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Resaca en el paraíso

 

Lucia Berlin nació el 12 de noviembre de 1936 y murió el mismo día en 2004. Escritora, claro, pero antes de eso, mujer que debía mantener a sus cuatro hijos y para lo cual trabajó de empleada doméstica limpiando casas, fue telefonista, enfermera, profesora de literatura en diferentes universidades y hasta en una cárcel. Rafael Toriz hace una lectura sobre la autora alaskeña que nos ha legado unas letras extraordinarias.

 

 

 

 

POR RAFAEL TORIZ

 

Luego del advenimiento de Lucia Berlin al empíreo de la literatura –en un insospechado acto de justicia poética que sucede poco en un gremio más bien acomplejado y hostil– resultó sorprendente, para los que conocimos la potencia de la autora de mano de la celebrada antología Manual para las mujeres de la limpieza, saber que se publicaría otro tomo con sus relatos titulado Una noche en el paraíso, clausurando para siempre su legado, dado que es sabido que en total escribió 77 relatos, debidamente publicados en su lengua original.

Con una vida que cumple con todos los requerimientos para apuntalar el mito (Berlin fue una mujer hermosa, atribulada, itinerante, inteligente, madre y alcohólica), sus historias realistas se solazan en la mirada maravillosa y despiadada de quien observa sus desventuras domésticas. Pero también la de los otros, en la otredad irreductible en su auténtico talante: tragedias morales de primer orden que tamizadas por una sensibilidad exquisita como la suya, aparecen como historias poderosas emplazadas en una variedad notable de escenarios y países, capturado registros y giros lingüísticos precisos –cosa que se pierde en varias ocasiones en la traducción de Eugenia Vázquez Nacarino– y una naturalidad en las atmósferas que recuerdan que el narrador competente es siempre un etnólogo inspirado.

 

 

Como se ha señalado con tino, el octanaje de esta obra es inferior al de Manual…, no obstante queda claro que Berlin es una autora de fuste quien, además, debe ser hasta hoy la autora americana que mejor conoce América Latina –concretamente México y la violencia permanente de sus “pueblos mágicos” así como la sevicia y el clasismo de una sociedad cobarde, ruin y prepotente como la de las élites Santiago de Chile: “En Lima los suburbios eran tan inmundos y desolados como en Santiago. Kilómetros y kilómetros de chabolas hechas con cartones y bidones metálicos, tejados de latas aplastadas. Sin embargo, en Chile están los Andes y el cielo azul e instintivamente levantas la mirada, por encima de la fetidez y la miseria. En Perú las nubes se ciernen bajas, lúgubres y húmedas. La llovizna se mezcla con las míseras fogatas. Un trayecto largo y gris hasta el centro”.

Escritora de autoficción antes de que fuera mainstream –aunque preciso es acotar que en realidad se trata de una primera persona que da cuenta del mundo que relata– el título que da nombre al libro semeja un plató de película de John Houston con John Houston incluido bajo el cielo de Acapulco, donde se explicitan los temas recurrentes de sus historias: infidelidades, excesos, extraños triángulos amorosos, fascinaciones y desencantos propios de la vida de nómadas, músicos y drogadictos vistos por una mirada joven enamorada del momento fatal de la belleza sublime, es decir un atardecer regado con ron sobre la playa o la visión del cuerpo lustroso y torneado de un joven lanchero antes del desencanto y la pérdida: uno lee a Lucia Berlin y siente súbitos arrebatos de hacerle a alguien el amor, de ser posible bebido y drogado: “Ahí mismo delante de Dios y de todo el mundo, Ava Gardner deja caer el vestido y se echa en el diván desnuda. Señor, ayúdame. Amigo mío, qué escultura de mujer. Del color del flan de caramelo, de los pies a la cabeza. Sus pechos son el cielo en la tierra. Sus piernas…”.

Escritora fronteriza –Berlin cambia lo mismo de estado que de país y sobre todo de clase social– su voz es afín a los personajes en tránsito que se transforman en el viaje perdiéndose y disipándose en el camino: una ruina donde hay lugar tanto para el humor como para ironía, la tristeza, la muerte y la heroína (“Polvo a polvo” es un hermoso relato breve que resume su poética: “Hay ciertas cosas de las que la gente nunca habla. No me refiero a las cosas difíciles, como el amor, sino a las más bochornosas, como por ejemplo que los funerales a veces son divertidos o que es emocionante ver arder un edificio. El funeral de Michael fue maravilloso”). 

Tejida con la materia del olvido, la literatura suele ser pródiga en injusticias y omisiones, por ello Orson Welles, lúcido como era, tenía una idea muy clara respecto del éxito póstumo de los autores: “Para mí, la posteridad es tan vulgar como el éxito. No me fío de ella. Son muchos los buenos escritores de los que ya nadie se acuerda”.

Es una dicha para nosotros que Lucia haya escapado de esa suerte y ese olvido.

 

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