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La infancia y los libros

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Empiezan las vacaciones de invierno y se encienden algunas alarmas pero a no desesperar, es un momento más donde podemos echar mano a lo que más nos gusta: el libro. En esta columna apelamos a la infancia -ese tiempo de absorción de conocimiento y más tarde comida de psicoanálisis- y al tiempo invertido en la lectura.

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POR LALA TOUTONIAN

 

Se acercan las vacaciones de invierno, la escuelas quedan en silencio por dos semanas y el griterío de los niños toma las calles. La oferta multicultural de toda ciudad se eleva al 200% los padres buscan mil y una actividad para cansar a sus hijos y sobrevivir en el intento.

No puede uno negar lo autorreferencial, lo siento. Una infancia como la mía despojada de internet y celulares, se paseaba por otros mundos. 

Las vacaciones de invierno habitualmente tenían algunos programas intocables: con la tía Ángela al cine, con la tía Luisa al teatro, con los libros que me compraba la tía Caty y con mis padres a la quinta. Disfrutaba cada una de las salidas por igual y con enorme entusiasmo, celebraba y agradecía cada gesto amoroso familiar, pero nada me gustaba más que ir a Pontevedra a leer. Nunca me enamoró la naturaleza, podía salir a respirar el aire frío que tan bien me sentaba perdiéndome entre las calles de tierra con la bicicleta pero lo que verdaderamente me motivaba era sentarme a leer en la tranquilidad de la casa. Supongo que sería un problema menos para mis padres. Mamá, fanática del cine hollywoodense de la época de oro, no medía, estimo, que eran clásicos de la literatura mundial y me llenó la infancia de novelas victorianas y realistas.

¿Qué hubiera hecho mi generación de haber tenido Google? No hay modo humanamente posible de saberlo, claro, pero podemos fantasear… ¿Buscaría Jane Eyre, Huckleberry Finn o Lo que el viento se llevó junto a la Guerra de secesión o la esclavitud en Estados Unidos? (Sí, mamá me compró la novela de Margaret Mitchell para mi cumpleaños número nueve o diez…) 

Cada nuevo salto de la tecnología genera más y más inquietud: esto es, los niños son cada vez más curiosos y tienen, vamos a decir, mejor acceso a las fuentes. Algunas estadísticas insisten con que leen menos, o leen poco, pero la apuesta editorial por los libros de LIJ no solo es enorme, sino que la demanda justamente es así de inabarcable. Hay cientos de apps para el celular y la tableta que refieren a la lectura o a generar textos, como Wattpad, cada vez que entramos a una librería no solamente hay un espacio especialmente dedicado a ellos sino que está lleno de críos con mil y un librito en mano. 

Hoy se rasgan las vestiduras al grito de “Los niños no leen”. Hablando de estadísticas, vean lo que ha fomentado Harry Potter, por ejemplo, o estas sagas infinitas del fantasy y luego nos sentamos a hablar.

Cuando era chica no había Feria del Libro infantil y juvenil, eso es un espacio para celebrar.  No se puede especular sobre cómo o por qué los chicos leen o dejan de leer. La motivación es fundamental, la familiar y la escolar, y luego está el interés que se vaya generando en esas locas cabecitas. Lo primero con lo que me perdí en sueños fue en esas montañas suizas nevadas de Heidi, quise una casita hecha de dulces con bruja incluida como Hansel y Gretel, fui Jo March y hasta la Jill de Jack. Lloré por primera vez con La cabaña del tío Tom y Platero y yo. Me asusté por primera vez con El exorcista que me regaló mi prima cuando aún cursaba la primaria… Fui una niña feliz.

Empiezan las vacaciones, colmen a los niños con libros. Sean felices.

 

*Pueden comprar el libro haciendo click aquí.

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