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Antiguos cuentos de brujas

El argentino Jorge Accame, poeta, novelista, dramaturgo y docente, ha logrado en Antiguos cuentos de brujas (Edhasa), lo que pocos: volver a darle vida a estas temidas mujeres. La reescritura de su parte de antiguos mitos y leyendas sobre esas temerosas figuras, se vuelven aún más terroríficas con su pluma. Las ilustraciones de Fernando Falcone completan perfectamente un círculo que nos acercan estas extraordinarias historias. Compartimos la historia de «Medea», la sacerdotisa -hechicera, mejor- de la mitología griega.

 

 

Con una copa vacía en la mano, Jasón mira hacia las murallas de Yolcos. Unas pequeñas olas chocan contra el casco del Argos. La noche está estrellada, sin luna. Medea lo acompaña. No puede estar demasiado tiempo alejada de ese hombre, desde que lo vio por primera vez y algo como una flecha de fuego le estragó el corazón.
–¿Cuándo atacan la ciudad?
Jasón está borracho.
–Los hombres decidieron esperar.
Medea es joven y hermosa y el amor la hace más hermosa.
–¿Esperar para qué?
–Son cobardes. No les importa que Pelías haya asesinado a mi familia.
Jasón desenvaina su espada.
–Voy a ir solo.
Medea lo observa, como una brasa.
–Voy yo.
Él no le responde. Sabe que ha bebido demasiado como para enfrentarse con nadie. Sabe además que ninguna otra persona supera a su mujer en la venganza.

Antes de partir, Medea llama a los argonautas y los instruye para que estén atentos. Cuando vean vacilar una antorcha en el techo del palacio real de Yolcos sabrán que Pelías está muerto y podrán tomar la ciudad.
Hace traer la estatua hueca de Artemisa que encontró tirada en las playas de Anafa y esconde un cordero recién nacido en un compartimiento secreto. Luego baja a tierra con sus doce esclavas feacias disfrazadas.
Utilizando sus artes, Medea se convierte de pronto en una vieja. Su cuerpo se ha inclinado hacia delante, la piel de su rostro y de sus manos está arrugada y seca, y habla con dificultad. Al llegar a las puertas de la ciudad, con voz estridente anuncia a los centinelas que la diosa Artemisa ha venido en un carro tirado por serpientes voladoras para bendecir a Yolcos.

Los hombres no se atreven a vedarle el paso y Medea entra con sus esclavas que se turnan para cargar la pesada imagen de la diosa, y gritando y bailando despierta a los vecinos. Al rato, un tumulto de gente frenética la sigue casi sin saber por qué. Recorren las intrincadas calles hasta que desembocan frente al palacio.
Pelías despierta con sobresalto por los gritos, se viste rápido y baja las escaleras con dos sirvientes. Abre las puertas y se encuentra con una anciana desdentada que lo envuelve en un torbellino de palabras. Le dice que Artemisa desea premiar su piedad otorgándole una nueva juventud, para que pueda engendrar otro hijo.
Pelías esboza una sonrisa irónica, pero la vieja gira sobre sí misma, tira al suelo su manto y se transforma en una joven bellísima delante de sus ojos. Pelías la invita a entrar y la conduce de inmediato a una de las habitaciones.
Medea pide a los sirvientes que la ayuden a cargar la imagen de la diosa.

–Voy a hacerte una demostración –dice la hechicera al rey–. Necesito el carnero más viejo que tengas y un caldero grande.
Pelías ordena que traigan lo que solicita y despierta a sus tres hijas, Alcestes, Evadné y Anfínome, para que asistan al prodigio.
Las jóvenes aún están bostezando y refregándose los ojos por el sueño, cuando los criados entran empujando un carnero legañoso y casi paralítico, y una enorme olla. Medea saca de su manto un cuchillo, mata al carnero de un solo tajo debajo de la cabeza y lo corta en trozos. Luego lo pone a hervir en el caldero, mientras canta salmos en una lengua desconocida e invoca a Artemisa. Abre el compartimiento en la estatua de la diosa y al mismo tiempo que vuelca el contenido de la olla, saca el pequeño cordero que había ocultado allí antes de abandonar el Argos.

Todos quedan maravillados por el milagro.
–¡Tan grande es el poder de Artemisa! –exclama Medea.
–¿Qué debo hacer? –pregunta excitado Pelías–. Quiero ser joven.
Medea le dice que se acueste en el suelo. Pelías obedece. La joven hechicera, mediante un encantamiento, sumerge al rey en un sueño profundo. Indica a sus tres hijas que lo despedacen como ella hizo con el carnero y que lo hiervan de la misma manera.
Alcestes se niega: no derramará la sangre de su padre por ningún motivo. Pero Evadné y Anfínome acceden. Discuten con Alcestes y luego de una pelea acaban reduciéndola y encerrándola en otra habitación.

Regresan junto a Pelías y lo acuchillan. Lo trozan y lo echan al caldero. Cuando terminan el trabajo, Medea les da una antorcha encendida y les dice que, mientras el padre se cuece, suban al techo a invocar a la Luna, para dar mayor fuerza al sortilegio.
Entonces abandona el palacio. Se despide cortésmente de los sirvientes que le franquean la salida y con paso seguro se sumerge en las pequeñas calles de Yolcos. Medea va cruzando la ciudad oscura y ahora otra vez silenciosa, cuando Evadné y Anfínome trepan al techo del palacio y muestran la antorcha contra el cielo negro.

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