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La música de mi madre, de Álvarez Tuñón

«La música de mi madre» es uno de los cuentos que Eduardo Álvarez Tuñón reúne en El tropiezo del tiempo (Libros del Zorzal, Edhasa). Aquí, la primera persona, un niño, cuenta cómo esperar a su madre maestra desató el fuego de su imaginación. Mientras que para todos los demás el timbre significaba el grito de salida, a él solo le quedaba recrear historias que inventaba mientras recorría las aulas vacías… Pero uno de los relatos se le escapa de las manos y su vida habrá cambiado para siempre.

 

 

POR EDUARDO ÁLVAREZ TUÑÓN

Todo lo que termina está precedido de una música. En aquellos días mi madre me explicaba el universo, y esa fue su respuesta cuando le pregunté por qué se había elegido un timbre para anunciar el fin de la clase.
Los alumnos, los otros, formaban una fila en el patio y ya se iban, mientras yo, el único, esperaba que ella, que era la maestra de tercer grado, hiciera las planillas, firmara los registros y cerrara los armarios. Confieso que me hubiera gustado salir con mis compañeros. Me entusiasmaba la idea de estar juntos en la calle, correr y gritar, ver quiénes los iban a buscar y comprobar si el mundo de cada uno era como yo lo había imaginado, sin otro elemento que aquello que me evocaban sus apellidos. Le dije a mi madre, en tono de reproche y cuestionándole la verdad de la respuesta, que para mí el timbre no significaba la salida, y ella me aclaró que esa música que precede a los finales para algunos suena como una sola nota, prolongada y aguda, que interrumpe lo que están haciendo y los obliga a partir, y para otros, con más suerte, suena de una manera secreta y bella, para que comprendan que se inicia una lenta despedida.
Traté de escuchar esa otra música y me resigné a la aventura triste de recorrer las aulas vacías. Sentí cómo se transforman los lugares cuando parten quienes los habitan, de qué manera el silencio resalta los objetos, y comprendí que había algo de privilegio en contemplar un escenario abandonado, en el que podía oír los ecos de las voces perdidas.
Esa pequeña desdicha cotidiana de la espera, que me hacía diferente, a su vez me daba poder frente a los otros, porque solo yo conocía la escuela cuando empezaba a oscurecer, no había lugar que me fuera ajeno, sabía cómo se llegaba al sótano y dónde se guardaba la llave del salón de actos, con los retratos de los próceres de la Primera Junta y esos cortinados rojos, que inspiraban el temor de lo solemne.
Creo que fue entonces cuando me convertí en narrador porque, para que mis compañeros no me aislaran y quisieran estar conmigo, empecé a describirles cómo era la escuela cuando todos se iban y a contarles historias que inventaba y en las que, a veces, participaba como héroe y otras como víctima, pero siempre como único testigo. Trataba de convencerlos de que la calle era algo vulgar, sin secretos, cualquiera podía caminar por ella y, en cambio, solo unos pocos elegidos contemplábamos la aventura que se vive en las aulas cuando apenas quedan el perfume del encierro y de la tiza. Descubrí la fascinación que produce la palabra. Logré que ellos quisieran ser como yo y, en especial, que no se dieran cuenta de que yo hubiera dado todo por ser como ellos.
Había días en los que no se me ocurría nada y entonces jugaba con el silencio, les hacía creer que lo que había visto me imponía callar y que ya llegaría el momento de poder revelarlo. Pero el silencio no debía prolongarse demasiado, porque otros juegos ocuparían su atención y ya intuía que nada hay tan difícil como reconstruir la magia que se ha perdido. Una de esas tardes, en las que pensaba en vano qué inventar, la realidad vino a salvarme.
Estaba sentado en un banco de la secretaría y pude oír que dos maestras hablaban, en voz baja, del marido de Antonia, la portera. Decían que había caído preso, que lo habían ido a buscar a la mañana muy temprano y que falsificaba cheques. No entendí bien, pero tuve miedo y me invadió esa angustia que solo se siente en la niñez, cuando la desgracia roza lo cercano. Lo había visto apenas dos o tres veces, pero intenté recordarlo con precisión, traer al presente su imagen, como si hubiera algo en ella que pudiese revelar que estaba destinado a la cárcel. Recordé que era flaco y que caminaba rápido, lo que me hizo pensar que ya desde entonces lo estaba persiguiendo la policía. Recordé, también, que una vez me regaló un alfajor y ahora tenía la certeza de que lo había robado.
Aquella noche casi no pude dormir y, al amanecer, sentí algo que, con los años, tantas veces volvería a sentir: el alivio de tener una historia para contar. En el primer recreo empecé mi relato y, como no sabía bien qué era falsificar, dije que lo acusaban de asesinato. Para tornarlo más atrayente, le imaginé una fuga. Debía vincularlo con mi presencia en la escuela al atardecer e inventé que se escondía en el aula de cuarto grado y que yo podía ver cuando Antonia entraba con la comida: un plato de lata con fideos recalentados, pan duro y una jarra con agua. Decidí no hablar más para que la historia me durase unos días y solo ante una pregunta acerca de dónde dormía les dije que había un colchón en el suelo, con sábanas grises, y que abajo de la almohada guardaba un revólver y una foto, en blanco y negro, ajada. Me di cuenta, por las miradas, de que, a diferencia de otras veces, había logrado que sintieran aquella angustia que yo mismo había sentido. Esa tarde aprendí, para siempre, que los pequeños gestos cotidianos de un personaje sirven para revelarnos su desdicha y que la descripción minuciosa de los detalles hace más creíbles aquellas historias que jamás hemos vivido.
Al día siguiente, la madre de una alumna pidió hablar con la directora. Le preguntó, indignada, cómo era posible que el colegio fuera el refugio de un delincuente y le dijo que ella iba a hacer la denuncia y que no intentaran negarlo, porque a la nena se lo había contado, nada menos, que el hijo de una de las maestras, y los chicos nunca mienten. Recuerdo todavía la luz temblorosa que dejaba entrever la puerta vidriada de la dirección, las voces de la directora y de mi madre y la mirada de rencor que me dirigió la señora al salir. Tuve miedo y pensé que mi destino inmediato tal vez fuera el mismo que el del marido de Antonia. Mi madre se había quedado en la dirección y pude escuchar que la directora le hablaba de mí, de lo que había hecho y de los límites que había que ponerme.
Comprendí que mi madre había asumido mi defensa, porque ahora la oía elevar la voz y preguntar, con fingida indignación, cómo era posible que una alumna como Marcelita, que era abanderada, no hubiera sabido diferenciar una historia verdadera de un cuento simple en un recreo. Sin dudas había que revisar el sistema de abanderados y escoltas, que no estaba reflejando la capacidad intelectual del alumnado. Caminamos de la mano, como todas las tardes, las tres cuadras que separaban la escuela de nuestra casa. Mi madre estaba más silenciosa que otras veces y, por momentos, miraba hacia arriba, como queriendo buscar una respuesta, descubrir una verdad, resolver un enigma que la intrigaba. Yo sentía que todo estaba perdido, que me esperaba el exilio en un nuevo colegio y que nunca más volvería a caminar por esas calles, que ahora me parecían más bellas solo porque las recorría por última vez. De pronto mi madre se detuvo y me preguntó, con voz de sorpresa y orgullo, cómo se me había ocurrido esa historia. Me miró a los ojos y me dijo que mi imaginación era maravillosa y única, que iba a llegar muy lejos en la vida y que tenía una duda, que solo yo le podría aclarar: ¿de quién era la foto en blanco y negro que guardaba el marido de Antonia debajo de la almohada, al lado del revólver?
En ese instante, vi que se reconstruía todo mi universo, me di cuenta de que no había sentido la música que anuncia los finales, me vi de nuevo en el patio, supe que nunca cambiarían los perfumes de las tardes, que no dejaríamos de caminar por esas calles y le respondí, con la certeza de quien anuncia una verdad innegable, que mañana le seguiría contando.
Buenos Aires, marzo de 2011

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