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«Instrucciones para encontrar el amor», un cuento de Liliana Cinetto

Liliana Cristina Cinetto nació en Buenos Aires y es profesora de Enseñanza Primaria, profesora de Letras, escritora y narradora de historias. Como docente, ha ejercido en escuelas primarias y ha dictado cursos y talleres de capacitación en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, España, México, Portugal y República Dominicana. Como autora, ha publicado más de cien libros para chicos de cuentos y poesías para Norma Kapelusz, Edelvives, Edebé, Estrada, Aique, Santillana (Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Colombia), Marenostrum (Chile), Norma (Puerto Rico y EE.UU.), S.M. (España y Puerto Rico), Everest (España), Cajasur (España), McGraw-Hill (Estados Unidos), Tinta Fresca, Puerto de Palos, Grupo Cinco Editores y artículos teóricos en las revistas Mnemosine (España). Su obra ha sido traducida al francés, inglés, portugués, catalán e italiano. Reconocida en Latinoamérica y España, Cinetto ha recibido importantes premios como el Alfonso Grosso, de Sevilla por su primer libro de cuentos para adultos, La vida es cuento, además del premio Áccesit del Conservatorio literario de Rosario, el primer premio y la segunda y cuarta mención en el Primer Concurso Nacional de la Canción Infantil organizado por Aries F.M., auspiciado por la SADE de Salta y el segundo premio en el Primer concurso de Literatura Infantil de Sigmar por su novela El tesoro del último dragón. En este cuento -¡entrañable!- seguimos la lista de cosas a hacer para encontrar el amor (si vivimos en un asteroide, eso sí).

 

 

POR LILIANA CINETTO

 

 

Le habían dicho que el amor era azul y redondo, como la octava luna de Neptuno. Que la voz con la que habla el amor parece hecha de suspiros y nubes rosadas. Que el amor solo puede encontrarse durante el invierno. Y que, a veces, el amor se enreda en la mirada y se queda allí para siempre. Incluso le habían dado instrucciones precisas para encontrar el amor verdadero:

Lavarse los dientes con polvo cósmico durante los eclipses. (El mal aliento es un repelente definitivo contra el amor.)

Utilizar el radar ultrasónico de los ojos para detectar las ondas amorosas, que se confunden fácilmente con vibraciones interplanetarias, terremotos y accesos de tos.

Girar las antenas hacia la izquierda en forma continua.

Estornudar cuatro veces saltando con el pie derecho.

Tirarse de las orejas hacia arriba y hacia abajo.

Rascarse el ombligo.

(Los últimos cuatro pasos son indispensables en el ritual de seducción.)

Es que, en el asteroide XP3245, eran muy organizados y rigurosos. No podían perder tiempo en cosas sin importancia. Tenían instrucciones claras para todo: instrucciones para tomar sopa sin hacer ruido, instrucciones para dormir y no tener pesadillas, instrucciones para divertirse los fines de semana, instrucciones para rascarse la espalda…

Por eso, los miembros del gobierno se habían tomado el trabajo de explicarles a los diez millones trescientos cuarenta y dos mil setecientos catorce habitantes del asteroide cómo era el amor y cuál era la única forma de reconocerlo. Si se seguían paso a paso las instrucciones, no existía ninguna posibilidad de equivocarse y sufrir las angustias de un amor no correspondido.

Pero él no encontraba el amor. Lo había buscado en cada cráter polvoriento, en los anillos impecables de Saturno, en el sol distante que entibia el horizonte, en las huellas esféricas que dejan sobre la arena las lluvias de meteoritos y en los círculos concéntricos que se forman en el agua cuando uno arroja una piedra. Lo había buscado en la bruma que dibuja figuras en el aire azulado, en el fondo de los antiguos mares donde la nostalgia todavía es azul, en la cabellera encendida de los cometas donde el fuego se olvida del rojo y del amarillo, y en el cielo, entre millones de estrellas temblorosas. Pero el amor no aparecía.

Sin embargo, él no estaba dispuesto a resignarse así como así. Iba a encontrar el amor aunque tuviera que recorrer todas las galaxias. Por eso se lavaba los dientes hasta que brillaban, como soles diminutos. No había nadie en el asteroide capaz de hacer girar las antenas hacia la izquierda como él. Le ardían los ojos porque conectaba su radar ultrasónico todo el tiempo. Sus estornudos se oían hasta Mercurio. Se había tirado tanto de las orejas que se había alargado hasta el cuello y tenía la piel del ombligo áspera de tanto rascarse. Por supuesto, todo esto lo hacía en los infinitos inviernos, porque el frío era tan blanco que era fácil distinguir el menor destello azulino, signo inequívoco de que el amor se acercaba. Pero a él no se le acercaba nada ni nadie. Mientras sus compañeros paseaban por el asteroide con sus amores azules y redondos en la mano, él se quedaba en el sitio más triste de todo el universo, que es la soledad. Con la vista perdida en el espacio, esperaba el amor que le hablara con una voz hecha de suspiros y nubes rosadas, que se le enredara en la mirada y se quedara allí para siempre.

Llegó la primavera con su breve tibieza, y él, desolado, archivó en un rincón del olvido las instrucciones para descubrir el amor.

Fue entonces cuando la conoció. Ella pasó frente a él como una estrella fugaz, dejando a su paso una estela de chispas amarillas, rojas, verdes, anaranjadas y violetas. Él ni siquiera se había lavado los dientes ese día y, aunque no podía dejar de mirarla, no logró activar el radar ultrasónico de sus ojos, porque el corazón le latía a la velocidad de la luz y causaba interferencias.

Sin saber por qué, se le acercó y trató de repetir los cuatro pasos del ritual de la seducción. Pero las antenas le temblaban de los nervios y no le salía ni un solo estornudo. Además, le ardían las orejas coloradas por la vergüenza y ya no recordaba las instrucciones ni dónde tenía el ombligo. Lo único que sabía era que no quería perderla. Así que empezó a improvisar, a hacer aquello que sentía y que no se mencionaba en ninguna parte de las instrucciones. La invitó a ver cómo se dormía el sol sobre el horizonte del atardecer, le mostró los dibujos caprichosos de las constelaciones sobre el telón oscuro de la noche, inventó mil sonrisas diferentes solo para ella y le acarició las antenas con una nueva ternura, una ternura única e irrepetible, recién estrenada. No le importaba que ella pensara que era un tonto. Solo quería decirle que la amaba, aunque su amor no fuera redondo ni azul.

Pero ella no pensó que era un tonto. Le demostró que el amor puede tener muchas formas y colores, todos los que uno quiera darle, y le habló con una voz especial, que a veces estaba llena de suspiros y de nubes rosadas, y otras veces simplemente hacía cosquillas con cada palabra o iluminaba la densa oscuridad.

Por supuesto, el Organismo Oficial de Aprobación del Amor del asteroide XP3245 rechazó por unanimidad este amor que no obedecía los parámetros estipulados en las instrucciones. Se les ordenó que recapacitaran y se olvidaran de semejantes tonterías.

Pero el amor es desobediente y nunca quiere entrar en razón.

Por eso ellos ignoraron las órdenes y las instrucciones (excepto, claro, la de lavarse los dientes todos los días). Y se fueron dejando a su paso una estela multicolor, como un arco iris, como una sonrisa luminosa. Se fueron muy lejos, a ese sitio que solamente conocen aquellos a los que el amor se les enreda para siempre en la mirada.

 

 

Liliana Cinetto relatando sus cuentos para chicos.

 

 

 

 

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