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Una crónica en la Casa del Teatro

Gonzalo Heredia sigue recorriendo los dos mundos que lo interpelan: las letras y la actuación. Recuerda aquí, no sin emoción, el día que visitó la Casa del Teatro en la avenida Santa Fe y conoció a quienes ahí residen. Todos viejos trabajadores de la escena artística argentina, a quienes tanto les tomó el reconocimiento de derechos y hoy, en el tramo final de sus vidas, repasan trayectorias entre luces y sombras. Como en Prohibido morir aquí, de Elizabeth Taylor (La Bestia Equilátera), los protagonistas se preparan a partir.

 

En la mesa de recepción no hay nadie. Solo un teléfono con cable espiralado y una silla vacía. En la boletería hay una chica. La saludo y le digo que me esperan en la Casa del Teatro. Abre la puerta de su cubículo, sale y me abre la puerta de vidrio. Paso. Hay retratos en blanco y negro amurados en las paredes con inscripciones, escenas de películas argentinas, actores de smoking y galera, placas de bronce, “en memoria de…”, “en honor a…”.

La chica dice: Por acá.

Aparece a mi encuentro un hombre flaco, canoso, vestido con sweater rojo y jean azul oscuro. El señor dice mi nombre, nos saludamos y aclara que la directora dejó expresamente dicho que me recibieran como en casa. Estira la primera y la última palabra de cada oración. Tiene el mismo tono de voz de Narciso Ibáñez Menta. Suena impostado y eso lo hace gracioso. Usa el teléfono que está sobre la mesa y llama al comedor. Lo atiende Horacio, el cocinero. Puedo subir.

Agradezco y me pide que lo espere así me puede acompañarme al comedor y así conocer a los que viven acá. Residentes, los llama. Entra, acomoda unos papeles y me quedo parado en el umbral. El pasillo es como de una galería comercial. Frente a esta oficina hay una feria americana a la que actores y actrices han donado utilería, vestuarios personales y usados en películas, para que se vendieran y así colaborar. Hay dos percheros en la puerta y mucho olor a humedad. Al lado está la biblioteca: un espacio con alfombra verde y bibliotecas altas en cada pared. Los colores son tono pastel.

Sale el señor y me pide que lo acompañe. Lo sigo. Caminamos hasta el final del pasillo. Cuando doblamos a la izquierda, saluda a un hombre sentado en otra oficina. Está rodeado de papeles y computadoras viejas. Me lleva a un personaje de Kafka. Nos disponemos a esperar al ascensor de hierro. (Hay un cuadro con un afiche en memoria de Hugo del Carril.) El ascensor llega y sale un señor que creo haber visto. Tiene ojos fuera de sus órbitas, remera blanca gastada, jogging azul y campera deportiva. Huele a transpiración. Le pregunto si sale a pasear y me dice “Un paseo medio obligado”. Baja, saluda sin mirar y sigue camino. Deja olor a guiso en el aire.

Cuando salgo veo la puerta de la cocina abierta de par en par. Tiene azulejos blancos, dos cocinas industriales, bandejas. El ventanal está abierto y veo los contrafrentes grises de los edificios del pulmón de la manzana. Hay albóndigas sobre las bandejas, pre-pizzas y ollas hirviendo sobre las hornallas con papas, zanahorias y batatas. Todos los olores se mezclan. Está la cocinera, una señora bajita de pelo corto rubio, que dice haber trabajado treinta años en este lugar y ahora se jubiló y también está Horacio al que llaman cocinero cantor: “Cocinamos todos los días, la comida es fresca pero como este martes es feriado, dejamos alguna cosita hecha para congelar”. Repiten que la comida se hace en el instante.

Salgo y camino por el pasillo hacia el comedor.

Veo a los residentes sentados. Esperan a que les sirvan el almuerzo. Hay blísters de pastillas, bastones y anteojos sobre algunas mesas. Conversan en tono muy bajo. Saludo y me siento con un enano canoso y barbudo, me dice “Yo no me paro porque es lo mismo”. El enano canoso tiene la cabeza ancha como un bulldog, está vestido con pantalón corto azul y remera blanca de algodón. Me cuenta que no trabaja más porque lo hizo desde los doce años y ahora, con sesenta y nueve, está cansado. “Hace doce años que vivo acá. Soy muy conocido en el circuito del circo, tengo un nombre. No hice mucha televisión, ahí no me conoce nadie. Cuando me quedaba sin laburo iba a unos circos en Mar del Plata. Sabía que no tenían con qué pagarme así que les pedía la concesión de las garrapiñadas. Es lo que más se vende”. Claro, como los pochoclos en el cine, ¿no? Cada vez que remata una oración, guiña el ojo y chasquea con la boca, mientras se limpia los fideos de la sopa que toma.

Otro, de bigote canoso finito, me cuenta que trabaja en una obra que está “angelada”. Estrenaron en el teatro de La Ribera y llenaron la primera función y la segunda y se dieron cuenta que la gente no paraba de ir. Ahora están haciendo gira por el gran Buenos Aires. Dice que tiene que almorzar rápido e irse para Cetrángolo a hacer función.

Saludo al que está sentado frente a él, pero no me mira. Tiene cara de cuis y se refriega las manos mirando un punto ciego. El enano canoso me dice que le hable fuerte porque es sordo, pero que tiene el aparato y me señala su oreja. Veo el audífono pegado. Me acerco y le toco el hombro, se da vuelta y me sonríe. Le hablo y me mira la boca. Dice que es coreógrafo, se corrige y dice que era. Que con el baile se la pasó viajando por el mundo: Singapur, París, Marruecos, India, Italia. Se queda mirándome con una mueca graciosa en los labios y no sé qué decirle.  

Aparece Rosa, la enfermera. Una mujer robusta de piel morena, nariz ancha, pelo grueso y mirada fuerte. Viene a mi encuentro y me saluda. Me cuenta que hace veintinueve años que trabaja acá. Le pregunto en voz baja cómo es trabajar con actores, sonríe con picardía y dice que difícil, difícil pero no se queja. “Tratamos de motivarlos, siempre traemos alguna obra de teatro y la leemos entre todos. Es difícil porque están divididos. Algunos no quieren sentarse con otros, quieren estar solos. Que yo no me siento con él porque tiene olor, que aquél no sé quién se piensa que es. Otros se sienten ridículos actuando. Se cansaron. No quieren hacerlo más”.

Continúa: “Yo tengo una relación de confianza muy grande. Tienen mi teléfono y saben que pueden llamarme a cualquier hora. Los contengo”. La llaman porque tienen dolores, les dice que se tranquilicen, que todo va estar bien. “Algunos no tienen familia, están solos, solos, imaginate”.

De primer plato hay sopa y de principal carne con papa y calabaza hervida. Me asusta el silencio cuando todos comen. No se escuchan voces, ni música, ni el tráfico de la calle, ni movimiento en la cocina, ni pasos en los pasillos. Nada. Puedo distinguir la individualidad de cada sonido: el roce del tenedor en el plato, el vaso apoyado en el mantel de plástico, el troquelado del blíster, el carraspeo de la garganta.

Los ojos brillan abstraídos. Quizás recuerdan un tiempo mejor en otro lugar.

Me levanto y camino por el comedor. Los ventanales dan a la avenida, desde acá veo a la gente caminar apurada como en un hormiguero. Hay un salón pegado al comedor con un televisor prendido. Un señor de espaldas, con su bastón al lado, mira una película de tiros sin volumen. Creo que está dormido. Vuelvo a la mesa y saludo a una señora que está sentada sola. Tiene puesta una peluca color marrón cobrizo. Me siento a su lado y dice que se llama Nelly. (Cuando llegue a casa y googlee su nombre, sabré que Nelly Vázquez es una cancionista de tango que grabó con Troilo, Pugliese, Piazzolla y Mariano Mores, que de chica estudió canto once años con el mismo profesor de Carlos Gardel y que aprendió las técnicas sopranos líricas con Marta Constante).

Ahora es una señora menuda, frágil como un gorrión, a la que le tiembla la mandíbula. Me señala con el dedo, largo y huesudo el espacio vacío a mi lado y dice “Mirá que ahí va la gorda”. La gorda es Zulema, una señora grandota que viene caminando por el pasillo y me saluda de lejos diciendo. Las dos son cantantes. Según Zulema, Nelly es la más famosa de las dos. Solo trabajaron juntas una vez pero Nelly no lo acuerda. Cuando les pregunto si la gente las reconoce, Zulema se anticipa y dice que a Nelly sí, que a ella no, pero que a Nelly sí. Nelly niega con la cabeza y pone cara de no tanto. No le creo. Zulema habla por Nelly mientras ella come; dice que le da fobia la gente, que no le gusta porque se siente invadida. Nelly revuelve la sopa y mira fijo las migas de pan sobre la mesa. Hablan de cantantes de tango que no conozco, de la orquesta de Pugliese, de la de Piazzolla, de Libertad Lamarque y de Mercedes Simone.

Llega la directora: “Hola, hola, bueno, cómo están, ¿me escuchan?”. Nadie habla, silencio. “Necesito que nos saquemos las máscaras un segundo, necesito que nos saquemos los personajes, todos hacemos personajes todo el tiempo y tenemos máscaras”.

Zulema le dice que ella no.

La directora da un paso hacia ella y la mira fijo: “Sí, todos”. “Yo trato de que no”, vuelve a decir Zulema. “Sí, todos tenemos y eso es el ego, necesito que nos saquemos esa máscara, que dejemos el ego a un lado, que estemos unidos”, cierra la directora y pregunta por qué participaron tan pocos de la última actividad en la visita guiada al teatro Cervantes. Zulema habla de la parálisis de sus piernas, dice que no puede subir escaleras, otros dicen que estaban muy cansados y el coreógrafo alza la voz: que se la pasó trabajando veinte años en ese teatro, miren si no lo conocerá.

La mujer sigue esperando una respuesta que la satisfaga pero no llega. 

Me sirven café con leche en una taza de plástico roja, blanca y amarilla. En el plato, que hace juego con la taza, me traen galletitas dulces con chispas de chocolate, mini oreos y masitas. La cocinera me dice que las hornean acá como parte de la actividad. Acomodan las mesas en círculo y nos sentamos. Quedo en la punta. Rosa la enfermera cuenta la actividad: “Trajimos la obra Mateo de Discépolo y quería saber si alguno de ustedes la había representado”.

El de bigote blanco y finito se levanta, pide disculpas y dice que justo tiene función, que salen de gira por el Gran Buenos Aires y muy posiblemente por Latinoamérica con una obra hermosa que está angelada, “Chaplin La vida sobre el hombro”, la escribió él y que tienen que ajustarla. Que si queremos ir a verla van a estar los miércoles en el teatro Empire. Cuando termina de decir el nombre del teatro, se me queda mirando. Tiene la sonrisa impostada.

Leen el primer acto y me preguntan si quiero participar. Lo hago. Leemos. Zulema me dice que proyecte la voz que no se me escucha, que la saque del diafragma.

Ahora cantan jingles de publicidades viejas.

Alegría y diversión con el Wincofon.

Horacio el cocinero, a pedido de los residentes, canta ópera en italiano.

Mamma mia son tanto felice…

La voz, ancha, retumba en las paredes del salón. Por momentos aturde, pero no lo hace mal.

Nos reunimos en la sala donde está el televisor. Rolo el enano está sentado en un sillón y palmea para que me siente con él. En la pantalla, con el sonido a cien, se ven imágenes del Conventillo de la Paloma: Gardel, Mores, Troilo. Giro la cabeza y me doy cuenta que Nelly no está. Zulema mira la pantalla en silencio. Rosa trae abrazada a Nelly y le habla al oído. Más tarde sabré que Nelly estaba en su habitación y que cuando Rosa le pidió bajar al salón, Nelly le contestó que lo haría por ella, porque no quería a nadie de los que vivían ahí. Cuando entra al salón, queda hipnotizada viendo las imágenes. Los ojos grises se humedecen: “Yo canté con todos esos, con todos”, susurra. Y tararea en voz baja.  

La actividad fija de todos los viernes: ver videos de trabajos de ellos -hay muchos que trabajaron con los más grandes, se codearon con estrellas-. Rolo, por ejemplo, dice la directora y señala al lado mío. Todos se dan vuelta y lo miran. Él asiente con la cabeza y lo aplauden. Rolo me dice al oído: “Quiere que me acuerde del pasado y lo que menos quiero yo es acordarme del pasado”. Se pone de pie y se despide, tiene que atender su negocio. Vende ropa para vestuario y antigüedades en la galería Quinta Avenida, justo enfrente a la residencia.

Rosa la enfermera me dice que Nelly Vázquez quiere cantarme una canción. La señora menuda y frágil como gorrión, se para y empieza a cantar “La última curda”. Proyecta la mirada a un horizonte fuera de estas paredes. El cuerpo me vibra con cada palabra entonada. Los ojos, grises por las cataratas, brillan, mientras abre la boca y sale el canto como un chorro de agua fresca y poderosa. Termina. Todos aplaudimos. Se emociona, le tiembla la mandíbula arrugada y se lleva los dedos largos y huesudos a la boca.

Me levanto, la abrazo y le agradezco al oído, escondiendo mis lágrimas sobre su hombro.

 

 

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