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«Escuchen», un cuento de Lansdale

 

Joe Richard Lansdale (28 de octubre de 1951) es un escritor y experto en artes marciales estadounidense. Ha escrito novelas e historias de diversos géneros, incluyendo ficción, horror, misterio, cómics y suspenso. Escribió cuarenta y cinco novelas y ha publicado trainta colecciones de relatos cortos y algunas de sus novelas han sido llevadas al cine. Ganó varios premios por su labor en las letras, de los que destaca el Premio Bram Stoker. «Escuchen» es un cuento de corte fantástico, un autor quizá algo desconocido en el mundo de habla hispana. Es una historia breve que atrapa al lector por las circunstancias muy particulares que le acaecen: Floyd Merguson es un personaje ficticio, tanto que poco a poco comienza a desaparecer, a ser invisible. Tan grande es lo absurdo de su angustiosa existencia que un buen día, ya harto de no ser nadie, de que ninguno de sus semejantes se percate de que él está allí, decide visitar a un psiquiatra. El final cierra de manera perfecta y sorprendente el curso de los acontecimientos. La desesperación del protagonista es atrapante y logra ese efecto «Corazón delator» poniendo nervioso a uno mismo. La temática recuerda un poco al relato de Poe, salvando por supuesto, las distancias.

 

 

 

POR JOE RICHARD LANSDALE

 

 

El psiquiatra vestía de azul, el color del desánimo, lo cual armonizaba con el talante de Merguson.

—Es usted el señor…
—Merguson. Floyd Merguson.
—Claro, señor…
—Merguson.
—Muy bien. Pase al consultorio.
Era un consultorio sofisticado, lleno de negras y elegantes sillas que tenían la textura del abdomen de un lagarto. Las paredes estaban decoradas con cuadros de color explosivo; sobre el gran escritorio de nogal descansaba una escultura metálica. Y estaba el diván, naturalmente, igual que en las películas. Era de color marrón achocolatado, con pequeños cojines en cada extremo. Parecía como si uno pudiera tenderse en él y desaparecer en su blandura. Sin embargo, se sentaron en sillas, el psiquiatra a su lado de la mesa y Merguson en el lado del paciente. El psiquiatra era un hombre de aspecto juvenil, con algunas canas distinguidas y prematuras en las sienes. Respondía muy bien al tipo del profesional inteligente.

—Bien, ¿cuál es exactamente su problema?
Merguson jugó nerviosamente con los dedos, se pasó la lengua por los labios y desvió la mirada.
—Vamos, vamos. Usted ha venido aquí en busca de ayuda, así que empecemos.
—De acuerdo- dijo Merguson cautamente-. Nadie me toma en serio.
—Hábleme de ello.
—Nadie me escucha, y ya no puedo soportarlo ni un momento más. Tengo la sensación deque voy a estallar si no me ayudan. A veces solo deseo ponerme a gritar: «¡Escúchenme!».

Merguson se inclinó hacia delante y dijo en tono confidencial: Creo que en realidad se trata de una enfermedad. Sí, ya sé que parece absurdo, pero creo que es eso y que me estoy acercando a la etapa final de la dolencia. Tengo la teoría de que hay personas que pasan desapercibidas para los demás, que son casi invisibles. Hay en ellos algo genéticamente equivocado responsable de que los demás les hagan caso omiso, como si tuvieran en su interior un relojito, y cuanto más se aproxima la manecilla a la hora decisiva, menos caso les hace el prójimo. Siempre he tenido el problema de ser tímido e introvertido y esa es la primera señal de la enfermedad. O te la quitas de encima cuando eres joven, o ya no lo haces nunca. Si no lo haces, crece como un tumor canceroso y acaba consumiéndote. En mi caso el problema empeora cada año, y últimamente es peor a cada momento. Antes mi esposa me decía que todo esto estaba solo en mi cabeza, pero ahora ya ni se molesta en decírmelo…

—Bueno, empecemos por el principio, cuando llegué a la conclusión de que estaba enfermo y que no era algo que estuviera solo en mi cabeza, ninguna clase de complejo. Mire, la semana pasada fui a la carnicería, la misma a la que acudo desde hace diez años. Nunca ha existido familiaridad entre el carnicero y yo, la verdad es que no he tenido familiaridad con nadie salvo con mi mujer, y ella se casó conmigo por mi dinero. Entonces por lo menos era visible, quiero decir que uno tenía que hacer algún esfuerzo para no reparar en mí, pero, Dios mío, las cosas han empeorado… Me estoy yendo por las ramas. Así que fui al carnicero y le pedí unos filetes de carne de primera. Entonces entra otro tipo y, mientras estoy hablando con él, le pide una libra de carne picada. Me interrumpe, fíjese. ¿Y qué sucede? Ya puede suponerlo. ¡El carnicero empieza a darle palique al tipo, envuelve una libra de carne picada y se la sirve! Le pregunto por mi pedido y me contesta: «Oh, se me ha olvidado».

Merguson encendió un cigarrillo, aspiró una larga bocanada y lo sostuvo entre sus dedos temblorosos.

—Créame, sirvió a otras tres personas antes de atenderme a mí, y cuando al fin lo hizo se equivocó; tuve que decirle lo que quería por lo menos tres veces.

—Es más de lo que puedo soportar, doctor. Un día tras otro sin que la gente repare en mí, y empeora cada vez más. Ayer fui al cine y al ir a sacar la entrada sucedió aquello. Quiero decir que desaparecí por completo, me hice transparente, invisible. Como se lo digo. Era la primera vez que me ocurría hasta ese extremo. El tipo de la taquilla estaba allí sentado como si viera a través de mí. Volví a pedir una entrada. No reaccionó. Estaba enfadado de veras, y me dirigí a la puerta. Ya había tenido bastantes preocupaciones para que ni siquiera pudiera darme un respiro, ir a ver una película y relajarme. Pensé que le daría una lección y entraría sin más en la sala. Entonces me venderían la localidad. Nadie trató de detenerme. Nadie pareció saber que yo estaba allí. Ni siquiera me molesté en comprar algo en el quiosco; de todos modos, nadie me habría servido. Bien, ésa fue la primera de mis desapariciones totales. Y recuerdo que cuando salí del cine, se me ocurrió esa idea tonta. Fui al lavabo y me miré en el espejo. Le juro, doctor, por los huesos de mi madre, que el espejo no reflejaba ninguna imagen. Me aferré a la pica para mantenerme en pie y, cuando miré de nuevo, mi imagen empezaba a perfilarse, lentamente. Bueno, no me quedé allí para esperar a que mi rostro apareciera del todo en el espejo. Salí del lavabo y me marché directamente a casa. Lo de la tarde fue concluyente. Sé que mi esposa Connie se ha estado viendo con otro hombre. ¿Por qué no? No puede verme. Y cuando puede, soy menos visible que la luz de una bombilla de un solo vatio. Llego a casa, después del cine, y la encuentro vestida para salir y hablando por teléfono.»¿Con quién estás hablando?» le pregunto.

Merguson aplastó el cigarrillo en el cenicero que estaba sobre la mesa del psiquiatra.

—No me dice ni pío, doctor. Ni una palabra. Y me pongo furioso. Voy al piso de arriba y escucho a través del teléfono supletorio. Es un hombre, y están concertando una cita. Intervengo en su conversación y empiezo a gritarles. ¿Adivina lo que ocurre? El tipo dice: ¿No oyes un zumbido o alguna interferencia?». «No», dice ella, y siguen adelante con sus planes. Sentí una rabia homicida. Bajé a la sala, arranqué el teléfono de manos de mi mujer y lo arrojé al otro lado de la sala. Destrocé algunos muebles e hice añicos varias lámparas y piezas de porcelana cara. En fin, dejé la sala hecha un desastre. Entonces ella se puso a gritar, doctor. Gritó de veras, créame. Pero entonces dijo algo que es el motivo de que esté aquí: «Dios mío», exclamó. «¡Fantasmas en esta casa!». Eso me derrotó, y supe que era invisible de nuevo. Fui arriba y me miré en el espejo del baño. En efecto: no reflejaba nada. Entonces esperé a ser visible de nuevo y llamé a su secretaria. Tuve que intentarlo cinco veces antes de que ella anotara mi nombre y me diera hora para la consulta. Fue peor que cuando traté de comprar la carne. Entonces me apresuré a venir aquí, porque tengo que solucionar esto. Le juro que no me estoy volviendo loco; es una enfermedad, y estoy empeorando por momentos. Dígame, doctor, ¿qué puedo hacer? ¿Cómo puedo solucionar este problema? Sé que no son figuraciones mías, y necesito que me aconseje…Por favor, doctor, diga algo, dígame qué puedo hacer. Nunca he estado tan desesperado en toda mi vida. Es posible que me difumine y no vuelva a ser visible jamás. El psiquiatra apartó la mano del mentón, donde había estado descansando.

—¿Qué…? ¿Cómo…? Lo siento, debo haberme adormecido. ¿Quiere decirme de qué se trata, señor…? ¿Cómo ha dicho que…?

Merguson se abalanzó por encima de la mesa, buscando la garganta del psiquiatra. Más tarde, cuando llegaron los representantes de la ley y encontraron al psiquiatra estrangulado y desplomado sobre su mesa, la secretaria dijo: «Es curioso, no recuerdo que haya entrado ni salido nadie. No podía entrar nadie estando yo aquí. El doctor estaba citado con un tal señor… -Consultó el libro de citas-. Un tal señor Merguson, pero no se presentó.

 

 

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