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«Como la vida misma», un cuento inédito de Lorrie Moore

 

Cuentos completos de Lorrie Moore (Seix Barral). Genial, divertida y honesta, la autora es una de las voces más influyentes de la ficción estadounidense. Desde la publicación de Autoayuda, su primer libro de relatos, Moore ha sido aclamada como una de las plumas más importantes e influyentes de la ficción estadounidense. Sus historias, ferozmente divertidas y conmovedoras, hablan de la brecha que separa a hombres y mujeres, de la soledad que acompaña a los que han dejado de creer en el amor y de todos esos deseos tan íntimos que nunca pronunciaríamos en voz alta. En este volumen se reúnen por primera vez todos sus cuentos, la mayoría de los cuales se encontraban descatalogados hasta este momento. Invitada de #Filba2019, publicó ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? y Anagramas, además del ensayo A ver qué se puede hacer (Eterna Cadencia) y Gracias por la compañía también con Seix Barral.

 

 

 

 

 

 

POR LORRIE MOORE

 

A todo el mundo le gusta el circo.
¡Payasos! ¡Elefantes! ¡Caballos! ¡Cacahuetes!
A todo el mundo le gusta el circo.
¡Acróbatas! ¡Equilibristas! ¡Camellos! ¡La banda de música!
Supón que tuvieras que elegir entre ir al circo
o pintar un cuadro. ¿Qué elegirías?
Elegirías el circo.
A todo el mundo le gusta el circo.
V. M. Hillyer y E. G. Huey,
Historia del Arte para niños

Todas las películas de aquel año trataban sobre gente que tenía placas en la cabeza: espíritus de otra galaxia que se reúnen de noche en un complejo turístico y se apoderan de todos sus habitantes; de todos, excepto del hombre con la placa en la cabeza. O una chica con una placa en la cabeza pasea por la playa de una ciudad creyendo que es otra persona. Las olas arrojan las pruebas a la orilla. Hay marineros. O una mujer sueña con una preciosa casa en la que no vive nadie y un día pasa por delante de ella: cúpula, gabletes y porche. Se dirige hacia la casa, llama a la puerta y abre lentamente ¡ella misma!, una mujer sonriente que es su réplica exacta. Lleva una placa en la cabeza.
Era como si la vida se hubiera convertido en eso. Había salido repentinamente de sí misma, como un bicho.
El deshielo de febrero otorgaba a la ciudad el húmedo rezumar de una herida. Había mucha gente resfriada; en el metro todos tosían. Las aceras aparecían alfombradas por la espuma de escupitajos verdosos, y bajo los pórticos, los portales y las paradas de autobús se cobijaban los Rosies. Así llamaban a los hombres sin trabajo, a las mujeres y los niños que tenían granos como calabazas o fiebres altas, miradas implorantes, de odio, y labios hinchados y amoratados, como rígidas bocas dibujadas. Los Rosies vendían flores: primorosos tulipanes, lirios en flor. Casi nadie compraba. Los pocos que lo hacían eran también Rosies que intercambiaban una flor por otra, hasta que uno de ellos, una mujer o un niño, moría en la calle y los demás lo rodeaban con un corro de lamentaciones durante las diminutas y oscuras mañanas, que nunca eran mañanas sino noches.

Aquel año se declaró ilegal que los que vivían en pisos y casas no tuvieran televisor. El gobierno alegó la imperiosa necesidad de transmitir automáticamente, de transmitir a toda costa, la información importante, información necesaria para la supervivencia. Estaba en peligro la civilización, se decía. «Nosotros sí que estamos en peligro», dijeron otros, que habían llegado a la conclusión de que los espiaban, los controlaban, que lo que habían imaginado de pequeños (que la gente de la televisión los veía) se había convertido en realidad. El aparato debía permanecer encendido todo el día y había que poner la antena de plástico en forma de V en señal de victoria o de paz, nadie lo sabía muy bien.
Mamie empezó a sufrir insomnio. Desconfiaba de todo, incluso de sus propias palabras; demasiados avances. Objetos insertados en el cuerpo (implantes, pendientes, anticonceptivos) como parabólicas podían estar captando mensajes, sustituyendo las propias palabras por otras, dando instrucciones. No se podía saber. Abrías la boca y podía traicionarte con mentiras, con despistes, con actitudes y palabras que no eran tuyas. Tus palabras podían ser perfectamente viejos programas de radio que emitiesen desde los empastes de las muelas o llamadas de taxi alojadas en el pabellón de la oreja. Lo que describías como real podía ser una fotografía, una imagen de la revista Life que te obligaban a vivir e imitar. Tal vez los cuerpos enteros podían caer en manos de un ventrílocuo. Tal vez podían ser aproximados. Podías sentarte en el regazo de algo y limitarte a mover la boca. Podías tener miedo. Podías tener miedo de que alguien te obligara a tener miedo: un nuevo miedo, como el de un gourmet, la paranoia de un paranoico.
Eso no era el futuro. Era lo que convivía contigo en casa.
Mamie vivía en un salón de belleza reformado: techo metálico, hedor a trementina y lavabos de más. De noche, su marido, un pintor poco reconocido, de humor cambiante y con un aliento que siempre apestaba a cerveza, se acostaba a su lado, acurrucado contra ella, y roncaba con indiferencia. Ella cerraba los ojos. «Con todo lo que hay en el mundo para amar», empezaba una oración de su infancia. ¿Todo lo que hay?
Él la presionaba con sus huesos.
El radiador estropeado se sacudía y escupía. El calor aleteaba como pájaros que ascienden por las tuberías.
Permanecía despierta. Cuando conseguía dormir, soñaba con el fin de la vida. Iba a algún sitio, iba al lugar donde se suponía que debía morir, que estaba bien. Siempre iba en grupo, como si fuera un simulacro de incendio o un viaje de estudios. ¿Podemos morir aquí? ¿Ya hemos llegado? ¿Por dónde podemos ir?
También estaba el sueño de la casa. Siempre el sueño de la casa, como la película del sueño de la casa. Encontraba una casa, llamaba a la puerta, se abría lentamente, a la oscuridad, luego se detenía y su doble la saludaba flotando en el aire, como una lámpara de araña.
«Muerte», decía su esposo, Rudy. Guardaba una pequeña hacha debajo del colchón, por si los intrusos. «Muerte.» El año anterior había ido al médico para que le examinara la garganta y un lunar que tenía en la espalda; los observó, como si fueran las figuras del test de Rorschach, en busca de cualquier anomalía. Le extirpó el lunar, dejándolo flotar en el vial del patólogo como un diminuto animal marino. Y cuando estudió la garganta, anunció «Precanceroso», como si de un secreto o un signo del zodiaco se tratara.
—¿Precanceroso? —repitió ella con tranquilidad, porque era una mujer tranquila—. ¿No es eso… como la vida?
Estaba sentada, y él de pie. Jugueteaba con el alcohol y las bolas de algodón que guardaba en unos botes como de cocina, la harina y el azúcar del mundo de la medicina.
La sujetó por la muñeca y respondió escuetamente:
—Es como la vida, pero no necesariamente vida.

A su alrededor había una verja de hierro forjado y una puerta cerrada con llave, pero lo primero que vio fue el comedero de pájaros, los brazos de madera, la boca abierta de los tablones sostenida por un único pie. Era cerca de San Valentín, una mañana húmeda y desapacible, y se dirigía hacia una inmobiliaria, una distinta en esta ocasión, próxima a la parada de la Cuarta con Smith de la línea F, desde donde se divisa la Estatua de la Libertad. De camino se detuvo ante la casa que tenía un comedero de pájaros. ¡Un comedero de pájaros! Y un árbol delante, un roble alto como una torre de más de ciento cincuenta años. Una maestra había llevado a su clase hasta allí para ver el árbol y explicaba a sus alumnos: «Hace ciento cincuenta años. ¿Quién sabe decirme cuándo fue eso?».
Pero de entrada fue el comedero de pájaros: una cruz que acababa en un refugio con tejado a dos aguas, un espantapájaros desnudo adornado con líneas horizontales, como una casa de Frank Lloyd Wright o un motel alpino, con el alféizar de madera repleto de semillas de mijo. Sobre la nieve moteada del suelo había diminutos recipientes llenos de mantequilla de cacahuete. Una ardilla casquivana saltaba y se detenía de forma espasmódica para llevarse los recipientes a la nariz y acto seguido mordisquear su contenido. En el comedero había un par de palomas… sin párpados, de cuello grueso, gárgolas municipales; y allí ¿no había también un gorrión? ¿Y un piñonero?
La casa era una de las de verdad, de las pocas que quedaban en Nueva York. Una muestra del gótico eduardiano en decadencia, coronada por una cúpula que en su día estuvo pintada de color gris plateado y que entonces se descascarillaba. Había un porche y una celosía de madera trabajada… El tipo de casa adonde uno iría a tomar lecciones de piano, si es que alguien las tomaba todavía, una casa perfecta para una funeraria. Estaba comprimida entre dos locales: la inmobiliaria y una lavandería.
—¿Busca algo con un solo dormitorio? —le preguntó la agente.
—Sí —respondió Mamie, aunque de pronto se le antojó que por un lado era muy pequeño y que por otro pedía demasiado. La agente lucía el peinado y el maquillaje típicos de la mujer que ha vivido siempre en Nueva York, una mujer que sabe perfectamente cómo anudarse un pañuelo al cuello. Mamie observó el pañuelo de la agente, estudiando la geometría exacta de los pliegues y la posición del nudo. Si acababan operándola tendría que aprender a atárselo para camuflar la cicatriz. Sombrero, pañuelo, una pizca de carmín, pastillas mentoladas en la boca; de hecho, todo el mundo en Nueva York ocultaba algo.
La agente cogió un formulario y un bolígrafo.
—¿Nombre?
—Mamie Cournand.
—¿Cómo? Mejor será que lo rellene usted.
Era muy similar a los formularios que ya había rellenado en otras agencias. Qué tipo de piso busca; cuánto puede pagar; cómo lo pagará…
—¿Qué significa ilustradora histórica infantil? —preguntó inexpresiva la agente—. Si no le importa la pregunta…
—Trabajo en una serie de publicaciones históricas, en realidad se trata de libros ilustrados, para ni…
—¿Autónoma? —Miró a Mamie con recelo, desconfianza y luego con simpatía, como animándola a ser franca.
—Trabajo para la McWilliams Company. —Empezó a mentir—. Tengo un despacho allí. La dirección está escrita aquí. —Se incorporó para enseñárselo.
La agente se apartó bruscamente.
—Ya me oriento —dijo.
—¿Se orienta?
—No es necesario que se levante y me lo señale. ¿Son os teléfonos de casa y del trabajo? ¿Su edad?… Ha olvidado poner la edad.
—Treinta y cinco.
—Treinta y cinco —repitió la agente, anotándola—. Parece más joven. —Miró a Mamie—. ¿Cuánto está dispuesta a pagar?
—Hum, hasta novecientos, más o menos.
—Buena suerte —bufó la mujer, y sin levantarse de la silla con ruedas, rebuscó en el archivo, extrajo una carpeta marrón y la abrió. Colocó el formulario de Mamie en primer lugar—. Ya no estamos en los ochenta, me imagino que lo sabe.
Mamie se aclaró la garganta. Notaba aún la herida sin cicatrizar de la espalda.
—No ha pasado tanto tiempo. Es decir, muy pocos años.
Era consciente de que su expresión de miedo y cobardía asomaba de nuevo a sus ojos. Con el miedo se le ponía cara de niña… Odiaba que le pasara eso. De pequeña, escuchaba sumisa y nunca hablaba a no ser que le preguntaran directamente. En la universidad era la típica estudiante que se angustiaba por tener que ir a la cafetería. A menudo se quedaba en su habitación tomando té instantáneo frío y una lata de estofado.
—Vive aquí al lado. —La agente se movía a su espalda—. ¿Por qué quiere mudarse?
—Voy a dejar a mi marido.
La mujer torció la boca.
—¿En esta época y a esta edad? Buena suerte. —Se encogió de hombros y dio media vuelta para buscar de nuevo en los archivos. Hubo un largo silencio, la agente de la inmobiliaria sacudía la cabeza.
Mamie estiró el cuello.
—Me gustaría ver qué tiene, de todos modos.
—No tenemos nada. —La agente cerró de golpe el cajón del archivador y se giró—. Pero siga intentándolo. Es posible que mañana entre algo. Estamos esperando cosas.

Llevaban catorce años casados y casi diez viviendo en la zona sur de Brooklyn. En su día había sido un vecindario tan irlandés que hasta finales de los cincuenta los niños jugaban al fútbol en la calle y hablaban gaélico. Cuando llegaron ella y Rudy, el barrio estaba lleno de italianos que apenas si sabían italiano y que asomaban la cabeza desde las ventanas de los clubes privados, gritando: «¿Cómo va?». Ahora eran las chicas hispanas las que, enfundadas en mallas de vivos colores, se reunían en las esquinas al salir de clase, fumaban y barrían las calles. Barrían, decían todos. Los artistas habían tomado el barrio, y también poblaban las calles actores que luchaban por abrirse camino, yonquis y Rosies desesperados. «Cuidado —decía el chiste— con los actores que luchan por abrirse camino.»
El antiguo salón de belleza de Mamie y Rudy tenía en esos momentos una puerta con candado y ventanas con rejas. El interior conservaba las paredes originales de color lavanda y los adornos dorados. En un extremo, en alto, habían acondicionado la vivienda, y en el otro habían puesto estanterías, caballetes, lienzos y una mesa de dibujo. Apilados contra la pared, junto a la puerta, se hallaban los enormes cuadros de perros gruñendo y Vírgenes de Rudy. Tenía una serie de cada tema y esperaba exponerlos antes de morir, «antes de que me pegue un tiro en la cabeza con motivo de mi cuarenta cumpleaños». Hasta entonces se dedicaba a pintar pisos o a pedirle dinero prestado a Mamie. Únicamente era responsable de una factura, la de los servicios públicos, y más de una vez había tenido que salir corriendo a interceptar a los empleados de la compañía eléctrica, que, armados con botas y cascos, estaban dispuestos a cortar la luz. «Aquí no te aburres nunca», decía Rudy, dinero en mano. En una ocasión intentó pagar la factura con dos pequeñas naturalezas muertas.
—No piensas en el mundo real, Rudy. Ahí fuera existe un mundo real. —Ella presentía en él la delgada línea que separa la cordura del encanto—. Un mundo real a punto de explotar.
—¿Crees que no me importa que el mundo explote? —Su cara se ensombreció—. ¿Crees que no lloro cada jodido día pensando en esos Rembrandt del Metropolitan y lo que les pasará si eso sucede?
—Hoy he ido a una inmobiliaria, Rudy.
Era probable que a lo largo de su matrimonio hubiese sido demasiado soñadora e inconsecuente. Para que el amor dure es imprescindible tener ilusiones o no tener ninguna. Pero había que elegir. Lo que complicaba las cosas era cambiar constantemente de bando.
—¿Otra vez? —suspiró Rudy, con ironía pero dolido.
En su día el amor había sido como magia. Y ahora parecía un montón de simples trucos. ¡Debías aprender sus juegos de manos, sus comentarios mordaces, sus avemarías y sus dimes y diretes! Cuando la soledad acuciaba a Mamie, siempre volvía junto a él, a pesar de la mierda que había entre ellos, de las épocas en las que no se habían sentido comprometidos, de la ira, de las ausencias toleradas. Él confiaba en ese abracadabra. Pero el tedio regresaba de nuevo. ¿Era posible vivir con la excelencia muerta de algo…, con la estúpida mortaja de un cuerpo, con la cáscara reseca de la cual había salido arrastrándose el amor? Él creía que sí.
El televisor se encendió automáticamente y se vio uno de los anuncios del gobierno: hermosas parejas dando fe de su inmortal devoción, cuerpos inmortales. «Somos los Inmortales», decían, y abrazaban a sus hijos, unos niños pecosos que jugaban con muñecos de ojos de cristal. «Inmortal —decía el anuncio—. Sé inmortal.»
—No lo soporto —dijo Mamie—. No soporto ni a nuestro hermano ni a nuestra hermana. No soporto ni a nuestra madre ni a nuestro hijo. No soporto los anuncios de Inmortales. No soporto lavarme el pelo con lavavajillas, ni lavar los platos con champú barato, porque estamos demasiado arruinados o desorganizados o deprimidos para disponer de las dos cosas al mismo tiempo.
Siempre era así. En lugar de papel higiénico, utilizaban servilletas de cóctel con flores de Pascua dibujadas. A Rudy le enviaron por error una caja enorme, con una bandeja, llena de servilletas de ésas. En lugar de toallas, utilizaban felpudos de baño. Como felpudos de baño, más servilletas con flores de Pascua. Compraban jabón de oferta que en la etiqueta llevaba frases del tipo: «Sé delicado y no necesitarás ser fuerte».
—Es como si estuviéramos de campamento, Rudy. ¡Esto es un campamento! —Intentaba recurrir a algo que él comprendiera—. Mi trabajo. Esto está afectando a mi trabajo. ¡Mira esto! —Y ella se acercaba a la pequeña mesa de dibujo y le mostraba el boceto a medio terminar de las semillas de maíz Squanto. Buscaba una metáfora nuclear: un hombre blanco aprendiendo a plantar cosas que luego brotarían; el hombre blanco emocionado con la siembra—. Parece un sapo.
—Parece un catcher de los Boston Red Sox. —Rudy sonrió. ¿Sonreiría ella? Serio, pero en plan burlón, prosiguió—: La perspicacia y la generosidad siempre están en guerra. Debes decidir si quieres ser musa o artista. Una mujer no puede ser ambas cosas.
—No puedo creerte —dijo ella, contemplando el apartamento con mirada acusadora—. Esto no es vida. Es otra cosa. —Y aquel lugar poco iluminado le devolvió la mirada, herido, el eco de un viejo salón de belleza suspendiendo las matemáticas de otro.
—Olvídate de lo de Squanto —dijo compasivo—. Tengo una idea para ti. Llevo el día entero dándole vueltas: un libro infantil titulado Demasiadas lesbianas. —Empezó a gesticular—. Lesbianas en los arbustos, lesbianas en los árboles… «Encuentra a las lesbianas…»
—Voy a tomar un poco el aire —replicó ella, y cogió el abrigo y salió apresurada.
Ya era de noche, una noche gris como el zinc y fría, y los charcos de la calle eran un fino espejo. Pasó corriendo junto a los temblorosos Rosies que se apiñaban en la esquina y recorrió a toda prisa seis manzanas en zigzag para ver de nuevo el comedero de pájaros. Dicen que si visitas un lugar de noche, lo haces tuyo.
Cuando llegó, la casa estaba a oscuras, como aguantando la respiración para no hacer ruido y que nadie la descubriera. Acercó la cara a la verja, a las duras pestañas de hierro forjado, y suspiró, deseando otra existencia, la de una mujer que viviera en una casa como aquélla, con su encantador tejado abuhardillado, sus cuidadas habitaciones… Recelaba de su propia vida, como esos ingenieros aeronáuticos que no están muy dispuestos a volar en los aviones que diseñan porque temen morir víctimas de sus propios disparates.
El comedero de pájaros estaba allí, alto como un policía.
No había pájaros.

—No deberías irte. Siempre acabas volviendo —musitaba Rudy. «El turista y su desesperación», dijo una vez. Era el título de una de sus obras. Una de un perro que gruñía y saltaba sobre un sofá.
Miró por la ventanita que había junto a la cama, un trozo de cielo y una estrella diminuta, un asterisco que la conducía por un instante hacia una explicación… La noche le regalaba una nota a pie de página. Rudy la abrazó, la besó. La cama era el único lugar donde a ella le parecía que él no imitaba a nadie. Después de quince años había presenciado todo tipo de imitaciones (amigos, padres, actores de cine), hasta que eso empezó a asustarla, como si él fuera muchas personas a la vez, personas a las que ir cambiando, sin apurarse mucho, como se cambian los canales de la televisión, una mente enloquecida por el cable. Jimmy Stewart. Elvis Presley.
—¿Tus padres eran raros? —le preguntó ella una vez.
—¿Mis padres? Estás bromeando, ¿no? —respondió él—.
De cuando en cuando memorizaban algo. —Dylan tocando la armónica. Como la vida misma; como la vida misma. James Cagney. También hacía una mezcla musical que él denominaba Smokey Robinson Caruso—. ¿No crees que tendríamos unos hijos preciosos? —En ese momento era Rudy, adormilado, retirándole el flequillo de los ojos.
—Serían nerviosos y dementes —murmuró ella.
—Estás obsesionada con la salud.
—Quizá también hiciesen imitaciones.
Rudy le besó el cuello, las orejas, el cuello otra vez. Ella estaba obligada a escupir todos los días en un recipiente que guardaba en el baño y llevarlo a la clínica con regularidad.
—Crees que ya no nos queremos —dijo él. Podía ser tierno. Aunque a veces era tosco, se colocaba sobre ella con una fuerza que nunca dejaba de sorprenderla, quería hacer el amor y la llenaba de besos empujándola contra la pared: «Vamos, vamos»; aunque sus cuadros eran cada vez más violentos, torbellinos de hombres calenturientos vestidos con traje y sodomizando animales: «Eso es lo que pienso de los yuppies, ¿vale?»; aunque cuando iban a un restaurante la machacaba con sus miradas de disgusto mientras ella, dolorosamente aburrida, contemplaba absorta su plato…, allí desnudo, observándolo abiertamente, podía ser un marido tierno—. Lo crees, pero no es cierto.
Conocía sus pequeñas mentiras desde hacía años; eran indoloras en su mayor parte, fruto de la vanidad y de las dudas, aunque a veces estaban alimentadas simplemente por el deseo de ocultarse de cosas cuya verdad requería un gran esfuerzo de imaginación. Conocía exactamente su modo de contar siempre las mismas anécdotas de su vida, una y otra vez, cambiando algún detalle en cada ocasión, exagerando o contradiciéndose a veces con un propósito concreto —su autorretrato de Genio por Descubrir—, y otras aparentemente sin ninguno. En una ocasión le comentó que «a un palmo de la puerta hay un carro de la compra vacío atrancado contra la puerta», a lo que ella respondió: «Rudy, ¿cómo puede estar a un palmo de la puerta y atrancado contra ella al mismo tiempo?». «Está lleno de periódicos y latas, cosas así. No lo sé.»
Era incapaz de decir en qué momento empezó a zozobrar su amor, cuánto llevaba jadeando tristemente sobre su propia tumba de rabia y obligación. Habían pasado juntos un tercio de sus vidas… Un tercio, el tiempo que se dedica al sueño. Era el único hombre del mundo que decía encontrarla guapa. Y se había encariñado con ella, la había amado, incluso cuando tenía veinte años y la aterrorizaba el sexo, cuando no se atrevía ni a moverse, fuera por educación o por timidez. La había ayudado. Más tarde aprendió a desear ardientemente el corazón drogado del sexo, las drogas de su esencia: los besos y alborotos necesarios parecían sólo eso, necesarios para llegar a las drogas. Pero todo había sido con Rudy, siempre con él.
—Ahora estamos compinchados de verdad —proclamó ella exultante el día que se casaron por lo civil.
—No me gusta que estemos compinchados —dijo él, sin tan siquiera cogerla—. Preferiría que estuviésemos tatuados.
Los besos se convirtieron en desengaño; los alimentaba la tristeza, empujándolos hacia algún lugar. La ciudad se debatía y el mundo se apagó. Rudy pintaba sus Vírgenes haciendo pucheros, abría latas de cerveza y veía películas antiguas en la tele.
—Eres feliz hasta que dices que eres feliz. Y luego dejas de serlo. Bonnard. El gran pintor de la felicidad que de tanto expresarla acaba matándola.
Tal vez ella había creído que la vida le proporcionaría algo más duradero, más pleno que el amor sexual, pero no fue así, no exactamente. Por un momento se había sentido como una de las chicas de la esquina: un mundo de mallas y drogas… Drogas ansiadas a toda costa y conseguidas con excesiva rapidez.
—¿No crees que nuestro amor es muy especial? —le preguntó Rudy.
Pero ella no creía en el amor especial. A pesar de que todo el mundo era práctico, Mamie creía —como se anhela el viento en invierno— en un único tipo de amor, el que se encuentra en el arte: sólo allí se muere por su causa. Según Rudy, había leído demasiadas novelas, novelas victorianas en las que los niños hablan en subjuntivo. «Te lo tomas demasiado a pecho», le escribió en una ocasión en que ella se marchó a vivir a Boston, con una anciana tía y un bloc de dibujo.
—Yo nunca moriría por ti —le dijo ella en voz baja.
—Seguro que sí —dijo Rudy. Suspiró y volvió a acostarse—. ¿Quieres un vaso de agua? Bajo y te lo traigo.
A veces su matrimonio era como un santo guillotinado que seguía andando por la ciudad con la cabeza en las manos. A menudo se imaginaba el apartamento pasto de las llamas. ¿Qué se llevaría? ¿Qué pocas cosas se llevaría con ella para iniciar una nueva vida? La idea la animaba. «Te lo tomas demasiado a pecho.»

En el sueño de la casa, cruza la verja, pasa junto al comedero de pájaros y llama a la puerta. Se abre lentamente y entra, entra y sigue, hasta que es ella misma quien abre la puerta, desde el otro lado y preguntándose quién ha llamado.
—Muerte —repitió Rudy—. Muerte por holocausto nuclear. Todo el mundo tiene sueños de ese tipo. Excepto yo. Yo tengo pesadillas desconcertantes relacionadas con cortes de pelo horribles y con que estoy en una fiesta y no conozco a nadie.
Por la mañana, el sol entraba a raudales por la ventana situada junto a la cama. En invierno había más luz en el interior porque la nieve depositada sobre el alero reflejaba los rayos del sol, arrancando destellos granates de la alfombra y dibujando rayas en la cama. Un gato callejero al que habían dado cobijo y comida ganduleaba en el alféizar. Lo llamaban Comilón o Bill de los Baskerville, y Rudy, de vez en cuando, se mostraba cariñoso con él, lo levantaba muy alto para que husmeara sobre las estanterías y olisqueara el techo, cosa que le encantaba. Mamie esparcía alpiste sobre la nieve para atraer a las palomas y para que el gato se entretuviera observándolas desde la ventana cuando estaba dentro. Televisión para gatos. Sabía que Rudy odiaba las palomas, sus patas de lagarto y su cerebro de mosquito, su particular torpeza bovina. Admiraba a su amigo Marco, que había colocado estacas metálicas en el aparato de aire acondicionado para evitar que las palomas se posaran en él.
Normalmente Mamie era la primera en levantarse, la que preparaba el café, la que primero bajaba sigilosamente por aquellos peldaños improvisados claveteados en el tabique de madera, la que pululaba por la cocina, calentaba el agua, aclaraba las tazas, servía el café, hacía el zumo y lo subía todo a la cama. Desayunaban así, las sábanas estaban llenas de manchas.
Pero aquel día, como siempre que él temía que lo dejara, Rudy salió desnudo de las sábanas antes que ella, realizó un salto acrobático desde las alturas del dormitorio y aterrizó en el suelo con un ruido sordo. Mamie observaba su cuerpo: era larguirucho y tenía orejas grandes; la espalda, los brazos, las caderas. Nadie menciona jamás las caderas de los hombres, ese par de robustas sillas de montar. Se puso unos calzoncillos tipo bóxer. «Me gusta esta ropa interior —dijo—. Me siento como David Niven.»
Preparó el café con el agua que guardaban en un cubo de basura de plástico. La repartían así, semanalmente, como agua de seltz, y pagaban veinte dólares por ella. Lavaban los platos con agua del grifo y también se duchaban con ella aun a sabiendas de que, según los médicos del gobierno, corrían el riesgo de sufrir erupciones cutáneas. Una vez que Mamie se duchó y se frotó enérgicamente con una vieja esponja vegetal, sin estar al corriente del aviso especial que acababan de emitir por radio, salió de la ducha con unas ampollas terribles en los brazos y los hombros: más tarde se enteró de que habían vertido productos químicos en el agua para impedir la propagación de virus procedentes de las pulgas de las ratas de cloaca. Se untó la piel con mayonesa, era lo único que tenían, y las ampollas reventaron revelando debajo una piel rosada como el jamón.
Exceptuando el placer que le proporcionaba que Rudy subiese el café —era como un regalo—, odiaba aquel lugar. Pero se puede convivir con el odio. Y así lo hacía. El odio era muy fuerte, tenía distintos aspectos; se retiraba para dejarte paso. Era pura aversión que enturbiaba, importunaba y se colocaba frente a tu persona, como un niño que quiere algo.
Rudy llegó con el café. Mamie rodó hacia el borde de la cama para cogerle la bandeja de flores de Pascua mientras él pasaba sobre ella para acostarse de nuevo. «El hombre del café», dijo ella, intentando resultar cariñosa, incluso cantarina. ¿Acaso no debía intentarlo? Colocó la bandeja entre ambos, cogió su taza y sorbió. Resultaba divertido: cada sorbo era una nueva representación de aquel lugar fétido, volvía a verlo con la mirada de un corazón con cafeína, incluso le parecía bonito. Debía de ser ese extraño cariño que se siente por un sitio odiado antes de abandonarlo. Y lo abandonaría. Otra vez. Convertiría las paredes, los lavacabezas y la suciedad de la trementina en un recuerdo, lo convertiría en el escenario de delitos leves y pensaría en él con un cariño falso, ligero.
Es posible tomarlo todo a la ligera y como una mentira y no volver a saber lo que fue verdad y se sintió con el corazón.
Apareció el gato y se acurrucó a su lado. Le acarició el pelaje de las orejas, cálido y suave, y le limpió los bigotes. El animal agachó la cabeza y cerró los ojos adormilado, satisfecho. Qué triste, pensó, qué terrible, qué suerte ser un animal y confundir cuidados con amor.
Puso la mano en el brazo de Rudy. Él inclinó la cabeza para besarla, pero como era imposible hacerlo sin derramar el café, se incorporó de nuevo.
—¿Te sientes solo alguna vez? —le preguntó Mamie. Todos los instantes de una mañana suponían un enfrentamiento entre el pasado y el futuro para ver quién prevalecía. Apoyó la mejilla en el brazo de él.
—Mamie —dijo él en voz baja, y eso fue todo.
La mayoría de sus amigos habían muerto en el transcurso de los últimos cinco años.

Los indios no estaban acostumbrados a las enfermedades que los ingleses llevaron al Nuevo Mundo. Muchos indios enfermaron. Y a veces morían como consecuencia de la varicela o de las paperas. Podía ocurrir que un orgulloso indio se levantara una mañana, se observara en el espejo que había adquirido a un comerciante inglés y viera su cara llena de manchas rojas. El orgulloso indio se enfadaba. Era posible que se lanzara contra un árbol para lisiarse. O que se tirara por un precipicio o se arrojara en una hoguera (dibujo).

La agente de la inmobiliaria llevaba un pañuelo distinto: de punto de color turquesa, anudado con lazada larga; le envolvía el cuello a modo de collar.
—Una habitación —dijo rápidamente—. ¿Se contentaría con una habitación?
—No estoy segura —replicó Mamie. Se sentía deprimida y acosada cuando hablaba con alguien elegante y poderoso.
—Bueno, pues regrese cuando lo esté —dijo la agente sin levantarse de la silla y volviendo de nuevo a los archivos.
Mamie cogió el metro hasta Manhattan. Daría un paseo por las galerías del SoHo después de entregar un manuscrito en la McWilliams Company. Luego regresaría a casa pasando antes por la clínica. Llevaba el recipiente de cristal en el bolso.
En los lavabos de McWilliams se encontró con una secretaria llamada Goz con la que había hablado alguna vez.
Goz estaba frente al espejo pintándose los ojos.
—Eh, ¿cómo estás? —dijo al ver a Mamie.
Mamie se quedó a su lado, se lavó la cara para quitarse de encima la suciedad del metro y hurgó en el bolso en busca de un cepillo.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien. —Goz suspiró. En la repisa del lavabo había dos muestras de perfume, rímel y varios tonos de sombra de ojos. Examinó su cara reflejada en el espejo y hundió las mejillas—. He tardado años en conseguir maquillarme los ojos así.
Mamie sonrió con simpatía.
—Mucha práctica, sí.
—No…, años de maquillaje. He dejado que las capas fueran acumulándose. —Mamie se inclinó para cepillarse el cabello cabeza abajo—. Hummm —dijo Goz algo irritada—. ¿Qué has hecho estos días?
—Otra cosa para niños. Es la primera vez que hago los dibujos y el texto. —Mamie se incorporó y echó la cabeza hacia atrás—. Hoy entrego un capítulo para Seth. —El pelo le cayó sobre la cara y la dejó en penumbra. Parecía una loca.
—Ah. Hummmm —dijo Goz. Observaba con interés el cabello de Mamie—. Me gusta el pelo bien peinado. No me parece bien que las mujeres vayan por ahí como si acabaran de acostarse con alguien.
Mamie le sonrió.
—¿Y tú? ¿Sales mucho, te diviertes?
—Sí —respondió Goz, un poco a la defensiva. Por aquel entonces todo el mundo se ponía a la defensiva con su vida—. Salgo. Salgo con un hombre. Y mis amigas salen con otros hombres. Y a veces salimos todos juntos. El problema es que todas somos treinta años más jóvenes que esos tíos. Vamos a un restaurante, o a donde sea, y miro alrededor y veo que todos los hombres salen con mujeres treinta años menores que ellos.
—Banquetes de padre e hija —comentó Mamie, intentando hacer un chiste—. En nuestra iglesia había muchos de ésos.
Goz se quedó mirándola.
—Sí —dijo, guardando finalmente sus utensilios de maquillaje—. ¿Sigues con ese chico que vive en un salón de belleza?
—Rudy. Mi marido.
—Lo que sea —dijo Goz, que a continuación entró en el retrete y cerró la puerta.

Ninguno de los ingleses parecía enfermar. En los poblados indios todo eran murmuraciones. «Estamos muriendo —decían—. Y ellos no. ¿Cómo puede ser?»
Así que el jefe, débil y enfermo, se vistió con la ropa de los ingleses y fue a verlos (dibujo).

—Esto es para Seth Billets —anunció Mamie, entregando a la recepcionista un sobre grande de papel marrón—. Dile que me llame si tiene alguna pregunta. Gracias.
Dio media vuelta y abandonó el edificio, utilizando la escalera en lugar del ascensor. No le gustaba reunirse con Seth. Era hostil y abstracto y se las apañaban muy bien por teléfono. ¿Mamie? Buen trabajo —solía decir—. Te devuelvo l manuscrito con mis sugerencias. Pero no las tengas en cuenta.» Y el manuscrito llegaba tres semanas después con comentarios al margen del tipo: «¡Oh, por favor!» y «¡No jodas!».
Compró un periódico y se encaminó hacia unas galerías que conocía en Grand Street. Se detuvo en una cafetería de Lafayette. Normalmente pedía un café y un té, y también un brownie, para remediar la tristeza con chocolate y cafeína y transformarla, de ese modo, en ansiedad.
—¿Quiere algo o no quiere nada? —le preguntó la camarera.
—¿Qué? —Asombrada, Mamie pidió una Slenderella.
—Buena elección —dijo la camarera, como si acabara de pasar un examen, y se marchó al trote hacia la cocina.
Mamie colocó el periódico en diagonal y lo abrió para leerlo; las páginas internacionales estaban estoicamente llenas de noticias sobre la guerra de la India, y las noticias locales mostraban los cuerpos de las mujeres que aparecían semanalmente en las aguas del Gowanus Canal. Mujeres desaparecidas, con contusiones. Golpeadas y ahogadas. Secretarias, estudiantes y alguna que otra Rosie.
Llegó la Slenderella acompañada por una ensalada de huevos y comió lentamente, disolviendo en la boca la humedad reconfortante de la yema. En la página de necrológicas aparecían muertos de todo tipo, hombres jóvenes, como en una guerra, y siempre al final las palabras: «Sus padres lo han sobrevivido».
Dejó el periódico en la mesa a modo de propina y pasó el resto de la mañana entrando y saliendo de galerías, contemplando obras que le parecían mucho peores que las de Rudy. ¿Por qué aquéllas y no las de su marido? Pintar cuadros era lo único que siempre había querido hacer, pero nadie lo ayudaba. Se le notaba la edad en la cara: las mejillas hundidas, la barba salpicada de blanco… De las orejas empezaban a despuntar pelos erizados. Solía acompañarlo a las inauguraciones de exposiciones para escuchar a la gente decir cosas increíbles como «¿Sintaxis? ¿No te gusta la sintaxis?» o «Ahora ya sabes por qué en la India la gente se muere de hambre… ¡Llevamos una hora esperando que nos traigan el biriyani!». Ella comenzó a marcharse temprano, mientras él seguía deambulando por ahí, vestido con unos pantalones de cuero negro de segunda mano que le sentaban fatal, charlando con marchantes, famosos y gente de éxito. Ofrecía mostrar sus diapositivas. O se enfrascaba en sus divagaciones sobre Arte del Desastre Teórico, argumentando que si puedes pintar atrocidades, puedes evitarlas. «Anticípate e imita —decía—. Es posible impedir y desalentar un holocausto privándolo de su originalidad; basta de libros, teatro y pintura, se puede cambiar la historia llegando el primero.»
Un marchante del East Village lo miró fijamente y dijo: «¿Sabe? Cuando una abeja de una colmena quiere comunicar algo, lo comunica mediante una danza. Pero si la abeja en cuestión no detiene la danza, las demás la pican hasta causarle la muerte», y acto seguido se volvió y se puso a hablar con otra persona.
Rudy siempre volvía a casa solo, cruzaba el puente lentamente, sin que se hubiera producido ningún cambio en su vida. Ella sabía que su corazón estaba henchido por ese deseo de los que viven en un gueto de pasar de pobre a rico mediante un único y sencillo acto, ese anhelo que agota a los pobres… Algo que la ciudad necesitaba: un pobre exhausto. Peinaba los vertederos buscando ropa, libros de arte, trozos de madera con los que construir marcos y bastidores, y llegaba a casa a primeras horas de la mañana con una enorme planta seca recogida entre la basura, un macetero de madera cojo o un pequeño espejo biselado. Por la noche, sin piso alguno que pintar, se adentraba en la ciudad hasta llegar a la esquina de Broadway con Wall y tocaba la armónica a cambio de algunas monedas. Cánticos de marineros y Dylan. A veces algún que otro peatón ralentizaba el paso al oír Shenandoah; la tocaba de una forma tan lúgubre que incluso alguno de los que él denominaba «plagiarios de la vida», enfundado en su abrigo de cuero beis, «un tío de esos que tiene el agujero del culo en la manga», interrumpía la hora de la comida para permitir que una parte de sí mismo escuchara, en comunión, un recuerdo de los tiempos pasados.
Pero la mayoría pasaba de largo, porque los vagabundos no gustaban, y tropezaban con la caja de zapatos que Rudy depositaba en la acera para recoger las limosnas. No tocaba mal. Y podía resultar tan atractivo como un actor. La locura…, algo en su mirada. De hecho, los locos sentían cierta atracción hacia él, se le acercaban como camaradas obligados a hacerlo, con gritos psicóticos, le daban la mano y lo abrazaban mientras tocaba.
Pero la gente con dinero no iba a dárselo a un tipo que tocaba la armónica. Un tipo con armónica debía de ser un borracho. Y qué decir de un tipo con armónica y una camiseta estampada con la frase: «Reflexión de un alcohólico: Pienso, luego bebo». «A veces me olvido —decía Rudy, poco convencido—. A veces me olvido y me pongo esa camiseta.» La gente con dinero se gastaba seis dólares en una copa, pero nunca ochenta centavos para que un tipo con una camiseta como ésa se tomara una cerveza. Rudy volvía a casa con dinero suficiente para comprar un pincel nuevo, y con ese pincel nuevo pintaría un cuadro en el que aparecería un puñado de hombres de negocios sodomizando animales de granja. «Lo mejor de la pintura figurativa —le encantaba decir— es decidir cómo vestirán los personajes.»
Cuando él y su amigo Marco pintaban pisos conseguían dinero de verdad, libre de impuestos, y se obsequiaban con comida china. Su empresa de pintura de interiores se llamaba Nuestra Meta son las Paredes, y regalaban globos a modo de propaganda. Entonces sí que gustaban a los ricos… «Dónde está mi globo, chicos?», hasta que descubrían que les faltaba alguna botella o que había llamadas interurbanas desconocidas en la factura del teléfono. Así pues, pocas veces les daban referencias.
Y últimamente a Rudy le ocurría algo. De noche, más que antes incluso, la acosaba, la forzaba, y ella le tenía cada vez más miedo. «Te quiero —murmuraba—. Si supieras cuánto… » La agarraba por los hombros causándole dolor, se pegaba a su boca, le hacía daño. Cuando iban de galerías y museos se burlaba tranquilamente de todas sus opiniones. «No sabes nada de arte», decía, riendo y sacudiendo la cabeza, cuando a ella le gustaba algo que no fuera de Rembrandt, de alguien que él pudiera ver como un competidor, alguien de su misma edad, alguien que fuera una mujer.
Empezó a ir sola, como entonces; cruzaba zumbando las distintas salas de la galería hasta detenerse, largo tiempo, ante el cuadro que le gustaba, ante aquel que más la atraía. Le gustaban las escenas en las que aparecía el mar y algún barco, aunque no había muchas. Casi todo era lo que ella denominaba Arte de Etiquetas de Advertencia: «Como un hombre», decía una. «El amor acaba en odio», otra.
O iba al cine. Un chico con una placa en la cabeza se enamora de una chica que lo desprecia. La secuestra, le da de comer y luego la mata abriéndole la cabeza para ponerle también una placa. Acto seguido la sienta en una silla y pinta su desnudez con acuarelas.
Por la tarde regresaba a casa en metro y le daba la impresión de que todos los mendigos tenían la cara de Rudy, se volvían, la miraban de soslayo. Se acercarían a ella de repente, se sentarían a su lado y eructarían, sacarían la armónica y tocarían una vieja canción popular. O se sentarían lejos y simplemente la observarían. Y ella los miraría de reojo y todos los vagabundos del tren repararían en su mirada, tan persistente como el dolor.
Se bajó en la Cuarta Avenida y entregó el recipiente en la clínica.
—Le enviaremos los resultados por telecorreo —dijo un joven vestido con un traje plateado, un técnico que la miraba con recelo.
—De acuerdo —dijo ella.
Para consolarse entró en una tienda que había en la esquina y se probó ropa. Ella y Rudy lo hacían de vez en cuando, dos pobres se probaban ropa cara con el único propósito de ver qué aspecto tendrían si… Salían de los probadores, saludaban y hacían reverencias y exasperaban al vendedor. Devolvían las prendas a las perchas, regresaban a casa y hacían el amor. En una ocasión, antes de marcharse de la tienda, Rudy cogió un traje muy formal y vociferó: «¡Yo no voy a esos sitios!». Esa misma noche, inmerso en una pesadilla, cogió el hacha que guardaba debajo del colchón y la levantó hacia ella. «Despiértate», suplicó Mamie agarrándolo del brazo hasta que lo bajó; él la miraba sin verla, la confusión chocó contra el reconocimiento, una superficie rota para respirar.

—Ven aquí —dijo Rudy en cuanto ella llegó a casa.
Había preparado la cena, ensalada de frutas y espinacas y muslos de pavo, que estaban de oferta: un Caveman Special. Estaba algo bebido. Mamie observó que había estado trabajando en un cuadro que representaba a un perro que gruñía y saltaba sobre una Virgen arrancándole los pantalones de tirolés… Mala señal. Junto al lienzo había cucarachas aplastadas en el suelo como pastelillos.
—Estoy cansada, Rudy —repuso.
—Vamos. —La putrefacción de su muela mala flotaba hacia ella como una nube. Se apartó de él—. Entonces quiero que después de cenar me acompañes a dar un paseo. Como mínimo. —Eructó.
—De acuerdo. —Se sentó a la mesa y él también. El televisor estaba encendido, emitían un reestreno de El loco del pelo rojo, la película favorita de Rudy.
—Vaya loco, ese Van Gogh —dijo con voz cansina—. Dispararse en el estómago… Cualquier persona en sus cabales se habría pegado un tiro en la cabeza.
—Naturalmente —replicó Mamie con la mirada fija en las hojas de espinacas; los trozos de naranja parecían peces de colores muertos. Masticó el muslo de pavo, que estaba picante y seco—. Delicioso, Rudy.
«Cualquier persona en sus cabales se habría pegado un tiro en la cabeza.» De postre había una barra de caramelo partida en dos.
Salieron. Atardecía; el sol no se ponía tan rápido como en enero, cuando descendía a la velocidad de una persiana, sino de forma algo más lenta, dejando tras sí una luz débil y vacilante. Un ojo morado que amarillea. Descendieron juntos la cuesta en dirección al sur de Brooklyn, el color anaranjado anunciaba que muy pronto sería noche cerrada. Parecía que hacían carreras, primero se adelantaba un poco uno y luego el otro. Pasaron junto a las viejas casas de ladrillo, la iglesia de Santo Tomás de Aquino, la estación de las líneas F y G, ese tren que se decía no iba a ninguna parte porque iba desde Brooklyn hasta Queens, sin pasar por Manhattan; siempre iba vacío.
Siguieron caminando por debajo del paso elevado. Un tren rugió desafiante por encima de sus cabezas. La iluminación de la calle era cada vez más tenue; las casas, cada vez más pequeñas, rodeadas por vallas y apretadas entre sí, como los habitantes de un asilo, con la mirada fija en espera de la muerte. Las tiendas que pudiera haber estaban cerradas y oscuras. Un escuálido perro labrador negro olisqueaba las bolsas de basura, las empujaba con el hocico como si fueran cuerpos muertos a los que hay que dar la vuelta para descubrir el arma del crimen, el punzón del hielo clavado en la espalda. Rudy cogió a Mamie de la mano. Mamie podía sentirla: firme, escamosa, agrietada por la trementina, las uñas estriadas como conchas marinas, los pulgares oscurecidos por accidentes laborales, sangre coagulada en la parte inferior…
—Mírate las manos —dijo Mamie exponiéndolas a la luz de una farola. Quedaban todavía rastros de caramelo y él las retiró cohibido para esconderlas en los bolsillos del abrigo—.
Deberías utilizar algún tipo de crema, Rudy. Un día de éstos se te caerán al suelo.
—Pues no me las cojas.
Estaban frente al Gowanus Canal. Su olor frío y amargo, lechoso por los productos químicos, les azotaba la cara.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella. Un hombre enfundado en un abrigo sin botones se acercaba desde el extremo opuesto del puente, cruzó al otro lado y siguió caminando—. Resulta un poco raro andar por aquí a estas horas, ¿verdad?
Se encontraban en el puente levadizo situado sobre el canal y se detuvieron. Era extraño, como una pequeña locura, estar allá arriba, mirando hacia abajo en la oscuridad, en un barrio peligroso, como si estuvieran enamorados y acostumbrados a ese tipo de aventuras. A veces parecía que ella y Rudy eran dos personas tratando de bailar el tango, sudando e intentándolo, incluso después de que la orquesta se hubiera hartado de tocar, mucho después de que todo el mundo se hubiera marchado a casa.
Rudy se apoyó en la barandilla del puente y otro tren rugió sobre sus cabezas, uno de la línea F, con su cuadrado de color frambuesa.
—Éste es el tren elevado más alto de la ciudad —dijo él, aunque el ruido ahogó su voz.
—Lo sé —murmuró Mamie una vez hubieron pasado los vagones. Algo ocurría cuando Rudy decidía dar paseos como aquél por Brooklyn.
—¿Qué te apuestas a que hay cadáveres en el río? Seguro que los periódicos aún no han informado de su existencia. ¿Qué te apuestas a que hay gángsteres, y prostitutas, y a que están los cuerpos de las mujeres que los hombres nunca aprendieron a amar?
—¿Qué estás diciendo, Rudy?
—Te apuesto lo que sea a que aquí hay más cadáveres —continuó, y por un instante Mamie observó en su cara esa ira que le resultaba tan familiar, aunque desapareció enseguida, como un pájaro, y en aquel momento su rostro no fue nada, una estación entre trenes, hasta que sus facciones dibujaron repentinamente su interior y se echó a llorar, escondiendo la cara en las mangas del abrigo, entre sus manos, duras y castigadas.
—¿Qué sucede, Rudy?
Se colocó detrás de él y lo abrazó, lo abrazó por la cintura y apoyó una mejilla en su espalda. Tiempo atrás él adoptaba aquella postura para consolarla, hubo épocas en las que él le frotaba la espalda y volvía a conectarla con algo: esas épocas en las que parecía que ella estaba flotando y vivía muy lejos de allí, y en las que él era como un médium que la reclamaba desde la muerte. «Aquí estamos, en la Cueva de los Frotadores de Espaldas», decía, cerniéndose sobre ella, tapados ambos con la colcha como en un diminuto y cálido refugio, mientras la infancia volvía a ella a través de sus manos. La vida era lo bastante larga como para seguir reaprendiendo cosas, como para pensar, sentir y ser consciente de nuevo de las cosas que uno ya sabía.
Rudy tosió y no se giró.
—Quiero demostrar a mis padres que no soy un mierda. —Cuando tenía doce años su padre se ofreció a acompañarlo a casa de Andrew Wyeth. «Quieres ser artista, ¿no, hijo? Bueno, ¡pues he descubierto dónde vive!»
—Es un poco tarde para andar preocupándose por lo que nuestros padres piensan de nosotros —dijo ella. Rudy tendía a aferrarse a cosas que no venían a cuento… El cuento era demasiado espantoso. Rugió otro tren y de las aguas del canal se levantaron oleadas de acidez y azufre—. Qué sucede? De verdad, Rudy. ¿De qué tienes miedo?
—De Los Tres Chiflados —contestó—. Pobreza, Oscuridad, Masturbación. Y otra tríada. Tedio. Anomia. Miseria. Dame una buena razón para continuar viviendo —gritó.
—Lo siento —replicó Mamie con un suspiro. Se apartó de él y sacudió una mota de polvo del abrigo de su marido—. Me has pillado en un mal día. —Buscó algún tipo de emoción en su perfil, una que hubiese encontrado vestido, pero no armas—. Me refiero a que hay que elegir entre la vida o nada, ¿no? No tienes que amarla, sólo tienes que… —No podía pensar en qué.
—Vivimos en un mundo horrible —dijo él, y se volvió para mirarla, melancólico y apenado. Ella percibía el aroma acre y animal que salía de sus axilas. A veces olía así, como un loco. Una vez Mamie se lo mencionó y él corrió de inmediato a perfumarse con sus polvos satinados para después del baño y se metió en la cama oliendo como ella. En otra ocasión, se equivocó de bote y se roció el cuerpo entero con Ajax.
—Feliz día de San Valentín.
—Ya —repuso ella, con miedo creciente reflejado en la voz—. ¿Podemos regresar?

Se sentaría con ellos con gran dignidad y cortesía. «Debéis rezarle a ese dios vuestro que os mantiene sanos. Debéis rezarle para que nos permita vivir. O, si tenemos que morir, para que podamos reunirnos con él y también lo conozcamos.» Los ingleses se quedaron en silencio. «Ya veis —añadió el jefe—, rezamos a nuestro dios pero no nos escucha. Hemos hecho algo que lo ha ofendido.» Acto seguido el jefe se puso en pie, volvió a su casa, se quitó sus ropas inglesas y murió (dibujo).

Goz estaba de nuevo en los lavabos de señoras y sonrió ante la aparición de Mamie.
—¿Vas a preguntarme cómo va mi vida sentimental? —dijo, de pie ante el espejo y pasándose el hilo dental entre los dientes—. Siempre lo haces.
—De acuerdo —dijo Mamie—. ¿Cómo va tu vida sentimental?
Goz seguía arriba y abajo con el hilo, hasta que acabó con la tarea.
—No tengo vida sentimental. Tengo como una vida.
Mamie sonrió. Pensó en lo agradable que debía de ser hallarse pacíficamente libre del amor, del amor y de sus deseos implícitos, un marido y una mujer como dos colegas del ejército que se cuentan anécdotas y apuestan en los campeonatos nacionales de béisbol.
—Es puro, franco y amistoso. Café y nada de pasión. Deberías probarlo. —Entró en uno de los retretes y echó el pestillo—. Ya no hay nada seguro hoy en día —gritó desde el interior.
Mamie salió, fue a una tienda de discos y compró algunos. Ya nadie los compraba y podían adquirirse por setenta y cinco centavos. Compró únicamente discos que incluían la palabra corazón en el título: El corazón vernáculo, Corazón agitado, Un corazón no es más que una bicicleta detrás de las costillas. Luego tuvo que irse. Alejada del calor sofocante de la tienda, abrazó los discos contra el pecho y echó a andar, entre los aromas decadentes de los restaurantes de Chinatown y en dirección al puente de Brooklyn. Las aceras apestaban y estaban húmedas y hacía calor, como si hubiera llegado la primavera. Todo el mundo había salido a pasear. De camino a casa, pararía en la clínica y dejaría el recipiente.
Pensó en el sueño que había tenido la noche anterior. En él se abría una puerta de su casa y de repente había más habitaciones, habitaciones cuya existencia desconocía, una casa entera más allá, y era suya. Allí vivían pájaros y todo era oscuro, pero bello, habitación tras habitación, con ventanas abiertas para los pájaros. De las paredes colgaban cuadros de punto de cruz que decían: «Muere aquí». La agente de la inmobiliaria seguía repitiendo: «En esta época y a esta edad» y «Es un robo». Goz estaba allí, con su pelo rubio teñido de rojo y evidentes raíces oscuras. Tricolor, como una mazorca de caramelo. «Sólo las chicas», iba diciendo. Era el fin del mundo y se suponía que debían vivir allí juntas hasta que llegara el momento de morir, hasta que el cuerpo empezara a notar cosas extrañas, se resfriaran y perdieran el pelo, y en la televisión sólo salieran rayas. Recordaba algún tipo de movimiento… Un remolino alarmista, en las escaleras, pasillos, túneles oscuros ocultos detrás de los cuadros… Y entonces, en el sueño, todo se desenredaba hasta detenerse.
Al llegar al puente vio un gran alboroto algo más adelante. Dos helicópteros volaban en círculos y en medio de la acera se concentraba un pequeño grupo de gente. Detrás, por la derecha, llegaban un camión de bomberos y un coche de policía, con la sirena y las luces. Se acercó a la muchedumbre.
—¿Qué sucede? —le preguntó a un hombre.
—Mire —contestó, y señaló en dirección a otro hombre que estaba encaramado a la red y las vigas de hierro que se prolongaban más allá de la barandilla del puente. Llevaba las muñecas vendadas con algo de color negro y se agarraba con las manos a los cables de suspensión. Tenía la espalda arqueada y el cuerpo se balanceaba sobre las aguas, como atrapado en una red de paralelogramos de acero. La cabeza le colgaba como si lo hubieran crucificado y el viento le enmarañaba el cabello. Estaba oscuro, pero el perfil de aquel hombre le resultaba familiar.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Mamie.
—Esa mujer dice que es el chico que buscan por los asesinatos del Gowanus Canal. ¿Ve los barcos de la policía ahí abajo? —Dos lanchas pintadas de rojo y blanco surcaban las aguas y uno de los helicópteros permanecía inmóvil en el aire.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Mamie de nuevo, abriéndose paso entre la multitud. Estaba sofocada. Una moto de la policía se detuvo en la acera detrás de ella. El policía acababa de desenfundar las pistolas—. Lo conozco —repetía Mamie a la gente, dando codazos—. Lo conozco.
Sujetó el bolso y los discos con fuerza contra su cuerpo y continuó avanzando. El policía la seguía de cerca, así que dio empellones con más energía. Cuando llegó justo enfrente de donde estaba el hombre, dejó las cosas en el suelo, se encaramó a la barandilla y empezó a trepar hacia la parte superior del puente sintiendo el tacto del metal en la piel.
—¡Eh! —gritó alguien. Era el policía—. ¡Eh!
Mamie veía circular los coches bajo sus pies y el viento del océano le impedía abrir la boca. Trató de no mirar hacia abajo.
—¡Rudy! —gritó, un grito débil en medio de tanto ruido; su garganta era sólo media garganta—. ¡Soy yo!
La rodeaba el cielo, se dirigía hacia él, se acercaba. Las uñas arañaban el metal. Estaba acercándose, pronto se acercaría lo bastante para tocarlo, para hablar con él, para acariciarle la cara y decirle algo así como: «Vayamos a casa». Pero entonces, de repente, aún fuera de su alcance, Rudy se soltó de los cables y cayó, girando como las aspas de un molino, hasta desaparecer en el East River.
Mamie se quedó helada. Rudy. Dos personas chillaron. Se alzó un murmullo de la multitud, la gente se empujaba contra la barandilla. «No, esto no.»
—Disculpe, señora —gritó una voz—. ¿Dice que conocía a ese hombre?
Retrocedió lentamente de rodillas y bajó a la acera. Ni se daba cuenta de que le sangraban las heridas de las piernas. Alguien la tocaba, notaba manos que tiraban de ella sujetándola de los brazos. El bolso y los discos seguían donde los había dejado, sobre el cemento; se liberó, cogió sus cosas y echó a correr.
Cruzó corriendo el puente y continuó corriendo entre la humedad con olor a amoniaco del callejón, atravesó a toda prisa un viejo parque asolado, zigzagueó por las calles con nombres de frutas de los Heights —Cranberry, Pineapple—, sobre los adoquines hexagonales del paseo, junto al agua, y luego giró a la izquierda hacia arriba, hasta toparse con un semáforo en rojo. No dejó de correr ni al encontrarse, sin saber cómo, en los jardines Carroll, en dirección al Gowanus Canal. «No, esto no.» Subió corriendo la colina de South Brooklyn durante veinte minutos, sin importarle el tráfico, los semáforos en rojo ni las sirenas, bajo el espantoso rugir de los helicópteros y de un avión que volaba bajo, hasta que llegó a la casa del comedero de pájaros y, una vez allí, sin poder apenas respirar, se desplomó sobre la base de cemento de la reja y se echó a llorar, con un llanto solitario y sordo.

Oscurecía. Dos Rosies pasaron junto a ella, sin hacerle caso aunque aminorando el paso, jadeantes. Decidieron sentarse también en el muro bajo de la verja, pero a cierta distancia. Mamie era consciente de que ya había entrado en la categoría de los enfermos, aunque todavía no la reconocían como tal.
—¿Estás bien? —oyó que le decía una de las Rosies a la otra, depositando su caja de flores en la acera.
—Estoy bien —respondió la amiga.
—Tienes peor aspecto.
—Quizá —suspiró—. La cuestión es que nunca sabes por qué estás en un determinado lugar. Te levantas, te mueves… Y sigues pensando que debe de haber algo distinto.
—Mira a ésa —dijo la amiga con un bufido observando a Mamie.
—¿Qué? —replicó la otra, y se quedaron calladas.
Pasó un camión de bomberos. Las sirenas chillaban desaforadamente. Mamie se incorporó al cabo de un rato, lenta como una persona con artrosis, cogió el bolso —el recipiente seguía dentro— y dejó los discos. Empezó a caminar y tropezó con un adoquín levantado. Y se percató de algo: la casa del comedero de pájaros no tenía cúpula. Ni comedero de pájaros. Sino un cartel en el que se leía RESTAURANTE y había una paloma dibujada.
Pasó junto a las Rosies y les entregó un dólar a cambio de un lirio.
—¡Caramba! —dijo la que se lo dio.
La luz de su vivienda estaba encendida y el candado colgaba abierto como un gancho. Se quedó quieta un instante, abrió la puerta empujándola con un pie y el pomo interior chocó contra la pared. No se oía nada y permaneció indecisa en el umbral, como un deseo, como algo suspendido en el aire que no puede entrar en una habitación. Luego, poco a poco, dio un paso adelante sin soltarse del marco de la puerta para mantener el equilibrio.
Estaba allí, con el pelo seco y vestido con otra ropa. Tenía los brazos levantados y sujetaba al gato como si fuera un mástil. Daba vueltas por la estancia lentamente, como si estuviera practicando un profundo ejercicio oriental o bailando, y el gato, mientras, investigaba las estanterías.
—Eres tú —dijo Mamie, helada junto a la puerta abierta.
La inundó la peste a calabaza que salía del baño. Un frío urinario la empujó por detrás, arrastrando consigo el ruido de los helicópteros. Él se volvió para mirarla y bajó al gato hasta la altura del pecho.
—Hola. —Mascaba un trozo de caramelo y tenía pegotes en los dientes. Señaló su mejilla, sonriendo—. Pastillas de azufaifa —dijo—. Juegan con la mente.
El televisor se oyó de pronto: había gente cantando a coro, como el himno de un refresco de cola. «Somos los Inmortales, somos…»
Rudy se volvió y levantó al gato de nuevo para acercarlo a las molduras doradas del techo.
—Esto les encanta a los gatos —dijo. Tenía los brazos largos e incansables. Al levantarlos, la camisa se soltó del pantalón dejando al desnudo la cálida piel de su cintura, que centelleaba como una sonrisa—. ¿Dónde has estado?
Sólo existía ese mundo, esa tierra saqueada, en manos de un ventrílocuo. Si había que buscar un lugar donde morir, ¿no sería ése?… Como una vieja lección sobre el hecho de conocer a tu especie y regresar a ella. Tenía miedo, y finalmente supo que los que tienen miedo buscan oportunidades para ser valientes en el amor. Se prendió la flor en la blusa. Vida o muerte. Algo o nada. «¿Quiere algo o no quiere nada?»
Se acercó a él con un corazón del que algún día debería desterrar el terror.
Allí. Pero no entonces.

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