Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

Fernando Vicente: narrativa ilustrada de alto voltaje

 

Vicente dibuja y arrasa como un torbellino. Y si bien lo suyo es la pintura, los libros no serían lo mismo sin su interpretación. Drácula, Kafka, Rosa Luxemburgo, Conan Doyle, Jane Austen, Molière, Stevenson, Fernando Savater y tantísimos más se vieron coloreados por el artista. Alguien que ve la narrativa a través de un pincel. Aquí la autora repasa su cartografía e invita a la reflexión.

 

 

POR BÁRBARA PISTOIA

 

De formación autodidacta, Fernando Vicente (Madrid, 1963) irrumpió en el mundo de la pintura y la ilustración a mediados de la década del 80, primero trabajando para agencias de publicidad, como director de arte, y luego -ya sí- dedicándose de lleno a dibujar. Su nombre se hizo popular a partir de sus constantes colaboraciones en el diario El País, y siendo uno de los favoritos del suplemento Babelia, lo que le valió ganar en tres oportunidades el Award of Excellence de la Society for News Design.

Con más de 40 libros ilustrados en su haber, entre los que se destacan Drácula y Alicia a través del espejo, y más de un centenar de exposiciones, sus series más populares y reconocidas son los retratos de escritores y las que contraponen la anatomía al mundo moderno, dejando siempre un margen como para que, más allá de la independencia de cada uno de sus trabajos, haya un hilo conductor que atraviesa su voz propia y esa identidad fortalecida en una condición que se configura previamente a la realización de la obra. Bueno, lo dicho: es autodidacta, lo que sugiere, por sí mismo, un profundo sentido de lo experimental y procesal.

 

 

Así, Vicente nos muestra a través de cada una de sus obras cómo su experiencia como lector nutre su posición visual, tanto estética como conceptualmente, haciendo de cada obra una narrativa en sí misma. Lo extraordinario es que esta premisa se sostiene aun cuando hace retratos o caricaturas, y se realza cuando los ilustrados son escritores, dándonos -sutil y con delicado sentido de selección- las claves para que podamos meternos de lleno en las ideas del autor, sentirnos en complicidad por la lectura ya recorrida o, incluso, invitarnos a un revisionismo que potenciará lo lúdico y afilará el ojo.

«¿Qué derecho tiene mi presente de hablar de mi pasado? ¿Puede mi presente meter en cintura a mi pasado?», se pregunta Barthes.

Juguemos a desandar la pregunta retórica, la pregunta que ya incluye la respuesta. Porque si hay algo que sabe Barthes es que la incógnita quedará abierta a través de varias certezas, aunque lo que sí hay es una única manera de buscarlas, y es a través del cuerpo, el lugar desde donde nosotros medimos el tiempo (¿o el tiempo nos mide a nosotros?).

Por medir me refiero a medirlo en un plano literal, a sentirlo cuando nos lo permitimos, a caer en la sensación corporal que nos exige reconocerlo, y a otro sin fin de escenarios que, como también Barthes sabe, son incalculables, porque el cuerpo no sólo que es imprevisible («Yo tengo mis ideas que no son las mismas que suele tener mi cuerpo») sino que nunca es único.

El cuerpo nos recuerda que el Yo no tiene bordes magros, por eso es tan invasivo el Yo ajeno, el Yo que se interpone en las interacciones personales, en las lecturas sociales. No hay Yo especial y único, siempre el Yo es un lugar común. La unicidad, lo extraordinario de cada quien está en el modo que se habita lo corporal.

 

 

Aferrarse a la idea de un Yo excepcional y extraordinario es llevar ese Yo hacia la boca y dejarlo siempre ahí, en la punta de la lengua para volcarlo en cuanto podamos hacia las palabras. Y en esa solidificación del Yo, entonces, esa primera persona se hace mensaje, y si se hace mensaje se hace juicio, moral, diccionario, biblia, dogma, etcétera, porque las palabras institucionalizan y normatizan lo carnal. Por eso caemos una y otra vez en la trampa, y nos hacemos espejo de lo que despreciamos, porque en el fondo ese Yo interpuesto es el Yo también del otro. Lo dicho: no hay Yo extraordinario.

Fernando Vicente no solo explora, también revela e interpela esa guerra en la que entramos con el cuerpo, el clímax cuando se nos hace tempestad, la banalidad que esconde poner en un altar el tan ponderado «amor propio», ese intento desaforado, infantil, y hasta ingenuo, de creer que podemos pedirle garantías al cuerpo, al propio y al ajeno.

En definitiva, a través de su propio recorrido formativo, de su propia exploración profesional, Vicente reconoció la manera de pintar la vivencia en su más pura expresión y gemido original. Sin desarticular los lugares que ocupan las obras literarias, sin manipular el proceso del observante, sin invadir el texto que acompaña ni tomar una posición conductiva, más bien como un artista que le interesa alcanzarnos nuevas formas de ver, en las cuales la fuerza lectora se hace indispensable como herramienta de comprensión y complemento mucho más allá de lo ficticio y como oxigeno de lo real, recordándonos, primero, que es el cuerpo lo que funciona en nosotros como tiempo, y entonces, es él quien nos mide a nosotros; y segundo, por esa misma razón, que el alma de toda lectura es mantener la mirada despierta, que no es para nada lo mismo que tener, simplemente, los ojos abiertos.

 


Posteos Relacionados