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Mujerazas

 

La edición de Akal sobre Mujercitas con anotaciones trae a cuenta un tema de abrumadora realidad. En rigor, es lo que ocurre con los clásicos literarios: perduran en el tiempo sostenidos gracias a su apología de lo existente. Una mujer, Louisa May Alcott, sabemos, escribe sobre otras cuatro. Cuatro muchachas: una púber, Amy, una adolescentes, Beth, y dos jóvenes, Josephine y Margaret, pero las llama little women en su inglés original, pequeñas mujeres, mujercitas.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

La publicación que nos acoge, viene con introducción y notas de John Matteson, un profesor de letras y escritos legales de origen americano que ganó un Pulitzer por su biografía sobre la autora justamente y su padre. Porque el señor Alcott (1799-1888) fue un filósofo reformista, abolicionista y -oh- un defensor de los derechos de las mujeres. Hete aquí el germen. Matteson, decíamos, recorta con bisturí semántico cada etapa de la novela (de la novela no vamos a hablar: ya la conocemos, es el primer relato juvenil estadounidense, todos somos fans de Jo, lloramos con la muerte de Beth y queremos entrañablemente a Laurie) permitiendo así visualizar la impronta cultural de la época -recordemos que la novela vio la luz en 1868, luego una segunda parte al año siguiente y recién en 1880 sería un libro único-. Algunos datos agregados por el autor no sorprenden (Louisa tenía tres hermanas y créanme, es cada una de ellas; sí, una murió de escarlatina también) pero el trabajo digno de un obseso estudioso vale lo que cuesta el libro. El derrotero de la casa familiar que también perteneció a Nathaniel Hawthorne, las recetas de la señora Alcott son las de Marmee o las imágenes, gran archivo, todo maravilla a los ojos del lector.

En la segunda mitad de la novela, cuando Jo empieza a profesionalizarse y trabaja en una casa editora que le encarga un libro “para niñas”, también recibe su primera propuesta de matrimonio. La rechaza. Lo cual para su hermana menor Amy hubiera sido un escándalo no aceptar (su misión en la vida, creía de pequeña, era ser guapa y casarse bien en ese orden vinculante, lo que consigue de mano de Laurie) o la sufrida Meg, joven viuda (no son spoilers, vamos, todos conocemos la historia). Había hecho lo propio con el mismo Laurie: su querido amigo y vecino fue el primero en ofrecerle su corazón. Pero ella no le correspondía el afecto a uno ni a otro y como cualquier mujer independiente que se precie, pues no aceptaría. Esta resistencia de nuestra protagonista quizá tenía que ver con el “estilo” que el padre, vuelto de la guerra y hacia finales del libro, le pide que no cese en su búsqueda. El estilo era desde literario hasta vital, existencial, alejándola de estándares petrificados de fórmulas anquilosadas a la moral y costumbres de la época.

(A que podemos imaginar al Alcott padre hablándole así a la pequeña Louisa, ¿verdad?)

Vemos en este enorme y pesado, antes que eso, bello ejemplar, el lado alternativo de la autora, todo lo que Matteson nos muestra. Este conocimiento así expuesto despliega la verdadera concepción de la obra, la unicidad expresiva de cada uno de los relatos que hacen a la totalidad de la narración.

Quizá ese inmediato best seller se deba a la exposición de libre albedrío femenino. Eran tiempos de guerra civil (la peor de las guerras: el pueblo enfrentado a sí mismo), las mujeres quedaban solas haciendo el trabajo de los hombres, vuelto el hombre no sabían qué hacer más que ser amas de casa… En la vida real, Louisa fue enfermera de los combatientes lo que le valió, según cuenta este libro, enfermedades y decaimientos psicológicos varios pero salió adelante. La necesidad de la autora de incluir la guerra no refiere tanto a lo autobiográfico sino como resultado de analogía con su condición de mujer. De hecho, el historiador John Limon lo analiza como “una fantasía femenina de liberación matriarcal”. ¿Demasiado? Quizá. Lo que sí resulta certero es la intención de darle una voz a los tapados: en su novela, a las mujeres; en su militancia por herencia familiar, a los esclavos, la integración racial y la justicia social. ¿Qué hace Jo March cuando hereda la casona de su tía rica que tantos dolores de cabeza le había dado -y prefirió llevarse a Amy a Europa: eso nunca se lo perdonamos-? La convierte en una escuela pública junto al profesor alemán que sí amó.

El último capítulo es realmente una declaración de derechos humanos. Rebajar la novela a una de género sentimental es no entenderla. Para escapar de esa morfología inexacta hay que indagar en los elementos, no de barbarie sino de templanza en aquella cultura.

La misma que nos trae a cuentas de esta contemporaneidad: testimonios de vida imperiosos cuya expresividad transmuta en una sola proclamación de principios, la de la autodeterminación de los oprimidos.  

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