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Julieta Venegas lee a Vivian Gornick

Apasionada lectora, Venegas ha cambiado su México natal por esta Argentina nuestra y así entiende como pocos a Vivian Gornick cuando refiere a la ciudad elegida para asentarse. Ambas ellas, mujeres libres, fuertes que viven sus tiempos atentas a conflictos y fantasías por igual. «Las mujeres hemos cambiado, hace tiempo que viene pasando. Un movimiento hecho en cámara lenta, pero constante», dice en esta columna Julieta Venegas, rematando así las realidades que nos traspasan. Apegos feroces y La mujer singular y la ciudad (Sexto Piso), entonces, por la Venegas.

 

 

 

POR JULIETA VENEGAS

 

 

Vivian Gornick es una maestra. No lo digo a la ligera, cuando la leo siempre estoy aprendiendo algo sobre la literatura y en especial sobre la vida. Emociona leer a una mujer construyéndose a sí misma, contando con anécdotas, con momentos tristes, con diálogos, lo que le ha ido marcando su camino. Durante muchos años intentó escribir ficción hasta que descubrió que relatando sus memorias se sentía mucho más libre.

Apegos feroces (Sexto Piso) es un libro donde se centra en la relación con su madre. De sus caminatas juntas por Nueva York van saliendo conversaciones sobre amistades, sobre la familia, el amor, sobre la ciudad y el pasado. Entretejidos con esos paseos surgen recuerdos de distintos momentos de sus vidas. La intensidad de su relación se ve en la forma en cómo una marca a la otra y ese intercambio destaca el cambio generacional como nadie. La vida de su madre estuvo entregada al amor. Después de la muerte de su marido lo tiene siempre presente, vive una idea romántica de esa relación. Pertenece a una generación en donde el amor decide su vida, y eso está presente todo el tiempo. No es el caso de Vivian, quien decide hacerlo de otra manera, y en el centro de su vida está la vocación. Escribe al respecto: “Ese espacio. Comienza en el centro de mi frente y terminar en el centro de mis ingles. Varía de tamaño, unas veces es tan ancho como mi cuerpo y otras, tan estrecho como una rendija en el muro de una fortaleza. En los días en los que el pensamiento fluye libremente o, mejor aún, se esclarece con esfuerzo, se expande magníficamente. En los días en los que la angustia y la autocompasión lo anegan, se encoge, ¡qué rápido se encoge! Cuando el espacio es amplio y lo ocupo plenamente, degusto el aire, siento la luz, mi respiración se acompasa y se vuelve más pausada. Me siento en paz y emocionada. Fuera del alcance de infuencias o amenazas. Nada puede tocarme. Estoy a salvo. Soy libre. Pienso. Cuando pierdo la batalla del pensamiento, los límites se estrechan, el aire se contamina, la luz se nubla. Todo es vapor y niebla, y me cuesta respirar“.

Su relación con Nueva York es otro elemento importante en su narrativa. Ella realmente vive la ciudad, camina por sus calles. No solo es el lugar que habita sino que esa ciudad la ha hecho la persona que es. Vive sola y no tiene hijos, y la ciudad se convierte en una extensión de su vida cotidiana. Y eso es lo hermoso de La mujer singular y la ciudad. Esa cotidianeidad, urbana, hecha de conversaciones con sus amistades, pero también esas conversaciones que suceden espontáneamente en la ciudad con desconocidos, o algunas que escucha al azar. Al final lo bueno de las ciudades es lo que te mueven, los estímulos que provocan. ¿Por qué decidimos vivir en una ciudad y no en cualquier otra? La relación de Gornick con Nueva York, sus caminatas, me hacen pensar en la vida urbana de cualquier lugar: la relación que empezamos a tener con las ciudad en las que buscamos vivir. “Todos hemos recorrido las calles de las capitales del mundo eternamente: actores, oficinistas, disidentes, fugitivos, ilegales; gays de Nebraska, intelectuales polacos, mujeres al límite del tiempo. La mitad de estas personas se perderá en el oropel y el crimen -desaparecerá en Wall Street, se esconderá en Queens-, pero la otra mitad se convertirá en mí; paseará por la ciudad y alimentará el flujo interminable de multitudes interminables que, sin duda, dejarán huella en la creatividad de alguien”, escribe en La mujer singular y la ciudad.

Las mujeres hemos cambiado, hace tiempo que viene pasando. Un movimiento hecho en cámara lenta, pero constante. Cada una va escribiendo su propio camino, en sus decisiones y en su manera de construir la vida. Por eso me gusta tanto leer a Gornick, porque es una mujer hecha a su manera. Rechazó lo que tenía que rechazar, y tomó lo que la hizo la mujer que es, completa, vital y despierta. Y en ello está enredada la literatura, porque su visión de la vida también tiene que ver con sus lecturas. En eso me identifico mucho, tanto en construir la vida a tu manera, como en el encontrar reflejos en otras historias que me cuenten, tanto como cuentan su propia historia. Eso pasa cuando leo a Gornick, veo a una mujer narrándose, y digo, ahí está, una mujer que siento que conozco aún sin conocerla, que se cuenta con lucidez, que sus memorias no son un acto triunfal en donde ella ganó o perdió, sino una vida desenvolviéndose y contándose sin reclamos ni arrepentimientos, con una reflexión marcada en el aprender, más que en el solo recordar.

Dice en La mujer singular y la ciudad: “A nadie le sorprende más que a mí que haya resultado ser quien soy. Por ejemplo, en el amor. Siempre había dado por sentado que, en este aspecto, era como cualquier otra joven de mi generación. Si bien la maternidad y el matrimonio nunca me habían interesado, y entre mis compañeras de clase no era común fantasear con formar parte de una barricada revolucionaria, siempre pensé que algún día vendría a buscarme el Príncipe Apasionado y, cuando lo hiciera, la vida adoptaría su forma definitiva: ‘definitiva’ era la palabra clave. En efecto, aparecieron unos cuantos que parecían el PA, pero de definitivo, nada. Antes de los treinta y cinco me había acostado con tantos hombres como cualquiera de mis amigas, y también me había casado, y divorciado, dos veces. Cada matrimonio había durado dos años y medio y en los dos una mujer que no conocía (yo) se había casado con un hombre que tampoco conocía (el muñequito de la tarta de bodas)”.

Apegos Feroces y La mujer singular y la ciudad son dos libros estimulantes, tienen como marco la ciudad de Nueva York y hablan sobre la vida, las decisiones, sobre la literatura, el amor, la familia; sobre los amigos, el pasado, y las personas que van quedando en el camino. Creo que hay que leer a Gornick, aprender de ella, porque si algo han de ser los libros que leemos, es amigos, que nos enseñen las vidas de gente como Vivian, tan distintas o tan cercanas, y en las cuales podemos encontrar faros que nos ayuden en nuestro camino.

 

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