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Escribir para redimir fantasmas

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Vuelve Gonzalo Heredia con su espacio donde relata todo lo que acontece en su vida literaria. En este caso, leyó Por qué volvías cada verano, de Belén López Peiró (Madreselva, 2019) y lo asaltó una serie de retóricas que, como la autora, solo puede redimir escribiendo. Fíjense.

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POR GONZALO HEREDIA

Pocas veces me pasó tener la necesidad de escribir sobre un libro.

Hace tres semanas me pasaron un ejemplar del libro de Belén López Peiró, Por qué volvías cada verano. Había escuchado nombrarlo, vi a algunas lectoras y lectores que hablaban sobre él. Sabía que se había puesto “de moda”. Eso a veces me aleja o dejo la lectura para más adelante. El hecho es que lo recibí y arranqué a leer el mismo día. En una semana Belén venía a visitarnos al programa de radio Notas al Pie.

El libro (voy a evitar definirlo como novela, confesión, etc.) es la voz de una mujer que nos hace saber que cuando era chica fue abusada por su tío.

Lo primero que me llamó la atención fue la tapa. Es un dibujo de la misma escritora en acrílico sobre tela: hay un sendero desierto, dos sombras proyectadas bajo los únicos dos árboles y en el cielo, unas nubes amarillentas dejan ver el celeste, como si cesara la tormenta. En la entrevista Belén dirá que ese dibujo lo hizo cuando tenía catorce años y estaba metida en el infierno que le tocó vivir. Contará también que un día, muchos años después de haber hablado y denunciado, de haberse alejado de toda su familia y de haber escrito sobre eso y estar en la etapa de corrección final del manuscrito, ese día entró a su casa pensando en la tapa de su primer libro y que vió ahí colgado en la pared, el cuadro con la pintura que hizo del camino de entrada a Santa Lucía. Es increíble como todo cierra, pensó.

La narrativa tiene una construcción polifónica, esto es: aparecen declaraciones testimoniales, monólogos y reflexiones de diferentes personas.

Me conmovió mucho. No solo por lo atroz del caso, sino por cómo fue escrito. El por qué fue escrito. Belén, inteligentemente, borró las réplicas de la protagonista en las conversaciones. Transformó los diálogos en monólogos continuos, pegados uno tras otro. Pronuncian palabras solo las personas que la rodean. Como si lo importante fuera lo que les pasa a ellos a partir de la confesión. En el libro la que menos habla es la víctima. Eso me hizo imaginar la invalidez de la palabra oral que siente la víctima cuando habla.

¿Es más potente la palabra escrita que la oral?

Belén dice que habló a partir de una pregunta que le hizo su madre. Pero que la mayor transformación fue justamente, hacerlo libro. Creó algo bello lo que pudo haber sido un sufrimiento en su vida. La escritura puede darle voz a otras mujeres. La importancia de lo escrito genera eso. De pasar de avergonzarse pasó a empoderarse.

Su prima la acusó de querer destruir su familia, la tía le creyó pero no iba a dejar a su familia sola, la madre ausente, los médicos descuidados, abogados oportunistas, la torpeza de la justicia.

Y las preguntas que son como esos dedos punzantes que escarban: ¿cómo te va a cagar la vida así?, ¿cómo empezó?, ¿por qué estás acá?, ¿estás segura que no entró?, ¿por qué hablás ahora?, ¿qué se siente haber sido abusada?, ¿estás cansada de que te cuestionen? Que por qué volvías cada verano, por qué no hablaste, por qué dejaste que te cogieran.

Andá a tu casa y cuando llegues, sentate a escribir. Tranquila, con tus palabras, escribí lo que te pasó, le aconseja el abogado.

La narradora le escribe al victimario: lograste callarnos. Eso era lo que más te calentaba, ahí estaba tu verdadero hechizo. Callar siempre fue el peor castigo para ellas, para mí. Hablar libera y eso que todavía no desatan sus cadenas.

La narradora se dice a sí misma que es hora de darle un cierre y contar otra historia. La historia de su vida, que no termina ahí, sino que recién empieza.

“Siempre te van a cuestionar, a vos, a tu palabra. Así que no te calientes, que su hombría se derrumba cada vez que sentás el culo y escribís. Deshacelo en palabras, acabalo en un punto y coma y garchátelo entre comas”.

Ese párrafo me hizo llorar. Me acuerdo que pausé la lectura y no podía dejar de pensar.

¿Por qué se escribe? ¿Para qué uno se sienta todos los días o lleva consigo libretas, toma apuntes, corrige y reescribe?¿Cuál es el sentido de todo?

Pues bien. Por que la literatura sana, transforma.

Pienso una vez más en la novela que intento escribir y aparece la pregunta: ¿vale la pena escribirla?

Me acuerdo de los libros que compré hace unos años: el Diario de los hermanos Goncourt, el Diario de Jules Renard, Recuerdos de un hombre de letras de Daudet. ¿La palabra escrita los habrá empoderado a ellos también? Habrán imaginado en ese momento que un tipo, casi doscientos años después, estaría leyendo esos pensamientos que les quemaba el pecho, en la otra punta del mundo?

Ayer miraba una de esas entrevistas de Joaquín Soler Serrano. Esta era a Dalí. El tipo le destacaba que la idea de la muerte había sido una de las obsesiones de su vida. Dalí le contesta que sí, pero que cada vez menos porque creía que iba a llegar a tener la fe en creer en la inmortalidad del alma.

Cuando se cree en la inmortalidad del alma, el miedo a la muerte cesa inmediatamente.

¿No es eso lo que leemos cuando abrimos libros como los de Belén?

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