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Los cuentos de mi mamá

La cercanía del Día de la Madre, el próximo domingo 20 de octubre, apura retóricas y nos acerca recuerdos. Sin apelar a los lugares comunes ni al material de psicoanálisis que trataremos de adultos, siempre hay algo que nos lleve a sonreír cuando las recordamos. Ah, las madres. Esta es la historia de Ofelia.

POR LALA TOUTONIAN

Hasta que aprendí a leer, a mis seis años cursando el primer grado de la escuela, mamá me contaba cuentos antes de dormir. Teniendo yo cuatro, se sumó mi hermana en los cuentos y en mi habitación así que mi madre alternaba sentada en una cama u otra, la lectura o el relato de los cuentos.   (Un paréntesis en la crónica: cuando mamá fue a parir a mi hermana quedé en casa con papá a quien le reclamé un cuento antes de dormir. Me miró con esos ojos suyos amarillos completamente desconcertado y entendí que debía yo relatarle uno -fue Blancanieves-, y le pedí que lo repitiera la noche siguiente que también pasaríamos solos.)   —¿Uno de verdad o uno inventado?, preguntaba mi madre. Y así elegíamos un clásico que repetía sin leer, por supuesto, mientras nosotras repasábamos las páginas de los libros (una ediciones muy coloridas, españolas, de tapa dura, unas colecciones exquisitas, realmente) desde Caperucita Roja hasta Peter Pan quizá también pasando por un mini tormento como De los Apeninos a los Andes de De Amicis, o Corazón (igual de penoso). Pero mamá es griega y no puede evitar la tragedia. Ahora bien, si elegíamos “los inventados”, ahí se despachaba ella con alguna historia (que realmente creo recordar cada una y todas de ellas) con un cuento que ella ideaba. En esos cuentos, siempre las protagonistas eran dos nenas y de algún modo tenían una vida muy parecida a la nuestra -gran estrategia de ella a la hora de la representación y apropiación de los relatos. Mi abuelo, su padre, que nunca dominó muy el castellano, nos regalaba libros de fábulas. De hecho, todo lo que él nos contaba a los nietos tenían ese formato de situación-hecho-consecuencia, así sin más, sin mucha poesía y con esa rigurosidad moral que se le marcaban en las espesas cejas blancas.    Esos cuentos “inventados” eran los que yo más requería, se me ocurre que por un lado me maravillaba la inventiva de mamá y por otro estaba pendiente de qué le pasaba a la pequeña “Lola” por haber mentido (cosa que jamás se me ocurrió hacer, desde ya). Porque además, los cuentos inventados nunca se repetían, tomaba mi madre el formato de Esopo, Samaniego, La Fontaine, eran niñas las protagonistas en lugar de animales et voilá, un cuento con moraleja.  No que todo esto nos haya llevado a mí o a mi hermana a una vida rigurosamente “moralista” ni mucho menos pero hay una relación entre ese primer encuentro con la literatura, los cuentos de mi madre, y este loco fanatismo por el realismo ruso donde el sentido existencial se hace un lugar entre los horrores del comportamiento humano. ¿Leen cuentos las madres y los padres a su prole? Lean cuentos, inventen cuentos, es un ejercicio íntimo donde la fantasía y la curiosidad por otros mundos comienza desde el primer día. Y es un viaje infinito.

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