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«Algunos escritores famosos que he conocido», un cuento de Graham Greene

 

Graham Greene tenía siempre a mano en su mesa de luz, lápiz y papel para anotar sus sueños. Había pedido a su compañera Yvonne Cloetta que preparara para imprenta el diario de lo que él llamaba su «mundo propio». Un diario de más de 800 páginas iniciado en 1965 y concluido en 1990, del que en los últimos meses de su vida hizo una sucinta y rigurosa selección. Aquí el relato con los autores que no conoció.

 

 

 

 

POR GRAHAM GREENE

 

 

Es curioso que en mi Mundo Propio no haya autores vivos.

Se diría que un autor debe morir antes de entrar en mi mundo secreto para que yo tenga el gusto de conocerlo.

 

Henry James

El 28 de abril de 1988 me vi embarcado en un desagradabilísimo viaje por río a Bogotá en compañía de Henry James. El barco zarpó pasada la medianoche, y tuvimos que arreglárnoslas para caminar por el muelle completamente a oscuras, con el equipaje de mano a cuestas. Me habría echado atrás de no ser por la firmeza que mostraba el gran autor y mi admiración por su obra. Empeoraba aún más las cosas el vozarrón de un oficial, invisible en la oscuridad, que no dejaba de increpar con amenazas.

–A quien intente subir a bordo sin billete se le impondrá una multa de mil dólares.

Con tanta gente empujando para embarcar ni siquiera era fácil mostrar los billetes. No había ningún sitio donde sentarse (solo conseguimos apretujarnos en un pasillo abarrotado, sobre todo de mujeres), pero a Henry James no le oí ni una queja. En algún lugar del río, el barco se detuvo unos minutos y bajaron algunos pasajeros. Como me pareció que podríamos aprovechar la oportunidad, apremié a James para escapar también, pero no, no quiso ni oír hablar de ello. Debíamos seguir hasta el final. «Por razones científicas», me dijo.

 

Robert Graves

Una noche tuve un feliz encuentro al lado de un camino con Robert Graves, que parecía tan joven como cuando lo conocí en el Mundo Común en 1923 y él vivía cerca de Oxford. Se alegró de volver a verme y recordó la ocasión en que tropezamos en la frontera italiana, y que yo había olvidado. Le dije cuánto había admirado siempre su poesía, incluso en los años veinte, y que aún atesoraba un ejemplar de su primeros poemas, En el brasero.

–¿Recuerdas –le pregunté– aquel libro de versos mío tan terrible, Abril balbuciente, del que salvaste uno de los poemas? –Y con picardía añadí–: Ahora se subasta por un precio más alto que tu primer libro.

 

Jean Cocteau

En noviembre de 1983 conocí a Jean Cocteau en una fiesta y me sorprendió gratamente. Como le dije con franqueza, esperaba que tuviera una mirada fría, pero me pareció comprensiva, incluso afectuosa. Su novio apareció poco después borracho como una cuba.

 

Ford Madox Ford

Hablando con Ford Madox Ford quise expresar mi admiración por uno de sus libros, que trataba sobre la guerra civil española. Dijo que él nunca había escrito tal libro. Tratando en vano de recordar el título, busqué en mis anaqueles alguna obra suya, por ver si aparecía citado. Encontré solo dos volúmenes en la edición de Bodley Head; uno era un libro de ensayos del que yo no sabía nada. No se indicaban más títulos suyos. De pronto (varias veces estuve a punto de decir Por quién doblan…, pero me contuve) me vino a la memoria: Algunos no lo hacen. Dimos juntos un precioso paseo por el campo. Me habló de una leyenda en que la Virgen, desde lo alto de un monte, se agachó y sacó del río, al lado del cual en ese momento pasábamos, a un hombre que se estaba ahogando a siete millas de distancia.

–Pero aquí el terreno es bastante llano –le dije.

–Si te fijas bien, verás que no. Hay ligera pendiente desde el molino hasta la esclusa. La gente me había hablado de la mujer que se ocupaba de la esclusa, una cocinera estupenda con un gran interés en la historia local, que trataba de contagiarles a sus hijos. Empezamos a cruzar un campo; yo estaba algo inquieto, porque había un toro grande junto a un novillo que se mostraba demasiado interesado en nuestros movimientos. Retrocedí hasta el camino y, al volverme, vi que el novillo se había montado en los hombros de Ford. A él no parecía molestarle. Seguí andando hasta la esclusa para esperarlo. Olía deliciosamente a comida casera, y la mujer estaba hablando con una vecina. La esclusa estaba justo en la entrada de un pueblecito. Ford se reunió conmigo. La mujer nos recomendó tomar sopa y pescado. Dijimos que iríamos al pueblo a comprar una botella de vino. Ella se ofreció a mandar a su hijo, que iba vestido con una especie de blusón, como un jornalero de los de antes, pero nosotros insistimos. Al irnos, Ford me dijo: –¿Te has fijado en que a los hombres no les gusta llevar nada por debajo de la rodilla?

 

T. S. Eliot

Estaba trabajando en un poema para presentarme a un concurso y había escrito un verso («La belleza ennoblece el crimen»), cuando me interrumpió una crítica que T. S. Eliot lanzó a mis espaldas: –¿Qué significa eso? ¿Cómo va a ser noble el crimen?

Reparé en que se había dejado bigote. 

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