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Thoreau, la primera conciencia verde

 

Una cartografía de Thoreau, apenas un repaso de su obra y la injerencia de sus palabras hoy, doscientos años después de haberlas expresado. Celebramos en este día el aniversario de su nacimiento así que vaya aquí nuestro homenaje al gran pensador de la Naturaleza, el rival del imaginario social. Y el primer ecologista cuando no se conocía el concepto, ni se necesitaba.

 

 

 

 

El medio ambiente es una estructura que incluso la biología como ciencia positiva nunca puede encontrar y nunca puede definir, sino que debe presuponer y utilizar constantemente.

Martin Heidegger

 

POR LALA TOUTONIAN

 

Henry David Thoreau nació un día como hoy, el 12 de julio de 1817, en Massachussets, Estados Unidos, en el pueblo de Concord, puntualmente, que también lo vio morir en 1862. Escritor, claro, estudioso filósofo y acaso mediocre poeta, el pensador trascendentalista, fue el generador de quizá una de las primeras subculturas americanas: no hay otredad que valga, somos todos diferentes y como tales, pues enfrentamos diferentes necesidades. Entre las thoureanas encontramos la de la vuelta a la Naturaleza (lo escribo en alta pues así lo hizo él) como lo refleja en Walden, su obra más importante; la de rechazar la guerra y con este argumento no pagar los impuestos que enriquecían a un estado que avalaba con esa recaudación la misma guerra -lo que le valió la cárcel y otro de sus grandes títulos, Desobediencia civil-, ¿el primer anarquista? Por lo pronto el primer opositor al poder y su verticalismo.

Puritano, una estética pastoral, un peregrino, un caminante incansable, consideraba que las comodidades eran un impedimento de elevación espiritual. Así es como abandona todo y se va a vivir al bosque. En la casa que él construyó y se alimentó de lo que él mismo cultivó. Y no, no era el aseo su mayor preocupación, claro, en esa vida dedicada a la tierra. No fue impedimento este ¿pequeño? detalle para que Louisa May Alcott cayera rendida a sus pies. Fue su alumna ya que la familia Alcott compartía la filosofía trascendentalista y naturalista con Thoreau, lo cual habrá llevado a la autora a fantasear en sus raptos de abuso del opio con el maestro. Y nombraré dos particularidades de esta relación que no fue tal: primero, en el 225 de Main Street (Concord, Massachusetts) se hospedaron ambas familias en diferentes momentos. Thoreau vivió ahí desde 1850 hasta su muerte, el 6 de mayo de 1862.? Louisa adquirió la residencia para su hermana Anna, que se mudó a la casa junto con su padre; y allí, la autora escribió todo lo que siguió a Mujercitas. Segundo, y a título completamente personal, sabiendo que Jo March es el álter ego de la escritora, el profesor alemán -un tipo un poco mayor que ella, desalineado, torpe- del que se enamora y con quien forma una familia, bien podría ser la representación de Henry.

“Quisiera decir unas palabras a favor de la Naturaleza, de la libertad absoluta y lo salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura meramente civiles -considerar al hombre como un habitante, como una parte o parcela de la Naturaleza, más que como un miembro de la sociedad-. Quisiera hacer una declaración extrema, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes defensores de la civilización (…)”, más o menos así empezaba Thoreau sus ponencias. Primero agrimensor y luego conferencista, un pacífico opositor, marginal -por su intención de mantenerse a los márgenes de la sociedad, asqueado de ella-, Thoreau fue un eterno flaneur: un hombre que caminó para pensar y pensar en la humanidad. Ese arco asociativo lo enmarca como el gran lector de la Naturaleza. Por ejemplo, gracias a sus estudios y anotaciones, medimos hoy que el cambio climático ha aumentado la temperatura en ese bosque que lo acogió y muchas de las especies que él mismo detalló, hoy están en extinción. En su afán de enaltecer la vida y estudiando al hombre como el lobo del hombre, sentiría hoy desde una gran decepción y un irónico “Lo sabía”. 

Entre Darwin y Ghandi, un Tolstoi igual de revolucionario, un idealista rebelde -difícilmente se conciba el quijotismo sin sublevación-, Henry David Thoreau escribió: “Las armas con las que hemos ganado nuestras victorias más importantes, que deberían legarse como reliquias familiares no son la espada y la lanza, sino la guadaña, el cortador de hierba, la pala y la azada para cieno, oxidados con la sangre de muchas praderas y ennegrecidos con el polvo de muchos capos de dura batalla”.

Que así sea.

 

La estatua en su honor delante de su casa en el bosque.

 

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