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El fuego de Notre Dame que imaginó Victor Hugo

 

La gente se volcó a comprar, y confiemos, leer la novela que rescata la figura de la catedral que vimos arder en estos días. Nuestra Señora de París, del gran Victor Hugo, tendrá una nueva lectura hoy: se apelará a algo perdido, muerto. Y el dolor que eso acarrea. 

 

 

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

 

Es ésta una débil intención de encontrar un atisbo de provecho entre tanto devenir agorero. El incendio de la catedral de Notre Dame disparó las ventas de Nuestra Señora de París de Victor Hugo.

Se me antoja que este debe ser otro de esos títulos que la gente dice haber leído (sumemos a la lista sin temor al equívoco el Ulises, la Divina Comedia, Shakespeare todo, los rusos y confiemos corto etcétera) pero es mentira. De hecho, muchos creían que la obra se llamaba El jorobado de Notre Dame y hasta tuvieron el atrevimiento de culpar a Walt Disney y su película por eso. Deberíamos agradecer al difunto congelado haber llevado semejante obra para acercarla a los niños. A los niños, señores.

Como sea, la catedral le debe parte de su prestigio al novelista que hoy está en boca de todos. Así dignificó la construcción más allá de su evocación religiosa que tan poco importa a quienes estamos despojados de cualquier trascendencia, diremos, mística. Sí refirió el autor a una de las fases más destacadas de la historia universal: la bendita Revolución Francesa y su relevancia para todas las convulsiones sociales que la continuaron.

Esta novela goza del nada despreciable honor de ser la que mostró los recovecos de la catedral y por sus elementos (seres marginados encarados por el pobre Quasimodo, amores imposibles de consumar, el encuadre renacentista), uno de los pilares del universo inmerso en el romanticismo literario. ¿Cuál es la importancia de la iglesia en la obra? La representación del pueblo mismo: un ente observador, silencioso, estoico; por igual testigo y protagonista. Y cuando estalla el pueblo es como cuando se dispara el fuego: arrasa con todo envuelto en una magnificencia abrasadora.

Hoy con la realidad que ha consumido la catedral de Notre Dame, la historia misma ardió. La novela, que data de 1831, describía una “gran llama revuelta y furiosa” que destruía Notre Dame mientras dos gárgolas “vomitaban sin cesar una lluvia ardiente”. No apelaremos en este espacio a una premonición ni circunstancias de ilusionismos vanos, sí referiremos a que el mismo autor francés lamentaba por aquellos días al abandono que padecían las construcciones medievales y hasta se quejaba que probablemente Notre Dame “desaparecería pronto de la faz de la tierra”. Así logró que en 1845 se aprobara una ley de restauración de la catedral. Este incendio sufrido en la capital francesa evidencia un actual descuido absoluto por el patrimonio histórico y cultural de la humanidad. En Francia, es el Estado el que gestiona las catedrales (como los museos) y no la Iglesia. Pero este es otro tema.

Este fue el incendio que imaginó Victor Hugo consumía la catedral:

“Todas las miradas se dirigían a la parte superior de la catedral y era algo extraordinario lo que estaban viendo: en la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que subía entre los campanarios con turbillones de chispas, una gran llama revuelta y furiosa, de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda.

Por debajo de aquella llama, por debajo de la oscura balaustrada de tréboles al rojo, dos gárgolas con caras de monstruos vomitaban sin cesar una lluvia ardiente que se destacaba contra la oscuridad de la fachada inferior. A medida que aquellos dos chorros líquidos se aproximaban al suelo, se iban esparciendo en haces, como el agua que sale por los mil agujeros de una regadera. Por encima de las llamas, las enormes torres, de las que en cada una se destacaban dos caras, una toda negra y otra totalmente roja, parecían aún más altas por la enorme sombra que proyectaban hacia el cielo. Sus innumerables esculturas de diablos y de dragones adquirían un aspecto lúgubre y daba la impresión de que la inquieta claridad de la llama les insuflara movimiento. Había sierpes que parecían reír, gárgolas que podría creerse que aullaban, salamandras que resoplaban en las llamas, tarascas que estornudaban por el humo; y entre todos aquellos monstruos, despertados así de su sueño de piedra por aquella llama y por aquel clamor, había uno que andaba y al que, de vez en cuando, se le veía pasar por el frente de la hoguera como un murciélago ante una luz. Seguramente aquel extraño faro iba a despertar, a lo lejos, al leñador de las colinas de Bicetre, temeroso al ver temblar sobre sus brezos la sombra gigantesca de las torres de Nuestra Señora”.

Esta nueva explosión de ventas de la novela es justicia poética.

 

 

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