí Maso encaró al dueño y le contó sobre la situación. Las demás escuchaban de lejos la negociación. El hombre movía la cabeza de manera negativa y Maso no dejaba de gesticular, queriéndolo convencer de algo. A los pocos minutos, los dos reunieron a las jugadoras en una ronda y les comentaron lo que habían resuelto en la conversación.

—Chicas, este buen hombre es el dueño y nos va a dar de comer mientras estemos acá. Les presento a Gran Valor. —Pasen y siéntense, muchachas, enseguida les servimos. Mientras entraron y se acomodaron en la mesa, vieron a Maso caminar junto a Gran Valor rumbo a la cocina, perdiéndose tras una puerta vaivén. Ni bien se sentaron, les empezaron a servir. Les llevaron a la mesa empanadas de entrada, bebidas y panes que comieron en segundos, del hambre que arrastraban. De repente, las luces del lugar se apagaron y Maso reapareció de pie en un pequeño escenario, frente a un micrófono y con el reflejo de un farol que brillaba sobre su cuerpo.

La música comenzó a sonar y ella, como si fuera cosa de todos los días, interpretó el bolero «Triunfamos»:

Une tu voz a mi voz,

para gritar que triunfamos…

Todas se miraban asombradas. Maso las había dejado con la boca abierta. Era una cantante estupenda y se lo tenía guardado. Terminaron coreando:

Amor nada nos pudo separar,

luchamos contra toda incomprensión,

del cuento ya no hay nada que contar,

triunfamos con la fuerza del amor.

Se pusieron de pie sobre el final de la canción, orgullosas, aplaudiendo a su compañera, que después siguió interpretando canciones populares del trío Los Panchos, que enloquecieron a la concurrencia. Era una lista de grandes éxitos que sonaban en todas las radios de América Latina. Maso agradeció con un gesto humilde y se acercó a la mesa al encuentro de sus amigas.

—Dejen de aplaudir, que el arreglo con Gran Valor fue que íbamos a cantar todas y le cambiamos el show por la comida. Así que suban a hacer coros.

Los días transcurrieron con mucha alegría después de esto. De ahí en más, comieron cada vez como reinas. Se acercaban a la competencia, se concentraban entre entrenamientos con equipos de México y paseaban por los hermosos lugares de ese país tan bello, tan místico, tan profundo y tan sentimental. Poco a poco, día a día, vivían la aventura de ser felices haciendo lo que se ama.

Llegó la hora del debut contra México y también contra el árbitro. Sufrieron una derrota. La primera experiencia tuvo un sabor agridulce. Estaban enojadas por el desarrollo del partido pero felices al sentir que en el estadio las habían recibido con afecto y aceptación. Cuando terminó el  encuentro, las llamaban desde las plateas para saludarlas. El público les pedía monedas argentinas como souvenir y ellas las cambiaban por las de otros países, con lo cual sacaban una buena diferencia. Y se dieron cuenta de que había otro negocio que les daría unos pesos extra para subsistir: vender fotos autografiadas del equipo. Lamento, viveza criolla o rebusque, encontraron la forma de pasar mejor esas jornadas.

El partido contra Inglaterra no fue uno más. Ya en la previa y habiendo perdido con México, las inglesas venían de candidatas. Eran un equipo fuerte, con tradición y con coraje. Pero algo pasó. Las chicas se relajaron y sintieron confianza. Creyeron en ellas mismas, desplegaron una fuerza imparable. Nadie esperaba que las criollitas ganaran 4 a 1 con tanta autoridad. El estadio Azteca explotaba y fue el testigo de la hazaña de estas mujeres. Era el mismo lugar que quince años después volvería a ser el escenario donde Argentina escribiría una de sus páginas deportivas más gloriosas. A partir de entonces, se empezaron a cotizar las monedas de las argentinas y a las fotos del equipo se las sacaban de las manos.

La Selección Argentina de Fútbol Femenino hizo historia en tierras lejanas. Ya cuando estaban por emprender el regreso, el broche de oro lo puso Gran Valor, que les regaló un día de excursión a Cuernavaca para seguir festejando la proeza. Significó la coronación del viaje de sus vidas. Nunca se olvidarían de lo felices que fueron gracias al fútbol. La memoria, tarde o temprano, siempre pone las cosas en su lugar. Hoy estas mujeres se ganaron el respeto, el reconocimiento y el cariño de todos y de todas. Cada vez que alguien se las cruza en algún lugar, les pide que cuenten anécdotas de aquellos años tan difíciles, pero con tantas historias valientes. Más allá de lo que les tocó vivir y de los resultados deportivos, aquello fue parte una experiencia inolvidable y forjó a un grupo humano que sigue vigente.

Ellas son las Pioneras del fútbol femenino argentino. Su historia suena y seguirá sonando, como la hermosa voz de Maso en aquellos días felices.

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