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Por dónde pasa la lectura, cómo nos transforma (¿lo hace?), qué libros elegimos, cuáles son los autores que nos enamoran. Muchas de estas retóricas nos interpelan cada vez que tenemos un nuevo libro en la mano. Vaya aquí apenas un pensamiento al respecto.

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POR LALA TOUTONIAN

 

Los hábitos de lectura hacen al monje. Las primeras lecturas de la infancia cuando el libro de Heidi nos resultaba grande para nuestras pequeñas manitas, y hasta antes que eso, los cuentos que nos contaban nuestros padres antes de dormir, qué tipo de lector comenzamos siendo en esos años, torpes, ansiosos; el primer libro que leímos, el primero que elegimos leer o comprar o pedimos que nos regalen, las primeras visitas a las bibliotecas y sorprendernos ante la posibilidad de llevarnos el libro que queramos y devolverlo una vez finalizado -qué gran orden nos imponían-; todas retóricas que nos interpelan a quienes vivimos rodeados de libros.

Qué libro llevamos en el bolso (si es que tenemos la costumbre de leer en los medios de transporte o en bares), cuáles se apilan en nuestra mesa de luz si lo hacemos antes de dormir, qué se destaca en nuestra biblioteca, y algo muy importante qué libros regalamos. Cómo buscamos ese libro, para nosotros o para regalar: leemos reseñas, críticas literarias, recorremos librerías, la web, consultamos a amigos y colegas afines. Entramos a una librería por un libro, salimos -con suerte- con ese, y otro que debería tener pero quizá lo prestamos (para no volver a recuperar, como corresponde), y uno más para alguien querido.

¿Nos tiramos de cabeza frente a una nueva edición de algún escritor querido? (Porque los queremos) Eso pudo habernos llevado a la decepción…

O las lecturas que abandonamos, por tedio, disgusto ¡o hasta bronca!

También están los estados emocionales: así estemos embarcados en una historia de ficción donde el mundo se desdibuja y navegamos aguas furiosas con Moby Dick, podemos sentir la necesidad de recurrir a la poesía de Dylan Thomas y “nos adentramos dócilmente en la buena noche” de la mano del galés.

Luego están los géneros literarios, los que leemos una y otra vez, los que no nos acercaríamos ni obligados. Porque acaso releer nos signifique pararnos en nuestros trece y reafirmar lo que pensamos pero también puede ser un arma de doble filo: habría que abrirnos en esa senda, profundizar y hasta cambiar de parecer, nada como pensar diferente a lo que alguna vez creímos certero y único. Por eso el ensayo, la no ficción y las ciencias sociales no deberían faltar en una biblioteca que se precie de amplia.

Cuándo y dónde leemos, o hasta con quién. Los que compartimos lecturas sabemos del placer de leer al mismo tiempo un texto con un par.

También están esos libros que sorprende a la gente que nos conoce (“No sabía que te interesara tanto la ciencia ficción”, murmuran frente a toda la colección de Kurt Vonnegut cuando nos saben muy racionales…) y cómo ordenamos las bibliotecas dice mucho de uno, también.

¿Cuántos ebooks y cuántos libros impresos leemos? Preferimos la pantalla cuando nos embarcamos en viajes más largos o la diferencia de peso, ¿verdad? Cargar cinco, seis, siete libros (esto es: unos cuantos kilos) o apenas una tableta con su funda. El “ser o no ser” de estos tiempos.

También leemos en los celulares: bajamos libros, gratis o pagos y hacemos malabares en el subte intentando leer en la pequeña pantalla, scroleando poesías.

¿Consultamos diccionarios? De hacerlo (confiemos que así sea): ¿buscamos el papel o entramos a la web y tipeamos www.rae.es?

Están los que apilan libros junto a la cama porque prefieren la lectura tranquila de la noche, envueltos en la oscuridad y apenas una luz reflejada en las páginas. Y los seres más diurnos, que prefieren la luz natural y se agolpan en parques libro en mano.

¿Temblamos de terror con Henry James? ¡Que así sea! Fantaseamos con personajes que se enamoren del lector y que se haga justicia de una vez. No podemos seguir llorando nuestro amor por Heathcliff en cualquier rincón.

Es muy probable que quien lea, escriba. Y si es justo y noble, preferirá la primera acción (el mismo Borges se consideraba mejor lector que escritor, qué nos queda al resto de los mortales). Y sí, leemos varios libros a la vez, pocos tienen la conducta de hacerlo uno a la vez (quizá de más pequeños).

El amplio abanico que aborda la lectura conceptualiza una sola razón: la necesidad de conocimiento, examinar el propio espíritu de ruptura entre realidad y goce, relativizando verdades absolutas (ay, los griegos) subrayando frenéticos las páginas, sumando anotaciones en los márgenes (editores: necesitamos más espacio en blanco en las páginas: a achicar la caja de texto, por favor) y siendo, difícilmente más felices pero sí más plenos.

La identidad es nuestra formación cultura.

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