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«La niña invisible», de Sara Cano

Subimos uno de los relatos que conforman El futuro es femenino- Cuentos para que juntas cambiemos el mundo (Nube de tinta), donde varias autoras ponen su voz. Eleginos «La niña invisible» de Sara Cano porque es de una belleza única y nos da una nueva perspectiva de géneros.. Un bello ejemplar no solo por sus ilustraciones sino por el poder que transmite. Niñas, niños, mujeres y hombres se unirán en una sola voz (la del título) una vez finalizada la lectura de este libro, con un nudo en la garganta pero una sonrisa en la cara.

 

 

POR SARA CANO

 

Cuando todavía no sabía hablar bien, lo intentaba con pinturas. Llenaba hojas de papel con garabatos en los que la dibujaba con una falda hasta los pies y el pelo larguísimo. «Qué guapa, cielo, ¿quién es?», me preguntaban papá y mamá, mirando aquellas manchas de colores que solo yo sabía interpretar. Yo me señalaba para que comprendieran que era un retrato, pero no me entendían. «¿Es la princesa de algún cuento?».

Se preocupaban cuando me veían tirar las pinturas al suelo con rabia, incapaz de explicarme. Se esforzaban por comprenderme y no lo conseguían. En esos primeros dibujos nadie veía a la niña invisible. Así que dejé de dibujar y empecé a intentarlo con palabras. Las primeras sílabas que salieron de mis labios no fueron «mamá» o «papá», ni «sí» ni «quiero» ni tampoco «agua».

Esas son las palabras que dicen los niños normales cuando empiezan a hablar, pero ella no era una niña normal. Era una niña invisible, así que tuve que intentarlo con otras diferentes. «Nena, la nena», repetía a todas horas, señalando al espejo. «¿Qué nena? Aquí no hay ninguna nena. Solo estamos mamá, papá y el nene», decían, buscando a esa niña que no eran capaces de ver. «Nena, la nena».

Entonces se colocaban junto a mí frente al espejo, repasaban las partes del cuerpo y, mientras me abrazaban, trataban de explicarme por qué yo no era una nena, y me daban besos y me repetían una y otra vez lo mucho que me querían. Pero yo no quería explicaciones, ni besos, ni abrazos. Yo solo quería que alguien viera a la niña invisible.

Así que dejé de hablar y empecé a llorar. Lloraba constantemente. Llevaba el pelo bastante largo porque en la peluquería chillaba y me revolvía con tanta fuerza que al final siempre se negaban a cortármelo por miedo a hacerme daño. Pero papá y mamá me obligaban a llevarlo recogido en una coleta en lugar de suelto, como a mí me habría gustado. Cada vez que íbamos a comprar ropa, me tiraba en el suelo de la tienda y empezaba a llorar hasta que la cara se me hinchaba y la voz se me quedaba ronca, porque nunca me dejaban elegir la ropa que a mí me gustaba, la que yo necesitaba para que la niña invisible dejara de serlo. Como llorar tampoco servía de nada, un día dejé de hacerlo y empecé a gritar. Gritaba por todo. Gritaba cuando nos sentábamos a comer, porque todo me daba dolor de estómago. Gritaba en casa cuando me pedían recoger mis juguetes y también en los columpios del parque. Gritaba a la hora del baño y cuando me contaban un cuento antes de dormir. Gritaba y me obligaban a ponerme esa camisa tan bonita que ellos me habían regalado cuando íbamos de visita a casa del abuelo y la abuela. Gritaba cuando intentaban abrazarme para que me tranquilizara y cuando me dejaban en paz porque ya no sabían cómo calmarme. Gritaba en sueños y gritaba al despertarme. Pero cuando más gritaba era cuando tenía que ir al colegio.

Mis compañeros creían en los Reyes Magos, en Papá Noel y en el Ratoncito Pérez sin haberlos visto nunca, pero no querían creer en la niña invisible aunque la tuvieran enfrente. Cuando en el recreo iba a jugar con las otras chicas, ellas casi siempre me mandaban de vuelta con los chicos. Solo dejaban que me quedara cuando traían muñecas para jugar a las mamás, porque así podían ponerme a hacer de papá. «Pero yo también puedo hacer de mamá», me ofrecía a veces. «Tú no puedes hacer de mamá», me dijo un día la niña que tenía la muñeca más bonita. «Tú tienes pito, y las mamás no tienen pito». Y entonces yo gritaba, gritaba, gritaba, porque me daba cuenta de que ellas tampoco creían en la niña invisible.

Cuando me cansé de gritar, de llorar y de intentar explicarme con palabras y dibujos, empecé a creer que tal vez llevaran razón. Si la niña invisible solo existía en mi imaginación, entonces tendría que fabricarla. Un día aproveché que papá y mamá estaban viendo la tele en el salón para esconderme en el baño con un vestido y un pintalabios de mi hermana. Me solté el pelo y me lo peiné para que quedara como a mí me gustaba. Me quité la camisa que me habían regalado el abuelo y la abuela por mi cumpleaños, me puse el vestido y me pinté los labios delante del espejo. Estaba muy guapa, parecía una chica mayor. Pero solo lo parecía.

Nadie vería a la niña invisible hasta que dejara de tener eso que todo el mundo decía que me sobraba para ser una niña de verdad. «Mi amor, ¿qué te pasa? ¿Por qué te has disfrazado?». Debía de haber olvidado cerrar el pestillo, porque mamá y papá estaban de pie junto a la puerta y me observaban extrañados. «¿Cuándo se me va a caer?», pregunté yo mientras me señalaba la entrepierna, debajo de aquellos calzoncillos que tanto odiaba. «Cuando esto ya no esté, ¿veréis a la niña invisible?».

Sus caras se transformaron en cuanto me oyeron decir aquello. Los dos vinieron hacia mí, me abrazaron a la vez y empezaron a sollozar. «No te sobra nada. Eres perfecta tal y como eres», me aseguraban.

Y cuando volvieron a mirarme, vi en sus ojos que por fin habían entendido lo que yo no había conseguido explicarles ni con dibujos ni con palabras ni con llantos ni con gritos. «¿Entonces la veis? ¿Veis a la niña invisible?» «Claro que sí, mi amor. Te vemos».

 

 

 

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