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Lo único que compro son libros

Gonzalo Heredia es actor. Además escribe, es autor de la novela Construcción de la mentira (Alto Pogo, 2018) y está embarcado en la segunda. Acaba de descubrir Mercado Libre y no puede parar de comprar… libros, claro. Por eso le pedimos que nos lo cuente en esta columna. Disfruten.

POR GONZALO HEREDIA

No recuerdo cuánto hace que tengo la app de Mercado Libre en el teléfono. No me manejo bien virtualmente. No pago facturas por internet, ni sé hacer transacciones bancarias, darme de alta en algún formulario;, tampoco actualizar aplicaciones, bajar archivos, comprar cosas, cargar poner antivirus, optimizar las funciones de la computadora, nada.

Mi pareja me enseñó a comprar en Mercado Libre. Si alguien me preguntara cómo es, no sabría qué decir. Solo sé que debo fijarme en que el vendedor tenga reputación en verde, que haga envíos, escribir el número de la tarjeta en un determinado lugar y ya. En cuatro o cinco días mi pedido estará en la puerta de mi casa.

Lo único que compro son libros.

En las últimas dos semanas compré tres por día.

Cuando llega el tipo del correo -casi siempre es el mismo: camisa celeste, visera, barba candado y cuando sonríe, asoma el colmillo derecho torcido-; en ese momento tengo la sensación de salir del sauna y que mi cuerpo respira. El cartero me pasa los paquetes por la reja, firmo y se va. Rompo la cinta con los dientes, a veces con una navaja para no rasgar las tapas o alguna hoja. La mayoría de los libros son usados, tienen olor a humedad, las páginas ajadas en las puntas, con manchas marrones o son de papel biblia.

Hojeo adicto. Busco el párrafo para saber que eso que busco está ahí, que por unos días estoy salvado. Son dosis para vivir unos días más. Calman el dolor.

Cada vez que hago una compra, le llega un email a mi pareja porque la cuenta está a su nombre. “Che, estás comprando tres libros por día, por lo menos comprá uno por día”. Tiene razón. ¿Cómo le explico que sin eso no vivo? Es que acá estoy otra vez, escribiendo una novela. Digo otra vez, porque es la misma sensación de estar invadido por una historia, por algo que quiero contar y no sé cómo. Leo para poder escribir.

Releí Niebla de Unamuno. Intuí que en esa novela había una parte de la mía. Es una edición vieja que compré para trabajar. Subrayé párrafos, doblé hojas por las puntas para releer el día que finalmente pueda sentarme a escribir mi novela. Cuando Víctor le dice a Augusto: “Y si me apuras mucho, te digo que tú mismo no eres sino una pura idea, un ente de ficción”, me hizo detener la lectura. Cuando leo para escribir, pienso mientras los ojos caminan las oraciones de punta a punta. Una voz me cuenta lo que leo mientras otra escribe con lo oído. Cierro el libro y pienso. Busco sobre Unamuno en internet, leo sinopsis de su bibliografía. Elijo los títulos que creo, me darán eso que busco.

Mercado Libre: diario íntimo, paz en la guerra, contra esto y aquello, cómo hacer una novela.

Timbre, paquetes, navaja. Los hojeo desesperado. Elijo Cómo hacer una novela. Al bolso junto con otros. A veces pienso que son como los juguetes de Toy Story y se hablan entre ellos cuando no los veo.

Leo esto: “Y yo quiero contarte, lector, cómo se hace una novela, cómo haces y haz de hacer tú mismo tu propia novela. El hombre de dentro, el intra hombre, cuando se hace lector, contemplador del personaje a quien va a la vez que leyendo, haciendo, creando, contemplador de su propia obra. Y todo lector que sea hombre de dentro, humano, es, lector, autor de lo que lee y está leyendo. Esto que ahora lees aquí, lector, te lo estás diciendo tú a ti mismo y es tan tuyo como mío. Y si no es así es que ni lo lees”.

Bien. Eso es lo que llamo eso que busco. Necesito seguir leyendo para escribir. Buscar a mis personajes, construirlos, escribir mi novela. Me llega un mensaje de una lectora autodenominada devoradora de libros: l”Leí tu novela, Construcción de la mentira, bla, bla, bla y te recomiendo algo que te puede ser útil si te gusta leer sobre ficción-realidad: Escribir narrativa personal, de Vivian Gornick, y El buen relato, de Ccoetzee”. Mercado Libre: buscar. Están los dos. El de Gornick lo tienen dos vendedores, uno a setecientos pesos y el otro a dos mil cuatrocientos. Elijo el primero, la pantalla se pone verde oliva.

Por la tarde, mi pareja me reenvía un email del vendedor: el de Gornick está fallado. No sabe cómo pudo pasar eso, no se dio cuenta. Me queda poco Unamuno y por ahora, solo tengo un Coetzee. Pienso que no voy a pagar casi tres mil pesos por un libro, que es una locura, mientras sigo buscando en la aplicación. No hay otro. Lo compro y suelto el teléfono como si fuera el arma homicida de un crimen. Pido perdón, pero estoy feliz. 

Me acuerdo de otros libros que, intuyo, me van a servir para escribir la novela que estoy escribiendo. El final de la historia, Prosa caníbal, El desierto y su semilla, La felicidad es un lugar común, El mudo y otros textos.

Puteo porque son seis y me fui al carajo.

Timbre. Llegan Davis, Kreimer, Barón Biza, Kreimer, Skiadaressis, McCullers y Gornick. Todos en diferentes días y horarios, como una fiesta larga y privada que tiene lugar en mi escritorio, pero sobre todo en mi cabeza.

Gornick me susurra que la idea del yo, del yo que controla la memoria, surge casi siempre a través de una conciencia vaga que sólo muy lentamente se clarifica en la cabeza del escritor e intensifica su vigor y su definición a medida que el relato avanza. Dice que la cuestión que claramente se plantea en toda memoria ejemplar es ¿quién soy yo?, ¿quién es exactamente este yo al que remite la significación de esta historia sacada directamente de la vida? Y que a esa cuestión debe remitirse el autor de una memoria; no con una respuesta, sino con una profunda indagación. Sí, Vivian. Perfecto. El yo narrativo se me aparece en una imagen como un papel contact.

¿Dónde lo encuentro?

Sigo leyendo y Vivian me lo aclara un poco más. Cuando Rousseau observa: “Solo puedo escribir acerca de mí mismo y este yo que poseo, apenas sé en qué consiste”, está diciendo al lector: iré en pos de ese yo en tu presencia. Escribiré un relato vivido tal como creo que ocurrió, juntos veremos lo que significa y ambos describiremos, a medida que escriba, ese yo sobre el que indago.

Esto es lo que buscaba.

Me siento y releo mi manuscrito con todas estas preguntas en la cabeza.

 

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