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Los libros partidos

A partir de un tuit polémico, un escritor inglés viralizó su foto con tres libros cortados a la mitad. ¿Su argumento? Que eran muy pesados para trasladar. En ESTACIÓN LIBRO nos pusimos a pensar al respecto y aquí lo desarrollamos.

 

 

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

 

La semana pasada se viralizó el tuit de un inglés donde mostraba en una fotografía tres libros cortados por la mitad. Acompañaba con la siguiente frase “Ayer mis colegas me llamaron ‘asesino de libros’, porque corto los libros por la mitad para que sean más cómodos de transportar ¿Alguien más lo hace? ¿Soy el único?”. El tipo en cuestión se llama Alex Christofi y según dice su biografía de Twitter, es editor en One World News, una web de noticias, y ha escrito dos novelas que le han valido algunos premios.

De las miles de respuestas que ha tenido, la más destacada fue la de la policía de Nueva York: “Nuestro algoritmo nos alertó que había un asesino como tendencia pero no era lo que esperábamos”.

Por un lado veamos los títulos en cuestión: una biografía descomunal de Dostoievski, de las más apreciadas en el mundo literario (el mismo Christofi dice en su página web que en este momento está trabajando en una biografía del ruso), de Joseph Frank; Middlesex, una extraordinaria novela del americano de origen griego Jeffrey Eugenides y me atreveré a decir de mis libros favoritos y finalmente, La broma infinita, una de las genialidades que nos dejó mi querido David Foster Wallace antes de ahorcarse.

Estamos todos de acuerdo que no son libros cortos y todos los amantes de la lectura sabemos que antes del Kindle, hemos y seguimos transportando kilos de páginas en nuestros bolsos. Los miserables, Guerra y Paz, La rebelión del Atlas de la Rand (que no leí), o Varney el vampiro o el festín de sangre, son apenas algunos títulos que me vienen a la memoria y son libracos eternos. ¿Los cortamos a la mitad para leerlos? No, jamás se nos ocurrió.

Entonces, ¿es una aberración o una genialidad lo que hizo este hombre? Personalmente, no me decido aún. No soy de esos moralistas que conservan sus libros impecables, soy de los que creen que al libro se le tiene que notar que fue leído, disfrutado, subrayado, marcado, escrito. Ahora, cortarlos, no sé, realmente.

Mi madre se enoja cuando le llevo libros muy pesados porque no los puede leer en la cama como lo hace habitualmente y lo tiene que hacer sentada en el sillón del living apoyando el libraco en una mesita ratona. Mi sobrina me arruinó mi primer Heidi, que también fue el suyo, porque es una edición enorme, pesada y las mini manitos de sus primeros años no podían cargar y casi que lo rompió.

El propio Christofi ha tenido que dar explicaciones en un artículo publicado en The Guardian donde dijo: “Hace unos años empecé a buscar ediciones de dos volúmenes de libros como Los hermanos Karamazov y Guerra y paz, que cabían perfectamente en mi bolsillo. Descubrí que en realidad leía los libros de esa manera. Empecé a cortar grandes libros de bolsillo de autores modernos por la mitad y los uní de forma chapucera. Supuse que a los autores no les importaría vender un nuevo libro a otra persona, y en realidad yo solo quería meterme las palabras en la cabeza”.

El argumento es una tontería, realmente. Pero esos moralistas que se rasgan las vestiduras por mantener inmaculados sus libros no son mejores. Agrega en su declaración al diario inglés: “Es increíble que todavía valoremos tanto los libros cuando ahora todo es digital o descartable. La gente nunca tira los libros a la basura. En su lugar, se los prestan a alguien, los dejan en puntos de intercambio, los venden de segunda mano o los donan. Son el alma de nuestra sociedad”.

Honestamente, otra pavada. En algo sí coincidimos con Christofi: «El código es solo una cáscara mortal: el alma de un libro es la historia y la forma de las palabras que se usan para contarlo». Y remata: “La verdadera tragedia de los libros es que no sean leídos”.

 

 

 

 

 

 

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